PASAJERO
Subes
al impertérrito ferrocarril de la vida,
y
en cada estación te bajas
para
dialogar con el hastío.
Y
en cada túnel de la noche sueñas de prisa
porque
-aún
en la oscuridad-
flotan
pensamientos.
Al
principio,
cuando
querías devorarte el mundo
en
un instante,
no
cerrabas los ojos en los túneles.
No
lo hacías, por ese afán que abrigabas
de
ser pasajero de todos los ferrocarriles
del
universo.
Y
descendías para conversar
con
el guardavías de tu destino.
Mas,
luego corrías presuroso hasta el andén.
Es
que odiabas quedarte solo en la distancia,
mientras
el tren de la vida iba en busca
de
nuevas estaciones.
Ahora
ya no desciendes de ese carro
de
los recuerdos idos,
porque
no ignoras que tu lentitud en este instante
es
abismante.
¿O
será acaso que el ferrocarril corre más raudo?
Quizás.
Y
por eso odias ahora ser pasajero
de
cualquier tren.
Y
temes a los túneles de cada noche.
Y
sientes miedo de quedarte dormido
antes
que emerja la máquina
desde
tus tinieblas.
Porque
ahí sí escucharás
sólo
el ruido isócrono e intolerable de los fierros.
En
ese momento bajarás angustiado
en
la estación de un pueblo desconocido.
Y
verás desde el andén
-con
impotencia senil-
alejarse
para siempre
aquel
ferrocarril repleto
de
otros pasajeros presurosos
DESAPARECIDOS
Veo
a Rodrigo en la Argentina
y
en el paraíso celeste.
Y
a René, en las sombras
de
la nada.
Hermanos
míos,
¿qué
os han hecho?
¿Dónde
yacen vuestras ilusiones?
¿Y
cuándo mis lamentos?
¿Dónde
descansan los justos?
¿Y
los ultimadores de nuestros sueños?
Los
observo, hermanos míos,
horadando
las conciencias
de
los desalmados;
trepanando,
punzando
la verdad lacinante.
Veo
a Rodrigo y a René
en
la cumbre de mis furias,
porque
la jauría abominable
pasa
por la vida ilesa.
Veo
sus sonrisas truncas,
violentamente
arrancadas.
Las
adivino en el tiempo retenido
y
el olvido rebelde.
Las
percibo en la tristeza infinita
de
la madre quejumbrosa
y
en mis añoranzas rotas.
Los
atisbo a la distancia,
hermanos
míos.
Los
imagino en la Argentina
y
en el cielo.
Trajino
oscilando
entre
la memoria y la impotencia,
y
no hallo consuelo.
AMOR
HASTA DIEZ
Una
lágrima escondida
y
una hoja inmaculada.
Dos
palomas en tu almohada,
tres
deseos, cuatro huidas.
Cinco
versos retenidos,
esperando
tu llegada;
seis
verdades develadas,
siete
cirios encendidos.
Ocho
naves zozobrando,
en
un mar embravecido;
nueve
lirios florecidos,
en
tus labios musitando.
Diez
silencios en la espada,
rasgando
el viento dormido;
tú
en las alturas del nido,
yo
soñándote mi amada.