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Antonio Álvarez

PASAJERO (selección)

Nº 2

 

Otoño 2000

 
 
 

 

 

PASAJERO

 

Subes al impertérrito ferrocarril de la vida,

y en cada estación te bajas

para dialogar con el hastío.

Y en cada túnel de la noche sueñas de prisa

porque

-aún en la oscuridad-

flotan pensamientos.

 

Al principio,

cuando querías devorarte el mundo

en un instante,

no cerrabas los ojos en los túneles.

No lo hacías, por ese afán que abrigabas

de ser pasajero de todos los ferrocarriles

del universo.

 

Y descendías para conversar

con el guardavías de tu destino.

Mas, luego corrías presuroso hasta el andén.

 

Es que odiabas quedarte solo en la distancia,

mientras el tren de la vida iba en busca

de nuevas estaciones.

 

Ahora ya no desciendes de ese carro

de los recuerdos idos,

porque no ignoras que tu lentitud en este instante

es abismante.

¿O será acaso que el ferrocarril corre más raudo?

 

Quizás.

Y por eso odias ahora ser pasajero

de cualquier tren.

Y temes a los túneles de cada noche.

Y sientes miedo de quedarte dormido

antes que emerja la máquina

desde tus tinieblas.

Porque ahí sí escucharás

sólo el ruido isócrono e intolerable de los fierros.

 

En ese momento bajarás angustiado

en la estación de un pueblo desconocido.

Y verás desde el andén

-con impotencia senil-

alejarse para siempre

aquel ferrocarril repleto

de otros pasajeros presurosos

 

 

 

DESAPARECIDOS

 

Veo a Rodrigo en la Argentina

y en el paraíso celeste.

Y a René, en las sombras

de la nada.

 

Hermanos míos,

¿qué os han hecho?

¿Dónde yacen vuestras ilusiones?

¿Y cuándo mis lamentos?

 

¿Dónde descansan los justos?

¿Y los ultimadores de nuestros sueños?

 

Los observo, hermanos míos,

horadando las conciencias

de los desalmados;

trepanando,

punzando la verdad lacinante.

 

Veo a Rodrigo y a  René

en la cumbre de mis furias,

porque la jauría abominable

pasa por la vida ilesa.

 

Veo sus sonrisas truncas,

violentamente arrancadas.

Las adivino en el tiempo retenido

y el olvido rebelde.

Las percibo en la tristeza infinita

de la madre quejumbrosa

y en mis añoranzas rotas.

 

Los atisbo a la distancia,

hermanos míos.

Los imagino en la Argentina

y en el cielo.

 

Trajino oscilando

entre la memoria y la impotencia,

y no hallo consuelo.

 

 

 

AMOR HASTA DIEZ

 

Una lágrima escondida

y una hoja inmaculada.

Dos palomas en tu almohada,

tres deseos, cuatro huidas.

 

Cinco versos retenidos,

esperando tu llegada;

seis verdades develadas,

siete cirios encendidos.

 

Ocho naves zozobrando,

en un mar embravecido;

nueve lirios florecidos,

en tus labios musitando.

 

Diez silencios en la espada,

rasgando el viento dormido;

tú en las alturas del nido,

yo soñándote mi amada.

 

 


 

 
 

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