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Carlos López Dzur 

Testimonio de la separación

Nº 2

 

Otoño 2000

 
 
 

 

 

 

Claro está: ¡yo admiro a los fieles

que gravitan por contrato, ante el altar, sus vidas enteras

diciéndose el amor con mil demonios hasta sacar

ternura de las órbitas,

compensación de los puercos neutrinos

y girones de belleza de los tuétanos radiantes!

Los hay.

¡Pero no somos de esos!

Somos precarios bichos de lo oscuro.

Te conocí como al amor hecho abeja en el Foro Boario

y acepté tus dulzuras de magnetones,

limpio de polvo y paja, ambicioso del beso y la maraña

que prometió tu cuerpo endemoniado.

Fue una noche medieval del espacio que te ví,

bruja con curvas de capricho y elipsoide maña de panales.

 

Me propuse ser tu zángano de turno,

a perpetuidad, por 1031 años de aspavientos...

Tú, en mi lomo, tomándome de escoba, trapeándome

el salario para vestir de ángel tus hambrientos antojos.

¡Tan mediocre, vedezuela de bazofia y bambalinas!

Nos horneamos en la mufla de panes desiguales

que se muerden en la gavia del estómago

a pesar de beberse como velámenes de entena.

 

Zarpamos juntos a la aventura de ir al viento

con la ambición de ser felices

a cuestas, calle abajo,

hacia inciertos puertos y mares de amor y farándula.

Queríamos volar, con esta piel atada a la murria de la Urania;

pero, ¿cómo, cazadora de hadron, si estuvimos vestidos

con biotina amarga y sobre camarotes de chalupas y no vimos

otro sol que dos cuerpos contra el denso océano de eclipse

y el telón del teatro?

¡Claro está, en la carne, sí fuimos felices!

Tú fuíste el lipocito más sabroso

y, exclusivamente, por eso me gustaste.

Y si el amor es placer, ¡fuimos felices

hasta el día que quisimos un sorbito del dolor

que la pasión esconde, veta del sol que al amor quema!

 

Prometíste cien millones de íntimos momentos angulares

y derramar la horchata en brincos de isospín

y desvanecer sobre mi pecho tus peras térmicas de abrazo,

puchunguita de helio,

y rozar sobre mí tu vientre y tu ombligo,

tu clítoris que es 1840 veces mayor al Amazonas,

es decir, es el protón amado, al que obsequié electrones

(y así, pensamos, tendríamos hijos de luz, gusanos con porvenir).

... pero luego hicíste chafaldetas con el ano

porque, ¡eso ni qué! rumbas con sabiduría.

Todo lo tienes en forma de cadera y culo maravilloso.

¡Duras y redondas serán tus nalgas

hasta que, a tontas y locas, se colapsen

entre las espirales del quarkonio y en la candela lipoide

de la danza y el polvo sideral, sin nadie que te aplauda!

... pero, si por algo te amé, fue por tus nalgas,

por tu cuerpo de sirena, por tus duros muslos

y esos tobillos de vedette, bruja del cosmos...

 

Trajíste a mi vida la Urania en mancebía

y yo me embravecí como una ola

para entrar en pabellones de tu alcance

e intimar con tu útero y carpelo, tu fragua más sabrosa,

porque eras mujer con olor grato

para labios golosos como los míos.

Yo, el zángano de la chufa,

tuve anhelos volátiles, ab irato,

y una soledad de pocilga soñadora.

Necesité de tí, desesperadamente.

Estuvíste sedienta de espectáculo,

cantante, actriz, modelo, bailarina...

¡Eras la extroversión, la pirotecnia

del lenguaje, el carnaval de la emoción

y la anarquía del cariño y el juego!

Me enamoraste, entonces. ¡Me enamoraste!

 

Llenaste con deleite mis ojos hasta el fondo del iris.

Entraste en forma de palabra y, por años,

te quedaste con las cuencas de mi oído

y la raíz de mi voz y las puntas de mis dedos

y mis pezuñas hundidas y mis entrañas...

 

Los hay.

Habrá quien no quiera más que la atadura

y sea conforme con que tengas la voz suya como tuya

y que sus dedos ya no pertenezcan a sus manos

porque son dedos que han tomado tu espléndida pulpa

y han quedado presos a tu piel, sin escapada.

Una hembra que chozpa como mula lo hace mulo,

ciego, torpe, imberbe, manso, oscuro...

 

Los hay.

... pero tú y yo no somos de esos

y la promesa del altar se hizo mentira cuando llegó

la sordo-muda sabandija, núcleosíntesis,

y se partió en dos el Jordán y nos perdimos.

Te fuíste por tu cartel de películas baratas

y tus senos se salieron del corpiño

y tu doliente tráfago de bohemia te hizo

querer halagos de otros hombres

y yo me fuí, por mi poema y por mi voz,

por mi aventura y por mis libertades de ladrón.

Sin mi anarquismo, mi dignidad no vale

y nada puede obsequiarte que me pertenezca.

Tú, por las demencias diminutas

de modelar un tanga, o filmar cinco minutos

de escoria, o desvelarte en egotismo de grandeza

creyéndote una estrella consumada, renunciaste

a todo juramento; pero quisíste lo que menos vale

del pan de trastrigo y los huesos de ferroníquel.

 

Cada quien haga con su vida

lo que pegue la gana.

No hay loco que coma lumbre

y por eso, en la carne, me gustas todavía;

pero mías son las palabras mientras yo tenga voz,

mías son las orejas mientras te pueda escuchar

sin entenderte, mías son las yemas de los dedos

y las uñas porque te escarbé en aras de tu alma

y me gustó tu lepra cósmica, elemental, de abejorra;

mía es la voluntad con que te dejo

y mía la nostalgia con que te dije adiós.

 

Claro está: yo admiro a los fieles

que gravitan por contrato, ante el altar, sus vidas enteras,

pero bajaste demasiado a prisa del amor sublime

y tu cuerpo que fue, panal o colmena, se volvió

la tumba del peligro, donde me sepultaste

y no me dejaste subir, supinamente,

cuando tendí mis brazos para retenerte

y alcé mi voz para acusarte

y limpié mis oídos

para oír si me amabas.

 

 

4-8-1985. Miami, Florida.

 

 


 

 
 

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