Claro
está: ¡yo admiro a los fieles
que
gravitan por contrato, ante el altar, sus vidas enteras
diciéndose
el amor con mil demonios hasta sacar
ternura
de las órbitas,
compensación
de los puercos neutrinos
y
girones de belleza de los tuétanos radiantes!
Los
hay.
¡Pero
no somos de esos!
Somos
precarios bichos de lo oscuro.
Te
conocí como al amor hecho abeja en el Foro Boario
y
acepté tus dulzuras de magnetones,
limpio
de polvo y paja, ambicioso del beso y la maraña
que
prometió tu cuerpo endemoniado.
Fue
una noche medieval del espacio que te ví,
bruja
con curvas de capricho y elipsoide maña de panales.
Me
propuse ser tu zángano de turno,
a
perpetuidad, por 1031
años de aspavientos...
Tú,
en mi lomo, tomándome de escoba, trapeándome
el
salario para vestir de ángel tus hambrientos antojos.
¡Tan
mediocre, vedezuela de bazofia y bambalinas!
Nos
horneamos en la mufla de panes desiguales
que
se muerden en la gavia del estómago
a
pesar de beberse como velámenes de entena.
Zarpamos
juntos a la aventura de ir al viento
con
la ambición de ser felices
a
cuestas, calle abajo,
hacia
inciertos puertos y mares de amor y farándula.
Queríamos
volar, con esta piel atada a la murria de la Urania;
pero,
¿cómo, cazadora de hadron, si estuvimos vestidos
con
biotina amarga y sobre camarotes de chalupas y no vimos
otro
sol que dos cuerpos contra el denso océano de eclipse
y
el telón del teatro?
¡Claro
está, en la carne, sí fuimos felices!
Tú
fuíste el lipocito más sabroso
y,
exclusivamente, por eso me gustaste.
Y
si el amor es placer, ¡fuimos felices
hasta
el día que quisimos un sorbito del dolor
que
la pasión esconde, veta del sol que al amor quema!
Prometíste
cien millones de íntimos momentos angulares
y
derramar la horchata en brincos de isospín
y
desvanecer sobre mi pecho tus peras térmicas de abrazo,
puchunguita
de helio,
y
rozar sobre mí tu vientre y tu ombligo,
tu
clítoris que es 1840 veces mayor al Amazonas,
es
decir, es el protón amado, al que obsequié electrones
(y
así, pensamos, tendríamos hijos de luz, gusanos con porvenir).
...
pero luego hicíste chafaldetas con el ano
porque,
¡eso ni qué! rumbas con sabiduría.
Todo
lo tienes en forma de cadera y culo maravilloso.
¡Duras
y redondas serán tus nalgas
hasta
que, a tontas y locas, se colapsen
entre
las espirales del quarkonio y en la candela lipoide
de
la danza y el polvo sideral, sin nadie que te aplauda!
...
pero, si por algo te amé, fue por tus nalgas,
por
tu cuerpo de sirena, por tus duros muslos
y
esos tobillos de vedette, bruja del cosmos...
Trajíste
a mi vida la Urania en mancebía
y
yo me embravecí como una ola
para
entrar en pabellones de tu alcance
e
intimar con tu útero y carpelo, tu fragua más sabrosa,
porque
eras mujer con olor grato
para
labios golosos como los míos.
Yo,
el zángano de la chufa,
tuve
anhelos volátiles, ab irato,
y
una soledad de pocilga soñadora.
Necesité
de tí, desesperadamente.
Estuvíste
sedienta de espectáculo,
cantante,
actriz, modelo, bailarina...
¡Eras
la extroversión, la pirotecnia
del
lenguaje, el carnaval de la emoción
y
la anarquía del cariño y el juego!
Me
enamoraste, entonces. ¡Me enamoraste!
Llenaste
con deleite mis ojos hasta el fondo del iris.
Entraste
en forma de palabra y, por años,
te
quedaste con las cuencas de mi oído
y
la raíz de mi voz y las puntas de mis dedos
y
mis pezuñas hundidas y mis entrañas...
Los
hay.
Habrá
quien no quiera más que la atadura
y
sea conforme con que tengas la voz suya como tuya
y
que sus dedos ya no pertenezcan a sus manos
porque
son dedos que han tomado tu espléndida pulpa
y
han quedado presos a tu piel, sin escapada.
Una
hembra que chozpa como mula lo hace mulo,
ciego,
torpe, imberbe, manso, oscuro...
Los
hay.
...
pero tú y yo no somos de esos
y
la promesa del altar se hizo mentira cuando llegó
la
sordo-muda sabandija, núcleosíntesis,
y
se partió en dos el Jordán y nos perdimos.
Te
fuíste por tu cartel de películas baratas
y
tus senos se salieron del corpiño
y
tu doliente tráfago de bohemia te hizo
querer
halagos de otros hombres
y
yo me fuí, por mi poema y por mi voz,
por
mi aventura y por mis libertades de ladrón.
Sin
mi anarquismo, mi dignidad no vale
y
nada puede obsequiarte que me pertenezca.
Tú,
por las demencias diminutas
de
modelar un tanga, o filmar cinco minutos
de
escoria, o desvelarte en egotismo de grandeza
creyéndote
una estrella consumada, renunciaste
a
todo juramento; pero quisíste lo que menos vale
del
pan de trastrigo y los huesos de ferroníquel.
Cada
quien haga con su vida
lo
que pegue la gana.
No
hay loco que coma lumbre
y
por eso, en la carne, me gustas todavía;
pero
mías son las palabras mientras yo tenga voz,
mías
son las orejas mientras te pueda escuchar
sin
entenderte, mías son las yemas de los dedos
y
las uñas porque te escarbé en aras de tu alma
y
me gustó tu lepra cósmica, elemental, de abejorra;
mía
es la voluntad con que te dejo
y
mía la nostalgia con que te dije adiós.
Claro
está: yo admiro a los fieles
que
gravitan por contrato, ante el altar, sus vidas enteras,
pero
bajaste demasiado a prisa del amor sublime
y
tu cuerpo que fue, panal o colmena, se volvió
la
tumba del peligro, donde me sepultaste
y
no me dejaste subir, supinamente,
cuando
tendí mis brazos para retenerte
y
alcé mi voz para acusarte
y
limpié mis oídos
para
oír si me amabas.
4-8-1985.
Miami, Florida.