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Francisco Arias Solís 

Poesía amorosa

Nº 2

 

Otoño 2000

 
 
 

 

 

 

 

LAS OLAS DE TUS MUSLOS

 

 

Sentirte bajo mí en la suave arena;

sentir los tiernos peces de tus senos,

las olas de tus muslos, la espuma de tus risas,

la resaca sutil de tus abrazos,

las gaviotas sin fin de tus gemidos...

 

Sentir sobre los hombros, sobre el alma

el cómplice rielar de la primera estrella

y una brisa profunda y encendida,

fragante de perdidas caracolas.

 

Sentir en tus caderas las algas del deseo

tesoros prometiendo al navegante,

y en tu sangre sentir latidos de nereida.

 

Sentir en los corales y perlas de tu boca

la ira cruel, demencial, de tempestades;

sentir en tus cabellos la quietud y dulzura

de un tálamo solar, de una colcha de pétalos;

sentir en la emoción de tu mirada

el mundo renaciendo como un abril latino,

y en llamas el espacio ceñido al mar constante;

sentir, sentir tan sólo la luz de este momento.

 

 

 

LA ÚLTIMA NOCHE

 

 

Un viento inesperado hizo vibrar las puertas

y nuestros labios eran de cristal en la noche

empapados en sangre dejada por los besos

de las bocas perdidas en medio de los bosques.

 

El fuego calcinaba nuestros labios de piedra

y su ceniza roja cegaba nuestros ojos

llenos de indiferencia entre cuatro murallas

amasadas con cráneos y arena de los trópicos.

 

Aquella fue la última vez que nos encontramos

llevaba la cabeza de pájaros florida

y de flores de almendro las sienes recubiertas

entre lenguas de fuego y voces doloridas.

 

El rumbo de los barcos era desconocido

y el de las caravanas que van por el desierto

dejando sólo un rastro sobre el agua y la arena

de mástiles heridos y de huesos sangrientos.

 

Aquella fue la última noche que nuestros labios

de cristal y de sangre unieron nuestro aliento

mientras la libertad desplegaba sus alas

de nuestra nuca herida por el último beso.

 

 

 

 

NUNCA LA COMPRENDÍ

 

 

Aquí nadie yace,

todo es falso

y la muerte aún no la comprendo.

 

A mis amigos dejé de visitarlos

porque debía partir,

otros me esperaban desde siempre en silencio

y temía ya no reconocerlos.

Ahora estoy con ellos

y hablamos de la lluvia.

 

Aquí nadie yace,

los cementerios están vacíos

y las flores no saben llorar.

 

Si quieres recordarme... vete,

búscame entre las cosas

y más allá de las cosas

sobre los sueños.

 

La muerte nunca la comprendí

y quizá por eso

permaneceré siempre vivo.

 

 

 

 

ESTRÉCHAME EN TUS BRAZOS

 

 

¡Estréchame en tus brazos, amor mío,

estréchame!

pues ni el agua ni la brisa del mediodía

tienen la dulzura de tus manos.

 

Ni el sol, ni los rumores de los árboles

que crecen en la orilla del arroyo

tienen la dulzura de tus manos.

 

Ni el aire que refresca nuestros labios en las montañas

ni el glorioso azul de la tarde

tienen la dulzura de tus manos.

Ni el sueño, de mejillas doradas y roja boca

entreabierta al deseo; ni el deseo

desnudo y virginal tienen la dulzura de tus manos.

 

Estréchame por eso tiernamente,

besa, toca mi piel enrojecida por el sol de mayo,

oh amor, antes que el día desaparezca

como un suspiro en los manantiales

porque ni el cielo ni la tierra

tienen la dulzura de tus manos.

 

 

 

 

NO HABRÁ CARTEROS ESTELARES

 

 

Tengo en los ojos

una galaxia enamorada,

una estrella fugaz,

una sirena con cola de cometa.

 

Cuando te miro desde estos ojos

desde algún rincón del cielo

pareces un mapa estelar

donde yo navego sin rumbo ni razón

hasta tu seno planetario.

 

Te encontrarás en la mitad del mediocielo

deshaciendo lunas,

pintando eclipses infinitos,

nebulosas que tu corazón agita

y abriendo una puerta

hasta el fin del universo.

 

Para tu cuello te doy

los anillos de Saturno

y un perro fiel

para que ladre en el horóscopo

de tu alma misteriosa.

 

No habrá carteros estelares

ni palomas que puedan ascender hasta ti

con algún mensaje.

 

En este viaje imposible

beso a la noche y te recuerdo.

 

 

 

 


 

 
 

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