LAS
OLAS DE TUS MUSLOS
Sentirte
bajo mí en la suave arena;
sentir
los tiernos peces de tus senos,
las
olas de tus muslos, la espuma de tus risas,
la
resaca sutil de tus abrazos,
las
gaviotas sin fin de tus gemidos...
Sentir
sobre los hombros, sobre el alma
el
cómplice rielar de la primera estrella
y
una brisa profunda y encendida,
fragante
de perdidas caracolas.
Sentir
en tus caderas las algas del deseo
tesoros
prometiendo al navegante,
y
en tu sangre sentir latidos de nereida.
Sentir
en los corales y perlas de tu boca
la
ira cruel, demencial, de tempestades;
sentir
en tus cabellos la quietud y dulzura
de
un tálamo solar, de una colcha de pétalos;
sentir
en la emoción de tu mirada
el
mundo renaciendo como un abril latino,
y
en llamas el espacio ceñido al mar constante;
sentir,
sentir tan sólo la luz de este momento.
LA
ÚLTIMA NOCHE
Un
viento inesperado hizo vibrar las puertas
y
nuestros labios eran de cristal en la noche
empapados
en sangre dejada por los besos
de
las bocas perdidas en medio de los bosques.
El
fuego calcinaba nuestros labios de piedra
y
su ceniza roja cegaba nuestros ojos
llenos
de indiferencia entre cuatro murallas
amasadas
con cráneos y arena de los trópicos.
Aquella
fue la última vez que nos encontramos
llevaba
la cabeza de pájaros florida
y
de flores de almendro las sienes recubiertas
entre
lenguas de fuego y voces doloridas.
El
rumbo de los barcos era desconocido
y
el de las caravanas que van por el desierto
dejando
sólo un rastro sobre el agua y la arena
de
mástiles heridos y de huesos sangrientos.
Aquella
fue la última noche que nuestros labios
de
cristal y de sangre unieron nuestro aliento
mientras
la libertad desplegaba sus alas
de
nuestra nuca herida por el último beso.
NUNCA
LA COMPRENDÍ
Aquí
nadie yace,
todo
es falso
y
la muerte aún no la comprendo.
A
mis amigos dejé de visitarlos
porque
debía partir,
otros
me esperaban desde siempre en silencio
y
temía ya no reconocerlos.
Ahora
estoy con ellos
y
hablamos de la lluvia.
Aquí
nadie yace,
los
cementerios están vacíos
y
las flores no saben llorar.
Si
quieres recordarme... vete,
búscame
entre las cosas
y
más allá de las cosas
sobre
los sueños.
La
muerte nunca la comprendí
y
quizá por eso
permaneceré
siempre vivo.
ESTRÉCHAME
EN TUS BRAZOS
¡Estréchame
en tus brazos, amor mío,
estréchame!
pues
ni el agua ni la brisa del mediodía
tienen
la dulzura de tus manos.
Ni
el sol, ni los rumores de los árboles
que
crecen en la orilla del arroyo
tienen
la dulzura de tus manos.
Ni
el aire que refresca nuestros labios en las montañas
ni
el glorioso azul de la tarde
tienen
la dulzura de tus manos.
Ni
el sueño, de mejillas doradas y roja boca
entreabierta
al deseo; ni el deseo
desnudo
y virginal tienen la dulzura de tus manos.
Estréchame
por eso tiernamente,
besa,
toca mi piel enrojecida por el sol de mayo,
oh
amor, antes que el día desaparezca
como
un suspiro en los manantiales
porque
ni el cielo ni la tierra
tienen
la dulzura de tus manos.
NO
HABRÁ CARTEROS ESTELARES
Tengo
en los ojos
una
galaxia enamorada,
una
estrella fugaz,
una
sirena con cola de cometa.
Cuando
te miro desde estos ojos
desde
algún rincón del cielo
pareces
un mapa estelar
donde
yo navego sin rumbo ni razón
hasta
tu seno planetario.
Te
encontrarás en la mitad del mediocielo
deshaciendo
lunas,
pintando
eclipses infinitos,
nebulosas
que tu corazón agita
y
abriendo una puerta
hasta
el fin del universo.
Para
tu cuello te doy
los
anillos de Saturno
y
un perro fiel
para
que ladre en el horóscopo
de
tu alma misteriosa.
No
habrá carteros estelares
ni
palomas que puedan ascender hasta ti
con
algún mensaje.
En
este viaje imposible
beso
a la noche y te recuerdo.