Al
principio estaban lo negro y lo blanco, atados por un soplo invisible
que llamamos el trazo. Y es con el trazo de un duro carbón que Maria
Amaral se expresa durante mas de veinte años. El dibujo, el grabado, la
litografía, el afiche y el poster, fueron los instrumentos que ella
dominó rápidamente, para que mas allá de la denuncia se proclame la
presencia de un ser, demasiadas veces humillado, así como la prueba de
un exilio sin resignación.
Después
de haber visto sus dibujos, nos quedamos abatidos, como de un exilio de
donde no se vuelve. Pero, mas allá del aspecto maniqueo de su expresión:
el blanco y el negro, la luz y la sombra, la vida y la muerte, el dolor,
aquí transfigurado, nos alcanza; no por su crueldad, sino por su pudor,
por su silencio y por su exactitud que transforman la perturbación, el
desconcierto de los primeros momentos en tranquilidad, en serenidad .
Nos sentimos reconfortados porque no se trata de un sufrimiento aislado,
de una crueldad lejana, sino que esas miradas, esas manos, esos rostros,
esas arrugas son nuestros, nos reconocemos en ellos y de esta
identificación nace la grandeza de la obra pictórica de Maria Amaral.
Jean
Philippe Elantkowski




