LA
PASIÓN TERRENAL
1.
Si quieres que yo viva,
dame manos codiciosas, ojos rencorosos,
placer de sexo y asueto,
ocio a boca llena,
odiosa ansiedad de libido.
Derrámame en besos juveniles,
con sudor de piel, con dolor de huesos.
A causa de caricias y hartura de vino
que, en espejos de cantinas y lechos de palacios,
me vea, vestido de mafia lujosa
y con joyas de alarde divertido,
sudado en faenas, en riñas y pasiones.
Hazme subir/bajar de hoteles
de primera
sobre rojas alfombras, bajo puertas de escape.
Que sea persona de casinos, con negocios,
objeto y sujeto de carteles y avisos.
Asómame a los hoteluchos en busca de esperanza
con disfraz de ternura, con hambre de mendigo.
Proclama mi parda gramática de ladrón e intocable.
Úngeme como predicador y embustero,
como mago del hampa.
Y hazme fuerte, sólido,
inquebrable, tirano, subversivo,
arquitecto del público llanto y del chisme malvivido.
Por veteranía de tempestades, zorro de la mar
de la angustias, héroe y mártir sin auxilio de tu mano.
Suelta la noche bajos mis
pies.
Átame a calles, a rincones,
a sedes y hambres bondadosas
y saca mi raíz hasta la luz
de la próxima mañana.
Mochila al hombro,
limousine a la puerta,
dame la certidumbre de la carcajada,
la hostilidad del celo, la rabia poderosa
de afirmar y querer, soñar y vivir
por cuenta propia.
2.
Pero —si otros son tus
planes—
y no te gusta el trazo corruptible de mi carne
ni la memoria cruda de mis vulgares pasiones,
arráncame el instinto con el tajo de tu verbo.
Hazme trágico y absurdo.
Envuélveme con desórdenes,
con todo lo que es súbito y fortuito,
inextricable y oscuro,
con esa canción inconmovible y mística
que los santos murmuran para pedirte la muerte.
No me des un amigo.
No me comprometas con el arcoiris,
con los pájaros
ni los ríos del poema humano.
Clávame a la cruz hostil del
silencio
ante ciegos ojos y sordos oídos.
Seca mis labios.
Cástrame de toda frivolidad.
Marchita mi adultez prevaricante.
Cóseme las rodillas al espino,
al padecimiento lento, agónico y exangüe,
con el corazón en los labios.
No yergas mi fe ante la humillación
de envejecer calladamente
sin ser capaz de otra cosa
que amarte.

CRECIMIENTO
Se
dolía lo que fue, ese en sí
tan
objetivo que nadie mira,
que
se crece entre el tedio y el caos.
Dijeron:
—Es un cacharro sucio,
vaso
en deshonra, caracol
que
olvidó el tiempo y se vistió de broza
y
anillos a flor de su penumbra.
Se
dolía cada esfuerzo
con
que su interno potencial jalaba al alba
cuando
la distancia guiñaba los ojos
y
el corazón naufragaba hasta el fondo.
Era
apenas... todavía... un sueño
y
estaba de rodillas, quizás en devenir,
pirueta
óntica... sin cosmos,
pero
a veces quiso ser
un
pedruzco.
Y
aspiró a verse en las manos de los niños
y
hacer suyos los ojos azorados, curiosos,
sin
prejuicios, aunque la punta del pie
de
algún solemne sabiondo,
el
que nadie es con todos dijera:
—Es
puñado de sedimento, amorfo,
por
solo hallarle en su camino.
Como
pata chueca de ciempiés
que
sube a su madero, fue juzgado.
Como
gusano a la zaga que jamás estará
suficientemente
en alto.
—Es
una lengua sin habla,
el
falso meteorito que ni en sílice se fragua,
espantajo
de todo y de nada.
Espejismo
de una llama
que
nadie sabe lo que quema.
Un
imposible que está aquí,
sin
ahora, sin mañana.
Y
el poema se dolía, se dolía
porque
era en sí, lleno de afán,
y.
en cada caso, él como tal,
que
iba creciendo.
Ya
comenzaba a decir,
despierta,
Soledad,
estoy
contigo.