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Carlos López Dzur

Poemas

Nº 1  
Verano 2000
     
 

 

 

LA PASIÓN TERRENAL

 

 

1.

 

Si quieres que yo viva,

dame manos codiciosas, ojos rencorosos,
placer de sexo y asueto,
ocio a boca llena,
odiosa ansiedad de libido.
Derrámame en besos juveniles,
con sudor de piel, con dolor de huesos.
A causa de caricias y hartura de vino
que, en espejos de cantinas y lechos de palacios,
me vea, vestido de mafia lujosa
y con joyas de alarde divertido,
sudado en faenas, en riñas y pasiones.

Hazme subir/bajar de hoteles de primera
sobre rojas alfombras, bajo puertas de escape.
Que sea persona de casinos, con negocios,
objeto y sujeto de carteles y avisos.
Asómame a los hoteluchos en busca de esperanza
con disfraz de ternura, con hambre de mendigo.
Proclama mi parda gramática de ladrón e intocable.
Úngeme como predicador y embustero,
como mago del hampa.

Y hazme fuerte, sólido,
inquebrable, tirano, subversivo,
arquitecto del público llanto y del chisme malvivido.
Por veteranía de tempestades, zorro de la mar
de la angustias, héroe y mártir sin auxilio de tu mano.

Suelta la noche bajos mis pies.
Átame a calles, a rincones,
a sedes y hambres bondadosas
y saca mi raíz hasta la luz
de la próxima mañana.

Mochila al hombro,
limousine a la puerta,
dame la certidumbre de la carcajada,
la hostilidad del celo, la rabia poderosa
de afirmar y querer, soñar y vivir
por cuenta propia.

 

 

 

2.

 

Pero —si otros son tus planes—
y no te gusta el trazo corruptible de mi carne
ni la memoria cruda de mis vulgares pasiones,
arráncame el instinto con el tajo de tu verbo.
Hazme trágico y absurdo.
Envuélveme con desórdenes,
con todo lo que es súbito y fortuito,
inextricable y oscuro,
con esa canción inconmovible y mística
que los santos murmuran para pedirte la muerte.

No me des un amigo.
No me comprometas con el arcoiris,
con los pájaros
ni los ríos del poema humano.

Clávame a la cruz hostil del silencio
ante ciegos ojos y sordos oídos.
Seca mis labios.
Cástrame de toda frivolidad.
Marchita mi adultez prevaricante.
Cóseme las rodillas al espino,
al padecimiento lento, agónico y exangüe,
con el corazón en los labios.
No yergas mi fe ante la humillación
de envejecer calladamente
sin ser capaz de otra cosa
que amarte.

 

 

 

 

 

 

 

CRECIMIENTO

 

 

Se dolía lo que fue, ese en sí

tan objetivo que nadie mira,

que se crece entre el tedio y el caos.

 

Dijeron: —Es un cacharro sucio,

vaso en deshonra, caracol

que olvidó el tiempo y se vistió de broza

y anillos a flor de su penumbra.

 

 

Se dolía cada esfuerzo

con que su interno potencial jalaba al alba

cuando la distancia guiñaba los ojos

y el corazón naufragaba hasta el fondo.

 

Era apenas... todavía... un sueño

y estaba de rodillas, quizás en devenir,

pirueta óntica... sin cosmos,

pero a veces quiso ser

un pedruzco.

 

 

Y aspiró a verse en las manos de los niños

y hacer suyos los ojos azorados, curiosos,

sin prejuicios, aunque la punta del pie

de algún solemne sabiondo,

el que nadie es con todos dijera:

—Es puñado de sedimento, amorfo,

por solo hallarle en su camino.

Como pata chueca de ciempiés

que sube a su madero, fue juzgado.

Como gusano a la zaga que jamás estará

suficientemente en alto.

 

 

—Es una lengua sin habla,

el falso meteorito que ni en sílice se fragua,

espantajo de todo y de nada.

Espejismo de una llama

que nadie sabe lo que quema.

 

 

Un imposible que está aquí,

sin ahora, sin mañana.

Y el poema se dolía, se dolía

porque era en sí, lleno de afán,

y. en cada caso, él como tal,

que iba creciendo.

 

 

Ya comenzaba a decir,

despierta, Soledad,

estoy contigo.

 

 


 

 
 

 

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