AMOR
Y FELICIDAD
EN
SAN JUAN DE LA CRUZ
(Nota
bene: Las citas son de la octava edición de la Vida y obras de San
Juan de la Cruz, editada por la BAC, Madrid, MCMLXXIV. Las siglas son
las que allí se utilizan: A: Dichos de Luz y amor, S: Subida al monte
Carmelo, N: Noche oscura, C: Cántico espiritual, LL: Llama de amor
viva. La cifra antes de la letra se refiere al libro, detrás a los
capítulos, números o estrofas, y las siguientes a los párrafos.)
LA
LOCURA DIVINA
"Nuestras
mayores bendiciones -dice Sócrates en el Fedro-, nos vienen por medio de la locura". Sería incomprensible
que ésto lo dijera uno de los padres fundadores del racionalismo
occidental, si no restringiese el contenido de su afirmación:..."a
condición de que nos sea
dada por don divino"..., lo que en términos cristianos
significa: en estado de gracia.
Platón
describe allí cuatro tipos de locuras o "manías" divinas,
de las que dice que alteran nuestras normas sociales y costumbres, por
ser extraordinarias:
1) la locura profética, cuyo santo patrón es Apolo,
2)
la ritual, bajo la advocación de Dionisio,
3)
la poética, inspirada por las Musas,
4)
la locura erótica, que estimulan Afrodita y Eros.
Es
claro que San Juan de la Cruz compartió al menos las dos últimas
especies de entusiasmo, siendo divinamente poseído por la poesía y
el amor. Se ha dicho con razón que todo Juan de la Cruz es explicable
en clave de amor. Digámoslo sin falsos escrúpulos y sin temor: Juan
de Yepes fue un excepcional erótico, un obseso del
amor, del amor que ama, por cierto, el mismo amar, que se
reflexiona en su inteligencia sentiente (la expresión
"inteligencia sentiente" es de Zubiri, quien proclamó que
la inteligencia puede regir los sentimientos y sentir ella misma, al
contrario que la sensibilidad, que no puede por sí misma comprender).
El
amor de San Juan es amor intelectual de Dios, su objeto no es ilusión
de la carne, aunque se comunique con su refinada y renacentista simbólica
como acción natural -la de querer y anhelar- y como objeto
sobrenatural -el Dios mismo Amor. Este amor es como el eros del
Banquete, aspiración de eternidad.
Mi alma se ha empleado
y todo mi caudal es su servicio;
ya
no guardo ganado,
ni
ya tengo otro oficio,
que
ya sólo en amar es mi ejercicio
Este
es el adamar sanjuanesco (CB 28), el amar mucho, el amar
duplicadamente (C 32,5): "Al
fin, para este fin de amor -dice (C 29,3)- fuimos criados", por
lo que "no hay obra mejor ni más
necesaria que el amor". En esto exacerba indudablemente la
importancia, ya grande, que
la noción de Eros tuvo en el pensamiento de Platón. También para el
ateniense, Eros, el amor, hijo de la Penuria y del Ingenio, era un
medio de experiencia privilegiado para poner en comunicación y
contacto las dos naturalezas del hombre: el yo divino y la bestia
encadenante. Originándose en las potencias sexuales y reproductoras
del cuerpo, que buscan la trascendencia generativa del individuo en la
especie, no alcanza, sin embargo,
en lo físico su valor verdadero y pleno sentido. El amor es
ansia cósmica y personal de engendrar en la belleza, tanto respecto a
lo físico como a lo metafísico. Hermosea esa belleza también en lo
natural y aparente, mas pierde y malogra todo su vigor si se amarra a
esa apariencia del bien,
que es el placer. Pero el mismo amor humano
aspira por naturaleza a más altos deleites, y así es
amartelamiento de las mentes que aspiran a darse recíprocamente
unidad, educación, perfección y armonía de costumbres y gestos. De
modo que la renuncia a satisfacerse en poco facilita que la fuerza
elemental del ímpetu inmediato nos arrastre hacia arriba y
adelante, de grado en grado, de la contemplación de la naturaleza y
de lo que ella esplendece, a la belleza de lo que es más
perfecto: el interior del hombre; y desde los razonamientos y virtudes
de lo creado, al Creador, hasta la unidad final y principal que da
consonancia al todo; que es en San Juan la pulcritud resplandeciente,
la más sencilla e intensa luz de la misma naturaleza
divina.
UN
PODER SUBLIMADOR
Esta
ascensión erótica del alma puede ser descrita desde una
psicología actual como una sublimación, o como la misteriosa
y extraña producción de
lo sublime para el espíritu. El mismo amor
es pasión dinámica de creación y recreación, deseo de
inmortalidad, más inteligente en el alma que en el cuerpo, poíesis
erótica, poética del amor. Porque todo lo concreto, todo lo que ha
nacido y pueden determinar como cosa los sentidos, muere y se
extingue. El deseo de perennidad es búsqueda y caza de lo
incondicionado e infinito; es decir: sólo puede esperar su
supervivencia real donde no existe, en Dios.
El
mismo amor participa de la naturaleza de su más elevado objeto.
Podremos cansarnos de vivir -como decía Diego de San Pedro en su Cárcel
de amores-, pero nunca de desear. Sólo lo infinito podrá colmar
aquella pulsión que es, por su propia y sobrenatural esencia,
insaciable e inconformable, que no puede saciarse ni en los seres ni
en las cosas.
Dios
es el colmo de lo apetecible... Decía otro platónico que tal vez
podrá la belleza excitar los sentidos, pero que sólo el Bien los
calma, los aquieta y serena. Ese Bien ha sido identificado en la
tradición teológica occidental, desde los tiempos de Filón de
Alejandría, con la esencia de Dios: La causa principal, formal y
final de la existencia.
De
ahí que, como señala agudamente el santo de Fontiveros, el amor sólo pueda ser perfecto en su incesante metamorfosis
y transformación (1S 2,4), en su depuración divinizante. También
para Platón el verdadero amor era amor de la mente, no obstante que pueda ser el cuerpo el libro en que primero se lea, un
libro lleno de tachaduras y erratas; y gira en torno a su forma. Lo
que rige se derrama en la expresión de la mirada y se prenda de la
naturaleza del carácter. El amor es un puente empírico, junto a la
ciencia y el dominio de sí, entre el hombre tal y como es, y el
hombre como podría ser, semejante a Dios en lo
posible, figurado en espíritu.
San
Juan lo dice expresamente: es el verdadero amor la inclinación del
alma y la fuerza y virtud que
tiene para ir a Dios y trascenderse en El (LL I,13).
Vamos
a hablar por tanto de lo que tanto importa: de los requisitos, del
sujeto y del contenido y propiedades de esta "llama de amor
viva" que tiene en poca cosa la i-lusión (el
engolfamiento en el juego de lo aparente y
terreno) en que se detiene el hombre corriente en su caverna
mediática, en su iconoesfera virtual, en su delirio idolátrico. Esta
llama del espíritu padece y persigue, allende y arriba de las
sombras, el "vago aroma de lo infinito".
ABNEGACION
Y COMPROMISO
En
una sola se pueden resumir todas las condiciones que vuelven accesible
la escarpada senda hacia el Amado: "el precepto de amar a Dios sobre todas las cosas -dice San Juan- no puede ser sin
desnudez y vacío".
Ya
sabía, mucho antes de que lo formulara así
la psicología moderna, que la voluntad no se crea sino por
negación, no se hipertrofia sino a partir de una renuncia: la
abnegación y el sacrificio. "Para ir a Dios se ha de enterar
(tener entera) la voluntad en la desnudez de todo afecto" (2 S 6,I).
No cabe hacerse ilusiones sobre la facilidad y comodidades del
camino, es dura subida y cuesta, anábasis análoga a aquella
salida de la platónica habitación subterránea, en la que nos
sujetan los prejuicios de la tradición y nuestras sensibles y torpes
aficiones. Lo que más perjudica la vida espiritual es estancarse en
la mediocridad o complacerse en una satisfacción orgullosa. Por lo
mismo, no esperemos sentir pronto grandes cosas, pues amar no es sino
padecer (A 114). No es deporte de fin de semana sino pasión que nos
compromete enteros.
Y
el celo del Amado es absoluto, exclusivo y excluyente. En efecto, amar
otra cosa con Dios sería tenerle en poco (1S 5,4). La desnudez se
alcanza apartando el afecto de todo para
ponerlo entero en Dios. San Juan resume muy escolásticamente
en una fórmula este pensamiento: "para tener a Dios en todo,
conviene no tener en todo nada" -según nos dice en su carta 17-,
pues "todas las criaturas nada son, y las aficiones de
ellas menos que nada" (IS 4,3-4); de manera que, por paradójico
que nos parezca, nuestra primera obligación es renegar de poder, ser
y tener, es inclinarse a no querer nada: "Para venir a gustarlo
todo, no quieras tener gusto en nada" (IS1 3, 11-12).
La
humildad es esta misma abnegación de un corazón que se ensancha y
conserva vivo su impulso, atesorando su fuerza, al no querer
satisfacerse en nada, y menos que en nada en sí mismo. Así se vuelve
el alma entera amor, negando bienes del suelo, ¡y del cielo!: saber
y descanso, consuelos y ciencia, gozos y honra, seguridad y
libertad, gusto y gloria. Pues, "tanto más algo serás cuanto
menos ser quisieras".
La
angosta y escabrosa senda de la negación alcanza sobre
todo a la más ínfima especie del amor y la que más fácil y
sutilísimamente impide el camino espiritual: el amor propio. San Juan
lo define como un buscarse uno a sí mismo en los regalos y
recreaciones de Dios (2S 7,5). Es el vicio del fariseo (3S 28,3) que
invierte la relación amorosa al buscarse a sí mismo en Dios,
en lugar de buscar a Dios en sí: la apoteosis del egoísta. Es
aquí la religiosidad opio del simple y consuelo del que goza y se
estima en sus obras (3S 45,2), de tal modo que más son en su
alma la humildad y el fervor como falsos y puestos por el
demonio. "Donde hay verdadero amor de Dios -sentencia Juan- no
entra el de sí".
ANSIA
DE MUERTE
Desnuda
de amor propio y de afición de cosas y bienes, a oscuras y encelada,
por secreta escala de amor, sube el alma sin otra luz ni guía, sino
la que en el corazón arde y despabilada tiembla.
Fascinado
el santo por "el centro obsesionante" del amor no
atiende a otra cosa. Nosotros siempre estaremos a medio camino.
Su posición por fuerza
habrá de repeler al hombre corriente, responsable de su casa y de su
mundo; pero, al menos, como indica Ciorán en su Breviario de
Podredumbre es clara: ya no hay juego posible que nos entretenga, ni
ilusión alguna que nos anime, no más delectantismo: "llegado a
las cimas doradas de sus repugnancias, en las antípodas de la Creación,
hace <el santo> de su nada una aureola", su amor ha
renunciado a todo efecto perpetuador, a toda naturaleza, a toda
progenie, es ansia sobrenatural de abismo, lucidez del zángano que
vuela ciego hasta morir
en la Reina. ¡Sólo el diablo trabaja en conservarnos! Desarraigad los pecados -exclama el apátrida-: la vida se
marchita bruscamente. ¿No es este camino, para la naturaleza,
esterilidad calamitosa, enfermedad, ansia de muerte?
LA
SECRETA ESCALA
Efectivamente,
en el primer grado de amor que describe el
místico abulense, dice que el alma que pierde el apetito y
gusto de todas las cosas, enferma, bien sea que provechosamente para
el espíritu (2N19,1).
Luego busca sin cesar al Amado en todas las
cosas sin reparar en ninguna (ib., 2), pero cumple los
mandamientos. En tercer lugar obra compulsivamente, por amor, pero
tiene en poco lo que obra, pues en nada sirve a su Señor y sufre por
ello y se lastima; lejos ya de la vana-gloria o presunción de
condenar a los otros, cobra ánimos y fuerzas de sus trabajos para
subir (ib., 3) al cuarto escaño, dode sufre el alma por razón
del Amado sin fatigarse,
tiene aquí ya el espíritu casi culminada su traición a la carne, a
la que sujeta, y con el desánimo alcanzado de criatura no para ni se
aquieta, sino que se enciende e inflama, alcanzando (ib.,4) el quinto
grado, que hace al alma apetecer y codiciar a Dios con impaciencia; la
propia vehemencia con que persigue
el encuentro la desfallece a cada paso, hasta que (ib., 5) el alma
corre, en el sexto escalón, ligeramente a Dios, impulsada por la
esperanza. Anda ya en ella también muy dilatada la
caridad, por estar purificada de todo y puesta para el
siguiente paso (2N 20,1), o séptimo, que hace atrever al alma con
mayor vehemencia (ib., 2) y pedir la unión con Dios, ya que siente
"el favor interior
del cetro del Rey inclinado para ella" (Esth.
8,4); de esta osadía, que la propia mano de Dios extiende,
renace el alma (ib., 3) para asir y apretar sin soltar, ardiendo
suavemente, al que ama. Aquí satisface el alma su deseo, en este
octavo grado de amor, mas no de continuo, dice San Juan, que de llegar
a hacerlo sería cierta la gloria en esta vida; y así pocos espacios
pausa el alma en él, que aún se eleva a perfección en el nono grado
de deleitosa unión e inefable goce causado por el
Espíritu Santo, hasta que al fin se asimila totalmente al
Amado, el alma que lo consigue, en clara visión de Él sale ya de la
carne y ya no es de esta vida, haciéndose igual con Dios (Jn. 1, 10
3,2) o Dios por participación; es decir, es tanto más divina cuanto más bella y moralmente perfecta se ha tallado en su
amor.
En
esta teopatía mística de amor secreto describe San Juan el gran
episodio del sentimiento, concebido abstractamente en su
universalidad: cómo el fuego de amor sube hacia arriba con
apetito de engolfarse en su centro.
PAJARO
SOLITARIO
¿Dónde
determinar el sujeto de este amor? ¿Quién tiembla y se estremece,
enferma, busca, obra, sufre y apetece? ¿Quién se impacienta y corre
y se atreve y aprieta en un abrazo, y arde suavemente y, al fin,
descansa, dejando su cuidado perdido entre azucenas?
Es
una persona y es el alma de un poeta, alma cantora. Su canción es
expresión de una mente solitaria y contemplativa que habla en nombre
propio y no en nombre de una multitud reunida en un templo. Desde
luego que unas nuevas relaciones sociales han hecho posible esta
constitución de lo privado como ideal moral, y la suposición
humanista de la existencia de una naturaleza bella y plena, y perfecta
en sí misma en el interior misterioso, secreto y escondido de cada
alma natural; por eso "el espíritu bien puro no se mezcla con
extrañas advertencias ni humanos respetos, sino sólo, en soledad de
todas las formas..." (A 27).
El
deseo, desprendido de toda sustancia refractaria a la
forma, buscará luego en un solo punto, como una imagen
abstracta o un ideal de
perfección y amor, el sentido de la carencia, lo
que nos falta (amamos, pues somos imperfectos), ¡y es tanto!, buscará en sí mismo a Dios. No se trata de anular el deseo,
sino de concentrarlo,
atender a la imagen del objeto que encarna las
excelencias de todos los objetos, mediante autohipnosis:
"niega tus deseos y hallarás lo que desea tu corazón" (A
15) -dice el santo-, dentro de tí, "todo para mí y nada para tí"
(A 109), o lo que es lo
mismo: "todo para tí y nada para mí".
¿Cuál
es el sentido de estas paradojas? Negando al deseo toda satisfacción externa, evitando vaciarlo fuera, no
hacemos más que
enriquecer su caudal e intensidad, y retorcerlo o liarlo
sobre sí mismo hasta que el amor no alcanza a conformarse con
otro objeto que sí mismo: el Amor Dios. Llegamos, entonces, en
eterno retorno, a desear, en perversa inspiración afectiva, la
raíz inmarcesible de nuestro propio deseo, al reconocer toda
satisfacción exterior como débil e insuficiente, imperfecta, pero
ya, en tanto que dicho deseo no es propiamente nuestro, o no lo
reconocemos como tal, siendo como un efecto del Amado
manifiesto en mí,
gozamos en él del Otro, cuya gracia nos es de esa forma
conocida...
La
reflexión del amor sobre sí mismo, su reflexión espiritual no se conforma con menos que lo absoluto, lo
incondicionado: la misma autosuficiencia divina. San Juan lo
dice sin remilgos:
"lo que pretende Dios es hacernos dioses por participación" (A 106). San Juan sobrevolará el mundo y las
convenciones de su época, viendo como allende las apariencias,
"toda scienzia trascendiendo", las esencias de las
cosas reflejan como un
espejo el Amor, la querencia divina del mismo poeta.
Podemos
comprender qué insolencia atribuirían sus carceleros y enemigos a éste frailecillo que pretende ir sólo, libre y
en soledad, hacia Dios..., como si la función orgánica de la Iglesia
y de la Jerarquía fuese, en cierta manera, superflua; como si
la salvación no se jugara en esa religación mediadora... Desde luego
no le faltaban del todo justificaciones..., el mismísimo San Agustín
había proclamado que la verdad de Dios residía en el interior de
cada hombre, que está en el ápice superior y más
profundo del alma, como olvidada por la mancha del pecado...;
había dicho que yace en el interior de nosotros mismos, lo
santo: la más hermosísima
y acabada imagen del espíritu. Y Juan de la Cruz podrá reiterar que
"el templo vivo más decente para orar es el interior
recogimiento" (3 S 40, I).
Dicha
interioridad espiritual advino a la historia del pensamiento
occidental con Sócrates, la voz de esa intimidad
personal era la de su demon; aunque aquella conciencia era
sobre todo intelectual, comprometía también, en una cierta aspiración
a la sabiduría, la propia vida. Antes que él los pitagóricos
advirtieron que esta oscura y solitaria senda, en dirección a las
profundidades abisales de la propia mente, es tan ardua que
precisamente lo más difícil es que un hombre se conozca a sí mismo;
el oráculo de Delfos imponía la introspección como seguro
camino de excelencia y beatitud; y Heráclito advertía sobre
la insondable infinitud
de la mente...
Menendez
Pelayo enfatizó con razón de qué manera toda la filosofía española
del siglo XVI está marcada por este renacer reflexivo del alma que él
reconoce bajo el título de psicologismo, renacimiento de eso que Luis
Vives llamó la silenciosa experiencia de cada cual dentro de sí
mismo. Aún insistía el fino erudito santanderino en que fue esa
"enérgica afirmación de la personalidad humana", incluso
en el acto de posesión y éxtasis,
lo que "salvó" al misticismo español del panteísmo
(hasta en el caso del que llama "budismo nihilista" de
Miguel de Molinos), puesto que hasta retraída de toda actividad y
eficacia, abismada en la nada esperando el aliento de Dios, se
reconoce el alma como
sustancialmente distinta de Él, al menos en San Juan en cuanto a su
capacidad se refiere (2 N 20, 5). Es curiosa esta analogía con el
pensamiento de Descartes. También allí, en cuanto es libre, el alma
se identifica propiamente con Dios, aunque no esté en disposición de
realizarse plenamente...
En
esta dramaturgia animista cultiva el espíritu las posibilidades del
alma enamorada, y ésta florece en medio de un paisaje oscuro, alegórico,
y desolado; en dicha geografía, las flores son sus virtudes, rosales
sus potencias, arrabales sus sentidos, ciudad lo racional (C 19,4),
mozo de ciego, y la recta razón
del alma es el templo del Dios mismo.
Vaciada
el alma y desnuda de otro contenido que su amor, con ella celebrará
Dios sus esponsales, cuando esté dispuesta para el definitivo
sacrificio. En efecto, como pulcrérrima y acabada imagen suya (I S
6,4) al alma la busca Dios (LL 3, 28), como si
la quisiera para meterla en sí mismo (C 11, 11), agua pura
para la sed infinita, agua pura para la sed que el infinito causa. Las
potencias del alma no se llenan con menos que este infinito (LL 3,18) porque son más propias de aquel infinito Bien que
nuestras (A 136), y por
eso "más vale un pensamiento del
hombre que todo el mundo", y por eso sólo Dios es digno
del pensamiento del hombre (A 34).
TEOPATÍA
Y SACRIFICIO
Se
ha dicho que quien así se expresa difícilmente puede ser catalogado
como irracionalista. Pero, ciertamente, para San Juan sólo, al fin,
el amor nos salva: es la única moneda que vale para comprar la
felicidad del hombre. No la ciencia. Diríamos, parafraseando a
Unamuno, que es más amigo de la cardíaca que de la lógica quien
afirma que "en el purgatorio limpia el fuego, acá sólo el
amor" (2 N 12,1).
Insuficiencias
del conocimiento humano. El alma que entiende no entiende lo que más
le importa: "no entiende el hombre la distancia del bien y el
mal", mucho menos entiende a Dios (A
126). No hay teología en San Juan, sino Teopatía. Todas las
unidades intelectuales de la mente tienen un fin subsidiario:
mover la voluntad hacia Dios, amar a Dios sin entenderle,
sometidas como están a la fe: el "hábito oscuro" (2 S 3,
1-3), que es gracia que
procede del Amado. Todo ha de ser sacrificado,
hasta hacer al alma entera corazón, bella en su incurable pasión
por lo incondicionado.
La
misma alma es a la postre víctima de este sacrificio; muere para sí con la esperanza de amanecer transfigurada en
Otro.
Bataille
en El erotismo (1957) ha explicado muy bien la analogía de todo acto
de amor con el sacrificio religioso: "El sacrificio -explica- es
la acción voluntaria cuyo fin es el repentino cambio del ser que es
su víctima". Su muerte. Este ser del alma, que estaba encerrado
en la particularidad individual, mediante el sacrificio es conducido
de nuevo a la continuidad del ser. La violencia que ejercemos contra
las afecciones y pasiones, al contenerlas, negarlas o reprimirlas,
privan a la víctima de su carácter limitado, dándoles el ilimitado,
sacándolas de su condición, y las desnaturalizan o sobre-naturalizan
al proyectarlas y pervertirlas o convertirlas hacia el infinito que
pertenece a la esfera sagrada.
El
agente trascendente del sacrificio es Dios, que desnuda y hiere a su víctima a la que desea y quiere penetrar, de la
que es a la vez amante y
sacrificador. El alma, presta para ser inmolada, pierde el pudor que
la hacía impenetrable, y bruscamente se abre, como una amante
enajenada, y facilita la posesión del
Amado...
Nadie
ha hallado fórmulas más hermosas que San Juan para expresar esa metamorfosis patética de la soledad en
experiencia teopática,
como dialéctica del sacrificio y entrega del alma, a
la que matando, muerte en vida el Amado troca (LL, 2). Y ese
lenguaje privado y poético, profundo, sublime, divinamente erótico,
es su mejor recreación, porque no hay otra. Como ha indicado
recientemente Julián Marías (bien que refiriéndose a otro gran
seductor y seducido, el Tenorio): "sin el lenguaje amoroso el
amor no existe"; no son las virtualidades de los cuerpos, sino
las virtualidades del Verbo, al que también canta San Juan y
romancea, las que seducen y enamoran...
El
misticismo cristiano depura hasta el límite el necesario
componente violento y transgresor del sacrificio, transustancía,
por ejemplo, la sangre y el cuerpo de Dios en pan y en vino; erige en
valor la mansedumbre: saber sufrir al prójimo por amor de Dios y
sufrirse; postula la negación del "yo" egoísta como sumisión
del propio sacrificado al Otro, que en ésto se aproxima y comunica,
se hace prójimo. Al contrario que el paganismo, la religiosidad
cristiana aparta de la esfera de lo sagrado toda impureza, toda
contaminación sensible (siendo en ésto más platónica que judía).
Todos los aspectos nefastos, demónicos, carnales, son malditos y
arrojados del Cielo en la figura de Satán; y
cierta ortodoxia católica, o calvinista, condena a morir en
las llamas a todo el que experimente en el pecado el poder y el
sentimiento de lo sagrado: toda afición del alma por lo impuro es
vista como una profanación y Dios sólo es identificable con
el creador del Bien o el Bien mismo. El mismo amor humano sólo es
real y verdadero (puede ser bendito), si reniega de la carne y
proclama su condición divina y luminosa, o su necesaria vinculación
reproductora.
A
todo ésto alcanza la negación neoplatónica de la existencia del
mal... Se impone en nosotros la negación de las divinidades
seculares: el mundo, el demonio, la carne. Una verdadera preparación
para la muerte que dispone la vida dichosa
del espíritu...
La
vida del espíritu no es para nuestro místico sino la culminación de la negación siempre presente. Entender en
espíritu la verdad de las cosas exige la depuración anímica del
apetito y la negación de
lo que pone el apetito en ellas, para salvar de
las cosas lo cierto (A 48).
No
obstante, hay Dios, hay verdad, hay amor en las cosas,
más allá de las apariencias del mundo, las ideas madres
configuran la esencia del Creador en lo creado, en el secreto de los
pucheros teresianos, en los que también se hace presente lo
numinoso. Pero, tan fuerte sigue influyendo la teología
negativa del San Dionisio (de Dios sólo sabemos con seguridad qué no
es), que no podemos determinarlo como cosa concreta alguna, justamente
porque es la raíz de lo que de bueno hay en cada una...
ÉXTASIS
La
identidad de la experiencia mística y lo erótico no es
una cuestión de puro lenguaje. El éxtasis quietista coincide,
por lo menos en el mundo
secreto que revela la negación,
con el elemento
emocional, el estar fuera de sí del instante orgiásmico;
el estado de gracia , como objetivo final del ritual, es el
calor del "épanouissement" amoroso sublimado en espíritu,
es decir, vivido en una
emoción de la mente, de la que lo físico es un simple y no buscado síntoma...
Los artistas barrocos estarán, es verdad, católicamente interesados
en mostrar que los signos visibles de esos estados eróticos
superiores son patentes y perfectamente
identificables, y manifiestan así la verdad de su fe como presencia
real de Dios en los arrobos del santo. Bernini es uno de los mejores
ejemplos. Esa estética se populizará en el sentimentalismo hierático
de las cromolitografías del siglo XIX, pobladas de corazones
sangrantes y gestos melodramáticos...
No
es sólo que el estado extático y el camino místico pueda ser
descrito por analogía como un goce erótico, sino que -como declara
la santa de Avila- el cuerpo es la caja de resonancia (la redundantia,
de San Juan) de ese "desmayo dichoso" en que culmina
todo el proceso teopático, de ese abrasamiento amoroso que
deja el "dardo de oro largo" y encendido tras entrar por el
corazón y llegarte a las entrañas y salir como llevándoselas consigo
-como dice Santa Teresa.
De este dichoso estado comenta que participa "el cuerpo algo, y aún
harto" como de un suavísmo dolor, que es un requiebro tan suave,
que pasa entre el alma y Dios, que ella suplica a Su bondad que lo dé
a gustar a quien pudiera pensar que miente (Vida cap. XXIX).
San
Juan es completamente sincero cuando nos habla del Amado y la amada,
de senos y regazos, de primaverales aromas delicados, de la alegría
fecunda de los campos y el mosto de sus granadas, del arrullo y la
llamada de tórtolas y palomas, excitándonos con una sensibilidad prácticamente
oriental. Es consciente de la impotencia del espíritu, de la pobreza
cromática del pensamiento; por más que en él se haya fraguado el
verdadero numen de la pulsión erótica, no puede sino emplear la simbólica
de la carne para comunicar su hallazgo: la dulzura que ha dejado la
negación y el sacrificio. Sucede que el espíritu se expresa en
aquello en que no se satisface. Todas las formas naturales son ahora
recuperadas como nombres que emplea voluntariamente el espíritu en la
sublimidad de cada verso, en el valor puramente musical de cada
sonido, en la armónica conjunción de significados y significantes...
Esa
poesía maravillosa resuelve milagrosamente el conflicto entre la
atracción y la repulsa. En ese paisaje del espíritu se mezcla un
perfume claustral con el vaho de licores, elixires y sudores demasiado
concretos... Sólo es insincera allí la carne, su propio deseo la ha
sacado de sí misma, la ha prendido de lo cultural, de lo religioso,
de lo simbólico.
AMOR
SAGRADO
Pero
también muestra otra cosa: que la experiencia mística es la última
posibilidad de la vida. Con nuestra mentalidad científica, técnica,
utilitaria, hemos rebajado la unión sexual a realidad puramente biológica;
con nuestro hedonismo grosero, la hemos reducido a un mercadeo de
placeres efímeros, cuando no a un desahogo compulsivo. Pero la unión
sexual puede ser recreada, revivida y sublimada como un episodio
humano más fundamental: aquél que precisamente tiene la virtud de
expresar "la unión del Dios trascendente y de la
humanidad". Naturalmente, la unión sexual ha mediado en el
anhelo de inmortalidad e infinitud de la especie, expresando la pulsión
de un sujeto genérico, impersonal. La carnal puede ser mejor
celebrada como un rito, susceptible (y algunas religiones orientales
así lo han percibido) de significar lo sagrado...
No
debemos interpretar, por lo tanto, que para el misticismo de San Juan
el simbolismo conyugal tenga, aun sin quererlo, un significado sexual,
cuyo mecanismo de sublimación, él, pobrecito, tan inocente, no
conoce, por no haber podido leer la obra del doctor Freud; sino que
podemos comprender, por el contrario, que San Juan ha sabido apreciar
el valor trascendental que la unión física comporta, más allá de
la posición común de la ortodoxia cristiana o de los prejuicios católicos
de su época (la iglesia -todo hay que decirlo- teme al sexo con razón
porque es temible; y sin razón, por desconocimiento). Juan de la Cruz
ha sabido valorar que la unión conyugal conlleva un sentido que la
supera, restituyéndole así su condición sagrada.
Es
una simplificación inaceptable reducir el amor místico a sexualidad
traspuesta o neurótica, entre otras cosas porque el sexo puro
comienza justo donde acaba todo lenguaje... No hay una salud natural
para el deseo humano que lo vincule exclusivamente a la actividad
genital; de hecho sería más bien una rareza que en un hombre, o en
una mujer, pesara más el instinto que el hábito social o la
costumbre. Pero no es así. Más bien puede ser -permítaseme esta
digresión- que las reducciones de toda forma mágica o sublime de
amor a sexo, y del sexo a genitalidad, sean, como apuntó Marcuse,
imposiciones represivas forzadas por los voceros de los mercaderes que
hacen de la insatisfacción un lucrativo negocio...
Renunciamos
de entrada a toda comprensión de la especificidad y diferencia de la
experiencia mística o teopática si reducimos el éxtasis a un
involuntario y "violento orgasmo venéreo". Aunque resulta
imposible -de igual manera- demostrar que éste no se dio. Los mismos
místicos tuvieron perfecta conciencia de los movimientos sensibles
que acompañaban su experiencia. San Buenaventura habla de los que
"in spiritualibus affectionibus carnalis fluxus liquore
maculantur" (o sea, de los que se manchan con el licor del flujo
carnal en medio de estados de ánimo puramente espirituales); pero se
trata de algo que consideran como intrínseco a su experiencia; cuando
les llega ese correlato orgánico de la emoción, no se detienen en él
y le miran sin temor ni miedo; no es más que un fin sobrevenido, como
las amapolas que deleitan la visión de un campo de trigo sin que el
agricultor las haya plantado o promovido. La raíz de la "dichos
ventura" que describen no es el síntoma físico de la emoción,
sino la emoción misma. Decir otra cosa es tan absurdo como pretender
que alguien está triste sólo porque se ha esforzado en llorar y
porque por sus mejillas corren lágrimas... La causa de la emoción
hay que buscarla en la vida intelectual, estética y moral; hay que
buscarla en el trabajo del alma que ha tallado, abnegadamente, en sí
misma, la forma pura de la belleza incondicionada y ha encontrado en
ella la imagen de Dios.
Por
decirlo de otra forma, opino que la existencia de movimientos y
placeres sensibles en el curso del éxtasis no demuestran que éste
pueda ser reducido a sexo, sino que lo sexual, como cualquier otra
potencia del psiquismo humano, es allí vivido en medio de una
experiencia espiritual de lo sagrado, de lo absoluto, como un simple
signo aparente que confirma la tensión interior y el nuevo equilibrio
al que aspiraba, tras su depuración moral y por medio del anhelo
concentrado de todas sus potencias, la unidad viva de la mente.
Lo
inferior es condición material de lo superior, y de abajo, de la
tierra, viene la fuerza, pero lo superior trasciende y libera a lo
inferior de su dependencia objetiva. Las motivaciones naturales pueden
ampliar su esfera de interés y hacerse con ello autónomas. De modo
que el placer es trascendido en emoción erótica, y ésta en éxtasis.
En el primer paso (es decir, de lo sexual a lo erótico), se impone
una mediación cultural e histórica, "una cortezía"; en el
segundo (de lo erótico a lo místico), se exige una mediación
profundamente estética, o religiosa; aunque aquí, la idea de religión
haya de entenderse en un sentido poco convencional...
La
articulación de esos estados eróticos superiores, asociados o
similares a los efectos extremos de la música y la melodía, con el
poder de la clínica moderna, los ha podido hacer aparecer como
estados patológicos de exaltación enfermiza, por el hecho de no ceñirse
a norma y ser excepcionales. Otra cosa entenderá quien comprenda ese
vago sabor de lo infinito que sus formas de expresión destilan... Si
no hemos compartido alguna vez, de alguna manera, esa misma
experiencia interior de lo absoluto, translucida en visión, de las
posibles lejanías del ser, en esos momentos "sensacionales"
que en absoluto responden a la experiencia prevista y confunden a los
siquiatras, es que nos ha sido negada una especial y nobilísima
experiencia del amor mismo... Bataille lo expresa muy bien (op. cit.):
«Esos
trances, esos encantamientos y esos estados teopáticos, que
describieron a porfía los místicos de todas las disciplinas (hindú,
budista, musulmana o cristiana -sin hablar de aquéllos, más escasos,
que no pertenecen a religión alguna-), tienen el mismo sentido: se
trata siempre de un desprendimiento en relación al mantenimiento de
la vida, de la indiferencia por todo lo que tiende a garantizarla,
desde la angustia experimentada en semejantes condiciones hasta el
instante en que los poderes del ser zozobran, y finalmente del libre
desarrollo de ese movimiento inmediato de la vida que acostumbra a
estar comprimido, que se libera de repente en el desbordamiento de una
alegría de ser infinita. La diferencia entre esta experiencia y la de
la sensualidad radica únicamente en la reducción de todos esos
movimientos al terreno interior de la conciencia, sin intervención
del juego real y voluntario de los cuerpos... Es ante todo el
pensamiento y sus decisiones, incluso negativas -pues el pensamiento
ya entonces no apunta sino al aniquilamiento de sus modalidades- lo
que entra en juego en este terreno...».
Ese
objeto de la contemplación extática sólo puede ser figurado por
analogía al objeto erótico natural, el amado o la amada, porque en
verdad es nada, es igual a Dios, es decir, lo indeterminable; y así
parece -como ha dicho Bataille- igual al sujeto que contempla.
Borradas todas las diferencias que formaliza el pensamiento, dicho
sujeto se ha perdido en la presencia indistinta e ilimitada del
universo y de sí mismo, y deja con ello de pertenecer al desarrollo
sensible del tiempo. Está absorbido en el instante que se prolonga y
eterniza, ya sin apego ni al porvenir ni al pasado... Ese instante es
por sí solo la eternidad.
LA
FELICIDAD DEL AMADO
¿Cómo
describir la naturaleza sublime del deseo irrefrenable, desesperado de
Dios, al que se apuesta todo tras haber renunciado a todo en este
mundo?
Negativamente,
pues es nada: ha encontrado la carencia en sí mismo tras arrancar el
último velo, la última piel de la cebolla. No es deseo de saber, no
es deseo de poder (aunque San Juan comprende muy bien la eficacia política
del desasimiento: "sin trabajo -dice- sujetarás las gentes, y te
servirán las cosas, si te olvidares de ellas y de tí mismo"),
es nihilismo, inmolación definitiva del "cuidado" que ha
quedado olvidado o se esfuma entre el viento gélido de las almenas.
El deseo vive entonces el goce de su propia disolución, de su apatía,
de su muerte, como conciencia (sabiduría) de la identidad de su ser
con el conjunto de las cosas y el principio del universo: La propuesta
del fraile descalzo es radical y escandalosa: "Déjate enseñar,
déjate mandar, déjate sujetar y despreciar, y será perfecta"
(A 111).
Este
amor es eficaz, a pesar de todo: iguala y comunica (C 28,1), lo que en
el alma es superior e inferior, servicio y señorío. Del Señor mismo
procede esta gracia (¡cuánta nostalgia de un verdadero Señor!:
final de la edad media). Él es quien se ama en mí, y en mi interior
me disuelve dulcemente y me aliena, y el espíritu arrobado desampara
a la carne (C 13, 4-5), fuera de sí, o sea, en ex-tasis, se endiosa
como "levantamiento de mente en Dios -según lo describe -, en
que queda el alma como robada y embebida en amor, toda hecha en Dios,
no la deja advertir en cosa alguna del mundo; porque no sólo de todas
las cosas, más aún de sí queda enajenada y aniquilada, como
resumida y resuelta en amor, que consiste en pasar de sí al
Amado" (C 6,14).
¿Es
esta felicidad un placer o un goce? ¿La fiesta del ser, de un yo
afirmativamente sentido como parte de Dios? ¿O, por el contrario, la
fiesta de un no-ser disuelto y muerto en la otredad de un puro caos al
que no entiende? ¿Es erótica o tanática? ¿Recreación o
autodestrucción?
En
otro sitio identificábamos provisionalmente la Voluntad excesiva y
negativa de San Juan (su Noluntad) con la noción de un Eros-anhelo
que afirma en fin la comunión subterránea y privada de las cosas, y
se recobra en la creación de la expresión poética, condición
feaciente de su persistencia y la de su palabra entre nosotros. Muerte
y vida intercambian sus significados en este mundo. Lo que está en
juego es la fulguración de ese instante en que se desafía a la
muerte. San Juan purgó en prisión este haberse negado a guardar las
formas o mantenerlas separadas, este afán por superarlas y
descarnarlas, unificándolas más allá de la contradicción. Pierde fácilmente
el amor todo respeto a ley severa, porque es en sí una pasión anárquica
que se resiste a toda concreción temporal, a toda extensión
espacial; gran saltador de muros y transgresor de fronteras. San Juan
se compromete con el amor de pleno.
¿Cómo
no va a desconfiar el Amado del amante, si éste no conjuga el verbo
amar en tiempo presente y eterno? ¿Cómo se va a entregar si la
relación admite prórrogas, amagos y olvidos? En verdad sólo se
puede amar para siempre, y por eso el auténtico amante jura
sinceramente amor eterno. No miente; sólo el tiempo miente.
Por
eso el amor-pasión no tiene historia, no hay conciencia histórica en
San Juan. Podemos gozar y entender de su obra sin reparar en su
tiempo, o se reitera en cada tiempo (si explico la ilusión, no la
disfruto) como la verdad del sentimiento más alto y más perfecto: el
que admite menos concesiones, menos recuerdos, menos ilusiones, menos
dependencias y servidumbres...
...Al
fin -como dijo Machado-, nada diría contra el Amor, que el amado o la
amada no hayan existido jamás.