BREVIARIO
Se compadecía tanto porque aún era pronto para tergiversar la vida, para darle más envidia con sus grandes ojos, para
llorar por él como ninguno. Ven y nos morimos, le suplicaba al anochecer. Ven y que la noche nos coja desprevenidos y
confusos, queriéndonos y todo. Tendrían que ser ellos quienes hablasen, como hacen los huérfanos, de lealtad y de afecto.
Ella, que se entregaba al azar como muñeca ausente, mordía las uñas y su gozo fue casi casi
sobrecogedor. De él, ya se supo bastante. Pájaros y ascuas y la carne que acaba sin misericordia con nosotros. En Prinderos y sólo una vez.
NIÑOS QUE TOSEN
La nieve era la fiesta a la que no debe faltar ninguno de ellos, aunque lo diga el cura. Se conforma aquel tiempo con poco:
todos recorriendo el camino tras la huella sangrante del zorro hechizado, dejándonos la niñez despachurrada y desde
entonces, ya para siempre, licenciosa. Habría que seguir hurgando en tal encrucijada, ellos y nosotros, todavía, tocando la
piel serena de sus senos y con el frío morirse también. Creen que el invierno es señorío de tunantes y a veces se habla de
que la sutileza la tienen los otros. Pues bien, solamente contarte que te echaba de menos allí, helado y diminuto, llorando de
amargura. Después de todo qué triste esa nieve, la de ahora mismo, que ya no hollarás.
ALIBABÁ Y REMEDIOS
A escondidas el tiempo y que la tiniebla en sendos escobales cumpliese su amenaza. Que el amor los tortura, le daba la
vuelta sin parar a su vestido, los llena de gozo como el lento atardecer de cualquier día de verano. ¿Quién era aquel valiente
que atravesaba sin condón nuestra fatalidad para dar con ella en las tenadas? ¿Fue realmente la misma muchacha que
nosotros sospechamos? Hoy no nos mira bien, ni tan siquiera reconoce en nosotros aquella mirada, dulzona y errabunda, con
que mirábamos con él el universo. Por lo menos un cosmos desastroso que allí se entumecía... Alibabá el ladrón y Remedios
la enfermera.
POEMA DEL PORDIOSERO
Que nosotros sepamos era el único que el frío llevaba a sentarse en la escalera, tiritando con el plato humeante de sopa en la
mano y maldiciendo su suerte. Cada diciembre allí lo aposentaba, ante nosotros, la vida o eso que dicen que debe contarse.
Dábamos por hecho que aquel hombre merecía el temblor que otorgaba a su rostro una expresión un tanto indigna, por dios.
Más tarde supimos, y si no M. nos lo dijo, que no era inevitable el ser desgraciados, que la felicidad también es algo que se
debe escuchar cuando apetece beber un buen trago de lejía. A veces el dolor, o la soledad que es una muñeca desmayada,
aún nos deparan alguna sorpresa. Nos abre la puerta el pordiosero y nos da de comer y diluvia sin cesar en la memoria de
alguien.
EL GRITO
Que los maten a todos. Fueron ellos quienes dieron el último traspiés y nos encaminaron derechitos al fracaso. Consintieron
que nuestro cuerpo se pudriera al sol, como si no tuviésemos facultad para ser estatua ejemplar y distinguida. Que acaben
con todos y se lleven sus trajes de pantalón corto y camisa nueva de color naranja a los desvanes. Hicieron de nosotros
hombres sin provecho, muchachos mutilados, niñas muy perdidas bajo andenes fríos. Que los maten ahora mismo, pero a
todos, que los pasen a cuchillo cual si fuesen bandoleros. Aún hay quien los añora, cuentan... Nos trajeron aquí y, como de
golpe, estamos solos.
NO CREAS A G.
Estaría el viento que secaba sus manos como un fantasma atroz insulta a nuestro antepasado más y más verosímil, y también
la noche menos pensada que tendría que poner en orden su deseo: al alzar la voz su garganta emite un sonido repugnante.
Puf. Pensabas que sería suficiente el amor. Tú entretenías el tiempo entre los muslos de aquella mujer sin esperanza,
adivinabas allí la pura desdicha, golpeabas en sus sienes por ver si amanecía mucho antes que en ningún otro sitio. ¿Es
posible que fueras la pregunta que uno se hace al acabar la ceremonia? Yo miraba para atrás y te veía a ti sonreír como un
hombre ausente, de ésos que irrumpen en la vida del otro, sin falta ninguna, y pasa la noche.