Cuando
se supone que estamos en el Siglo XXI,
podemos suponer también que el
Jazz tiene un siglo.
Y
aunque es absurdo determinar la fecha de origen de cualquier género
musical o de cualquier creación artística, esta suposición podría
basarse en que todos los ingredientes (work songs, cantos religiosos,
blues, minstrels o ragtime) estaban ya añadidos en el puchero que se
cocinaría en sus inicios, un siglo atrás.
No
seré tan temerario como para ponerme a analizar los origines del Jazz
pero sí al menos de opinar sobre su estado actual, con la única
pretensión de manifestar una visión particular y por tanto sujeta a
cualquier tipo de discrepancia.
Desde
la aparición del be-bop a mediados de los años 40, ya surgieron voces
profetizando el fin del Jazz; posteriormente vendría el “free”, la
fusión con el rock, una regresión al bop, coqueteos con la música
electrónica, etc. y con cada cambio, los vaticinadores de turno echándose
las manos a la cabeza —¿pero dónde vamos a llegar? Y en esas
estamos, con una música que ha evolucionado constantemente a un ritmo
vertiginoso, rompiendo normas de continuo y cuestionando toda definición
que se le haya atribuido: prueba irrefutable por tanto de su vitalidad,
mal que le pese a muchos.
¿Pero
cuál es ahora la situación? Hay quien dice que desde que falleció
John Coltrane, el Jazz no tiene ningún líder ¿Lo necesita acaso?
Quien dice que ya no tiene swing, que el verdadero Jazz debe ser
interpretado por afroamericanos y tantos otros tópicos promulgados por
mentes estrechas, mentes a fin de cuentas reaccionarias y
fundamentalistas, que son las que realmente
han intentado asesinar (y aún hay quien sigue haciéndolo) al Jazz.
Otra lacra que tampoco hace ningún favor a quien quiera acercarse a
esta música son los pedantes, snobs, estiracuellos que suelen
presentarse en club o salas de concierto con la única intención de
pavonearse, aplaudir mecánicamente tras los solos de los intérpretes y
hablar de forma rara. Evidentemente el neo-aficionado que se acerca a
estos sitios puede sentir un rechazo ajeno al que pudiera sentir hacia
la música (algo totalmente admisible), por causa de estos personajes
cancerígenos. Mal asunto, cuando el arte deja de ser popular y se
vuelve elitista.
Por
supuesto que existen otros muchos males, pero dejémoslo así y veamos
qué sucede al observar el estado de cosas en lo que le es propio a esta
música que tanto nos apasiona.
Si
de otros tiempos pudiera decirse que la corriente dominante fuera el
hard bop, por ejemplo, en estos que corren no me atrevo a indicar una
corriente principal, a no ser aquella que las grandes multinacionales
nos quieren meter por los ojos; lo cual no quiere decir que estas compañías
divulguen música a la cual no debamos prestar atención. Existe una
diversidad estilística y de tal calidad que me hace sentir bastante
optimista respecto al futuro del Jazz.
¿Qué
no existe un líder en cada corriente? Mejor, siempre será más democrático
así o, lo que es lo mismo, nos libraremos de los tiranos. ¿Qué no
existe una corriente principal?
Mejor,
que cada uno escuche lo que quiera y no se preocupe, tiene donde elegir.
La preponderancia de los músicos norteamericanos parece que ya no es
tal: en cualquier otro país o continente las propuestas son tan
interesantes como en Los USA, ¿nos vamos a preocupar ahora de
nacionalidades y de colores de piel?
Esta
diversidad también ha sido propiciada por las compañías discográficas
independientes: si hace varias décadas estas compañías se podían
contar con los dedos de una mano, hoy son innumerables. En la mayoría
de ellas prima la calidad de las obra del artista sobre el interés
comercial, por lo que las oportunidades de que un artista pueda darse a
conocer a los aficionados han aumentado y el problema de la distribución
parece haber sido paliado gracias a los nuevos medios de comunicación,
como Internet. A fin de cuentas, el jazz ha ido popularizándose y
democratizándose desde sus inicios. Me refiero a que hoy cualquiera
puede tener acceso a esta música, no en cuanto a su complejidad musical
sino en cuanto a los medios que la ponen a su alcance. Sin, embargo
alguien puede encontrar paradójico considerar el buen nivel que tiene
el Jazz (tanto de interpretes como productos discográficos) en
comparación con la respuesta popular que genera. Pero aquí entraríamos
en problemas sociológicos que se saldrían de mis consideraciones, es más,
no se trataría ya de problemas relativos a este tipo de música, sino a
la función, la vigencia, el tratamiento de que es objeto cualquier arte
en nuestro tiempo.
En
fin que todo (casi) va de perlas, lo peor es que no tenemos los
bolsillos tan llenos como quisiéramos y tampoco tantas vidas como un
gato. Sí, tal vez 7 sería el número correcto.