Volver al índice  

Antonio Martín

SOBRE LAS VIDAS DE LOS GATOS

Nº 0

 

Mayo 2000

 
 
 

 

 

Cuando se supone que estamos en el Siglo XXI, podemos suponer también que el Jazz tiene un siglo.

 

Y aunque es absurdo determinar la fecha de origen de cualquier género musical o de cualquier creación artística, esta suposición podría basarse en que todos los ingredientes (work songs, cantos religiosos, blues, minstrels o ragtime) estaban ya añadidos en el puchero que se cocinaría en sus inicios, un siglo atrás.

 

No seré tan temerario como para ponerme a analizar los origines del Jazz pero sí al menos de opinar sobre su estado actual, con la única pretensión de manifestar una visión particular y por tanto sujeta a cualquier tipo de discrepancia.

 

Desde la aparición del be-bop a mediados de los años 40, ya surgieron voces profetizando el fin del Jazz; posteriormente vendría el “free”, la fusión con el rock, una regresión al bop, coqueteos con la música electrónica, etc. y con cada cambio, los vaticinadores de turno echándose las manos a la cabeza —¿pero dónde vamos a llegar? Y en esas estamos, con una música que ha evolucionado constantemente a un ritmo vertiginoso, rompiendo normas de continuo y cuestionando toda definición que se le haya atribuido: prueba irrefutable por tanto de su vitalidad, mal que le pese a muchos.

 

¿Pero cuál es ahora la situación? Hay quien dice que desde que falleció John Coltrane, el Jazz no tiene ningún líder ¿Lo necesita acaso? Quien dice que ya no tiene swing, que el verdadero Jazz debe ser interpretado por afroamericanos y tantos otros tópicos promulgados por mentes estrechas, mentes a fin de cuentas reaccionarias y fundamentalistas, que son las que  realmente han intentado asesinar (y aún hay quien sigue haciéndolo) al Jazz. Otra lacra que tampoco hace ningún favor a quien quiera acercarse a esta música son los pedantes, snobs, estiracuellos que suelen presentarse en club o salas de concierto con la única intención de pavonearse, aplaudir mecánicamente tras los solos de los intérpretes y hablar de forma rara. Evidentemente el neo-aficionado que se acerca a estos sitios puede sentir un rechazo ajeno al que pudiera sentir hacia la música (algo totalmente admisible), por causa de estos personajes cancerígenos. Mal asunto, cuando el arte deja de ser popular y se vuelve elitista.

 

Por supuesto que existen otros muchos males, pero dejémoslo así y veamos qué sucede al observar el estado de cosas en lo que le es propio a esta música que tanto nos apasiona. 

 

Si de otros tiempos pudiera decirse que la corriente dominante fuera el hard bop, por ejemplo, en estos que corren no me atrevo a indicar una corriente principal, a no ser aquella que las grandes multinacionales nos quieren meter por los ojos; lo cual no quiere decir que estas compañías divulguen música a la cual no debamos prestar atención. Existe una diversidad estilística y de tal calidad que me hace sentir bastante optimista respecto al futuro del Jazz.

 

¿Qué no existe un líder en cada corriente? Mejor, siempre será más democrático así o, lo que es lo mismo, nos libraremos de los tiranos. ¿Qué no existe una corriente principal? Mejor, que cada uno escuche lo que quiera y no se preocupe, tiene donde elegir. La preponderancia de los músicos norteamericanos parece que ya no es tal: en cualquier otro país o continente las propuestas son tan interesantes como en Los USA, ¿nos vamos a preocupar ahora de nacionalidades y de colores de piel?

 

Esta diversidad también ha sido propiciada por las compañías discográficas independientes: si hace varias décadas estas compañías se podían contar con los dedos de una mano, hoy son innumerables. En la mayoría de ellas prima la calidad de las obra del artista sobre el interés comercial, por lo que las oportunidades de que un artista pueda darse a conocer a los aficionados han aumentado y el problema de la distribución parece haber sido paliado gracias a los nuevos medios de comunicación, como Internet. A fin de cuentas, el jazz ha ido popularizándose y democratizándose desde sus inicios. Me refiero a que hoy cualquiera puede tener acceso a esta música, no en cuanto a su complejidad musical sino en cuanto a los medios que la ponen a su alcance. Sin, embargo alguien puede encontrar paradójico considerar el buen nivel que tiene el Jazz (tanto de interpretes como productos discográficos) en comparación con la respuesta popular que genera. Pero aquí entraríamos en problemas sociológicos que se saldrían de mis consideraciones, es más, no se trataría ya de problemas relativos a este tipo de música, sino a la función, la vigencia, el tratamiento de que es objeto cualquier arte en nuestro tiempo.

 

En fin que todo (casi) va de perlas, lo peor es que no tenemos los bolsillos tan llenos como quisiéramos y tampoco tantas vidas como un gato. Sí, tal vez 7 sería el número correcto.

 

 

 


 
 

 

Contacte con la autora
      Volver al índice Página anterior    Página siguiente