Contrapuntística
por excelencia, rica en posibilidades del
maniobras
técnicas, audaz en el manejo del espacio, libre de toda sujeción métrica
y emitiendo su propio fraseo musical, la poesía contemporánea ha
puesto el acento en la hondura más conflictiva del ser, rozando lo
cotidiano con los dientes apretados y sumergiéndose en lo lírico sólo
sí hace al contenido del poema.
Valorando
la imagen sobre la metáfora, ajustando la palabra hasta exprimirla en
sus definiciones muchas veces múltiples y dejando en algunos casos
huecos irritantes, se interna en los sentimientos personales sin
empantanarse con ellos y se adentra en la realidad sin confundirse con
la crónica. Claro que es necesario señalar que sin Poe, Dickinson,
Mallarmé, Pound o Eliot, por citar sólo a cuatro, la poesía aún
estaría enquistada en la rigidez lírica del Romanticismo.
Un
jardín poético es la resultante de tres factores básicos:
1)
El tiempo y la cultura de los cuales emerge el poeta.
2)
El poema en sí y quienes lo elaboran.
3)
Los que lo leen.
1)
Sin ubicarse en el tiempo y su devenir, y sin tomar en cuenta el entorno
socio-cultural que ha sido propio de cada poeta, habría quienes podrían
caer en la impaciencia y aburrirse con la poesía amorosa de Catulo, las
Odas y Sátiras de Horacio, la épica y bucólica de Virgilio, el dolce stil nuovo del Dante, los sonetos de Petrarca, la
monumental obra dramática de Shakespeare, el conceptismo de Góngora,
la metafísica de John Donne, el misticismo de Teresa de Ávila, el
neoclasicismo inglés de Coleridge, Shelley o Keats, el romanticismo
francés de Hugo o Vigny, el romanticismo alemán de Heine o Novalis, o
el pesimismo de Leopardi, disfrutando solamente el modernismo de Darío
o Lugones, la generación del 98 española con Machado o Juan Ramón Jiménez,
o la vasta y musicalísima obra de García Lorca.
La
renovación de la estructura poética se debe fundamentalmente a Poe,
Whitman y Emily Dickinson con la difusión de versos libres, aunque la
gran revolución surge con los simbolistas. Y es Francia—más
concretamente París, ese excepcional caldo de cultivo para propios y
extraños— quien nos regala a Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, Nerval,
Rimbaud, Laforgue, Lautréamont y Valéry. Sin olvidar obviamente a
Rilke o a Yeats.
Pero
aún no estaba todo dicho en esta etapa tan fecunda en cambios
deslumbrantes y, a la vez, tan confundida por el desmoronamiento de
muchos valores tradicionales. Y vuelve a ser París el almácigo
propicio para la segunda revolución. El surrealismo de Breton,
Apollinaire, Aragón o Eluard y el lacerado grito de Artaud trasladarán
el eje, ubicado en la razón cartesiana, a la razón de la
irracionalidad, esa aparente paradoja.
Con
el imaginismo de Eliot o Pound, el hermetismo de vanguardia de Ungaretti,
Saba, Montale o Quasimodo, la poesía soviética de Esenin, Pasternak,
Evtuchenko, Maiakovski, Ajmátova o Mandelstam,
la vanguardia española de Aleixandre, Cernuda o Hernández, el
alemán Hesse, el griego Elytis, el inglés Dylan Thomas, el
neorrealista italiano Pavese, los estadounidenses Frost, Stevens,
Williams o Marianne Moore, los hispanoamericanos Vallejo, Neruda, Paz,
Huidobro o Parra, el portugués Pessoa, los brasileños Drummond de
Andrade o Bandera, la poesía transita decididamente por la cumbre.
En
cuanto a la Argentina, si bien sus poetas no han producido cambios
estructurales significativos —con la excepción de Juan L. Ortiz, cuya
poética está teniendo la difusión que merece luego de un largo semi-silencio—,
han encontrado un sólido lenguaje propio para expresar una
realidad tanto interna como externa que se re-conoce en el poema.
La lista es extensa y muy valiosa, tanto por las disimiles
corrientes en las que ha bebido como por la calidad individual.
2)
Esta apretada síntesis que hace a la historia y la contemporaneidad de
la poesía dista de ser exhaustiva, pero sin una adecuada lectura de
estos poetas, además de la de aquellos brillantes prosistas que jalonan
la historia de la literatura,
el conocimiento de por lo menos algunas de las más importantes
doctrinas filosóficas y de las a-percepciones de Sigmund Freud, la
formación del poeta sería, cuanto menos, una des-información. Si bien
cada uno debe tañer su propia campana, es imposible que la Señora Poesía,
la pura sensitiva nos señale
con su misterioso dedo sin acumular más lectura que poemas propios, y
esa lectura medida en horas-años.
Por
otra parte no hay, por fortuna, un solo estilo valioso el cual —y como
bien señala Cabrera Infante—, suele ser muchas veces el del propio
poeta que opina. Y esto es lamentable pues por este camino poco valdría
lo ajeno y hasta se podría llegar a la aberración de cuestionar a los
clásicos. Algo así como si no le debiésemos nada a nadie siendo lícito,
claro está, que nos deslumbren más unos que otros en función de
nuestra propia subjetividad.
De
todos modos existe un parámetro ineludible: tener algo que decir a los
demás. Una verdad, la parcial de cada uno que pueda penetrar en el y al otro. Y huir
de lo superfluo, porque con la simple ayuda de un diccionario cualquiera
puede advertir la riqueza conceptual y definidora de las palabras.
El mero hecho de un padecimiento personal puede autorizar al que
padece a volcar sus sufrimientos en un cuaderno, el que tendrá un valor
privado más que respetable. Pero poesía es bastante más que un
desaguadero de pieles o corazones sensibles, desaguadero que terminará
más temprano que tarde en el camino circular de la reiteración.
Poesía
es un bisturí sin concesiones que vivisecciona antes que nada la copa
del árbol, y así como el árbol concreto hunde sus raíces en la
tierra, las raíces del ser humano se hunden en el angustiante misterio
de la existencia, no
habiendo en todo el universo nada tan imposible de aprehender.
Por eso mismo las búsquedas son constantes, por eso mismo el
producto es agotador.
Ezra
Pound, al lanzar los tres "dogmas" del imaginismo, metodifica
lo que son hoy las bases de la poesía contemporánea. Los llevó
adelante utilizando una persona
o máscara que le permitió establecer una distancia entre el objeto y
la subjetividad, la que de todos modos estará siempre presente en el
poema. Este elemento formal
es de un valor inestimable, salvo que se puedan decir en primera persona
estos bellísimos fraseos de Eliot, extrapolados de "La canción de
amor a Alfred J. Prufrock", donde en tan pocas palabras hay un
contenido hondamente lírico y reflexivo a la vez:
He
oído a las sirenas cantándose
entre
sí.
No
creo que vayan a cantar
para
mí.
Del mismo poema, con el ser pensante y desnudo, ahogado de
preguntas y desprotegido de respuestas:
¿Me
atrevo
a
perturbar el Universo?
En
un minuto hay tiempo
para
decisiones y revisiones
que
un minuto habrá de revocar.
3) El tercer factor de esta ecuación es el lector que lee en
soledad los poemas que le
están dirigidos, por esa necesidad que cada uno tiene de ser
en-el-otro. Sin la persona que lee no se cerrarían los eslabones de la
cadena a que hacía referencia Sócrates en el diálogo con el rapsoda
Ion de Éfeso. Pero tampoco habrá lector si ese
otro no pre-dispone y pone en juego su propia necesidad de
reflexionar. Y hablo de necesidad
y no de capacidad de reflexión, porque la agitación de lo cotidiano
suele cubrir con aterradora frecuencia y a manera de mortaja esa
necesidad. Que corramos desenfrenadamente ya es insalubre, pero si además
lo único que hacemos es correr con desenfreno, ¡ay! de nuestra
interioridad.
La
poesía contemporánea no ofrece un producto fácilmente digerible sino
que obra a modo de un disparador. Cuando encuentra eco en el otro, aquel
que lee extraerá conclusiones muchas veces distintas de la idea nuclear
que el poeta tenía en la mente al escribir el poema.
Conclusiones valiosas en tanto se re-conozcan en una pequeña
verdad que ya vivía dentro de él y la ve expresada con transparencia
en una línea.
Y
es precisamente en ese enriquecimiento donde reside la razón de ser de
la poesía.