"Siga
esta calle hasta el final y cuando encuentre una rotonda tuerza a la
derecha. A unos veinte metros verá una casa de color blanco, creo que
lleva el número 3. Allí mismo vive Don José Saramago."
Haciendo
un requiebro a un contenedor de basura que impedía los movimientos de
sus brazos transformados en veleta, un policía municipal de Tías señalaba
el norte de mi rumbo, deseándome suerte en la búsqueda.
Conforme
me acercaba al domicilio del premio Nobel repasaba las preguntas que le
haría, en el supuesto caso que pudiese hacerlas, pues sin encomendarme
más que a mi propia insensatez pretendía entrevistarlo sin anuncio
previo y completamente a traición.
"¿De
parte de quién?, ¿no tiene una tarjeta?, espere un momento por
favor", me respondió una señora muy atenta que se acercó a la
puerta, tras un llamado bastante tímido en un botón disfrazado de
timbre que indicaba: Pilar del Río –José Saramago.
Un
minuto después otra señora, también muy atenta, me comentó que en
ese momento su esposo estaba trabajando y no podía ser interrumpido,
pero que si regresaba, déjeme pensar...
Sin
dejarle concluir palabras ni pensamientos le manifesté, excitado, que
con tal de ver a su marido podía volver a la hora que me dijese,
incluso a las tres de la madrugada y si era necesario en ayunas.
"Eso
quizás sea demasiado tarde, mi marido mañana sale de viaje... Si
vuelve a las siete lo va a recibir", ultimó la señora amable,
probablemente al ver mi cara de angustia.
Como
era mediodía me entretuve dando vueltas por Lanzarote, extasiándome en
las piedras que alguna vez los volcanes le robaron a las entrañas de la
tierra y mirando el reloj; estudiando los molinos de viento, resabios de
un pasado campesino y comprobando
si el bolígrafo escribía; palpando la arena negra de las playas y
observando si el papel del cuaderno de notas estaba en su sitio;
comparando los blancos de las paredes y los verdes de las maderas de la
mayoría de las casas de un rosario de pueblos y constatando las pilas
de la grabadora; rogando al viento para que siguiera soplando magia en
todas las esculturas móviles sembradas por los caminos de una isla
prodigiosa y viendo si el reloj continuaba con agujas
A
las siete menos cinco me acerqué nuevamente al timbre conocido cercano
a la rotonda. Un toque corto, casi miserable, para demostrar con el
sonido avaro poco interés en el asunto y ninguna urgencia, pero lo
cierto es que el corazón me latía más rápido que cualquier otro día
a las siete menos cinco
Aunque
pensé llegar más tarde, digamos siete y cuarto, para presumir que había
hecho esperar a un premio Nobel, me pareció poco atinado y, desde el
punto de vista del corazón, bastante peligroso
Esta
vez me recibió un joven, acompañado de un perrito de nombre Pepe, que
en ningún momento ofició las veces de guardián, seguramente
acostumbrado a los intrusos que peregrinan en una casa donde vive la
celebridad
En
el vestíbulo, mientras intentaba hacerle gracias a un Pepe indispuesto
a recibirlas, sentí unos pasos y tras ellos la figura de un hombre
alto, bastante alto y con gafas, que me invitaba subir a su estudio.
Tras
las presentaciones de rigor y haciéndole burlas - sin que se me note- a
un ordenador encendido que con un guión centelleante debería esperar
mi partida para que el escritor lo siguiese llenando de palabras, nos
sentamos.
José
Saramago me comentó que estaba muy ocupado con su próximo libro y para
no demorarlo más de lo necesario puse a funcionar una grabadora y un
dictáfono prestados, ambos en huelga de celos, pues giraban con
dedicación parcial y alternando tareas. Pregunté a Don José algo que
siempre quise preguntarle y nunca imaginé que podría preguntar.
Sr.
Saramago, la celebridad que trae aparejada el premio Nobel, ¿le
confiere mucho poder al autor?
Bueno...,
¿a qué llama usted poder?.
Al
sentido más amplio, por ejemplo a tener autoridad, a modificar algunas
realidades, a...
No,
las realidades no se modifican. El hecho de que uno tenga algo como un
premio no le da capacidad o instrumentos para cambiar los males de
otros. La realidad, tal como la tenemos o tal como la vivimos, no es
consecuencia de la acción de una persona determinada, sino la acción
de un conjunto de fuerzas políticas, económicas, militares. Lo que sí
ocurre es que un premio como éste hace que un escritor, su palabra, su
voz o lo que tenga que decir u opinar sobre un tema llegue a más
personas y pueda influir en determinadas decisiones. Pero de allí a
cambiar las cosas o la realidad, no.
Cuando
usted empieza a escribir, intuyo que no imagina donde va a llegar, la
repercusión o trascendencia que va a tener...
Bueno
trascendencia...
Me
explico, yo conozco personas que viven cerca de mí en Tenerife y otras
que viven muy lejos, por ejemplo en San Lorenzo, Rosario, Buenos Aires u
otros pueblos de la República Argentina, que ponen en sus bocas o sus
letras pensamientos que antes fueron suyos. Discursos, textos..., ¿piensa
alguna vez que a 20000 kilómetros de distancia hay lectores que citan
sus ideas?.
Eso
es cierto. Uno no se da cuenta de todo eso a la hora de escribir, pero
la verdad es que soy consciente. Tenga en cuenta que viajo muchísimo y
no vivo encerrado en mi casa. Sigo siendo como era: alguien que no huye
y a quien le interesa la gente. Pienso que tengo que decir y terminar
las cosas bien para que me entiendan. Además de esto que es mi trabajo,
ocurre, y ahora probablemente con consecuencias más notorias, que hablo
mucho. Incluso creo que estoy hablando demasiado.
¿Le
parece?, algunos reclaman...
¡Pero
si yo no digo nada trascendente!, solo digo que dos y dos son cuatro,
nada más. Lo que pasa es que desgraciadamente estamos viviendo en un
mundo en que hay una cantidad de personas que quieren convencernos que
dos y dos son cinco, o dos y dos son tres. Por lo tanto nos quieren
cambiar la realidad o darnos una imagen de esa realidad que no es real.
Yo me doy cuenta, sí, que me llegan cartas de Argentina, Méjico,
India, Australia o China. Y me sorprende que cosas muy sencillas —
desde mi punto de vista— influyan en las personas, lo que me da
sentimientos de responsabilidad. Si uno tiene una palabra y se da cuenta
que esa palabra tiene eco, una importancia enorme que puede estar
cambiando algo —no diré la vida de una persona sino la percepción
que esa persona tiene de la sociedad, del mundo, de la historia— tiene
que mirar con mucha atención lo que está diciendo. No para ser más
prudente, sino para medir el efecto que pueda producir.
Usted
decía que está hablando demasiado. ¿No cree que en estos momentos los
intelectuales, en contra de su opinión, están callados y en cambio
quienes hablan son el poder, la economía, la explotación de la
naturaleza?. En otras palabras, ¿no piensa que los maestros que tendrían
que ser escuchados aguardan en silencio?
Mire,
yo creo que sí, que es cierto, que habría que hablar más e intervenir
más. Pero estas cosas hay que mirarlas con cuidado. En primer lugar los
intelectuales no están en su sitio como especies de guías de la
humanidad. Ellos son humanos, personas con todas las contradicciones del
mundo que viven en un momento determinado en una sociedad determinada.
Claro que tienen una responsabilidad mucho mayor que la gente en
general, pero hay que tener en cuenta algo que en mi opinión se olvida.
Una sociedad que no se compromete no puede generar en ella misma
escritores comprometidos, porque entonces llegaríamos a una conclusión
un poco absurda. Tenemos una sociedad determinada, inerme, apática e
indiferente, preocupada solo en ganarse la vida lo mejor que puede y a
veces sin mirar en medios. ¿Y de esta sociedad van a salir
intelectuales para decir que el camino que sigue está equivocado?. A
veces ocurre, pero lo que no podemos es sorprendernos que los
intelectuales no se manifiesten, o no salgan a la calle, o no digan lo
que piensan, o no nos orienten. ¿Cómo va a ocurrir eso si la propia
sociedad de donde salen los intelectuales es apática e indiferente?
Vamos
a hechos concretos, usted es un escritor laureado, con un prestigio
reconocido y va a dar una conferencia a la que acude un número
determinado de personas. En otro sitio y a la misma hora cualquier
improvisado que no tiene nada que decir, pero que sale en televisión
anunciando el futuro de la manera más peregrina o a través de
disparates, tiene otra comparecencia y los asistentes multiplican por
ocho el aforo de la sala. ¿Cómo se motiva a esa sociedad?
En
Argentina, concretamente en Buenos Aires, di una conferencia en el Museo
de Bellas Artes y había mil personas y por fuera otro tanto que no
pudieron entrar. En Méjico, en el Palacio de las Artes, fueron dos mil
jóvenes y otros tantos siguiendo la charla en una pantalla gigante. Si
alguien me dice una burrada no me importa, pero puedo decir que no me
ocurre con frecuencia.
No
me refiero a las burradas en sus propias conferencias don José. Me
refiero al poder de convocatoria de unos y otros, hay tanto ruido mediático
que hay gente que no está capacitada para dar mensajes...
Yo
tampoco estoy capacitado para analizar el futuro. (Risas)
Cuando
usted se entera por los medios de comunicación que hay un desastre en
algún sitio, por ejemplo ahora mismo en Mozambique y constata que hay
gente que hace negocios con el dolor y abusos o trampas con las miserias
ajenas. ¿Piensa que son representantes del dos más dos son cinco, que
nunca han leído un libro, o qué?
Ese
análisis no es labor del escritor. Hay personas que están
predispuestas a recibir algo y son los lectores, los mismos que luego te
paran por la calle o te escriben. Esa gente es la que pertenece a lo que
yo llamo la tribu de la sensibilidad. Hay una tribu de la
sensibilidad..., los otros son los que en una catástrofe se convierten
en ladrones, asaltantes, saqueadores. Es el lado negativo, ¡terriblemente
negativo! de la naturaleza humana. ¿Cómo es posible que un niño bueno
se convierta en un hombre malo?. Alejandro
Dumas se preguntaba por qué los niños son tan inteligentes y los
adultos tan estúpidos. No se comprende como un niño bueno pueda
transformarse en un adulto malo. No cabe duda que el medio y la educación
tienen influencia, pero seguramente hay muchas cosas más, algunas que
se ven y otras que no. Pero la verdad es
que en un mundo como éste, donde lo que cuenta es el triunfo personal,
algo que se convirtió en valor, no se puede esperar otra cosa. El
triunfo personal es lo que cuenta, valga lo que valga, ocurra lo que
ocurra. En la cabeza de la gente se está poniendo —sobre todo en los
niños— que tienen que ser los mejores, los más fuertes físicamente,
los más fuertes materialmente, tienen que ganar, ser triunfadores. Con
una mentalidad como esta, que es dominante hoy, ¿qué es lo que
queremos? Sinceramente creo que está haciendo falta una revolución, ¡una
revolución ética!. Los medios de comunicación, empezando por la
televisión y terminando por la radio transmiten el valor dominante. ¿A
quién pertenecen los medios?, No a mí, seguramente no a usted, pero lo
peor de todo no es que esto exista, porque ha existido siempre. Lo peor
de todo es la apatía e indiferencia, que de una forma absolutamente
"genial" el poder, en sus distintas manifestaciones y
expresiones, ha conseguido llevar a la humanidad. O quizás no a toda la
humanidad sino a una parte de la misma, agobiada por la idea de tener
que triunfar, de poseer dos o tres coches... y los demás que se
fastidien.
Don
José, una persona que pertenezca a la tribu de la sensibilidad como
usted llama, viendo lo que pasa en el planeta, ¿puede ser feliz?
No
es fácil, porque si pertenece a la tribu de la sensibilidad no es un
ser egoísta. Y si una persona no es egoísta no puede ser feliz. Puedo
hablarle de mi caso: estoy viviendo en una isla preciosa como ésta, en
mi casa, con mi familia a la que quiero, especialmente mi mujer, con quien soy lo más feliz que se
puede ser. Tengo el premio Nobel y miles y miles y miles de lectores que
me aprecian. Bueno, la verdad es que lo tengo todo y, además, incluso
salud. Pero estoy en el mundo y el mundo no me da
ninguna razón para que diga: ¡estupendo!, ¡aquí estoy y qué
bien estoy!. No, estamos mal todos.
José
Saramago responde con convicción pero sin vehemencia, y su cara traduce
fielmente cada una de las palabras que expresa. No podría asegurarlo
con certeza, pero sus ojos inquietos me parecen tristes por lo que ven,
o quizás por lo que no pueden ver. Probablemente sea una temeridad por
mi parte decirlo, pero creo que su enorme humanidad y su condición de
"cacique de la tribu de la sensibilidad" no le dejan esconder
una pena también enorme. Me gustaría pensar que ello obedece al tiempo
que le estoy robando.
Pido
disculpas al escritor por haberle escamoteado minutos de su próxima
novela y agradezco al hombre su humildad y compromiso.
Dejamos
el estudio lleno de libros perfectamente acomodados, estantes repletos
de ellos, litografías con perfiles oscuros y un ordenador ocioso por mi
culpa, que seguramente
reiniciará su pulso de creación después que Saramago me salude con un
apretón de manos a la entrada de su casa, que para mí será de salida.
En
el portal, tras preguntarle que está leyendo en estos momentos respondió:
"A un señor de nombre Tácito."
Me
llevo dos recuerdos de la casa de don José, el primero una cinta
grabada con su voz llena de reflexiones, y el segundo una piedrita
insignificante de lava, hurtada del jardín por donde corretea Pepe, uno
de sus tres perros. No puedo decir que haya hecho esperar a un premio
Nobel, pero sí que tengo algo suyo dentro del bolsillo: un trozo minúsculo
de su volcán particular.