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Daniel Molini Dezotti

 

Entrevista a

 JOSÉ SARAMAGO

Nº 0

 

Mayo 2000

 
 
 

 

 

"Siga esta calle hasta el final y cuando encuentre una rotonda tuerza a la derecha. A unos veinte metros verá una casa de color blanco, creo que lleva el número 3. Allí mismo vive Don José Saramago."

 

Haciendo un requiebro a un contenedor de basura que impedía los movimientos de sus brazos transformados en veleta, un policía municipal de Tías señalaba el norte de mi rumbo, deseándome suerte en la búsqueda.

 

Conforme me acercaba al domicilio del premio Nobel repasaba las preguntas que le haría, en el supuesto caso que pudiese hacerlas, pues sin encomendarme más que a mi propia insensatez pretendía entrevistarlo sin anuncio previo y completamente a traición.

 

"¿De parte de quién?, ¿no tiene una tarjeta?, espere un momento por favor", me respondió una señora muy atenta que se acercó a la puerta, tras un llamado bastante tímido en un botón disfrazado de timbre que indicaba: Pilar del Río –José Saramago.

 

Un minuto después otra señora, también muy atenta, me comentó que en ese momento su esposo estaba trabajando y no podía ser interrumpido, pero que si regresaba, déjeme pensar...

 

Sin dejarle concluir palabras ni pensamientos le manifesté, excitado, que con tal de ver a su marido podía volver a la hora que me dijese, incluso a las tres de la madrugada y si era necesario en ayunas.

 

"Eso quizás sea demasiado tarde, mi marido mañana sale de viaje... Si vuelve a las siete lo va a recibir", ultimó la señora amable, probablemente al ver mi cara de angustia.

 

Como era mediodía me entretuve dando vueltas por Lanzarote, extasiándome en las piedras que alguna vez los volcanes le robaron a las entrañas de la tierra y mirando el reloj; estudiando los molinos de viento, resabios de un pasado campesino y  comprobando si el bolígrafo escribía; palpando la arena negra de las playas y observando si el papel del cuaderno de notas estaba en su sitio; comparando los blancos de las paredes y los verdes de las maderas de la mayoría de las casas de un rosario de pueblos y constatando las pilas de la grabadora; rogando al viento para que siguiera soplando magia en todas las esculturas móviles sembradas por los caminos de una isla prodigiosa y viendo si el reloj continuaba con agujas

 

A las siete menos cinco me acerqué nuevamente al timbre conocido cercano a la rotonda. Un toque corto, casi miserable, para demostrar con el sonido avaro poco interés en el asunto y ninguna urgencia, pero lo cierto es que el corazón me latía más rápido que cualquier otro día a las siete menos cinco

 

Aunque pensé llegar más tarde, digamos siete y cuarto, para presumir que había hecho esperar a un premio Nobel, me pareció poco atinado y, desde el punto de vista del corazón, bastante peligroso

 

Esta vez me recibió un joven, acompañado de un perrito de nombre Pepe, que en ningún momento ofició las veces de guardián, seguramente acostumbrado a los intrusos que peregrinan en una casa donde vive la celebridad

 

En el vestíbulo, mientras intentaba hacerle gracias a un Pepe indispuesto a recibirlas, sentí unos pasos y tras ellos la figura de un hombre alto, bastante alto y con gafas, que me invitaba subir a su estudio.

 

Tras las presentaciones de rigor y haciéndole burlas - sin que se me note- a un ordenador encendido que con un guión centelleante debería esperar mi partida para que el escritor lo siguiese llenando de palabras, nos sentamos.

 

José Saramago me comentó que estaba muy ocupado con su próximo libro y para no demorarlo más de lo necesario puse a funcionar una grabadora y un dictáfono prestados, ambos en huelga de celos, pues giraban con dedicación parcial y alternando tareas. Pregunté a Don José algo que siempre quise preguntarle y nunca imaginé que podría preguntar.

 

Sr. Saramago, la celebridad que trae aparejada el premio Nobel, ¿le confiere mucho poder al autor?

 

Bueno..., ¿a qué llama usted poder?.

 

Al sentido más amplio, por ejemplo a tener autoridad, a modificar algunas realidades, a...

 

No, las realidades no se modifican. El hecho de que uno tenga algo como un premio no le da capacidad o instrumentos para cambiar los males de otros. La realidad, tal como la tenemos o tal como la vivimos, no es consecuencia de la acción de una persona determinada, sino la acción de un conjunto de fuerzas políticas, económicas, militares. Lo que sí ocurre es que un premio como éste hace que un escritor, su palabra, su voz o lo que tenga que decir u opinar sobre un tema llegue a más personas y pueda influir en determinadas decisiones. Pero de allí a cambiar las cosas o la realidad, no.

 

Cuando usted empieza a escribir, intuyo que no imagina donde va a llegar, la repercusión o trascendencia que va a tener...

 

Bueno trascendencia...

 

Me explico, yo conozco personas que viven cerca de mí en Tenerife y otras que viven muy lejos, por ejemplo en San Lorenzo, Rosario, Buenos Aires u otros pueblos de la República Argentina, que ponen en sus bocas o sus letras pensamientos que antes fueron suyos. Discursos, textos..., ¿piensa alguna vez que a 20000 kilómetros de distancia hay lectores que citan sus ideas?.

 

Eso es cierto. Uno no se da cuenta de todo eso a la hora de escribir, pero la verdad es que soy consciente. Tenga en cuenta que viajo muchísimo y no vivo encerrado en mi casa. Sigo siendo como era: alguien que no huye y a quien le interesa la gente. Pienso que tengo que decir y terminar las cosas bien para que me entiendan. Además de esto que es mi trabajo, ocurre, y ahora probablemente con consecuencias más notorias, que hablo mucho. Incluso creo que estoy hablando demasiado.

 

¿Le parece?, algunos reclaman...

 

¡Pero si yo no digo nada trascendente!, solo digo que dos y dos son cuatro, nada más. Lo que pasa es que desgraciadamente estamos viviendo en un mundo en que hay una cantidad de personas que quieren convencernos que dos y dos son cinco, o dos y dos son tres. Por lo tanto nos quieren cambiar la realidad o darnos una imagen de esa realidad que no es real. Yo me doy cuenta, sí, que me llegan cartas de Argentina, Méjico, India, Australia o China. Y me sorprende que cosas muy sencillas — desde mi punto de vista— influyan en las personas, lo que me da sentimientos de responsabilidad. Si uno tiene una palabra y se da cuenta que esa palabra tiene eco, una importancia enorme que puede estar cambiando algo —no diré la vida de una persona sino la percepción que esa persona tiene de la sociedad, del mundo, de la historia— tiene que mirar con mucha atención lo que está diciendo. No para ser más prudente, sino para medir el efecto que pueda producir.

 

Usted decía que está hablando demasiado. ¿No cree que en estos momentos los intelectuales, en contra de su opinión, están callados y en cambio quienes hablan son el poder, la economía, la explotación de la naturaleza?. En otras palabras, ¿no piensa que los maestros que tendrían que ser escuchados aguardan en silencio?

 

Mire, yo creo que sí, que es cierto, que habría que hablar más e intervenir más. Pero estas cosas hay que mirarlas con cuidado. En primer lugar los intelectuales no están en su sitio como especies de guías de la humanidad. Ellos son humanos, personas con todas las contradicciones del mundo que viven en un momento determinado en una sociedad determinada. Claro que tienen una responsabilidad mucho mayor que la gente en general, pero hay que tener en cuenta algo que en mi opinión se olvida. Una sociedad que no se compromete no puede generar en ella misma escritores comprometidos, porque entonces llegaríamos a una conclusión un poco absurda. Tenemos una sociedad determinada, inerme, apática e indiferente, preocupada solo en ganarse la vida lo mejor que puede y a veces sin mirar en medios. ¿Y de esta sociedad van a salir intelectuales para decir que el camino que sigue está equivocado?. A veces ocurre, pero lo que no podemos es sorprendernos que los intelectuales no se manifiesten, o no salgan a la calle, o no digan lo que piensan, o no nos orienten. ¿Cómo va a ocurrir eso si la propia sociedad de donde salen los intelectuales es apática e indiferente?

 

Vamos a hechos concretos, usted es un escritor laureado, con un prestigio reconocido y va a dar una conferencia a la que acude un número determinado de personas. En otro sitio y a la misma hora cualquier improvisado que no tiene nada que decir, pero que sale en televisión anunciando el futuro de la manera más peregrina o a través de disparates, tiene otra comparecencia y los asistentes multiplican por ocho el aforo de la sala. ¿Cómo se motiva a esa sociedad?

 

En Argentina, concretamente en Buenos Aires, di una conferencia en el Museo de Bellas Artes y había mil personas y por fuera otro tanto que no pudieron entrar. En Méjico, en el Palacio de las Artes, fueron dos mil jóvenes y otros tantos siguiendo la charla en una pantalla gigante. Si alguien me dice una burrada no me importa, pero puedo decir que no me ocurre con frecuencia.

 

No me refiero a las burradas en sus propias conferencias don José. Me refiero al poder de convocatoria de unos y otros, hay tanto ruido mediático que hay gente que no está capacitada para dar mensajes...

 

Yo tampoco estoy capacitado para analizar el futuro. (Risas)

 

Cuando usted se entera por los medios de comunicación que hay un desastre en algún sitio, por ejemplo ahora mismo en Mozambique y constata que hay gente que hace negocios con el dolor y abusos o trampas con las miserias ajenas. ¿Piensa que son representantes del dos más dos son cinco, que nunca han leído un libro, o qué?

 

Ese análisis no es labor del escritor. Hay personas que están predispuestas a recibir algo y son los lectores, los mismos que luego te paran por la calle o te escriben. Esa gente es la que pertenece a lo que yo llamo la tribu de la sensibilidad. Hay una tribu de la sensibilidad..., los otros son los que en una catástrofe se convierten en ladrones, asaltantes, saqueadores. Es el lado negativo, ¡terriblemente negativo! de la naturaleza humana. ¿Cómo es posible que un niño bueno se convierta en un hombre malo?.  Alejandro Dumas se preguntaba por qué los niños son tan inteligentes y los adultos tan estúpidos. No se comprende como un niño bueno pueda transformarse en un adulto malo. No cabe duda que el medio y la educación tienen influencia, pero seguramente hay muchas cosas más, algunas que se ven y otras que no. Pero la verdad es que en un mundo como éste, donde lo que cuenta es el triunfo personal, algo que se convirtió en valor, no se puede esperar otra cosa. El triunfo personal es lo que cuenta, valga lo que valga, ocurra lo que ocurra. En la cabeza de la gente se está poniendo —sobre todo en los niños— que tienen que ser los mejores, los más fuertes físicamente, los más fuertes materialmente, tienen que ganar, ser triunfadores. Con una mentalidad como esta, que es dominante hoy, ¿qué es lo que queremos? Sinceramente creo que está haciendo falta una revolución, ¡una revolución ética!. Los medios de comunicación, empezando por la televisión y terminando por la radio transmiten el valor dominante. ¿A quién pertenecen los medios?, No a mí, seguramente no a usted, pero lo peor de todo no es que esto exista, porque ha existido siempre. Lo peor de todo es la apatía e indiferencia, que de una forma absolutamente "genial" el poder, en sus distintas manifestaciones y expresiones, ha conseguido llevar a la humanidad. O quizás no a toda la humanidad sino a una parte de la misma, agobiada por la idea de tener que triunfar, de poseer dos o tres coches... y los demás que se fastidien.

 

Don José, una persona que pertenezca a la tribu de la sensibilidad como usted llama, viendo lo que pasa en el planeta, ¿puede ser feliz?

 

No es fácil, porque si pertenece a la tribu de la sensibilidad no es un ser egoísta. Y si una persona no es egoísta no puede ser feliz. Puedo hablarle de mi caso: estoy viviendo en una isla preciosa como ésta, en mi casa, con mi familia a la que quiero,  especialmente mi mujer, con quien soy lo más feliz que se puede ser. Tengo el premio Nobel y miles y miles y miles de lectores que me aprecian. Bueno, la verdad es que lo tengo todo y, además, incluso salud. Pero estoy en el mundo y el mundo no me da    ninguna razón para que diga: ¡estupendo!, ¡aquí estoy y qué bien estoy!. No, estamos mal todos.

 

José Saramago responde con convicción pero sin vehemencia, y su cara traduce fielmente cada una de las palabras que expresa. No podría asegurarlo con certeza, pero sus ojos inquietos me parecen tristes por lo que ven, o quizás por lo que no pueden ver. Probablemente sea una temeridad por mi parte decirlo, pero creo que su enorme humanidad y su condición de "cacique de la tribu de la sensibilidad" no le dejan esconder una pena también enorme. Me gustaría pensar que ello obedece al tiempo que le estoy robando.

 

Pido disculpas al escritor por haberle escamoteado minutos de su próxima novela y agradezco al hombre su humildad y compromiso.

 

Dejamos el estudio lleno de libros perfectamente acomodados, estantes repletos de ellos, litografías con perfiles oscuros y un ordenador ocioso por mi culpa, que  seguramente reiniciará su pulso de creación después que Saramago me salude con un apretón de manos a la entrada de su casa, que para mí será de salida.

 

En el portal, tras preguntarle que está leyendo en estos momentos respondió: "A un señor de nombre Tácito."

 

Me llevo dos recuerdos de la casa de don José, el primero una cinta grabada con su voz llena de reflexiones, y el segundo una piedrita insignificante de lava, hurtada del jardín por donde corretea Pepe, uno de sus tres perros. No puedo decir que haya hecho esperar a un premio Nobel, pero sí que tengo algo suyo dentro del bolsillo: un trozo minúsculo de su volcán particular.

 

 

 


 
 

 

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