Septiembre: el labrador
¿Viste la soledad marcial del Allium porrum
al abrir su destino en falanges ordenadas;
cuyas lanzas, que altivo doblegó el esfuerzo,
despliegan réplica solar ante la alegre
Ficus carica, pródiga y de brazos hacendosos,
versada en miel para la crianza y el sestear?
La poesía intenta que así sea, así mismo
es intento, instrucción librada a la intemperie
del sentido, leva suma de falta acaudalada,
protectora: no quedara expuesto el candor;
y su encendida palabra, decisora, espeja
¡Marchen! a su modo de azogue que le evita
y le sirve al dueño sumisión, ya sin allí.
Todo es propiedad en la tierra: si el rayo
aún campea salvaje por los cielos, describe
su eclipse. Mas poseer es un dolor callado
que sólo el hombre soporta. Las muertes del Alio,
una a una, el robo de niños practicado al Ficus
labran herida extraña de incurable cultivo
—amargo, satisfecho rictus, violento y plácido—
en quien los vio nacer, crecer y ahora los arranca.
Mil lances tendieron día a día su querencia
hasta el fin del crepúsculo; el trabajo duraba
aún en lo oscuro por el bien entender y la plegaria.
Ahora al amanecer aguarda, cariacontecido y solo,
un invierno que ha de pedirle también en fruto
a él: y esa soledad suya no tiene flor ni sueño,
celo para mirar, ficción, asignatura; inculta,
esa soledad suya no vendrá ya a afirmarse
del verdor, ni a pavura de voces, lluvia o himno,
esa soledad suya tiene el dueño perdido.

El Algario y el Lunódromo
Al final de la línea divisoria
y sin que haya cesado el estruendo,
en el rincón más recogido del mar;
donde en primer plano la voz baja
del agua contra los bloques de piedra,
a millares como cereal marino
se hacinan, sobrevivientes, las algas.
El cuerpo del espigón hace el muerto:
por las entrañas abiertas, vísceras
de cuarzo en grutas simulan fauces
de tiburón encallado, caparazón de erizo,
raya fósil: ahí está nuestro asiento,
nocturno hogar, en vigilancia extrema
contemplamos silenciosos las aguas del mal
esbozándose en lo indiferenciado
venir amontonadas, a la carrera
o sucesivas, e inocentes
estrellarse en abanico contra las rocas;
adentro la alta oscuridad, estrella y mástil
balizado, agua y noche son
uno solo.
Ignorándolo el Algario,
disimulada en su ascenso y en connivencia
con el aspecto incorpóreo de las cosas,
algunos días del mes la luna
llena de sublimidad; pareciera, ¿no es cierto?
reflejarse un camino en su presencia.