
bajo extrañas coyunturas camina observando un cielo sangrante; estela enfrentando sus ocupaciones es una sombra de cabellos a la que se allegan un brazo venido desde lejos, primero, y luego, lentamente, un hombro y un tórax, trozos de materia opaca sobre los que ondean el humo de un cigarrillo y un rostro de jardines incinerados. el cuerpo que se arrastra lejano, entre nubes rojas, origina el recorrido infinito de eduardo, una punzada, algo que se desgarra y un dolor que no lo deja respirar. alarga el brazo como acercándose, pero encuentra un camino que no llega. que sólo dura y se quiebra. no recibe miradas o cicatrices; se consuela en el humo. todo ausente o distinto, ya no está; ya nada está y la niebla cada día más cerca, desluciendo tapias, confundiendo esquinas y extraviando sujetos que desesperan.
en la habitación, entre llamas y niebla, estela sonreía a la ventana donde azotaba el resabio de los colores. un cuerpo extraña tanto.
eduardo se apresura a abrazarla sobre el catre, creyendo que llega; se detiene en caricias y conjeturas, cuando en realidad el cuartucho despliega un abismo entre sus pies. no se tocan entre sí, no importa cuánto se hayan entrelazado antes ni cuán próximos hayan estado los huesos. no sabe que, aunque ella se deje hacer poco a poco, sólo da inicio a la distancia. se deja hacer, parece despertar y entonces algo se reactiva. te extraño y me extraño. algo ha irrumpido en nuestros dominios y lo devora todo; tu cuerpo pierde la memoria y el mío busca la ruta, extraviado, para yacer sediento en recodos y encrucijadas. ¿habías olvidado el influjo del monstruo de baba, del sajino? ¿la sombra muerta? qué rebuscabas en sus senos, hilos de sal, de arena. qué es aquello inerte que apresas y que se deja hacer moviéndose en espacios vacíos. luchas por acercarte, pero estela, desnuda, está y no está; largas cadenas que surten de ojos violáceos se revuelven en ella, aunque su cuerpo no se agite y aunque ahora, cerrando los ojos, abra las piernas, y entonces todo se nuble, rodeado por el vacío inmenso: me ahogo, una corriente de arena y agua me paraliza.
qué puedes hacer ante ese cuerpo que desaparece y que, sin embargo, logra envolverte y lanzarte, rasgando tu tronco estéril. una navaja rota, los diminutos granos de su conciencia traspasando tus venas hasta descender blandamente al exacto centro de tu sombra pisoteando los huesos de tu sombra hundiendo en el cemento con duros tacos los huesos de tu sombra. una caricia para herir pupilas sin que ni siquiera el párpado se cierre en defensa.
en silencio, carecen del encanto y presteza de las iguanas, no saben que a sus círculos y pasos se opone la naturaleza de las arenas de siglos atrás venidas a buscarlos. oscuro maleficio futuro, una pequeña excrecencia de la divinidad escoge una niña como materia de horribles juegos: desarmada, permaneces intacta, las piernas aún abiertas en posición y ahogándote entre la corriente y las fúnebres voces que resuenan, los terribles lamentos que oyes en las noches en que tu cuerpo tiembla enceguecido por restos de ángeles resueltos a batirse sobre tu superficie como en un campo de batalla.
—no.
¿podías entender? no podía, pues, no quería, ¿entendías? un espacio vacío o una mancha negra, una cuerda que anuda un grito. una garra profunda lo alcanza y él se agita por dentro: corteza de cristal seco, hoja que roza, une y separa, donde la percepción ardiente y lo sensible chocan con avidez y se pierden. qué estás pensando. qué dices cuando dices. ¿no ves que un polvo de ceniza vuela en la habitación y en claroscuro, en silencio, me nubla? me esforzaba en escudriñarte pero caía desalentado. calla. estela enmarañada es un cuarto negro con un solo resquicio para la luz donde unos labios se secan enmudecidos, aprisionados por las telas con que diminutas arañas los condenan. el silencio aún está lejos de ser claro y se extiende, sequedad oscura, creciente, signo negro e infinito. estaba confundida, pues, ¿entendías? ya no comprendía nada y sólo quería estar sola; se extendería en penumbras, miraría el techo y esperaría en silencio que la niebla también la borrara, entre semejantes sin rostro, en los silenciosos estantes eternos, para toda la noche cerrada sin sueños.
entre niebla y llamas que se sofocan, estela sonríe a la ventana y mira su cuerpo con dulzura. la lumbre del fuego es la forma brillante del sueño que inventa los ramajes más altos. en la penumbra, bajo un aire tibio y detenido, su blancura se extiende confundiéndose con los edredones, la niebla contribuye a ello oxidando las antiguas presencias, suavizando los bordes que ya no delatan volúmenes, enfrentándose a la fosforescencia que de ella emana. el brillo de lo blanco, la opacidad de la niebla y un fondo íntimo de sombra se desplazan para acogerla. no se sabe tan bella. con lentitud todo se contamina: la piel blanca se confunde con las ondulaciones de la tela la piel los tejidos las blancas ondulaciones de la piel las delicadas fibras meciéndose lentamente con la fina blanca piel de la tela, tejidos elegantes anudados, reflejo de aguas difuminando un resplandor que invade como quien exhala. estela rodeada por el vaho, entrando en el agua que recibe con complacidas vibraciones la claridad sin límites que la embellece. hermosa, fría, serena y condenada. espera. estela sobre la blanda materia que se desplaza bajo su peso, flotando, espléndida, sobre un espejo traslúcido, lago que resplandece y sobre el que se aposenta, una vez tras otra, la niebla, de nuevo íntima, de nuevo tibia, seduciendo árboles empapados de rocío, robando la memoria de sus cuerpos y engullendo la foresta y la tierra húmeda donde niñas coronadas encienden teas en tu homenaje. las campanadas recomienzan la media hora y de pie, en el vientre de tu sombra, escuchas los tañidos espaciados y tranquilos tras la luz del sol, entre hojas delgadas, todavía quietas, sosegadas y pacíficas; dividida entre el agua y el vaho desdeñas los puertos que se olvidan en las orillas con el lento respirar de la tierra y del febrero sin vientos.
el zumbido de las abejas disminuye, sostenido aún, como si en lugar de hundirse en la calma fuera el silencio el que aumentara alrededor, como la niebla que se cierra, atando el aire en un grito. o un reloj que se para. ahora la niebla lo ha cercado todo y las naves abandonan el ínfimo estanque. el desatado oleaje de los pies moviéndose ya, tanteando la tierra en el piso sobado, y el día como una hoja de vidrio lanza un golpe leve, agudo. moviéndose estando inmóvil, durante un minuto de pie en la puerta, tu cuerpo es alcanzado por plantas que se asfixian en el agua muerta; suaves formas brillantes pesan en el aire; la sombra de un ahogado te espera constantemente en el agua, una sombra en lento aumento oscilante, apaciguándose corriente abajo, oscura encrucijada de sangre que navega. tu blancura ya no resplandece, oscila entre la niebla densa, los verdes cadáveres y el agua turbia atorbellinándose en largos cilindros rodantes. y vas a arrojarte, a precipitarte, abandonándote, cediendo, ahogándote. quieres gritar pero eres sólo una extensión incolora que se pierde y disgrega entre la materia informe que te sostiene bajo la luna trunca.
lanza la mirada hacia las vigas negras, hacia los tablones y rendijas por donde miles de ojos espían. se extiende con angustia, los párpados descontrolados y la garganta que se cierra, ahogando; a su lado, en la penumbra, la menguada presencia de un cuerpo de hombre. en vano se allega; no te alcanza. rueda de brazos. tiemblas. un abrazo. callas, estela, y buscas. huye, sométete a los lagos, al silencio amargo de la puna. no habrá desierto en el que se extravíe la sangre ardiente que brota de la herida. el dolor que se clava ha encontrado en ti la férrea condición de las bestias.
—no, eduardo.
eduardo no podía oírla hacer ruido entre las hojas, las cortinas apoyándose contra el atardecer sobre la fuente, su cabeza contra el atardecer sobre la fuente, su cabeza contra el atardecer, sus brazos detrás de la cabeza con alas agitándose la voz que susurraba sobre las ropas sobre la cama junto a la nariz desde arriba el acero del tamaño de la sangre aplacada.
la tranquiliza llorando para adentro, sin entender, el pecho entreabierto en tierra, deshaciéndose, desolado y confundido, en la penumbra, sobre el trapo que ensucian.
FUENTE: http://moreferarum.perucultural.org.pe