El lector

por Kepa Uriberri - El lector




Entonces fue cuando el reloj dio las seis. En aquel entonces el sol se ponía temprano, de modo que los rayos que entraban por la ventana, con los postigos cerrados dejaban ver láminas de polvillo paralelas y oblicuas que caían sobre la vieja alfombra, ante sus pies, a unos cuatro o cinco metros del vano. Oía entre la semi inconsciencia, las campanadas apagadas del viejo reloj que colgaba en la pared, frente a sí. Una... rrrr... sonaba la vieja máquina, dos... rrrr... vuelta a sonar, tres... rrrr... como si el martinete diera toda una vuelta antes de enfrentar otra vez el campanil, cuatro... rrrr... recordó que a las cuatro aun leía, cinco... rrrr... pensé que habría dormido al menos una hora, seis. Silencio, tac... tac... tac... el péndulo se apropió del tiempo mientras se hacía consciente de sus manos calientes, presas bajo los sobacos a la par que el tiempo seguía. Entreabrió los ojos en la penumbra de luz, en la penumbra del reloj: tac... tac... tac... El libro, abierto en la ciento noventa y seis tenía su tiempo congelado: "«Mira», dice con voz débil, «mira quien está aquí. ¡Qué amabilidad de su parte, señor Hergesell!»" dijo por tercera vez Thomas Mann, entregado, tendido y quieto, sobre sus rodillas. La vista recorrió sin leer el tiempo amarillento de la página: "... citando a Goethe y..." siguió vertiginoso sobre ese tiempo amarillento y áspero "...palabras que el joven..." vio. Tac... tac... tac... avanzaba el tiempo en la pared frente a él. Hergesell de alto sombrero y atildada levita atravesó la calle y se detuvo junto al carrito manisero, donde Lorchen compra golosinas. La brisa se escucha entre las ramas de la acacia, y los faldones de la levita rebotan en sus piernas, mientras corre tras el perro, que se desliza de sus rodillas. Una mano sobresaltada, zarpa desde bajo un sobaco, y ataja a Mann, antes de caer. Tac... tac... tac... en la pared el reloj marca las seis y veinte. Siente el gusto a sueños en la boca, mientras busca el tiempo perdido en las amarillas páginas. "El profesor Cornelius se disculpa..." vuelve a registrar. Vagamente recuerda un perro huyendo. Tac... tac... zumba en la pared el tiempo. Dos o tres páginas más: "¡Oh! niña gitana". No, no hay perro. "Es la obra de Xaver..." ¿y el carrito del maní? se pregunta, mientras busca el amarillo tiempo perdido. Rrrr... suenan las seis y media de un campanazo. Una mujer se asoma, y enciende, sonriendo, la luz. "¿Duermes?". "¡Leo!". La puerta se cierra de nuevo. Las líneas de polvillo paralelo se han extinguido. Loreley junto al canal, con su torrente sucio, tira piedrecitas intentando pegar a una flor amarilla. El pasto casi ralo, intenta ser un parquecito bajo los sauces. Las hojas secas y largas juguetean y vuelan, precipitándose al torrente, amarillas al pasar el tiempo "«Qué felicidad», piensa", el tiempo es amarillo y vuela en las hojas amarillentas de los sauces, que caen al torrente. El tiempo se va con su cadencia tac... tac... tac... colgado de la pared del frente, mientras Thomas Mann reposa tranquilo, cerrado en el suelo, entre duras tapas rojas.