El aprendiz

por Juan Abril - El aprendiz




   Berkeley sostiene que no hay un instante en el que Dios no nos piense. Todo lo que observamos, desde un reloj hasta un trozo de cristal, es la obra meticulosa de su atención inagotable.


     El olvido de una sola de las partes que conforman este mundo (Deux lucida aeternitatis ) significaría la ausencia inmediata, la inexistencia fulminante. En el siglo XVI, el traductor Avenarius, futuro obispo de Eisenach, vio una muralla en la mañana y en la tarde una pira de escombros. Educado en teología y derecho canónico, Avenarius sostuvo una confrontación peligrosa entre su sentido común y la ley de causa y efecto. Conocedor de Platón y Aristóteles, agregó en su obra Terribilis Natura Homini, con agudeza retórica y demencial lógica, una terrible posibilidad: Dios, el único ser sin causa ni principio, sólo puede ser creador de formas incausadas. Así, todo lo que rodea al hombre puede ser obra del diablo; por ello el justo recibe el oprobio y el escarnio general, mientras el blasfemo e inconsecuente, la gloria.


     Al siguiente día, en el mismo lugar de la muralla, Avenarius encontró un arroyo inmundo. Por la tarde, en el arroyo había un pez enorme y hermoso que era devorado por los gusanos. Intuyó en esa imagen  la prueba irrefutable de lo que había agregado en su libro.


     Antes de acostarse en su lecho, Avenarius escribió: En la mente divina, todas sus creaciones carecen de orden y coherencia; sólo en la mente humana los hechos poseen un orden temporal, un antes y un después. La atención de Dios para sus obras es tan extensa como indiferente. La razón humana necesita de repeticiones vertiginosas, de uniformidad. Al día le sigue la noche, las estaciones varían cada cuatro meses, el agua hierve cuando está cerca del fuego. Para Dios no.
     Esa noche, Avenarius soñó con espadas y serpientes, con una torre altísima. Sobre la torre había un anciano. Debajo de esta, hombres monstruosos se mataban entre sí por el excremento que caía de lo alto de esa torre. Uno de los hombres se aproximó hacia él y le ofreció un trozo de mierda.


—No es lo que parece —le dijo a Avenarius —, son libros.
—¿Libros?
—¡Sí, libros! Ayer atrapé la poética de Aristóteles; mi compañero recoge el excremento desde hace mucho tiempo. Su biblioteca es vastísima. Lo único extraño son las biblias.
—¿Las biblias?
—Sí, la mayoría de sus hojas están arrancadas.


Luego todo se volvió gris en la conciencia de Avenarius, a pesar de su insistencia por ver más de ese sueño.


     Por la mañana apareció en su puerta un hombre vestido con una túnica roja. Traía a un joven de ojos pequeños y cráneo puntiagudo. El joven vestía como un franciscano y llevaba bajo el brazo un libro enorme, de peculiar manufactura.


—Buenos días, Maestro —dijo el hombre de rojo, sus gestos dibujaban una exagerada gravedad.
Avenarius ignoró esa impostada cortesía y se aproximó al joven vestido de franciscano.
—Muéstrame ese libro —ordenó.

El joven, de rasgos borrosos y actitud asustadiza, tendió sus manos hacia Avenarius.


—¡Es una Biblia! ¡Una Biblia traducida al alemán! —profirió el hombre de túnica roja—. La trajimos para que juzgues su conveniencia, Maestro. Una palabra tuya y el libro será echado al fuego.
—¿Cuanto tiempo te demoraste?
—Empecé a los 9 años, Maestro Avenarius —respondió el joven, nada sorprendido ante la mirada incrédula del viejo traductor.


     Avenarius sopesó las hojas y admiró en secreto el delineado de las letras. Cada párrafo empezaba con una letra enorme y cubierta de líneas sinuosas y floridas. El traductor se atrevió a comparar su diseño con el libro de Kells, famoso manuscrito del que había leído su descripciones pero que no había visto nunca. Las iluminaciones a pie de página eran cómicas hasta lo infame.


—La traducción es burda, el tipo de letra no se ajusta al canon prelatorium. Sin embargo, la empresa es un desafío para cualquier estudiante de latín de rango medio. Dime, ¿quién te enseñó a traducirlo?


     La mirada del joven se iluminó y sus gestos perdieron todo rasgo de vulgaridad. Cierta simetría extraordinaria reemplazó las imperfecciones de su rostro.


—Lo aprendí en un sueño —respondió—. Dios me hablaba en latín, y yo podía entenderlo. Cuando desperté fui a buscar al librero Muggenhausen. Este me proveyó de una Biblia, una hermosa Biblia impresa en letras góticas. Algo prodigioso guiaba mi mano mientras transcribía el libro santo.


—Alabado sea el señor —repuso Muggenhausen, al tiempo que ocultaba sus manos entre las mangas de su túnica roja.
—¿Obsequiaste una Biblia impresa a un gentil? —le amonestó Avenarius.
—¡Hubieses visto su rostro, Maestro, no era el niño el que me hablaba, en su boca estaba Dios!
—Cuidado con lo que dices, Muggy.
—¡Es cierto, por eso lo he traído! desde ese día mi conciencia me ha dictado palabras y me ha impulsado a buscar a un hombre con el genio y la sabiduría para comprender este prodigio.
—¿Qué te hace suponer que Dios y no las malas artes de un vil estafador  motivan los actos de este muchacho? ¿Cómo puedes reconocer el bien y el mal en este mundo de truhanes y embusteros profesionales?  —Avenarius observó con inocultable desprecio al joven vestido de franciscano— ¿Debo suponer que Dios haya escogido a un ser contrahecho como el vehículo de su gracia, Muggenhausen?


El hombre de túnica roja palideció y extrajo una daga oculta entre sus pliegues. Luego atrajo hacia sí al joven vestido de franciscano.
—¡Recuerda al asno que advirtió a Bilaam de la muerte, o la esfinge de Edipo, o los preceptos de altísima moral transmitidos tanto por paganos como por infieles! —contraatacó Muggenhausen— ¡Recuerda a los animales de Esopo! Por Dios Avenarius, no es porfía. Dame una oportunidad para demostrarte que esta es la obra de Dios ¿qué ganaría yo al pedir que instruyas a un niño que no es mi hijo y que no tiene nada para darnos, excepto la inspiración divina?


     Avenarius observó con ira a Muggenhausen. Varias personas que transitaban por la calle se detuvieron a curiosear. Hacía un sol espléndido y los cuervos escarbaban la basura acuñada entre los adoquines del camino. Avenarius de pronto recordó una frase de su obra inacabada: Dios, el único ser sin causa ni principio, sólo puede ser creador de formas incausadas. Decidió aplicar aquellas palabras a su situación. Al fin y al cabo, podía tratarse de un verdadero prodigio.


—Supongamos que acepto instruir a este muchacho, cuyo nombre desconozco.
—Martin, maestro Avenarius, su nombre es Martin Mutter.

—Bien, entonces supongamos que instruyo a Martin en los misterios del cristianismo y en las leyes seculares de rigor. Supongamos que Martin posee un extraño don para percibir las cosas de este mundo y que también posee una inteligencia innata para asimilar y recordar los preceptos más básicos de la fe. —Avenarius citó a sus interlocutores el precepto del Terribilis natura: "La razón humana necesita de repeticiones vertiginosas, de uniformidad. Al día le sigue la noche, las estaciones varían cada cuatro meses, el agua hierve cuando está cerca del fuego. Para Dios no". Luego, más para sí mismo que para sus visitantes, Avenarius disertó sobre la posibilidad de los milagros; describió las formas de una esfinge, el remedo  humanoide de la raíz de la mandrágora; describió con inspiración al Cancerbero, el perro temible de tres cabezas que cuida las puertas de un infierno griego; habló sobre  la vara de Esculapio, la cual está formada por la unión de dos serpientes y que paradójicamente simboliza la curación tanto del cuerpo como del alma. Recordó la travesía de un pueblo por el desierto del Sinaí y las máscaras picudas que se utilizaron durante la peste. Resumió con vehemencia y erudición,  historias e imágenes paganas que sus estudios de retórica habían reducido a meros adornos.
     Entonces se detuvo, flanqueado por las miradas expectantes de Mutter y Muggy; las imágenes de su sueño empezaron a tener cierta afinidad con el presente: el personaje que le ofreciera la poética de Aristóteles, tenía un parecido al joven Mutter. Otra frase de su libro volvió a aparecer en su mente; lo extraño era que ya la había reflexionado minutos antes, pero ahora le conducía hacia una siniestra conclusión: La atención de Dios para sus obras es tan extensa como indiferente; el hombre justo recibe el oprobio y el escarnio general, mientras el blasfemo  e inconsecuente, la gloria. Sintió que aquellas palabras desestimaban el trabajo de su vida. Al fin y al cabo, Avenarius era un hombre reconocido y exitoso. La razón de su labor (más allá de su oficio como traductor) consistía en dar prueba de fe a cada frase y cada idea que explicara mejor el propósito de Dios, como fuente perfecta e inamovible. Pero ahora parecía que todos los hechos de su vida se anulaban con la frase de su libro. Decidió que este conocimiento era parte de una inspiración, proveniente de un lugar más allá de su intelecto; incluso más allá de toda razón y respuesta lógica. Extrañamente se irguió de alegría intelectual. La luz del día le pareció más hermosa, los rostros de Muggy y Mutty cobraron una nitidez sobrenatural ante sus ojos.


     Los ascetas mancillan su carne para reconocer lo banal de la materia; él mancillaría su alma. Agregó una conclusión sencilla, pero que le llenó de terror: No debemos temer a las herejías que niegan con histrionismo la armonía y el orden dispuestos por Dios, sino las que parecen extraídas de las conclusiones mas pías y serenas; la inspiración intelectual también puede formar parte de una convincente negación satánica.
                      Midió cada palabra suya, cada sustantivo, cada predicado. ¿Pero cómo era posible la duda en medio de reflexiones tan llenas de luz teológica? el librero Muggenhausen le observaba perplejo y con profunda tristeza; se sentía perdido en medio de un lugar tenebroso e inaccesible para su entendimiento. Avenarius se llevó las manos a la cabeza y gesticulaba en silencio, deteniéndose a intervalos, exhibiendo una mueca de dolor y reflexión al mismo tiempo. 


—¡Por favor no regresen! —fueron sus últimas palabras, antes de retroceder espantado y tirarles la puerta en sus caras.


Martin apretó el libro entre sus brazos y cerró los ojos.


—Vamos —profirió el librero, derrotado.
—¡No me iré! —exclamó Martin—. El debe saber quién soy.
—¿ Y qué le puede importar a un maestro en teología el apellido real de un vulgar jovenzuelo?
—¡Eso no soy!
 —Vamos —insistió Muggy—, ya tuviste tu oportunidad. Ahora hay mucho trabajo en la imprenta para discutir sobre verdades y nombres  falsos.


Martin quiso correr hacia la puerta de Avenarius, pero sintió otra vez la presión del brazo del librero.
—No me atreví entonces porque consideré tu sentido común para no responder a las ofensas de Avenarius —carraspeó Muggy—, pero ahora no vacilaré en castigarte si no me sigues. Me has insistido durante meses por este momento; al principio creí que era una petición egoísta, pero justa de algún modo. Hemos recorrido dos días de camino. Ahora acepta tu derrota, como yo acepto mi estupidez por seguirte.
—¿Para qué la daga? —interrogó sorprendido Martin.
—¿Para qué? ¡Pues para cortar el libro en pedazos si Avenarius lo vetaba! No puedo arriesgar por tus estúpidos caprichos a un cliente de la talla de ese viejo lunático.
Martin le observó con ironía y desprecio. Detrás de la puerta se oía el crepitar de unas hojas, arrancadas con fruición. Al menos, eso le pareció oír al joven Martin, que retrocedió y se dejó llevar por Muggenhausen por las calles de Eisenach. En su corazón se había abierto una herida que no cicatrizaría jamás.


—Algún día iré a Roma, Muggy  —Dijo Martin,  renqueando del pie izquierdo a causa de una reciente golpiza que le habían proferido cuando malogró cien actas de indulto con el sello papal, encargadas por Muggy para subastarlas entre los cristianos penitentes y ansiosos de poseer un edicto que les permitiera el ingreso al paraíso. ¿Qué eran unas cuantas monedas sucias, a cambio de la inmortalidad del alma? se decía Muggenhausen, con cierta omnipotencia.
—Debes agradecer a la virgen que tu libro no haya sido vetado por Avenarius. Incluso existe la posibilidad de publicarlo.
Muggy se acariciaba la barbilla mientras calculaba—, siempre y cuando Roma reciba todas las regalías y derechos de impresión y difusión. Aunque nosotros también sacaremos un buen trozo del pastel. Tres ejemplares por semana. Recuérdame que debo comprar azogue y treinta onzas de vinagre de limón para limpiar los moldes y los tipos.
Luego, al ver la confusión que habían dejado sus palabras a Martin, agrego:
—¡Te dije que cortaría tu libro para persuadirte de que no insistieras con Avenarius! Pero iremos a Roma, si eso te consuela, allí encontraremos a miles de traductores que nos presten su servicio. ¡Será una maravilla!


     Martin contemplaba las calles de Eisenach, las casas, los seres humanos que pasaban por su lado. En ese momento concentró toda su fe y le pidió a Dios que le convirtiera en un fuego inextinguible y con voluntad propia. Primero abrasaría a Muggy, empezando por su rostro vil que sólo reflejaba la inmundicia que había en su alma. Lágrimas amargas caían por sus mejillas mientras caminaba rodeado por los cuervos. Antes, en sus sueños más hermosos, se veía convertido en sacerdote, vestido de blanco y dando la eucaristía a la gente más humilde, a los enfermos, a los mutilados, incluso a gente como Muggy si en verdad mostraban arrepentimiento y piedad.


—Todo será distinto en Roma —se decía Martin, cuando se vio interrumpido por Muggy, que le animaba:
—¡Pondremos tu nombre en la portada de nuestra Biblia en Alemán! ¡Todos conocerán el genio del aprendiz  Martin Luther, un visionario, un elegido por la gracia del divino!


Martin sintió lástima por Muggy; en verdad sabía que el librero le había llegado a querer como un hijo. A pesar de ello, le odiaba por su avaricia y la vulgaridad que su educación universitaria no había podido borrar.


—Conozco una abadía en Nuremberg que la cristiandad puede oponer a las treinta y seis bibliotecas de Bagdad, a los diez mil códices del visir Ibn al-Alkami, y que el número de sus biblias iguala a los dos mil cuatrocientos coranes de que se enorgullece El Cairo. —Muggy tenía una debilidad ante las lágrimas. Se sabía un hombre sin escrúpulos para muchas cosas de este mundo. Menos para la compasión hacia los más débiles. Había aprendido a convivir en armonía con sus propias contradicciones. A pesar que exteriormente sólo demostraba ser un envidioso y un oportunista sin remedio.


Todo será distinto en Roma —se repetía Martin, apretando su libro con fruición.


     A unas cuantas calles, la muchedumbre se aglomeraba alrededor de un espectáculo pavoroso. Un anciano había formado una hoguera en medio de la calle y lanzaba extasiado cientos de libros al fuego.