Llámenme Deolinda Sinnombre Reyes porque mi verdadero nombre lo dejé de usar cuando me di cuenta de que querían matarme. Soy hija natural de una familia importante que no diré por miedo a que descubran mi paradero aunque presiento que, a pesar de mi silencio y mi reclusión, algunas personas que me rodean espían cada paso que doy para dar cuenta a mis perseguidores. Porque soy la legítima heredera de una enorme fortuna, la única hija de una estirpe que agota en mí su línea directa; pero los hermanos de mi padre se niegan a renunciar a sus bienes y están dispuestos a cualquier cosa para ello. Intenté esconderme recluyéndome aquí.
Seguramente he muerto porque este aislamiento y esta angustia continua es lo más parecido a no vivir. Sigo los ritos diarios del convento con la mayor discreción y, parece mentira pero, los horarios de los rezos, la vida tan exactamente igual a sí misma, los hábitos inquebrantables, me mantienen ocupada todo el día sin tener apenas tiempo para pensar en mis asuntos. Sólo ahora, convaleciente de una larga enfermedad, puedo dedicar algunos ratos a la reflexión en soledad; porque en la vida conventual hay muy pocos momentos en que podamos estar físicamente solas; se trata, al contrario, de guardar absoluto silencio pero en comunidad.
Ellas me obligaban a moverme de un lado para otro, a no permanecer sola mucho tiempo porque no querían perderme de vista un instante. Cuando trataba de escabullirme de su vigilancia aparecían con cualquier excusa y ya no me dejaban sola. Al principio no me daba cuenta, tan absorta en delimitar mi terreno, pero pronto noté cómo me obligaban a exponerme fuera de los límites que me había marcado. Entonces, extremé mis precauciones. Si, al principio paseaba por el claustro en las horas de descanso, más tarde fui reduciendo los límites al lado sur, el único soleado; luego fue el espacio comprendido entre las dos primeras columnas.
Eran dos columnas de piedra con capiteles guardianes: uno con una mujer rodeada de monstruos y serpientes que, sin duda, era yo; y el otro lleno de figuras mitológicas que estaban ahí para asustar a mis espías y defenderme, aunque algunas veces creía que era yo su prisionera. Por último pensé que si no me movía de una losa de piedra acabaría haciéndome casi invisible y elegí ésa que tenía la inscripción: quae vigilanda sunt. En los ratos de descanso permanecía inmóvil sobre la losa durante horas. Lo repetí durante seis días consecutivos y el séptimo, dispuesta a desaparecer como una columna que, de tan quietas parecen invisibles, me lo impidieron.
Me llevaron ante un hombre vestido con una bata blanca que me hacía preguntas sobre mi pasado, mi familia, mis padres. Decía que quería ayudarme pero yo sabía que era un enviado de mis enemigos y no dije ni una palabra; sólo quería esconderme y pensé que si enmudecía acabaría desapareciendo y se olvidaría de mí. Así permanecí mientras tuve a aquel hombre enfrente, en un pulso de silencio que seguramente gané porque no volví a verlo más. No estaré, ni siquiera para mí misma, si consigo siete sombras de ciprés. Por eso debo restablecerme para esperar de nuevo el ocaso sobre la losa que se oscurece con la sombra del ciprés del claustro.
Ahora me obligan a tomar unas pastillas que me adormecen y veo entre sueños sus figuras vigilándome. Les hago creer que me las trago pero las escondo bajo la lengua hasta que me dejan sola y puedo escupirlas. Mientras creen que duermo me visitan las sombras de los árboles y, cuando salgo al pasillo para reunirme con ellas y desaparecer, me detienen y me atan a la cama hasta que anochece y todo es sombra. No entienden que sólo puedo esconderme al atardecer, pero explicarlo significaría dar demasiados datos sobre mí. No puedo confiar en quienes me atan a la cama para que no me escape, en quienes sólo quieren que esté dormida.
Les hago creer que me arrepiento y todo aquello fue porque se metían en mis piernas las raíces de los árboles del claustro hasta inmovilizarme. Pero no voy a decirles las verdaderas razones hasta que consiga siete sombras sobre mí para esconderme, iguales a los siete párrafos de siete líneas y media que escribo. En ellos está mi sombra que cuenta la única verdad: “Intenté esconderme recluyéndome aquí, guardando absoluto silencio en comunidad, comprendido entre las dos primeras columnas, tan quietas que parecen invisibles. Me lo impidieron. Oscurecer con la sombra del ciprés del claustro ante quienes sólo quieren que esté dormida”.
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