TEXTO DE PRESENTACIÓN de Ejercicio de Opacidades: C. Dolores Escudero

por Antonio MENGS - Ejercicio de Opacidades: C.Dolores Escudero

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ISBN 84-934651 Páginas: 120
Precio: 15 €
adamaRamada ediciones

Buenas tardes.

Nos hemos reunido hoy para saludar la aparición de un nuevo libro de poesía. Su autora, entre cuyos amigos me cuento, me ha pedido que represente en la medida de lo posible su sentir —el sentir de un libro de poemas, el de sus amigos y el de los amigos de la poesía—  y diga unas palabras que lo introduzcan.

Piensa ella en la desnudez con la que ven la luz los versos como una madre que ha cuidado laboriosa de sus retoños y un día los ve alejarse de la casa para siempre; considera que al menos en estos primeros momentos alguien debe arropar brevemente sus pasos; cuidar de que este sol primaveral, tal vez pronto humedecido de emoción, no los deslumbre. Y es natural su aprehensión, por cuanto dar a luz significa también dejar atrás, desamparado, el conocido espacio de la sombra: mas la fortaleza y gallardía de las criaturas abren un mundo promisorio.

Nuestro decir no puede entonces sino confiar en su ventura y acompañar con la mirada. Pero antes quisiera leerles un cuento, un último cuento. Y luego. Dolores los leerá.

Veinte años separan éste que ahora presentamos de los anteriores libros de Dolores. Si las circunstancias de la vida, encuentros y desencuentros, extravíos, renacimientos y revueltas y a veces densa e inespecífica continuidad, cooperan en nuestra formación, quienes tuvieron la oportunidad de leer aquellos libros podrán constatar ahora el sorprendente fruto que por mediación suya asoma a las palabras. Y no podría ser de otro modo cuando se trata, como es el caso, de la vida de un poeta, de una poeta. Ese giro desacostumbrado, ese timbre insólito de la voz, la llamativa reiteración de dos o tres motivos, parecieran surgir de pronto allí donde no había nada. Pues no es el suceso concreto, determinado, acabado, con su fecha y lugar lo que asoma en los nuevos poemas, para el recuerdo o el reconocimiento, sino el libre esplendor que su versión dialogante (la de la historia personal) dejó vibrando en ese lugar común del que ahora se nos hace partícipes, el lugar de la escucha y del compartir: éste, en el que el único suceso es la palabra.

Parte del esplendor nos llega en poesía de cualidades que pertenecen por entero a las palabras, a su elección y disposición, a la tonalidad en que las  ubica, antes que nada, el imaginario íntimo. El resto se origina precisamente allí donde sólo la poesía alcanza y por consiguiente de ello no podemos hablar. Nuestro común amigo el escritor Miguel Arnas envió una carta desde Granada saludando la aparición del libro, en la que realiza unas sugerentes apreciaciones acerca del lenguaje empleado por la autora. Comenta, por ejemplo: «Da la sensación de que, así como algunos poetas montan sus poemas sobre imágenes o conjuntos de palabras, Dolores los monta en torno a una sola palabra, palabra que es en sí misma imagen. Por ejemplo, el poema que empieza con la palabra nodo. Creo que está montado (en el sentido del montaje cinematográfico) sobre esa palabra y sobre la palabra conticinio, ambas inusuales, palabras que golpean.»

Se refiere Miguel al poema que dice así:

            Nodo del sueño, nodo de la vigilia.
            Epílogo erizado y sinuoso. Velar.
            Dolor errático.

            Presionadas las sienes en el conticinio.


El significado de nodo se mantiene dentro del dominio habitual de la lengua gracias probablemente a la terminología de la Física y las telecomunicaciones. Conticinio, sin embargo, es palabra desplazada al ámbito de lo que se viene a denominar ‘lenguaje culto’ y para un lector poco avisado, como yo mismo, el poema puede constituir un verdadero desahucio o toda una seductora invitación a emprender su arqueología. Los poemas de Dolores, en general, asumen este riesgo: tímida provocación que, amparada en la brevedad y concisión que los caracteriza, suele llamar a la curiosidad y progresar con buen pie. Siguiendo el ejemplo anterior, es muy probable que antes de dar por concluida la lectura nos preguntáramos: ¿qué es conticinio?


San Isidoro, en su Liber de natura rerum, ‘Libro sobre la naturaleza de las cosas’, segundo capítulo, de nocte, describe las siete partes de la noche —entre las cuales cita el conticinium—, siguiendo la división adoptada por los romanos. El conticinio es allí el momento de la noche (el tercero) en que ha cesado todo ruido y los hombres guardan reposo. Incluso el gallo ha dejado de cantar: recordemos que el gallo, en efecto, anuncia el alba y continúa cantando durante todo el día y, más allá del crepúsculo, hasta la una o las dos de la madrugada.


Dice San Isidoro: Conticinium, quando omnes silent; conticere enim silere est. Palabras que, con la ayuda de las expertas de mi familia, intentamos traducir de la siguiente manera: Conticinio, cuando todos callan: así pues, callar es descansar.


El Diccionario de la Real academia conserva a lo largo de los siglos, en sucesivas ediciones, esta única acepción de la palabra, si bien con una definición exenta de matices y menos bella que la anterior: ‘conticinio, del latín conticinĭum, Hora de la noche, en que todo está en silencio’.


Sor Juana, según nos dice José Gaos, citado a su vez por Octavio Paz, estructura en cinco partes su inefable Primero Sueño, composición de simetría perfecta, la primera de las cuales es la predisposición física al sueño o conticinio que se produce a media noche. Descarta así la poetisa mexicana las dos etapas previas enunciadas por el Santo, no considerándolas tal vez propiamente sueño: crepusculum y vesperum.


Si Dolores leía a Sor Juana o a San Isidoro, estudiaba a Gaos, releía el libro de Octavio Paz, o curioseaba acaso en los estudios del gramático y filósofo hermético Macrobio y sus explicaciones sobre la división del tiempo, no lo sabemos. Pero cuando volvemos a leer el poema, no sólo hemos realizado una apasionante tarea de recuperación  semántica, ya de por sí enriquecedora, sino que somos capaces de captar propiamente el sentido de las palabras por las que había llegado ella cruzando en sentido inverso. Para el sujeto de esta breve composición, ubicado en la renuncia al descanso y por consiguiente, al silencio —esto es: apenas en la poesía—, el sueño no recibe continuidad de la noche en la inconsciencia, sino en la irrupción de la vigilia: noche despierta que percibe su errar entre los astros como una presión en las sienes, vestigio naturalistadel mandato universal que hace doler su incumplimiento:


            Nodo del sueño, nodo de la vigilia.

            Epílogo erizado y sinuoso. Velar.

            Dolor errático.


            Presionadas las sienes en el conticinio.


Cuenta Gustav Janouch que Kafka le dijo en una ocasión: La palabra justa conduce. No es difícil advertir cómo en más de un sentido las palabras justas empleadas por Dolores —conducen.


Destaca también nuestro amigo Miguel las alusiones a Galicia, tierra entre todas preferida por cuanto, en su proximidad, la autora —según confesión propia— es arrebatada por el sosiego y la calma; y acunada la visión por suavidad de helechos, brisas y mar, los reclamos del horizonte se apaciguan. Allí incluso, al parecer, se le agrisan los ojos, la sonrisa distiende sus énfasis, se tonifica el verbo: Galicia de la poesía, territorio mítico del itinerario personal. Hace mención Miguel del ’lobo de Fole’ y la ’Ría alta del noroeste’, de un clima de ’Arrecifes, batientes, acantilados...’, expresiones todas ellas que afinan los versos. También de la ‘delación del mar’, «como si el mar fuera el delator del deseo de los amantes», dice. Y de la lengua hablada en esa tierra, cuya percepción por parte de la autora, a nuestro parecer, resuena acaso desde su mayor hondura, que es a la vez intuición y exempla estético —y enlaza, no lo olvidemos, con los orígenes de la lírica peninsular, cuando el idioma preferido en poesía era el gallego—, al describirla como ‘lengua dilecta, idioma de caricia’, nombres y adjetivos que glosan y transvaloran con delicada sensualidad el prodesse et delectare horaciano (o ‘deleytar aprovechando’, según tradujo Tirso de Molina); donde allí se dice que debe la poesía ‘deleitar y aprovechar’, dice Dolores de una lengua ‘dilecta y acariciadora’.


‘Delación del mar’: metáfora inmensa en la que se alude el sonido, sonido inmenso que abarca despertando la inmensidad del mar, son palabras que demuestran, entre otros muchos casos similares, el trabajo de rigurosa condensación a que Dolores somete sus versos, versos de lentitudes y minucias; y ella poeta de pocas cosas, con la humilde dignidad del poeta, de unas pocas cosas a las que mima y da perspectiva en el terreno mismo del lenguaje, reclamando sin cesar ayuda al diccionario y reinventándolo cuando lo exige la necesidad, haciendo gala de un tesón continuo por desentrañar la piedra preciosa que sospechaba con obsesión certera.


Citaremos de nuevo las palabras de Miguel, quien dice al respecto que Dolores emplea una «técnica impresionista» y añade: «Son diminutos brochazos de imágenes y de ideas. Diminutos porque no son bastos [con ‘b’] ni vastos [con ‘v’]. Brochazos porque no delimitan ni detallan de una forma hiperrealista. ¿Y en la forma? Es inútil ponerse a contar sílabas. La rima le viene por las imágenes, por la solidez y la rotundidad de las palabras.»


Los poemas nacen como los ríos, como un parpadeo que borbotea disimulado en el gélido rostro alto de la montaña y al que nombramos fuente: algunos, aún soñolientos, se van acrecentando sin apenas interrupción camino del valle; otros hallan rumbo con dificultad en áridas planicies, donde nada parece augurar decurso y posibilidad. La primera sección de este poemario, ‘A la zaga del ave’, pertenece a estos últimos.


Escrita en un momento de cambios personales —azarosamente (o no) reflejado en momentos de transformación social—; escrita, vale decir hilvanada en una percepción súbita de vuelo, manifiesta tanto la intención de quien escribe procurando guía como la de quien se ve atraído a una luz nueva, inmensa e inevitable. En la inmediatez del precipicio tierras contiguas señala pudorosa, tan a la vista y aún inaccesibles, que propician indagar en la hierba por el aire, la apertura a los cielos del agua torpemente —espejo en oración—, la pregunta por la disponibilidad —de los ritmos, los sonidos, las imágenes: las palabras… con el solo propósito de hallar camino, de dar curso, de aprehender el poema río su ladera en seguimiento del ave.


Pero Dolores no está vuelta al cielo, sino al entorno. Escuchamos en estos versos una voz observadora, silenciosamente observadora, silenciosamente reservada; una voz que testifica, que da fe del amor y de la muerte, que tan sólo en apariencia y con lenguaje de orfebre se limita a exponer los hechos, como cuando anuncia con Pier Paolo Passolini ‘De estrellas, en este proyecto no se habla’ y dice a continuación:


            Ahorcaron a los sospechosos a espaldas del pueblo

            sin más testigo que el perro desdentado.

            No abandonaron los jinetes sus monturas.


            Parece simple: decir es denunciar.


La segunda sección del libro, Escultura de manzano —se trata en realidad no de secciones, sino de tres libros reunidos en un sólo volumen—, confiesa haberla escrito la autora sin solución de continuidad ante el cauce ya visible y dispuesto. A lo largo de páginas enamoradas en la ribera del desamor, rinde el poema homenaje al amor vivido desde la calma y la serenidad que se le conoce al árbol; y se hace patente en nieblas, en hilachas de bruma, en el gris neutro y acariciador de la memoria, donde habla apenas el dolor para su plenitud y su brillo, como tomando voz prestada de la manzana grávida, suspensa frente al horizonte que ya se vislumbra y para el cual se renace, sujeto de simultáneas ausencias y presencias:


            En la primera puerta, alcoba vocativa,

            sin mí.


            Escultura de manzano.


            Silencian tus piernas, la paráfrasis

            de mi ausencia.


La última sección, último libro, es si cabe de una intimidad mayor. Rápidos como arañazos relumbran en la página los poemas, tan breves, paupérrimos, condensación final de una historia del agua. Poesía hecha de gritos y susurros, poesía en la definitiva orfandad, poesía recóndita, resguardada en un calor blanco como de piedra selenita, renuncia al horizonte y vela su morada, y sólo se demuestra en claroscuro bajo el temeroso tragaluz de los versos.


El agua-ave que inventó el precipicio y el curso-vuelo que detuvo ante el manzano escultural, el ave-agua que se reinventa en el boscaje del árbol, abandona todo reflejo. El agua queda sorpresivamente escindida de su historia. Las palabras de Ejercicio de opacidades, título de esta última parte y que da al cabo razón del conjunto, constituyen apenas un hallazgo de habitación, una indicación puntual del lugar: pues es ahora la reunión de las aguas lo que está a la vista, salado y dulce mar desprovisto de la circunstancia, desde cuyo silencio se balbucea como en destellos ante un sol que se oculta. Un mar dulce y salado en el que la palabra templo, motivo de aquellos reiterados de los que hablábamos al principio, nombra el cuerpo en su más honda especificidad.


            Escucha mi silencio

            en tu silencio

            respira conmigo

            este silencio.

            No está solo

            no es mudo

            el silencio

            con dos fuentes manando.


El agua es escindida de su historia, el agua es toda una por silenciosa virtud; y en el suceso de la palabra se recobra: nacimiento, manantial, —al ras de las apariencias.


Seguidamente, les invito a escuchar a la autora y experimentar ese doble silencio de las fuentes.