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ISBN: 8420441767
ISBN: 8420441775
Ediciones ALFAGUARA
(dos volúmenes)
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Hace unos meses, un amigo poeta, andaluz y exagerado en sus amores, me dijo “léete los cuentos de Mujica Lainez, son los mejores cuentos escritos en español”. Conociéndolo, pensé, ya está Fernando de Villena con sus exageraciones, ¿dónde van a quedar Borges, Quiroga, Cortázar, Arreola o, de este lado, Valle-Inclán, Aldecoa o Merino? Bueno, pues si no los mejores, sí pueden alinearse con la producción de esos grandes. Porque “la cultura es casualidad”, como dijo Nietzsche, el azar del boca a boca, de la confianza en el buen gusto de tal o cual lector que además, es amigo, o el albur de una crítica de la cual uno se fía o que está suficientemente bien planteada para tentar a la lectura de tal o cual libro.
Alfaguara ha tenido la gentileza (y el interés, claro; si no fuera por el interés...) de ofrecernos en dos tomos la narrativa corta completa de este argentino cuya obra más conocida es Bomarzo, generadora incluso de una ópera con música de Alberto Ginastera, oferta que es de agradecer por cuanto es lectura digna, grata y compensadora.
Integran estos dos tomos cinco libros de cuentos más una colección de narraciones sueltas aparecidas en diferentes medios.
El primero de estos libros, titulado Aquí vivieron, más que colección de cuentos, parece una novela cuyo protagonista es un terreno en los alrededores de Buenos Aires, Las Barrancas de San Isidro, porque en torno a esa parcela, comprada a principios del XVIII por don Francisco Montalvo para recluir a su joven esposa hacia quien siente unos celos tremebundos, giran los veintitrés cuentos que lo conforman. Mas esos cuentos no nacen con don Francisco Montalvo. De hecho, el primero de ellos, de una eficacia que demuestra por dónde van a ir los tiros de lectura tan apasionante, cuenta cómo una esclava negra logra escapar del barco donde viaja, tras matar a su violador, para acabar entre las fauces de los hambrientos perros de una tribu india que allí acampa. Ninguna de las narraciones desluce, pero sí es cierto que alguna, a gusto de este lector, destaca por su grandeza: El grito es un perfecto cuento modernista. Podría haberlo firmado Valle o Rubén. Ese ambiente tétrico, el miedo utilizado por el muchacho apenas púber e inconsciente, la muerte horrenda de la niña enamorada. Si lo pusiéramos al lado de cualquiera de los de Jardín umbrío no desmerecería.
El segundo continúa también el estilo de cuentos encadenados con un tema o denominador común. Esta vez es el todo Buenos Aires (Misteriosa Buenos Aires se llama el libro) ese protagonista. Sus gentes, sobre todo sus gentes. Cada cuento, como en el anterior libro, viene precedido de una fecha, un año en el que se desarrolla la acción. Es como si el autor hubiese querido escribir una historia apócrifa, una ucronía de una belleza espectacular.
Los personajes de Mujica Laínez son inmensamente ambiciosos en ese mundo nuevo que se reduce, en esos dos primeros libros de cuentos, a Buenos Aires. Es esa ambición la que los hace heroicos y al mismo tiempo, patéticos. Es la ambición lo que les hace fracasar, ser víctimas de aquellos que, sobre todo, los odian más que los envidian. Las razones para el odio son muchas.
En el cuento El patio iluminado, la cosa recuerda enormemente a la parafernalia final de Sunset Boulevard, la película de Billy Wilder. Esa loca que prepara una fiesta que jamás tendrá lugar, ayudada por su criada mulata y vieja, también loca o que se deja llevar por la locura del ama, y el hijo que sólo quiere huir de quienes vendrán seguro a prenderlo por desfalco, y la madre loca que lo encierra en una habitación para evitar que se vaya y la deje sola ante la inminente llegada de los invitados imaginarios.
En algunos cuentos tiene un fuerte componente el racismo, y ante él, la venganza de quienes fueron sus víctimas y que de pronto ven cómo sus amos o amas los necesitan. Es entonces que recuerdan su condición y prefieren la emancipación forzosa, por huida propia ante la muerte del amo, que la fidelidad que aparentaron tener. Por eso decía que ese primer cuento de estos dos tomos, titulado Lumbi por el nombre de la esclava negra, marca el tono de muchos otros: Lumbi se deja violar para conseguir ejecutar a su violador y así poder escapar.
En otros, es el pánico el que hace ver fantasmas irracionalmente. Es la naturaleza agreste del nuevo mundo o la rabia de los muertos, víctimas de la ambición y no mejores en vida que sus asesinos, sino muy a menudo más crueles y salvajes, pero ya muertos. El pánico es ese miedo anterior al siglo XIX, siglo razonable y burgués, a la naturaleza y su mal, a eso que acecha en el exterior.
...“he analizado de muy cerca la miseria humana. He atestiguado el desarrollo de la ambición reptando como una víbora. He tenido por espectáculo a la ingratitud y al temor que hacen mudar al hombre de piel”. Esta cita es del cuento Memorias de Pablo y Virginia, donde el personaje es el libro del mismo nombre, traducción del francés de la obra de M. Bernardin de Saint-Pierre, libro que es testigo de varios dueños y paisajes que rematan en Buenos Aires.
El cuento La hechizada es, en parte, muestra de lo que intenta el mismo Mujica: una criada mulata, hija bastarda, casi con seguridad, del señor de la hacienda, cuenta historias a dos hermanos, Ascensión y Beltrán, sobrinos de la actual propietaria, hermana o quizá esposa del anterior, historias de muertos y aparecidos; esas mismas historias van seduciendo, hechizando a Ascensión, que va transformándose y mutándose con la mulata hasta ser suplantada por ella sin que nadie, excepto el hermano, llegue a percatarse. Esa seducción o ese hechizo es lo que quisiera y consigue Mujica Laínez.
Hay muchas historias donde el incesto, o al menos un amor muy superior al habitual entre hermanos de semejante edad, es el tema o lo que desencadena el cuento.
El cuento La adoración de los Reyes Magos podría ser de Bécquer, aunque sin milagro. Mujica no pone milagros sino sustos, muerte y desolación. El sordomudo del cuento sigue siéndolo después de besar los pies del niño Jesús, pero lo que cuenta es el arrobo, el asombro que se queda en su silencio pero que a él le basta y le sobra.
El segundo tomo de esta edición de Alfaguara empieza con una saga sobre cierto reino, presuntamente centroeuropeo y del que puede intuirse por el cuento Los navegantes que estará a la altura de Croacia, o quizá junto al Mar Negro, riquísima por su ironía y aun sarcasmo histórico. La saga toma el título de Crónicas reales. El país lo gobiernan los von Orbs o sus descendientes de una forma u otra, esa familia que ora está en el trono ora no, ora reina, ora es consorte, ora cortesana. Mujica introduce una modalidad nueva hasta ahora en sus cuentos, la ironía, casi el sarcasmo. El viaje de Lovro von Kwatz con locos como tripulación a los que la fuente buscada convertirá en sabios y niños, es hilarante. Toda la serie de cuentos, enlazados casi unos con otros, está a medio camino entre lo heroico, es decir, la leyenda, y la ironía o la broma. Esos grandes señores centroeuropeos son patéticos, aun los primeros landgraves medievales como ese malvado conde Benno von Orbs, con su leopardo heráldico y su divisa Comes primus orbis. Es como si el autor de Bomarzo, harto de la seriedad de los Ursini, del drama del gran señor jorobado (esa es la única ironía, el sólo sarcasmo de la novela: la joroba del protagonista), hubiera querido sacar las cosas de quicio, convertir la saga, esa aristocracia rancia, en sarcasmo y ridículo
El brazalete y otros cuentos es el título de la siguiente colección, esta vez pequeña pues recoge tan solo nueve. Es un prodigio de literatura donde lo inverosímil cobra carta de naturaleza. ¿Realismo mágico? No. Mujica se mueve mejor en el meollo de la tradicional literatura fantástica. Sólo un ejemplo. El cuento Los espías trata de alguien que escribe a un amigo contándole un sucedido en una ciudad muy provinciana y entre los muy tradicionales huéspedes de una fonda aún más provinciana. El suceso recuerda los cuentos de Lovecraft. Unos veraneantes llamados los Kohn despiertan las sospechas del protagonista por un aspecto porcino poco natural, sospechas que sólo son explicables por el aburrimiento de esa ciudad y su fonda. Hasta que un accidente le lleva a un bosque cercano donde descubre que tanto el matrimonio Kohn como sus dos hijos son carcasas que encubren a cuatro enormes gusanos que se arrastran por entre la pinaza y que posiblemente espían, Dios sabe qué, para sus coterráneos de otra galaxia.
Un novelista en el Museo del Prado es el último libro de cuentos propiamente pensado como tal, y no un simple recogido como los últimos Cuentos dispersos cuya factura data de diferentes épocas del autor. El proyecto de escribir algo con ese título nació de un encargo de televisión española, pero escribir vicariamente no pareció ser del gusto de Mujica Lainez, por lo que abandonó el asunto, pero a instancias de su esposa retomó la idea de forma puramente literaria. El autor se inventa un novelista, que podría ser un otro yo, quien se pasea de noche por el Museo, descubriendo cómo los personajes de los cuadros toman vida y decisiones, sucumben a sus propios defectos y delirios, o se dejan llevar por afectos y odios. Quizá es el conjunto de cuentos que menos logra arrastrar al lector, comparado tal vez con los dos primeros, Aquí vivieron y Misteriosa Buenos Aires, pero el colorismo y la profunda cultura que el narrador demuestra los hace igualmente apetecibles.
De entre esos Cuentos dispersos, que rematan el tomo, a destacar La máscara japonesa que podría ser un cuento de Poe y El grito en la tormenta, de nuevo Lovecraft aunque sin el contenido racista de éste, sin esa morbosidad enfermiza que le hace ser él mismo el monstruo; aquí el narrador se identifica con la víctima, con aquel que ve al monstruo y teme.
En resumidas cuentas, Mujica, como en Bomarzo, derrocha humanidad para sus personajes que si carecen de algo es de envaramiento. Como esos personajes, algunos de ellos históricos como la Hija del Faraón o Carlos V de Un novelista en el Museo del Prado, abandonan la pose enfatuada para la posteridad y nos muestran sus lacras y pecados, su calidad de humanos que nacen y mueren, y en el intervalo, sufren, pecan y gozan.
Un detalle de agradecer en Mujica es la uniformidad relativa en la longitud de sus cuentos. Ninguno baja de las 3 páginas ni supera las 25, manteniéndose todos en una dulce mediocridad de las 5 o 10 páginas, lo que permite una lectura de cada cuento en una sentada, considerando la escasez de tiempo que normalmente padecemos todos.