Literatura animada
1. Escribo estos párrafos en un complejo de salas de cine de la zona norte del gran Buenos Aires sin haber visto todavía la película en cuestión y sin saber si acabarán siendo parte de una crítica más o menos ortodoxa de la última versión de Orgullo y prejuicio o solamente un texto a propósito del efecto que ha tenido sobre mí su cartel de publicidad. O incluso ambas cosas. Es cierto que algunos de los mejores colegas salieron pletóricos de felicidad luego de haber visto la película y uno nunca es del todo inmune a las influencias, pero ya se sabe que la liturgia oscura de la sala magnifica experiencias que serían, vistas de otro modo, tan modestas como ver fotografías familiares tirado en la cama y en ropa interior. Lo único que puedo decir con cierto nivel de certeza, aquí y ahora, es que el perfil dorado de Keira Knightley llamándonos desde el afiche de esta película es sencillamente hipnótico. Tanto que me he pasado más de media hora mirándolo entre la multitud que se interpuso, con malévola regularidad, una y otra vez entre nosotros.

En ese cartel hay belleza pura, apolínea, geométrica. Una geometría natural acentuada por la fotografía inferior de un árbol que oculta entre sus ramas la incipiente salida del sol, mientras todo a lo ancho del resto del plano hay una línea horizontal de hierba que parece trazada a nivel. Líneas cuya suave perfección también se advierte en la ligereza ósea del mentón de la actriz, junto a la de los hombros y el desnudo nacimiento del tórax. Atrás de ella hay un hombre con la camisa blanca abierta, hasta el tercer o cuarto botón a pesar de la mañana que uno supone estival pero aún fresca, que permite ver las matas oscuras de pelo que asoman en su pecho. En esa breve pero significativa abertura de la prenda se da cita todo el espíritu del Sturm und Drung romántico, aquel ímpetu viril no exento de melancolía y sólo parcialmente reprimido por un contexto victoriano al que mejor parecen ajustarse los consistentes pero agudos contornos carnales del cuerpo femenino. Como si detrás de la fragilidad aparente de esa mujer hubiera una firmeza y un poder capaces de someter a su voluntad el proceloso orgullo masculino y, con él, hasta el caluroso ímpetu solar que amenaza envolver a ambos en el fuego de un abrazo indiscernible.

La temperatura es otro elemento preponderante de esas fotografías. A pesar de que la luz solar expande todavía débilmente su calor, uno sabe que esos cuerpos no sienten el frío. O ya es verano en los campos británicos, o la primavera está mutando y despidiéndose, transformando su primera indecisión en desembozado hedonismo, o los dos están conscientes de que sus voluntades se han reunido en una sola y coincidente. Sabemos que el vestido largo de esa muchacha, del cual apenas si alcanzamos a vislumbrar la tela que cubre sus hombros, es tan ligero al tacto como la aérea superficie del lino o algún otro de esos géneros cuya trama parece especialmente hecha para acompañar el roce de la piel con ingrávida modestia, permitiéndole esparcirse a la mirada indiscreta y lúdica por esa especie de limbo que se abre en el espacio que media entre el cuerpo y el vestido.
2. Desde que escribiera el inflamado texto que acaban de leer han pasado algo así como dos meses. No he dejado de admirar el par de fotografías que componen un cartel, a no ser por la belleza intrínseca de cada una de ellas, bastante convencional en su disposición (a propósito de grandes carteles cinematográficos, les sugiero buscar en Internet los legendarios afiches polacos de cine), pero vi la película y estoy obligado a decir que es tan encantadora como muchos afirman. Los primeros quince o veinte minutos son un festival de la luz, movimiento y alegría, lo que incluye algunos de los más felices travellings del año. Baste como ejemplo el que da inicio a la película y nos presenta simultáneamente a la protagonista, a su vital y desordenada casa, y a toda su familia.
En medio de media docena de cuerpos inquietos y jóvenes vemos retomar a Donald Sutherland el estropeado personaje de Casanova que hiciera para Fellini, ahora transformado en un esposo y padre haragán pero bondadoso, y a Brenda Blethyn hacer de una vieja casamentera que, contra todos los pronósticos, no nos resulta insoportable quizás debido a la transparente simpleza de sus intenciones. Pero la frutilla del postre son Keira Knightley (La maldición del Perla Negra) y , quienes se hacen al amor cada vez que disputan entre sí con refinada franqueza y la mirada tensamente sostenida en los ojos del otro.
Para hablar de la literatura de Jane Austen es menester haberla leído, y yo debo confesar que hace varios años una paupérrima edición de Persuasión me expulsó de ella, tan solo a mitad del libro, una tarde que esperaba el tren rumbo al Tigre en la estación Belgrano del ferrocarril, mientras afuera llovía todavía un poco menos que adentro de mi cabeza. Pero lo que me resulta fascinante es comprobar la ausente demagogia y notable lucidez que parece presidir ambos relatos y, presumo, el resto de sus libros. Las clases sociales están claramente diferenciadas, sus virtudes y miserias saltan a la vista y, aunque no determinan fatalmente el albedrío de todos y cada uno de los personajes, condicionan su accionar en diversos grados. Pese a ello, elude la tragedia con elegancia y convicción. Las mismas que demuestra Elizabeth para superar el orgullo y las limitaciones de su clase, sin caer en la desesperada ambición matrimonial de Lidya, el temeroso silencio de Jane, o el inicial prejuicio clasista de Mr. Darcy.
Cuando estrenaron en la Argentina la última película de Miyazaki, el crítico Agustín Masaedo tituló a su texto sobre la misma con el nombre de Cine para armar, destacando esa cualidad proteica de la obra del animador nipón, y dijo que el suyo era un cine de sueño, de invención y de juego. Un cine de formas originales, dinámico y novedoso. Un cine que se acerca al mundo de la novela decimonónica con una fuerte identidad cinemática. Ese también es el espíritu que emana de Orgullo y prejuicio. Aún sin las posibilidades que el dibujo otorga, Joe Wright elude el estatismo adocenado de las típicas adaptaciones de obras clásicas para entregarse e involucrarnos en un juego permanente y cambiante, lleno de fuego, de luz y de sorpresas. Como el dibujante anima contornos, Wright anima líneas y páginas de una novela que en manos de otra gente estaría destinada a ser otra versión de qualité más, pensada para solidificar un prestigio basado en el anacrónico y pedante equívoco cultural que supone al cine como subsidiario del teatro o la literatura.
Pero en Orgullo y prejuicio hay más de una secuencia inolvidable que refuta tal mediocre concepción, y que me resisto a dejar de enumerar: Lizz y Jane charlando en la cama de sus incipientes amores mientras una cámara que comienza tomando sus rostros en primer plano debajo de las sábanas se eleva hasta atravesar la ventana y enfocar una luna que parece dibujada por la fantasía de dos chicas que recién están despertándose al amor; el segundo baile de la película en el que Lizzy y Darcy por fin se encuentran y se enfrascan en una danza que los hace sentirse —y una cámara que nos los muestra— solos en el universo aunque el salón esté repleto de mujeres gordas y señores circunspectos; el ardor sexual de la discusión entre ambos debajo la lluvia; la amiga menos agraciada de las hermanas que acepta casarse con un clérigo para no quedarse sola y se lo dice a Lizzy mientras esta da vueltas en una hamaca y la cámara gira trescientos sesenta grados con ella para ver como la lluvia cae sin cesar en todos lados; los primeros planos del rostro de Lizzy enamorada con una inocencia cuya sensualidad pertenece a un siglo que no es el nuestro; y tantos más que se sumarán con cada nueva revisión que le dediquemos a la película.

Una película cuya libertad, cuyo aéreo sentido de la puesta en escena, y cuyo amor hacia los personajes femeninos fuertes, nobles e inteligentes quizás sólo sea comparable, entre las estrenadas durante lo que va del año, a la ya mencionada El castillo vagabundo de Hayao Miyazaki. Amén de coincidencias mucho más amplias, hay un plano de las dos respectivas protagonistas, paradas al borde de un acantilado con los vestidos flameando al viento, que las hermana en vigor y belleza.Allí está el retrato de la juventud, todavía no paralizada por el miedo a la muerte, como período en el que la voluntad tantea el espacio que tiene ante sí preguntándose por qué volar no es una opción. Allí se abre ante ellas el siempre peligroso pero irrenunciable desafío que supone la construcción de la propia identidad. Y allí está la evidencia de un par de cineastas cuya fe en el cine es capaz de mover montañas de conformismo audiovisual.