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ISBN :8481917052
Págs. : 372
Precio:30 €
Pre-Textos editorial
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¿Qué puede decirse?, ¿qué palabras usar ante la muerte de un allegado? Si acudimos a la fe en un sentido de todo esto que nos rodea, parece que nos refugiemos bajo un paraguas; si recurrimos al absurdo, al más loco azar y a una necesidad implacable como explicaciones, podemos caer en un nihilismo nefando que nos lleve a la indiferencia o, lo que es peor, a una tremenda impotencia ante la vida. ¿Qué decir ante eso?, ¿qué vocabulario alcanza a expresar nuestra estupefacción?
Nos recuerda Jünger en su novela El problema de Aladino que los primeros indicios de civilización, de vida social, se dan en los restos de enterramientos que hasta nosotros han llegado. El primer humano que siente pena y nostalgia de alguien cercano que acaba de morir y que, como reacción, le homenajea de una forma u otra, hace algo con su cadáver para recordar siempre que allí se depositaron sus restos, que lo que queda de él está allí, funda la cultura. Este reseñista acaba de perder a su madre, justamente mientras leía el libro de Derrida y preparaba las ideas para esta reseña, y aparte del dolor, ha podido reflexionar desde muy cerca sobre algunos de esos hábitos actuales, no tan diferentes de aquellos en su escrupulosa ceremoniosidad, en su atavismo irracional pero se supone que necesario.
Esas costumbres van inevitablemente remitiendo, y no por una mayor racionalidad sino por una tendencia moderna al abandono, a la indiferencia. La usanza del velatorio en casa se ha sustituido por los tanatorios, excepto en los pueblos muy pequeños; las visitas a los cementerios se establecen una vez al año, si es que las hay; a las inhumaciones suceden las cremaciones. ¿Acaso esos ritos han sido suplantados por otros más íntimos, por el recuerdo espiritual del ser querido? Sería deseable porque, al menos en ese aspecto, habría llegado esa “edad del espíritu” de la cual habla el filósofo Eugenio Trías (en otros asuntos, por descontado, estamos en una edad absolutamente material). Me temo que no es demasiado así y se va imponiendo, como ya dije antes, la indiferencia en lugar de la racionalidad y el pensamiento.
No hace tantos años, quizá cuarenta, en nuestro país la costumbre prohibía a los miembros de la familia del fallecido ir al cine durante, al menos, un par de años, y escuchar la radio, por si retransmitían música, en las siguientes semanas a la defunción. Sin contar, por supuesto, el consabido luto, el color negro en las vestiduras o, como mínimo, la banda negra en la manga del traje. También era necesario velar al muerto, es decir, pasar la o las noches en vela mientras el cadáver estuviera insepulto. Todo eso se ha perdido, o casi. ¿Para bien?, no se sabe. Tal vez esos hábitos tuvieran más de postura ante el vecindario y familiares lejanos que de respeto al difunto.
¡Qué bueno sería que sustituyéramos todo eso por una interiorización! Ya he dicho que es de temer lo contrario. Sólo añoran al muerto la o las personas más allegadas. Para el resto, es mero trámite y costumbres del pasado.
Si el extinto es artista, científico o personaje público, de él quedarán sus obras y la espiritualidad que podría sustituir al ritual residirá en ellas. Si por el contrario, es una persona corriente, serán las anécdotas, su bondad y maldad, sus virtudes y defectos quienes queden en el recuerdo de sus deudos y tal será el espíritu que continúe revoloteando entre las mentes de éstos. Para el caso, lo mismo, aunque la trascendencia de los primeros será más amplia, tanto en el tiempo como en el número de público. Pero, ¿es que jugamos a la trascendencia? Unamuno ya demostró que sí.
Bien, pues de eso trata el libro de Derrida, de la trascendencia, de los recuerdos, tanto en forma de anécdotas o evocaciones entrañables y personales, como de la influencia del pensamiento de las personas ya fallecidas a quienes el autor dedica unas palabras, palabras que son costosas de entresacar porque, como decía al principio de la reseña, ¿qué decir?
Se compone de 16 homenajes dedicados a otros tantas personalidades de la cultura francesa, aunque hay algún norteamericano, todos amigos de Derrida y que le antecedieron en la muerte. Se incluye otro artículo de los recopiladores, Anne Brault y Michael Naas, quienes le dieron la idea a Derrida de construir este libro, dedicado justamente a él, fallecido de un cáncer de páncreas en 2004. Podría ser un pez que se muerde la cola, un bucle pero no es él mismo quien se escribe su panegírico sino que deja a los otros que lo hagan. La imagen más adecuada sería la que preside esta revista electrónica: la espiral. Como espiral es el escrito que genera una glosa y la glosa que genera otra glosa. Se amplía hasta el infinito, o mejor, hasta que la raza humana finiquite como vamos finiquitando todos y cada uno de nosotros. Hasta el fin del mundo. Fin que lo es para cada uno cuando nos llega la hora. Mi fin del mundo será mi muerte.
Si para el muerto su muerte ha sido el fin del mundo, ¿dónde queda su recuerdo? No hace falta ser filósofo para saber que ese recuerdo queda en la obra, diferenciando a los difuntos entre públicos y privados, como ya se hizo antes, o en el “interior” de los deudos. Y entrecomillo porque ese interior no es físico, no hay un dentro y un fuera. Esa paradoja lingüística la plantea Derrida en el artículo sobre Marin, precisamente un teórico y crítico del arte. Ese dentro es una imagen. Imagen en el sentido que usó René Magritte en su cuadro Ce n’est pas une pipe. Imagen cuyo “poder” es mayor, si cabe, que el de la realidad.
El problema de esa imagen es que implica la imposibilidad de diálogo con el fallecido. Tal imposibilidad ya lo era para quienes no conocimos a esos intelectuales a quienes dedica el autor sus palabras. Mas no era tal imposibilidad para él pues todos eran amigos suyos, y de ahí su dolor, su sensación de pérdida. A esa sensación le llama, parafraseando a Althusser y en el artículo a él consagrado, la indialéctica.
Tal vez estos, los dedicados a Althusser, Lyotard, Lévinas, Kofman, Barthes, Marin, etc. sean los mejores artículos. Desgraciadamente hay otros demasiado cortos, circunstanciales, en los que apenas hace ni siquiera panegírico, sólo unas palabras de loa al difunto a quien estimó y admiró. Es el caso, por ejemplo, de la carta a Didier Cahen, organizador de un homenaje a Edmond Jabés, unos meses después de su fallecimiento, en el Colegio Internacional de Filosofía. Lástima que en este caso no se extendiera tanto como lo hizo con otros ya apuntados.
La clave del libro está, tal vez, en una nota al pie en el artículo dedicado a su gran amigo (es de sus pocos amigos desde la primera juventud) Gerard Granel donde dice: “No hay obligación más incondicional que la que tenemos con un muerto”. El amigo difunto ya no está ahí para contradecirnos, para discutir, por eso la fidelidad a sus planteamientos debe ser total.
En realidad es un libro enormemente judío (Derrida lo era, nacido en Argelia). El texto produce glosas, más textos, que a su vez son glosados en un engrosamiento sin fin del discurso, al estilo de los comentarios a los comentarios de los comentarios de la Torah.
Lo cierto es que incita. Y nada mejor que un texto incitante, como nada mejor que un amor excitante. Incita a más lecturas, a recurrir a los textos de Lévinas, Lyotard, Delleuze o Blanchot. La vida, como los libros, también se acaba. Y lo triste es que no tendremos tiempo de todo.
Porque lo mejor de este trabajo de Derrida es que habla de la muerte, de mi muerte. De la imposibilidad que tendrán mis hijos de continuar discutiendo conmigo, de la imposibilidad de saciar su curiosidad sobre el por qué de ciertos actos míos, de algunas reacciones que en su momento quedaron sin explicar, de la imposibilidad de reprocharme, de agradecerme. De la imposibilidad de algún lector (si es que los tengo) de averiguar exactamente el por qué escribí esto o aquello, el por qué justamente así. La muerte consiste en eso.