COMPAÑERO DEL VIENTO: Abbas Kiarostami

por Clara Janés - A. Kiarostami









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Abbas Kiarostami
COMPAÑERO DEL VIENTO
Edición bilingüe persa-español

Traducido del persa por Clara Janés y Ahmad Taherí

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo



      Una flor, una mariposa, una abeja, el reposo de un niño, una mujer encinta, viento, nieve son particulares formas de paisaje que Abbas Kiarostami capta con palabras y, como mago, deja flotando envueltas en silencio. Este silencio es el que les quita peso, las sitúa en la ingravidez, las sostiene y singulariza y las arrebata al espacio y al tiempo. Y, con todo, se trata siempre de lo cotidiano, de momentos de vida, de lo que transcurre. Es el don del poema breve, se llame haiku (Japón), koşuk o koşma (Turquía), sach’ (Arabia preislámica) o josravaní (Irán), una forma de escritura sutil y sagaz que compacta concepto e imagen otorgándoles un aspecto pluridimensional. Detenida esta unidad por la mano creadora, se carga de sugerencias y es inevitable, a través de ella, no establecer nexos, algunos muy concretos.

      Leyendo los versos de Kiarostami, por ejemplo, las amapolas, los vilanos o las manzanas nos llevan hasta Sohrab Sepehrí, el más abarcador entre los poetas persas del siglo XX, que además era pintor. Y a ese aspecto suyo, el plástico, nos acercan la nieve, los árboles quebrados y los caminos en la montaña. Sepehrí, que se preguntaba “dónde está la morada del amigo [1]”, pregunta a su vez formulada siglos antes por Yalal UD-Din Rumi a través de la cual se delimita la perpetua búsqueda que es la vida y, con ella, el arte, veía en la naturaleza un modo de abstracción de carácter extremo oriental –no hay que olvidar que partió a Japón para aprender grabado-. El mismo espíritu habita en Kiarostami y se refleja no sólo en sus imágenes –especialmente en sus bellísimas fotografías-, sino  también en sus textos, hasta tal punto que su escritura –como afirma Victor Erice– es comparable a la de los cuadernos dejados por otro cineasta, el ya clásico Jasujiro Ozu.

      La noche/es el don de Dios/ a los ciegos [2], escribió el turco Fazil Hüsnü Dağlarca, versos que cruzan nuestra mente como un relámpago negro. Para Kiarostami, que trabaja con la claridad, se trata de la luz, eso “único visible por sí mismo”, en palabras de Sohravardi [3]. Y la luz se halla en todo, y, sobre todo, en el aire. La potencia de la luz es tan grande que puede deslumbrarnos y cegar las dimensiones de lo real. Pero Kiarostami es un maestro y también al escribir poesía sabe cómo captarla en su momento de máxima eficacia, cuando, suspendidas esas formas peculiares del paisaje, esos concepto-imágenes, en el interior de su gota de silencio, cruza su envoltura, como si el silencio fuera un aura de transparente vaho, provocando el fenómeno de la irisación.


 


POEMAS


 


Esta vez une
la araña
las ramas
de la morera y el cerezo


 


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Los girasoles
cabizbajos murmuran
en el quinto día nublado


 


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La paloma
compuso el primer poema épico
al volar sobre el cráter de un volcán


 


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El humo de la vela
ennegrece
el ala colorida de la mariposa


 


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De cada cien manzanas
diez manzanas agusanadas
para cada gusano
diez manzanas


 


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Los pájaros
juegan
en la mano y la cara del espantapájaros


La tarea ha llegado a su fin


 


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Dos cuadernos de cien hojas
un lápiz con la punta afilada
una mochila de consejos
un niño en el camino


 


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Durante la noche de tormenta
se enciende la lámpara
La insistencia del amante
no llega a nada


 


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Ahora ¿dónde está?
¿qué hace
aquel que he olvidado?


 


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Siguiendo el espejismo
llegué al agua
sin sensación de sed


 


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Siempre quedan inacabadas
mis palabras
conmigo mismo…


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NOTAS:
1 Sohrab Sepehrí, Todo nada, todo mirada, ediciones del oriente y del mediterráneo, 1992, pág. 99.
2 Ante-luz, Papeles de invierno, Madrid, 1991, pág.7.
3 Le livre de la sájese orientale, Verdier, Dijon, 1986, pág. 147