TESELAS

por José Vila del Castillo - TESELAS

Notarás una ausencia, de repente,
Creciendo a tu lado, como un árbol….

Sylvia Plath.



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Cuarenta y cinco años y nueve mil dólares al mes.

Parece, sólo parece, una carrera que haya tenido éxito.

Una carrera forjada por los años. Un suceso aparente.

Algunos, hasta critican preguntándose cómo he llegado hasta aquí,

Al borde de este reloj de arena formado por todas las playas.

Habito una casa grande, incluso para mis silencios.

Mi esposa

-veinte de años de amor, a pesar de todo-,

Dos hijos y un perro.

Mis amigos –pocos y contados-,

Mis deudas.

Hasta mis zapatillas de cuadros

Que uso para no andar descalzo

Por el alba.

Todo está en orden.

No he accedido todavía a comprar una televisión de plasma,

Y si buscáis mi nombre en la red

Me hallareis atado a vuestros ojos más de mil veces.

“El éxito de la noche a la mañana

Tarda en forjarse

Unos veinte años de media.”:

Buena cita para describir mi vida y

Mis silencios

Grandes como secretos

Que podría contaros

Por esta vereda llena de instantes.

Pero no me engañes al leerme.

No me engañes.

El poema va y viene.

Posee alma,

Ritmo interno propio.

Y este está naciendo aquí

Mientras espero

A soñar un vuelo que me lleve

Alto, alto,

Tan alto

Como grande es vuestra ausencia.

Miradme,

Pelo cano desde los veinte,

Los ojos, cansados de tanto mirar

Pasar los días

      Y ver

Como mis sueños pasean de la mano

Por mis horas,

Intentando comprender

La tela de araña de los sentimientos

Sin poder ser sólo testigo.

Lloro.

He llorado

     Instantes

De violencia y gritos,

La muerte

  De la palabra

Hasta en las cartas de amor de un olvido.

Escribo.

He escrito

Cantos de soledad escondidos

Tras portadas de azul

Entre anaqueles de polvo

Y de memoria.

Y al cabo,

¿Qué poseéis de mí,

Si ni siquiera sabéis que vivo?

El otoño se detiene

En las campanadas mudas de cada domingo.

Espadañas de hojas muertas,

Vereda de hierba y árboles de frío.

Por el río, las barcas son un hilo de pértigas bajo el puente de barro.

Veo aún los pabilos de las velas sobre las copas del bosque inanimado.

Veo la campana girar sobre su tiempo inagotable.

Siento que sigo vivo en este silencio mortal que me cobija.

Miedo que no se detiene y arrastra los pasos rotos de una primavera

Ya remota que deseó también parar el tiempo.

Soy consciente de que el vuelo en fuga de aquel ánade me lleva

A mi siguiente y siempre último instante.

¿En qué momento me desnudará el aire?

¿Qué parte de mis manos serán hojas de tardío otoño?

¿Qué sueño de mí será su vuelo?

Camino.

He caminado desde hace siglos

Con ese libro antiguo bajo el brazo.

Ese libro expuesto bajo mi tacto,

Beso inquieto de mis ojos,

Donde la amapola

Es la boca de una tumba cavada

En una cascada de arena

Entre cristales.

Trasiego.

He trasegado

En busca de ese momento exacto de silencio nocturno

Donde la luz se funda en un negro sin nube que libe las hojas

Como la lengua de piedra de las mariposas revuela el ábside de los pétalos

Creando el viento.

Transito.

He transitado

Como fiereza del aire sobre el río en círculos perfectos,

Como bóvedas de líneas inventadas sobre el terror que huye de sus garras,

Entre la hierba,  

Creando la sangre que nos nace.

Camino aún

Siendo mis pies descalzos

La arista de la piedra sobre la ola

Y el paso desequilibrado del rojo

Sobre las algas rotas en la espuma,

Por alcanzar del otro lado una playa de desnudez

Vestida de arena blanca

Y vaginas de sol hiriente por haber nacido

De entre el dolor de esa lluvia

Y haber vivido robando

La respiración de la carne

Que me parió entre pupilas de azul

Para un tiempo de sienes encanecidas.

Y aún más.

Siendo y siendo y siendo

Como una rueda sobre el asfalto

Al hilo de los árboles trenzados por el movimiento

Como red de araña en llamas,

Como una tormenta de gas incendiado sobre el mar

Y el anaquel donde reposan cadáveres hartos de tanta muerte,

Dormidos como las piedras,

Vivos como el pétalo de la amapola que atesora ataúdes,

Pistilos de polen

En lenguas pétreas de mariposas.

Y aún hoy,

Paseando por las calles de ese sueño dormido entre libros y esfuerzos

Donde el poeta descansa

Entre mis ojos besantes como el tacto.

¡Nueve lustros de lluvia ya sobre el asfalto y tantas muertes!

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

Escuché una vez a Ted  Hugues

Recitar a Silvia Plath en un bosque de invierno.

La encontraron dormida de gas en su cocina.

Sola de voces y angustias.

Sola de dudas y miedos.

Sola de soledad y cierzo,

Cuando el halcón de aquel poema voló

Hacia su propio ser

Aferrando la paloma con sus uñas.

¿Será que el viento es el único que sabe a dónde vamos?

Vacío tenaz entre papeles,

Discurrir de tinta azul,

Hilera de trazos que me visten

De tanta soledad

Como grande es vuestra ausencia.

E iré por la hierba desnuda

De las tumbas de los poetas muertos,

De los dormidos versos

Sobre blancos papeles blancos de vida

Al  azar del viento,

Al azar del ruido

Y del invierno poema.

Traedme la nieve en espera

De la palabra hilvanada en la bruma

Que vengo de escuchar el gemido del alba que nos crea

En cada instante de encuentro y despedida.

Que al hollar de la lluvia su camino,

Y al valor del reencuentro

Tiembla el pétalo de frío

Como hora embastada en la espera,

Como un silencio dormido

Rojo sobre rojo de albor,

Horas de estío y veras

Vestidos de agua y de cierzo.

Norte que al desnudar encarna,

Frío que al cobijar redime.

Busco.

He buscado

La pureza del tacto y de la risa

Como un halcón al viento atado

Busca el sonido deshecho

En eco de piel y de agua.

Decidme

Hasta qué punto el estar vivo

Es estremecer la tierra tras el sépalo

Y gozar de la lluvia que transita,

Inunda, desviste, esa simple mañana

En que al despertar descubres

Quién eres

Después de tantos siglos.

-La tierra recrea abrojos que perfilan el abra en correntía-.

Vuelo.

He volado

Como un halcón aire

Sobre la muerte.

He volado

Fuera de mí,

Hacia ninguna parte.

Oteo.

He oteado

El mar abierto

De esta arcilla rota

Entre caminos sin huella.

¿Dónde está la pureza?

Vuelo.

¿A qué altura he de volar

Para vislumbrar la soledad

De este día de ahora, de ayer,

De un noviembre

Desvaído en calima y desierto grande

Como grande es vuestra ausencia?

Llego.

He llegado

Hasta aquí en pos de un recuerdo

Y me he encontrado a mí mismo

En memoria desecho

Como hojas de lluvia;

En palabras bordado

Como poemas rotos.

Y ahora, decidme,

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

Miles de rostros sin nombre al hilo de las horas.

Miles de sueños fugaces,

Abrazan mi paso y me alcanzan.

Miles de sueños fugaces,

Que no transforman tampoco su sed en fugaz memoria,

¿A quién escribo?

Dos estudiantes recitan

El verbo olvidado de los antiguos mayas.

Tres mujeres entierran riendo el amor destrozado.

Una pareja se besa en el rincón de las velas.

Una niña juega entre castillos de plata.

Y la música en un idioma ausente

Acompasa el ritmo de la lluvia en los cristales.

¿Para quién escribo?

Una muchacha a mi vera gira y regira su vida en una taza de té con ninguna respuesta.

Un hombre enjuto emboca el último cigarrillo sobre el último titular ajado de esta mañana                                                                                                                            [insomne.

¿Para quién escribo? ¿Para ellos?

Si no conozco sus nombres.

Si sus gestos vuelan hasta acodarse en mis ojos.

Si no saben, siquiera, que los estoy amando.

Si jamás ninguno de ellos recitará mis versos.

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

Parece como si el tiempo se hubiera cobijado en este único instante.

¿Nunca he estado aquí, o siempre he estado?

Duerme la luz.

Desviste la nube a la tarde.

Persigue la lluvia los ecos de las huellas que fluyen.

Se entrega el papel sobre el paisaje lento de los telares

Hasta el color recién deshilvanado:

Kandinsky, de nuevo.

Un niño canta a su madre lo que ve en el cuadro:

“Manchas de color no son,

Que veo un árbol azul

Para mi pájaro verde,

Ese camino de tierra

Hacia una casa amarilla

Y hasta un perro cuadrado

Pintado de azul violeta”.

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

¿Nunca he estado aquí, o siempre he estado?

Es la tierra ternura.

El verde deshace el naranja de los framboyanes,

Azul de azules y blanco de los arenales.

Una ciudad dormida al calor de los siglos.

Otra ciudad es la historia abandonada.

Del fondo del cenote sagrado el agua de la luz emerge.

Los niños juegan a asaltar galeones.

Un delfín de mezquite cura la ceguera

Y esa mujer de colores escoplea tristezas:

¿Para quién escribo? ¿Para ella?

Piel de líbano

Río de cabellera

Ojos de carbón

      Labio

Sobre la voz cercenada

       Tacto

Sobre el perfil descubierto

Mano

Sobre este tiempo de arcilla.

La tierra es ternura.

¿Nunca he estado aquí, o siempre he estado?

La memoria es instante sin concierto.

Van y vienen

Los segundos y las horas.

Hoy no es ayer.

Ayer de mañana existe.

Hoy es ayer.

Mañana desde ayer no existe.

Van y vienen los segundos y las horas.

Si hoy no es ayer,

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

Mi infancia es sangre de judería, cruz y media luna.

Cuento e historia.

El alto de un castillo sobre la catedral en sombra.

Mi madre. Una pila bautismal. Un silencio.

Estrechas las aceras acometen la labor de mi recordar

Despacio bajo los olivares ancianos y la tierra roja.

Portadme el eco de los pasos aquellos.

¿Camino al borde del recuerdo

O soy el futuro de un sueño que aquellos olvidaron?

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

Por el Portal de Valdigna cruzan aún los doce caballeros.

Un muro de flores al desamparo, un grial de esperanza.

Agua y luz de albufera entregada.

He recorrido por siglos los versos del cantar de Valtario,

El cementerio peligroso,

La isla de san Brandán,

El amor de la doncella manca,

El secreto de los cátaros,

El saber de los veinticuatro filósofos.

He construido la luz de los altares

Por ver a Dios en la mente de los hombres.

Arcos en punta, vitrales de aire,

Juncos de piedra, arquitrabe de nubes:

¡Al fuego los tiempos que arriban cubiertos de miedo!

Todo lo que soy se arcaíza a medida que los demás olvidan.

No prescindamos del viento que nos nombra desde antaño.

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

Érase que se era

Una única fecha.

Granada.

Mil novecientos setenta y cinco.

Calle del Sol, número diecisiete.

Desde entonces,

Isabel duerme

Sobre una cornisa de arcilla

Y agua

Corriente entre flores.

Desde entonces,

¿Cuántas veces he nacido desde entonces?

El abra sume la tierra entre verdes de sangre.

Huele a maíz e incienso en esta iglesia de hombres desgajados

Donde el rezo es manojo de velas en idioma antiguo.

El chamán sacrifica un gallo bajo la cruz sagrada,

Verde de sangre y bautizo de aguardiente,

Dioses ancianos y santos nuevos,

Hombres viejos y esperanza rota.

Nada está libre del tedio

De respirar cada minuto inconcluso.

La nave sagrada huele a hoja de pino alfombrada.

Los niños lloran la vida

Y sus padres letanías convulsas de miedo y supersticiones.

Nada es libre

En este final de selva oscura y ardiente

Donde las campanas tañen a siglo de muertos.

El chamán degüella la gallina,

Y un estertor de sangre esculpe

La llamarada  del grito sobre el recién nacido,

Canto ritual de cera:

Cristo yace cubierto de cruces, fechas y dioses olvidados:

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

La noche es un desierto desvestido entre sueños.

Y yo recién llegado.

Recién venido a este mundo

De horizontes,

Arena y piedra;

Huella de cactus por esta interminable carretera.

Alba y Galia descalzas.

¿A quién escribo?

Camino, corro, existo de nube y polvo

En esta noche que se va haciendo, recién venida a este mundo,

Tras este lago de sequedad que atamos al cielo.

Alba y Galia sonríen.

¿Para quién escribo?

Si ellas no saben que serán poema.

La noche se desnuda y el desierto se viste de rojos.

Alba y Galia abrazadas.

¿A quién escribo?

El asfalto es ángulo final

Entre espacios rotos y esperanza.

No hay vida en el viento:

Sólo soledad absoluta y tierra.

Alba y Galia dormidas.

¿Para quién escribo? ¿A quién escribo?

Si yo tampoco puedo irme de los días,

Ni regresar a tiempo al otro tiempo.

Si no puedo olvidar en estas noches largas y difíciles.

De azul tu casa me trajo tu presencia

Aún vívida y silente de dolor por ser mujer

Entre miedos locura enfermedad

Y lápices tajados como columnas vertebrales rotas

Y corazón en pedazos.

En tu piel y en tus telas,

Color del color, dolor del dolor,

Corsés de guerra y sol espejo

Como dosel de un no-tiempo

Congelado y vacío.

Frida de huipil y mole, rojo de tuna,

Verde nopal y blanco de pulque.

Hoja de maguey y tristeza viendo el mundo vivo

Morir de vida y dolor de colores

Donde nada es negro.

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

Al pie del volcán enamorado,

El río es de piedra cuando la lluvia lo esculpe.

La cara del perro deviene en vientre de azúcar

Y Pablo cuenta la historia del “Amo viejo” a mis hijos.

“Demonios y gatos horribles,

Espíritus de noche se alzan a romper el sueño de los vivientes.

El Amo viejo, de levita y sombrero de copa vestido,

Podía estar en todas partes al  tiempo:

Aquí y allí,

Donde el fuego consume las cañas de azúcar,

Aquí y allí,

Donde el monte se hace alto de cruz reinante,

Aquí y allí,

Donde el volcán vistió de nieve perpetua.

El Amo viejo vendió su alma al demonio,

Y una noche de rayo

Una jauría de gatos se lo llevó al infierno:

¡Amo viejo, mi amo viejo,

Sentado al borde del cielo!

¿Por qué vendiste tu alma?

¿Por qué te raptó el demonio?

¡Amo viejo, mi amo viejo,

Sentado al borde del cielo!

¿Por qué maúllan los gatos?

¿Por qué a los vivos asustas

Convertido en ángel negro?

¡Amo viejo, mi amo viejo,

Sentado al borde del cielo!”.

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

Como se abre el valle al alba,

El vendaval,

El río,

Y el fonema de lluvia

Me delatan.

No encuentro el por qué.

Si la palabra es leyenda.

Si cruje la sequedad de la escasa primavera.

Si el agua de ayer nos inunda

Y todo cuanto fuimos es sal y memoria.

   ¿No es tristeza el recuerdo?

Si la palabra es leyenda.

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

¿Para quién canto?

Que la palabra construye

La noche enramada en luna.

Que la marimba recita

Danzones, plazas y miel,

Todos me llaman el negro,

Llorona,

Todo me esculpe de sal,

Olor a café y cigarro.

Todo es baile, arcos, vida,

Mezcla de son y de piel,

Salías del templo un día,

Llorona,

Luz de luna era tu paso,

Luz de luna y de sonrisa,

Olor a café en tu pelo,

Danzón de sal en tus pies.

Hermoso huipil llevabas,

Llorona,

Que la virgen te creí.

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

Tiempo y lares se heredan.

La memoria es un puzzle de arcilla

Que despierta y me acomete

Como un grito lejano.

No existe en los recuerdos orden,

Mas todo me conforma

De humanidad y palabra:

Las horas,

Las personas,

Los paisajes.

Y a todo ello

Besos de piel se entregan

Y desnudan la hondura

Del segundo que no existe y que aún me habla.

¿Podré recrear el transitar de los recuerdos?

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

Mi infancia son presencias de sonrisa y de violencia.

Doble quebrar del alma.

La ternura asesinada, los días traicionados, el temor al alba.

Nadie me explicó la muerte cotidiana de los sueños

Ni el desecho del hombre tras sus errores.

¿Por qué nos aprisiona el miedo?

Un poema solo. Sólo un poema.

Un poema largo como un diario,

Un poema vivo como un mapa,

Una cadena de luz,

Un minuto en otro,

Una breve imagen,

Un saludo,

Un vuelo de miradas,

Una voz en otra,

Un roce de los dedos,

Un instante y otro instante tras otro,

Una secuencia de voz,

Un recuerdo infinito,

Una memoria sin lógica,

Un sueño herido.

¿Para quién escribo?

Un verso solo,

Sólo un verso:

La lluvia,

La luz,

La hierba,

El agua,

El orden y el desorden,

La materia y la nada,

El tacto y la piedra,

El viento,

El amor,

Y la rama:

La rosa es un instante.

¿Para quién escribo?

A cada rayo de alba,

A cada revuelo de ola,

En cada curva de vuelo,

En cada gota de agua,

Voy despacio,

Junto al mar,

Muriendo cada día.

¿A quién escribo?

Yo nací el mismo día

En que Ulises retornaba a su Ítaca

Recorriendo un Dublín

De niebla y principios de siglo.

La última guerra de Troya

Acababa de librarse

Entre gas de mostaza

Y trincheras de espino;

Borges poseía el don de la mirada,

Y Pessoa sufría aún por la muerte de su amigo Sa-Carneiro.

Yo nací el mismo año

En que un católico gringo vencía en las elecciones de aquel noviembre;

Elia Kazan estrenaba su Wild River,

Y Saint-John Perse  recibía el Nóbel

Tras reexisitir su Anabasis.

Hijo soy de las fechas en un presente

Que nunca es definitivo.

Vi la luz el Bloomsday,

Y heme aquí,

Treinta mil días después

Ahogándome

En este vacío blanco de infinito

Que navega

Entre cantos de sirena azul

Y tinta en desesperanza.

Heme aquí,

Vestido de ayeres

Que me dicen

Cada día

Que mi propia historia

Se acoda en los ojos nuevos

De mi hijo Jaime,

Grandes como ventanas verdes.

Yo nací el mismo día

En que Ulises regresaba a su Ítaca

Por las calles de un Dublín desnudo;

Mientras Penélope dejaba de bordar

Su propia espera.

Desde entonces y hasta entonces,

Soy testigo

De los pasos de Cristo sobre el agua,

De las duchas de Auschtwitz,

De la pasión de Dido,

Del holocausto en Armenia.

Heme aquí,

Palabra hecha arcilla,

Palabra hecha muerte.

Palabra que nombra

Las horas y los días

Y desentraña

Este blanco papel azul de tinta.

Todo lo que soy será lo que mi hijo ame:

Su futuro es mi historia

Y mi palabra.

Estos versos que hoy descubro escondidos en sus ojos,

Grandes como ventanas verdes,

Son el arco de Ulises.

Vuelvo en ellos,

Grandes como ventanas verdes,

A la palabra de arcilla,

Al tesón de las olas,

Aún cuando ya nadie escuche,

Por ser,

Una y otra vez,

Desnudez de luna.

Vuelvo  en ellos

Al vientre de aquel Dublín de lluvia

Donde el anhelo por Ítaca

Fuera siempre mi destino.

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

Ahora, aquí,

Desde mi ventana,

La ciudad amanece a la sombra  de montes invisibles.

Las nubes son un cielo de grises incompletos:

Luz de otoños antiguos y cansados.

Las palmeras cobijan sombras

Entre alcorques y hojas de boj esculpidos;

Una mujer lava la acera de pasos presurosos,

Una anciana pasea su miseria entre limosnas ciegas,

Los autos son un ruido encrespado de niebla

La vida se esconde tras las cortinas de los vidrios sin nombre.

¿Es que sólo hemos venido a llorar lo que somos en este tedio diario

Por seguir viviendo?

Arrojados entre mentiras de tinta y color de espectaculares

Que nos venden una vida que no es nuestra,

El día se despereza entre el frío sin sol de otro amanecer de plástico.

Las palmeras cobijan sombras entre alcores de plata,

La lluvia  esculpe el último minuto,

Donde ya nada es lo mismo que hace sólo un instante.

Vuelvo a encender el poema

Tras el humo del vuelo

Que se escapa.

He llegado hasta aquí para no ser nada:

Ni siquiera testigo de sombras y mentiras,

Palabra y poema exhaustos

Cercenados de olvido.

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

Inútil voz en esta ciudad desierta.

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

Yo he traído el viento que ilumina la era de cal y arcilla

Al borde vivo de la tarde.

La espesura del surco enrama las primeras notas de la sombra.

Viene el aire a concretar el barro junto al rumor del agua distraída.

La vela en el alféizar es cristal y es noche.

Desnuda, la habitación de yeso se engalana de reflejos tras el crepitar de fuego

En el hogar anciano.

La luna no es refugio de caminos de plata.

De la cocina, el olor a pan recíen parido,

El café del tiempo que aconteció entonces.

El viento en los álamos del sueño es salmo de plegaria

Entre brotes de amapola y juncos.

Canta la cigarra  los últimos suspiros de esta noche reciente

Que sólo es un recuerdo,

Que sólo es una imagen del viento que ilumina

La era de caliza y greda al borde mismo de la tarde,

Cuando todo así fue,

Donde todo así sigue siendo.

¿A quién escribo? ¿Para quién escribo?

¿Nunca he estado aquí o siempre he estado?

Venimos a morir lentamente como el río en las olas.

Lentamente y desnudos como el silencio.

Somos heredad de tiempo y fanal de horas.

Sólo un recuerdo,

Una suma infinita de memorias

Que vive de morir poco a poco como una rosa en invierno.

Y así, despacio,

La sencillez del fonema advierte nuestra impotencia de no ser nada a la postre,

De no ser nada.

Venimos de vivir lentamente esta muerte de días en trasiego,

Esta suma fugaz de sonrisas,

Esta orilla de pasos infinita.

Y si lloramos,

Fue nuestra lágrima verde de bronce y lluvia engalanada,

Brote de sal y noche,

Sombra de risa.

Venimos de esculpir lentamente soledades.

De mirar paisajes.

De regalar caricias.

De desatar palabras.

Venimos de los sueños.

¿Qué victoria será la de la muerte?

¿Qué soledad distinta?

¿Qué palabra nueva?

¿Qué recuerdo?

Jugamos con el tiempo ya inservible.

Venimos de ser vida.

¿Qué tormenta de fe y de viento nos perfila?

Como un río en la ola,

Como un silencio,

Como un fanal  de memoria,

Como una herencia de tiempo,

Venimos de ser vida lentamente,

Venimos de ser nada.


La rosa es un instante.