Letras
Las letras, como pez de entrambasaguas. Nada significan, todo lo simbolizan. No son meros sonidos, se eligen entre los posibles, y su forma es roja o triste, su son acarona o hiende. ¿Quién las inventó?, ¿qué mente práctica dijo y si...?
Lo enigmático se diviniza. Alguien las hizo divinas. Divina será su forma y sonido como el árbol divinizó las venas de sus hojas, las hojas de sus ramas, las ramas de su tronco, el tronco de su raíz. Raíz y puerta.

Nada hay como el murmullo, secreto de amor o sabiduría. La eme es sonido sordo, casi una hache. La eme es amor y el amor es la mitad de Dios. Con dos amores se tiene a Dios completo. Mar. Monte. Árbol y alga, pájaro y madrépora. Madre. Se puede oler. La eme huele a cielo como la ce sabe dulce.
Montañas, dos gemelas. La eme es shin inversa. Si los palos del tridente shin fueran cuatro y no tres, el universo sería otro. La letra hace al mundo, no a la inversa.

La ele es caricia erótica, lengua que enerva, juego tras la oreja. Lince, lomo, lápiz. El lápiz, amarillo y negro, pasea por las letras como el amante por la espalda. Lápida, también la muerte nos besa, mete la lengua en nuestras comisuras. Labios. Con la ele se dice te querré siempre. Con eles se amasa el pan de los libros. Con eles se cierra los ojos a los muertos. La ele lame, la ele es leche, papel.
Lazo. La huella de mi lengua en tu espalda, saliva de caracol, te enlaza y alivia. Laberinto, silencio, libertad. La ele es eslabón de ternura.
Palabras
Las palabras no llenan vacío, lo ahondan. Son vértigo, sombra de otra palabra con más luz, y ésta sombra de la última deslumbradora, inasequible, inhumana. Las palabras no son piel sino entraña, con ellas queda a un lado la caricia y alcanzamos la penetración. Tal vez era mejor el sinsentido, el son preclaro, la música sin partitura de las letras. ¿Qué haríamos sin ellas?, están en el camino.

Memoria. Manejar todas las palabras como el tahúr conoce el juego ante sus ojos. Ellas son las últimas en abandonar la casa. Las bebemos de boca del moribundo, el enfermo de desmemoria recuerda aún cómo quejarse. Las palabras del padre son la casa del padre, a ella hay que volver para habitarla o derruirla. Las palabras del padre nos constituyen, ellas son nuestras células sin citoplasma. Sin ellas o sin la rebeldía de sustituirlas por otras, seremos menos. ¿Qué será de las lenguas cuando su miseria nos haga aullar rascándonos bajo las pantallas?
Lenguas
Fueron las lenguas quienes interpretaron para el humano la música de su temor y afán de infinito, la barahúnda de su ambición. El rito cavernario y sangriento, el palo en mayo y el toro degollado, la hoguera solsticial o la sacra elevación, la romería preñatriz y la penitencia adormecedora, cultos aureolados de voces que fueron los más altivos peces nacidos del viento de septentrión. ¡Qué de palabras se han avasallado al ceremonial!, selectas, acicaladas, sabrosas a fruta o pánico, a pena o triunfo, a loor o tacha, palabras como humo vertical, o desparramado en roquedos, espeluncas, explanadas y santuarios.

El árbol, torre del lenguaje, zarza ardiente.
Escucha en ti a la lágrima, no escuches demasiado al profeta, y si lo escuchas piénsalo. Escucha el silencio del árbol, el ensanchamiento de la palmera, el materialismo del tilo, la altivez del álamo, la humildad de la encina, el perfecto cono del abeto. Escucha el silencio de la arena inmensa. Escucha el chirrido de la tiza infantil en la pizarra. Escucha la danza. Escucha la primavera, y también escucha el invierno, y ríe. Que la risa sea vacuna contra la perversión. Despierta a la serpiente y aprende de su honestidad. Aunque se enrosque en el árbol, no hay peligro.
Las hojas, las ramas, el tronco...