EL EXILIO DE PAPEL

por Daniel Battilana - EL EXILIO DE PAPEL

n23ensayo2.jpgSirva este pronóstico de mal tiempo literario para gravar la espesura a la que presento algunos términos que me serán serviles.

En un trabajo como este, irrelevante y ampliamente facetado, pues se origina en un estado de deriva conceptual que palidece, concluyo, frente a otros formularios que intenté escribir y sólo pude llenar de atraso intelectual y grieta perceptiva, las víctimas no existen para lo que se lee de soslayo, tampoco la púrpura que desalienta al obrero de sus días. Soy un ingrato, un patronero cuando ilícito y a otra cosa semejo ponderar un pasado que no tiene más real que la carga de inferencia que lo reconstruye al recuerdo. Poderoso y sagaz, qué más instructivo y apremiante que la forma de la que dependemos siendo este un continente de secreta confesión si se lo visita y se manifiesta ponderado quien, sin ser admitido, dice no necesitar ni del tiempo ni de la forma de la ofrenda. Oferta de lo imperecedero hecho relato o constituyente poema de la idea, la forma nos humilla irredenta por soberana y menos participe por señal, un semáforo de fracciones ordinarias, reluciente de abandono.

Con nada se contenta, vengo de romper una lanza aquí de arrojar una jabalina previamente despuntada, allá.

Hoy que no existe nada fuera de la noción de poder, visito los alrededores de este universo cegado a pura imagen, los reconozco por sus atributos, algo parecido a la esencia culmina por parecérseme en la cordial deriva de mi paseo a tientas, a ciegas. Seducción de filtro y lo lineal me asiste frente al supuesto de una total entrega a la voz pasiva. Remiendo, altero, concibo, empaco entre espinas lo querido.

Hubo una vez una creencia y para ella un sinnúmero de ritos. El tiempo fugitivo en Bergson y en mí, sólo por apremio, se hace del desplazamiento aparente de los objetos, la otra noción de conjugar en racimos lo infinito es la manera de humanizar lo imposible dándole un formato doméstico. La humillación ya lo es, presume del intervalo y de la incansable fractura de lo cotidiano. Otro semáforo discreto para las ideologías.

Vivir es la gran cenestesia. Es la sensación tegumentosa de tener el cuerpo abierto de finales, todos inauditos, la ceniza de esos días no tiene la justicia que queremos prevalezca al final orgánico de final. Sólo la memoria que parece brotar cuando la materia quiere expresarse pulsa el valor que nos conmueve a cuanto de límite ponderable se ajusta el cuerpo de esa memoria.

La voluntad arma su exilio de papel, me arma para las tolerancias recíprocas de la percepción sedienta de intuición. La carencia es la señal que lo lleno antepone para la repetición. Una señal apenas, a penas nuestras.

Rito es descomposición. Mucho papel y poca tinta; la herramienta equivocada nos alumbra pero hay un arco para esta flecha tensa: la repetición.

Un símbolo es lo más parecido al universo. Es un planteo no detallado de una partícula móvil, está hecha para el abismo que somos. Soy la medida de este abismo. Soy el símbolo más resistido del cosmos soy caosmos. La repetición es el augurio de lo no evidente en la escritura, lo lleno antecede a lo vacío del poema. Esto, la reclusión, aquello el constante preludio de la escasez de lo lleno. Demasiado infinito es un rival de papel donde los símbolos, parecidos a la idea, sobreviven como conjetura poética, conteniendo la carga abisal de la existencia. Es esta la señal de lo minúsculo finito en el ardid del significado que lo regula todo, salvo la evasión. De cada sistema planteado el sometimiento es un símbolo menos y un cuadro más para el realismo de los sentidos adjuntos de la inercia conceptual. Reubico mi sistema en  lo más insipiente 1 de la frontera de los sentidos, con ellos la movilidad, que parece real, y no más síntoma y no más límite y no más pensamiento que el que piensa y sólo reflexiona en un acto de reflejarse en las palabras de su límite. 

El exilio es la aventura de la muralla adentro, de los intervalos de las fases pobladas de hallazgos; el exilio irreflexivo pertinaz de volverse sin reflejos cuando cuerpo cuando tiempo juegan el papel de poder externo reemplazando la desdicha de todos lo poderes con su señal de pérdida, de logro, de dolor plural. Queda tanto por evanescer de este compás aguerrido que tuerce, arrancándole piezoeléctrico, voces al cuerpo de la creencia.

Fusca para el honesto que pretenda interceder; oponer nociones y formato de especulación de prosa poética o de atrevida intuición que oculten un intento de organicismo. Lo completo es pegajoso a los intentos extremos, a los genuinos intentos de evitar la cordura trémula siempre tentadora.

Forma fácil de ocultar con doctrina y géneros lo incomprensible.

Si atrapo el mundo dejo caer mi corazón. Lo real es analógico, esta en la epidermis del mundo, constante y nivelador.

La comparación es una deuda de estilo. Vértigo natural de la claridad.

La emoción es analógica cuando consigue la representación. Un aroma es analógico porque compensa (reconstruye) con emoción lo que los otros sentidos no pueden leer en el aire, las intensidades de esa comunicación tan estrecha de vínculos son tomadas a la ligera, en el mismo orden que el descanso ha cedido a las servidumbres del deber. Nadie se presta a obedecer a la aurora o tiene por espera levantase para favorecer al prójimo.

Ráfagas de un ser membrado o parecido intento; nada concilio, nada hay antagónico, tan fijo está el papel del exilio como el futuro fijo al que vamos.

¿No es con el barro exquisito de la insensatez con que se amasan los ladrillos periódicos de una muralla indefensa de palabras? ¿Mitigar las causas de nuestro entendimiento, vivir con el terror de lo emergente a la chatura?


Habitamos el trópico de las intenciones.

La quieta penuria, el estaño voraz, los helechos multitudinarios, la fatiga del texto que reluce de sombras. Los pareceres de lo prohibido, la cuota de tributo. Todo lo infantil que se pueda de ese dulce entre los dedos. Habitamos la prolijidad, el hábito de tener por signo el síntoma de la coherencia y en esto se nos agotan los significados que los sentidos formulan para completar al cuerpo sujeto del parecer.


Donde mira el poeta, el que aún cree en el arte como un instrumento de conocimiento, donde apenas se refleja el excursionista de lo real presente. El punto de esa vista, ojos que acechan la mirada, ojos que no se ven a sí mismos, repartiendo prismas intencionados al ojo engañado de luz.


Padecemos la diferencia de las cosas porque vivimos en una esfera exaltada de valores y formalismos, pretendemos ver ríos en el océano. Alguno que practica la insistencia, único secreto para el éxito social de la literatura, cree navegar independiente por ese riacho que bien llaman corriente... Nunca se reconoce flotando, empapado, arrastrado o al menos trucha

Un broche de sulfato prendido, halagará esa búsqueda de lo infinito doméstico, un repaso, tan solo perpetuar la incógnita finitud puesta en el alivio.

Arredra lo que impide

Surfilar lo que no tiene bordes. Obradores ingeniosos, pretendidos malditos que me son familiares hasta el oprobio. Costean de sí la misión de impedir lo que no entienden, les basta conocer la función que es consecuencia de la verdad.

Algunos textos me son violentarios cuando apenas simplemente.

La voluntad tiene su forma parásita en la quietud; el conocer en el entender, ambas cosas son una máscara derivativa, son afán. La confusión se extiende, le hace bien al orden.



El camino es la sed, la escritura el gesto corporal.

Del suelo me levanta el suelo, esa es la caída, creer que se levanta el cuerpo. Nadie reconoce la causa material de sus ideas. La excusa de esta homogeneidad son los apremios que la libertad extiende prebendaria.


Negar es llenar de apremios la lectura.

Eso es lo mío, el constante apremio discursivo la derrota funcional de los egomorfismos cuyos meridianos han difuminado, a expensas de lo real, lo adyacente a la metáfora, ese  linde esfumado de hallazgo tenido por confuso. Lo que paladea el cerebro es desdoblamiento. El cerebro cotiledoneo se alimenta de dualidad, forma y contenido. Cuando falta un componente aparece el olvido, que es un remanente de lo real, éste se nutre de sí mismo pero fagocitando lo extemporáneo. El culto de lo real


El olvido es lo más parecido a lo real

Podría decir que caricia son las peripecias de una mano perdida en el cariño. De ese roce que no cesa cuerpo presente y dedos que preceden el volumen secreto del otro acobardado. Esta polaridad de acercarse y alejarse arma riesgos que serán amor y defensas que serán escritura.

La superficie es el secreto más inadvertido.

Nadie esta aquí, para ser hay que poblar los estratos menos dudosos de la materia.


¿Hay un pacto estético?

Lo que hay es un esquema inamovible. Tenido por supuesto, hay una esfera de todas las cosas y una sal que se divierte por estar de moda en el olvido.


La palabra es la extensión abandonada de una lengua fósil, animal de muchas intenciones.

Lo que leo son cristalizaciones extrañamente favorecidas por lo poco que deja emerger la creencia. Leo, rompo cristales, lastiman del ojo lo inacabado. Lo dificultoso no entraña una parcela de verdad; en el exceso de la rotación, lo fino es tapado por lo grueso ¿Somos capaces de girar derviches en las afueras del entendimiento?


Un puente de magnitud entre paralelos extiende la desidia, lo formal es la nave lenta que recoge a los náufragos de las islas de papel.

Náufrago es aquel al que abandonó la flotabilidad. Si por un momento dejáramos de respirar, leeríamos en la pequeña intoxicación que avanza las luminarias de lo oscuro.


Es por los extremos donde crecen las plantas.





NOTA: 1 No confundir con incipiente.