A Isaías Garde, mucho después
En verdad ella no ha gritado, cree que nunca. Cree que nunca
llora y que los pájaros se adueñaron de su garganta pero él
busca un olor a sal anticipada, huye las yemas, los dientes, huye por el cuello,
trata de soltarse de ese cinturón de noche cárcel piernas que
no huyen. Cómo saber si golpearla es el único placer cuando se
piensa repulsivo. Tal vez dibujar la espalda de esa mujer cruel con alas de
niebla, a cuchillo, con el mismo cuchillo. Su mano tensa detiene una rodilla
en el abrazo justo. No tiembla, debe sofocar el grito que lo ensordece de tan
esperado pero el sol se le va de la boca. Ya huele a mar su pelo silencioso.
Ya los dedos. Teme que no esté gritando, que diga quererle; eso sería
inadmisible. Por la ventana pequeña entra la última tarde en pedazos
pero el hombre espera su reino, el reino de mármol donde una túnica
blanca cuando las ojivas se diluían en la noche. Sus manos le parecen
ajenas, acarician a la mujer adagio, la buscan lluvia, no responden.
Sabe que nada le complace. Todo no es y es en el vacío.
Sabe que no hay retorno, que no puede destrenzar las horas y quedarse en el
pentagrama de los sueños con aquella otra mujer furiosa y furtiva que
tantas veces había amado.
Otro pájaro anuncia su canto vehemente y entonces ella
gira y le tiende los ojos, más oscuros que cuando los inventaba, más
abismo, más caldero, más nombre estallando silencio, los primeros
acordes de un arco listo. Los cuerpos están allí. Ella no gritará
que lo quiere. El hombre lo sabe y tiene miedo. Toma la daga, piensa en la pared
de su cuarto. Piensa en la palabra que ella está susurrando por vez primera,
la que siempre escribían.
Ha cerrado los ojos para concederle el deseo.
Un búho se acerca a la ventana. La luna ha entrado altiva y pisa roja
los cuerpos quietos.