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E. Munch |
Alta, robusta, taconeando fuerte, Eulalia llegó en agosto del 2000 en pleno invierno, cuando Olarión, el pueblo, estaba casi muerto, tendría unos setenta y tantos años. Vestía traje de fiesta: un vestido negro, muy amplio, que arrastraba su cola de dos metros barriendo la mugre inveterada de las calles del pueblo que se había entregado hacía mucho. Olarión era sólo un nombre con las letras borrosas en el cartel que lo anunciaba, más de cien kilómetros al sur de Bariloche. El desierto había invadido las montañas, el valle y había dejado seco el Ayün Leufú que antes era un río y ahora se había convertido en un hilo de agua. Cuando el Ayün traía el agua de los deshielos los chicos pescaban truchas en él y nadaban en los remansos. Ahora no les servía ni para lavarse los pies. La peste terminaba con los pocos árboles secos que quedaban retorcidos como remedo de una alegoría.
Lo que quedaba del pueblo tenía las tres cuartas partes de sus ventanas tapiadas. El paredón bajo de piedra, que rodeaba la Pileta de los Caballeros de la Tabla Redonda del Grial de los mapuches, como la llamaba el mago enano Alubín, se había derrumbado, sólo quedaban algunas ruinas en pie y hacía muchos años que estaba seca. Los Caballeros que habían fundado el pueblo mapuche tres mil años antes de Cristo, según el enano misterioso, no habían regresado nunca.
La mujer me miró sonriendo. Había entrado en los restos mugrientos de la habitación que, hacía años, había sido mi consultorio. Miró la camilla y arrojó al suelo, con poco esfuerzo, un fardo de pasto que estaba encima de ella. Era para el caballo del vecino que no podía comprarlo. En invierno no es fácil para la hacienda encontrar comida sobre el suelo helado, por eso yo le compraba la alfalfa enfardada al zaino del vecino, si no moriría. Ella se sentó junto a Jassídora Vándrila, que también se acurrucaba sobre la camilla y la acarició, la gata abrió un ojo, la miró, reconoció en ella a una mujer, como todos los animales reconocen al ser humano, ese pedazo de catástrofe que todos somos, y siguió durmiendo. Ya no había consultorio, ya no había nada. Si alguno de los poquísimos que quedábamos me necesitaba, yo iba a la casa. Si realmente estaba enfermo lo mandaba al Hospital o a los sanatorios de Bariloche. Creo que me había olvidado todo lo aprendido de medicina. Además no me importaba.
─Está todo igual ─dijo con severidad─. Las cosas no cambian doctor Claudio Amézcoa. ¿Ya no te acordás de mí? ¿En tan poco tiempo olvidan los hombres mujeriegos como vos a la mujer a quien le dijeron que era la más linda que habían poseído?
No la recordaba, tal vez porque la cara se le había ensombrecido con una sonrisa suspicaz y llena de grietas. Las arrugas y el ceño fruncido tapaban el pasado porque el tiempo en Olarión era lento como el derrumbe de las taperas. Pero los ojos de la mujer mostraban cierta dosis de curiosidad. En ese primer momento me fue difícil comprenderla. Hasta los recuerdos se nos esfumaban en el pueblo y quedaban arrumbados en el rincón más sucio y estropeado del cerebro.
─Veo que no cambiaste de lugar la vitrina del instrumental que sigue ahí ─dijo con alegría.
No había tal vitrina porque hacía años que se la había vendido a un médico recién llegado pero que terminó por irse al poco tiempo, harto del desastre que presenciaba. Pero ella la veía; veía todo lo que imaginaba: vitrina; muebles de caoba, escritorio de cedro del Líbano que describió con perfección de ebanista. Muebles que yo nunca había tenido porque desde el principio arreglé todo de la forma más barata: muebles hechos con cantoneras llenas de nudos, que son las que se desperdician, las más baratas.
─¡Y esas cortinas blancas tan sucias!
Las cortinas hacía años que se habían podrido. Habían dejado de existir. La sonrisa le dibujó una margarita rosada en los ojos verdosos y atenuados por los años. Los labios se le estiraron como si fuera a decir una mentira, estaba nerviosa, se tomaba una mano con la otra y las retorcía. El consultorio era una pieza vacía donde había un escritorio de cantonera carcomido por las polillas, una silla destartalada y una vieja camilla cubierta por una funda sucia con la tierra del pasto y el polvo.
─Soy Eulalia; por lo menos, creo, te acordarás de mi nombre. Nos acostamos aquí muchas veces, en 1960. ¿Te acordás de la tarde cuando nos encontró el polaco Doria? Yo estaba encima tuyo y vos gritabas loco de placer.
Supuse que la fecha, 1960, debía ser falsa o un invento desquiciado de su memoria, de cualquier modo carecía de importancia. Lo de mi amigo Doria sí lo recordaba, el hecho sirvió para que el polaco se burlara de mí dos semanas seguidas: Eulalia era fea pero me acostaba con todas las hembras que me caían a mano. Doria había muerto en agosto del 82 a los ochenta y tantos años. Cuando el murió también se desvaneció la esperanza de salvar al pueblo: el desierto terminó por tragarlo rápidamente. Muertos los pioneros, él y el italiano Lambertini las piedras calcinaron el verdor del valle, y la ladera del Piltriquitrón estaba desnuda aunque totalmente cubierta por la nieve. Del otro lado de la Loma del Medio estaba la chacra de Doria, cuidada ahora por su mujer la alemana Edda Limberger, pero esa es otra historia de la cual tampoco quiero recordar nada, así que día a día sepulto las llamaradas de visiones de la chacra que ella con su hijo oligofrénico habían podido conservar, frente al río Azul. Edda y Eulalia dos bichos femeninos con el coraje de los pumas y la dulzura de una garza preñada. Bicho raro la mujer.
Eulalia descendió de la camilla y caminó por el consultorio alrededor del escritorio de cantoneras apolilladas y de la silla de patas flojas y de la camilla mugrienta. Me miró:
─Ahora vine a casarme con Hilario. Ese tonto se casó con la imbécil de Marta. ¡Qué estupideces hacen los hombres! ─dijo Eulalia con un mohín enojado─. Y tuve que esperar a que ella se muriera; ¡la infeliz!
Hilario había muerto hacía mucho más de diez años y Marta murió en el 96’, el año del concierto de su hijo Hugo Lambertini, uno de los violinistas del cuarteto francés que había venido a Olarión. Pero Eulalia ya no estaba y no pudo escucharlo. Fue uno de los pocos hechos mágicos que ocurrieron en el pueblo, después de la muerte del mago Alubín.
─Por suerte ─agregó Eulalia con simpatía cuando llegaba al pueblo por el camino viejo me di cuenta de que este año los nogales van a estar cargados de fruta, basta con mirarlos. ¡Y el lúpulo! Las plantas son una maravilla: parece que fueran a cubrir todo el valle, y los cerezos corazón de paloma están espléndidos, ¿no te parece, Claudio?
─Sí, por supuesto ─le contesté sin dudar porque lo único de lo que no se puede dudar en esta vida no es de la duda, como dijo Descartes, sino de la locura que crea la realidad desbordante y conmovedora que vivimos.
Eulalia podía vivir de alucinación en alucinación porque qué importancia tenía si lo que percibía no se correspondía con lo real que siempre nos miente.
El lúpulo había desaparecido hacía quince años y los últimos nogales se secaron en el 90’, y no quedaba ni un árbol de cerezo. Pero la visión de Eulalia mezclaba y engrandecía la oquedad del paisaje. Para ella el pueblo estaba igual que cuando huyó espantada por sus compañeras de colegio. Creo que eso ocurrió en el ’80. Y Eulalia quería seguir viviendo su Olarión desde aquel momento en adelante.
Ahora barría el piso con la larga cola del vestido mezclada con la paja del pasto pegada a los pliegues de su estrafalaria vestimenta y mientras caminaba tocaba esto y aquello, que ya no existía, como si hubiéramos estado viviendo veintiocho años atrás; o treinta; o treinta y cinco. ¡Qué sé yo! De pronto levantó una imagen cualquiera de su cerebro la miró, la acarició y rió con alegría porque su imaginario hacía música con el lenguaje, y orquestaba los pensamientos con palabras alegres:
─¡Todavía tenés este jarroncito que te regalé!
La vaguedad eterna rondaba el alma de esta mujer memoriosa y creadora de sombras. Enseguida quedó cataléptica ante una fotografía desvaída; casi borrada.
─¡Todavía la amás! ¡Desgraciado!
─¿De qué estás hablando?
─De esta puta. Siempre estuviste enamorado de ella.
Me levanté con violencia para pegarle; ella se dio vuelta y me miró con sorna:
─¿Ves? Seguís enamorado. Como esa tarde de primavera del 62’ cuando me hiciste el amor pero te equivocaste y pronunciaste su nombre. ‹Clorinda›, dijiste, y lloraste a los gritos y pateaste la camilla y me arrojaste a trompadas contra aquella pared, ¿te acordás? Y seguiste llorando toda la tarde y yo, desnuda y llena de moretones como estaba, tenía que salir y decirles a los enfermos que no podías atenderlos porque estabas atacado de llanto.
Era una foto de mi hermana quien se había suicidado cuando yo tenía catorce y ella dieciséis años, pero cuyo espectro me persigue aún porque nunca pude recordar lo que había ocurrido el día cuando ella se ahorcó, aunque yo estaba allí junto a ella, y esto demostró, sin duda, que yo es otro, como diría Rimbaud, y tal vez, todos los otros de cualesquiera otros, juntos, inútiles, incomprensibles, desconocidos otros. Me senté con la cabeza entre las manos. Qué podía decirle a esta mujer quien tenía la suerte de vivir en otro escalón del tiempo; ver colores donde sólo había el marrón y el ocre podridos de la tierra muerta y cubierta con la mortaja de la nieve; esta mujer quien recordaba diálogos inventados o revividos por el alcohol que la había avejentado porque Eulalia había sido una alcohólica toda su vida.
─¿Así que te vas a casar con Hilario? ─le pregunté tratando de inventar un presente imposible porque lo imposible es menos siniestro que el pasado incambiable, pero no comprendido.
─Sí. ¡Es un chico tan apasionado! Los dos tenemos veinticinco años. La edad perfecta para casarse. ¿No te parece?
─Por supuesto, claro está. ¿Y dónde estás viviendo?
─En el hotel Huilén.
El hotel se había fundido en el ’89 y lo habían abandonado; estaba en ruinas, sin luz, sin agua, los techos caían a pedazos, los ladrillos de las paredes se desmenuzaban y creaban huecos húmedos; no quedaba un vidrio sano y las ratas recorrían los pasillos desiertos, igual que en el antiguo Hospital. Pero ella vivía en el Huilén, y era verdad, porque me lo contaron otros viejos como yo que la habían visto y Pedro Altamirano, uno de los cinco muchachos que todavía quedaban en este pueblo moribundo; en coma grado IV.
Había llegado majestuosa con dos grandes valijas y subió las escalinatas; luego, con la tremenda fuerza que todos recordábamos, a puntapiés y golpes de puños rompió las maderas que tapiaban la entrada. Había subido al primer piso y entrado en la habitación 101A que ella había ocupado antes de que la echaran por borracha, cuando era maestra de la Escuela 30, que ya no existe porque no hay alumnos. La pieza estaba llena de telarañas que Eulalia había quitado a manotazos, el colchón medio podrido estaba cubierto por sábanas y mantas mohosas, sucias, en proceso de pudrición, que había reemplazado con otras blancas, muy limpias, sacadas de las valijas; fregó lo que quedaba de la habitación con la virtuosa violencia que siempre había sido suya y la pieza quedó inmaculada.
Me dijeron varios viejos, los pocos que quedábamos, con los que jugábamos póquer en el club descascarado que por la noche había luz en su cuarto y lo habían sabido porque Pedro, curioso, se acercó y pudo verla, a través de las tablas desparejas que tapiaban lo que había sido la ventana de la habitación, leyendo la Biblia a la luz de una vela. En estos momentos cuando Eulalia revivía y recreaba el pasado, nosotros, los últimos viejos seguíamos jugando la interminable partida de póquer que hacía cincuenta años habíamos comenzado en el Club, desconchado y rotoso pero todavía en pie, como si nada hubiera pasado. Tuve que reírme: todos estábamos medio locos tratando de conservar lo que se había derrumbado después de la magia del cuarteto Olarionensis en el ’96.
De día, los muchachos la seguían por el pueblo y se burlaban de ella un rato hasta que terminaban aburriéndose de la liturgia que ella había impuesto a sus actos. Aunque lloviera, o nevara o hubiera un solcito de morondanga iba al riacho, se desnudaba (¡en pleno agosto!) y se bañaba con la poca agua que había bajo las tablas rotas del puente, los chicos silbaban y batían palmas pero ella no escuchaba o simulaba no escucharlos y nunca los había mirado; o bien, creo, nunca los vio. Además mostraba las tetas y el culo despreciable, lleno de arrugas, con la impudicia que le daba la inconciencia de su nueva identidad, inventora de pasiones y ternuras en su formidable amor por el hijo de puta de Hilario.
Después terminaba de cruzar el riacho e iba hasta el cementerio, enfrente de la otra costa, donde todavía había féretros y huesos al aire tras el temporal del ’87 que lo había destrozado por completo y desenterrado maderas podridas y esqueletos así como había destruido al caserío del Barrio Obrero y a casi todas las construcciones cercanas a las orilla del riacho. Nadie tenía ganas de volver a enterrarlos porque total, la carne que quedaba en los huesos la habían comido los perros y ya no despedían olor a podredumbre ¿y para qué iban a cavar, tumbas con cruces sin nombre? Allí Eulalia caminaba entre los restos y si algún fémur se le atravesaba le daba uno de sus tremendos puntapiés y lo arrojaba lejos, aunque no perdía el gesto contrito producido por la inútil pena. Ya que ¿a quién tenía ella que llorar si en su cabeza estábamos todos vivos; todos jóvenes? Y el pueblo verde con el lúpulo y rojo con las futuras cerezas corazón de paloma le había nacido y crecía lozano en una o muchas circunvoluciones de su cerebro y de su imaginario.
Después del baño y de su paso por el cementerio, iba hasta lo que quedaba del murallón de la antigua pileta seca de los Caballeros del Grial mapuche y se arrodillaba en el lugar en el que siempre habían estado Alubín, el mago, y Theo el loco. Allí rezaba por el alma de Alubín que se había hecho matar por los milicos durante la revuelta de los mapuches en el ‘78. Uno de los pocos acaecimientos heroicos de nuestro pueblo de perdedores. En la terrible guerra del genocidio que los milicos habían impuesto a la República, los mapuches vinieron de todas las partes de los alrededores y con su ejército armado de palos y piedras habían enfrentado heroicamente al Escuadrón de Gendarmería que los ametrallaba y se habían batido hasta que casi todos hubieron sucumbido. Sólo pedían que se los considerara argentinos y se los tratara como a seres humanos y no como basura. Pero los esclavistas serán siempre esclavizadores. Luego de su revolución durante la cual Alubín le voló la cabeza al jefe del Escuadrón y fue acribillado a balazos casi todos los mapuches habían desaparecido. Theo lo había visto todo, había mirado todo, sentado sobre la parte de murallón que todavía subsistía lozana, pero no se movió de su lugar en el paredón: en la Segunda Guerra Mundial ya había visto suficientes cadáveres, sangre, huesos y mierda. Poco a poco se tornó cada día más loco y su locura fue otra de las virtudes muertas que sostenían la ilusión del Olarión vivo. (Aunque nosotros no lo quisiéramos aceptar y pretendiéramos seguir jugando póquer, siempre en la misma mesa).
Después Eulalia caminaba hasta la escuela hogar, El Quimval, que estaba en ruinas, excepto el salón de actos que habían reconstruido para el concierto del Cuarteto Olarionensis en el que tocaban dos muchachos de Olarión, venido de Europa, en el ’96, para, supongo, rendir un último homenaje al pueblo moribundo y al viejo director de la Escuela Hogar, Amoedo, padre de Matilde la violista del cuarteto. Sucedió cuando Eulalia ya no estaba. Sin embargo su rito diario incluía este venir hasta la escuela destrozada por los temporales, arrodillarse y rezar no sé por quién. Eulalia se había abandonado a una forma histórica de lealtad absoluta, a un pasado que necesitaba para inmovilizar los recuerdos y revivirlos desde el momento exacto que había elegido para ingresar de nuevo en la vida, y para ahogar las crueldades del alcohol y la deshonra de haber sido echada a patadas de la escuela por borracha. Pero no había perdido su propia singularidad, autónoma, inviolable, digna ni “el grado de libertad de movimiento en el espacio” propia de las fantásticas áreas fractales. Tal vez Eulogia era un fractal equivocado.
La habían echado de Olarión, si mal no recuerdo, en el ’80 y se había ido a Buenos Aires. Supe entonces que había conseguido trabajo en tres escuelas en los turnos de la mañana, la tarde y la noche. Ignoro cómo disimuló su alcoholismo pero, la gente amiga que había ido a la Capital y la había visto volvía contenta porque, decían, que había hecho buenas amistades y que había ganado el concurso para asumir la dirección de una de las escuelas, porque capacidad no le faltaba. Lo único que me llamó la atención entonces fue que todos quienes la vieron hablaban de un desmesurado afán por ahorrar dinero. Después perdí todo contacto con Eulalia y me olvidé de ella.
Había tenido que irse de Olarión, eso es seguro, para romper todo lo podrido de aquel Olarión, dentro de ella misma, en mil pedazos. Supongo que lo logró, definitivamente, alguna noche durante la que se había emborrachado y quedó tirada, tal vez, en los bosques de Palermo, o en cualquier otra plaza de Buenos Aires. Allí, de seguro, había destrozado los restos del pueblo que se moría, para reconstruirlo dentro de ella al despertar con el último rayo de luna en la frente, y creer en él, en su propio Olarión, definitivo, porque tenía que vivir allí la fábula que había necesitado y creado para el resto su vida.
Nosotros habíamos acompañado, en silencio sigiloso, la muerte de Olarión; ella restauró de manera imponente su recuerdo fantasmático en el cual creyó y al cual amó con pasión fervorosa. Qué tierna resulta la demencia cuando es capaz de fundar la ilusión de una caricia de amor, y Eulalia había regresado llena de ese amor sobre el cual ya no sabíamos preguntar nada. ¿Quién puede contestar este género de preguntas? Salió de su desquicio para entrar en el ensueño que había mantenido en ella al Olarión donde se creó una nueva vida a la que vino a refugiarse. Refugiarse entre nosotros: los últimos refugiados, los fugitivos que seguíamos amando a los mapuches, a Catriló, su cacique que se hizo matar, como todos los otros por un pedazo de comprensión humana que la bestia castrense le negó.
Por los lugares donde Eulalia deambuló encendió luces extrañas, refucilos de inconmensurable amor, tretas disparatadas para subir a las cumbres inalcanzables del Glaciar Los Hielos Azules, que todavía subsistía, aunque ya se estuviera derritiendo como todo el hielo del planeta por el efecto invernadero. Y, mientras duró esa efímera etapa flamígera que fue Eulalia, sobre todo para nosotros, los viejos que seguíamos nuestra interminable y ficticia partida de póquer en el club, porque simplemente amábamos desaforadamente a Olarión, esa etapa fue una hermosa fantasía.
Cuando llegó a mi consultorio me pareció, o me parece hoy, que estaba embebida en la eternidad que su invención del pueblo había creado.
Hubo asombros, confusiones, miedos, porque la mujer hablaba tan tranquila del pasado que modificaba a su antojo o por necesidad, que escucharla nos aterraba y todos temíamos que desenterrara los sacrilegios que habíamos querido esconder, a toda costa; las conductas vergonzosas, los malos hábitos: Eulalia con su pureza total nos aterraba.
Porque los cuarenta y cinco o cincuenta habitantes que habíamos sobrevivido en este mamarracho de pueblo destrozado nos sentíamos culpables de haberlo dejado perder. Habíamos permitido que la destrucción ocurriera, cuando sabíamos que nos arrasaría, pero a la cual, ninguno de nosotros tuvo el valor de enfrentar. De enfrentarla entonces, antes del desastre, de enfrentarla cuando todavía se podía. De enfrentarla para restaurar el pueblo y devolverle el verde natural de los bosques vivos. Pudimos hacerlo ─Doria, el labrador polaco que había rescatado y criado miles de plantas autóctonas en un invernadero porque veía cómo el pueblo se desmoronaba, y Lambertini, el fundador, el agricultor italiano, gritaron meses, años; gritaron como locos para que tomáramos las medidas que evitaran el derrumbe─ pero nos faltó el valor para pelear contra los destructores, nos declaramos derrotados y elegimos el fracaso porque los que quedábamos habíamos perdido los colores de la vida. En cambio ella, Eulalia, ahora, que había venido al pueblo muerto, llegó vestida con un enorme vestido oscuro pero estaba hecha con todos los colores del espectro y por eso, más allá de la propia conciencia desquiciada, o redentora, o creadora se convirtió en una pura idea blanca
─¿Y cómo te tratan en el hotel? ─le pregunté inseguro porque sus respuestas eran temibles.
─Muy bien. Estamos preparando la fiesta de casamiento que será el 10 de octubre. ¡Hilario está tan contento! Pero no puede esperar; por favor, Claudio, doctor Claudio Amézcoa, no se lo contés a nadie, pero él viene todas las noches a hacerme el amor, porque el tonto no se puede contener.
─¡Por favor, Eulalia, cómo lo voy a contar! Eso es cosa de chismosos. Además los médicos somos bolsas maceradas de recuerdos podridos, ¿te das cuenta? Hablo del secreto médico. ¡Cómo voy a decirlo! Faltaba más.
Ella anduvo todo ese tiempo frío y lluvioso, bajo la lluvia y la nieve. No comprendo cómo no enfermó de neumonía. Iba a la única fonda de paredes descascaradas que quedaba en pie y hacía poner dos platos con sus cubiertos. Pedía “por los dos”: claro que el plato de “él” siempre estaba allí, lleno, sin tocar, y lo mismo la media copa de vino, porque el resto de la botella lo había bebido ella, Eulalia, quien, con un mohín tierno explicaba:
─Pobre Hilario, está tan nervioso con el casamiento que tiene muy poco apetito. Pero después esto se solucionará, por eso ahora pagaré yo, pero luego todo será distinto.
Por suerte la indiferencia de la gente hosca y aburrida del pueblo abandonado la protegía de insultos y despropósitos. Hasta el hábito de insultar ―uno de los más sanos hábitos del hombre vivo―, hasta ese pobre conjunto de puteadas y carajos lo habíamos perdido en alguna cueva entre las rocas rugosas que, muy de vez en vez, dejaban escapar un reflejo de imagen fractal que conmovía a quien lo había visto y venía corriendo hasta el club para decírnoslo y afirmar que ¡todavía había esperanzas!
―Che, doc, dele una de sus inyecciones adormiladoras a este infeliz, no sea que además del loco Theo tengamos que aguantarlo a éste también.
Una tarde Eulalia desapareció: Pedro entró corriendo en el club a las cuatro de la tarde; jadeaba y estaba desorbitado, casi podía tocarse su miedo:
─La andaba siguiendo para ver qué nueva barbaridad hacía y de pronto se metió en el monte y desapareció. Caray, quise seguirla, pero no conozco esa masa de troncos secos y retorcidos que me dan miedo. No sé dónde fue. Rumbeó para el sur.
Nos alarmamos porque lo que decía el chico era verdad, lo que llamábamos monte no era otra cosa que los restos calcinados de un antiguo bosque quemado y retorcido en lo que había sido El Radal y andar entre ellos era peligroso. “¿Dónde diablos se había propuesto ir Eulalia?”, nos preguntamos. En el club la partida de póquer cesó y pensamos qué podíamos hacer para buscarla esa noche de tormenta, de vientos huracanados, de granizo y nieve. Hasta hablamos de organizar una partida de rescate pero ¿con quién? Si todos éramos unos viejos artrósicos y los cinco jovencitos, por más que hubieran nacido en Olarión, no querían saber nada con los alrededores quemados, desérticos, inhóspitos, así que no conocían el lugar donde habían nacido y del cual pronto se irían.
Al día siguiente Eulalia apareció en mi consultorio frío y maloliente. Estaba empapada y llegó temblando: la desnudé, la sequé, la froté con alcohol y una toalla grande, la envolví con mantas secas, prendí la salamandra con la poca leña que me quedaba y puse su ropa a secar. La abrigué con tres mantas y la senté sobre un almohadón al lado de la estufa
─¿Dónde estuviste? ─le pregunté alarmado.
─Nadé hasta el medio del lago, donde están los barcos; nadé hasta el Bremen y el Holländer que está hundido debajo del otro: están muriéndose, muy deteriorados. Pobre Theo, cómo debe sufrir. En las piedras de la costa hay una pareja de rayas haciéndose el amor.
Los barcos eran invenciones del loco Theo, que los había navegado en su otra vida durante la Segunda Guerra Mundial. Y después, cuando huyó de la Alemania derrotada, para Theo sus barcos siguieron vivos y cuando llegó a Olarión en el ‘48 los había puesto en el lago y allí vivían en su mente como ahora revivían en la de Eulalia. Si Theo se hubiera enterado de que ella había nadado hasta sus naves que, ya lo sabía, se estaban muriendo como él, seguro la hubiera acompañado y, tal vez los dos se hubieran ido con los barcos.
Además nunca hubo rayas en el lago. Hasta el amor estaba prohibido.
Cuando Eulalia salió de mi consultorio con la ropa seca comenzó a golpear las casas tapiadas y vacías, donde habían vivido sus compañeras maestras de la Escuela 30, y hablaba con las figuraciones quiméricas que extraía de ellas como si estuvieran allí y rememoraba fechas inciertas de trampas y estafas o la cobardía de una cosecha perdida que se había dejado abatir por una helada asesina. Eulalia les hablaba de defunciones antiguas como si hubieran ocurrido ayer y habló apasionadamente del sinvergüenza de Hilario. Nadie, entre los pocos vecinos que se aventuraron a llegarse hasta ella, se atrevió a decirle nada de lo que había ocurrido. Ella pronunció fechas laberínticas, imprecisas y, por tanto, llenas con la verdad y el acierto, propios de los sueños.
Después, cuando alguien, que andaba arrastrándose por las calles tapadas por la nieve endurecida, la veía avanzar, huía para esconderse. Le tenían miedo a la pasión ardiente de su amor por el pueblo que había refundado, a diez centímetros sobre suelo, flotando rumoroso y vital sobre las ruinas abandonadas de los verdaderos restos mugrientos.
Quizá ya nadie quisiera verla porque su charla alegre revivía cadáveres de estafadores o de asesinos y malandras que, por suerte, habían desaparecido y ahora, por la magia de Eulalia, volvían a estar a nuestro lado aunque el espíritu y el recuerdo son cosas del diablo.
La adolescente Eulalia corría por el destrozado piletón seco y señalaba a quien quisiera escucharla:
─Mire doña Cecilia (había muerto hacía treinta años) el magnolero está lleno de flores y las magnolias huelen tan exquisitamente…, ¿no le parece?
Nunca había habido un árbol de magnolias en Olarión. Eulalia abría su cartera vieja de cuero ajado y sacaba un pañuelito rosa que pasaba por su frente como si estuviera transpirada por el calor. A principios de octubre hace un frío infernal en el desierto olarionense.
Volvió a mi consultorio: abrió la cartera y sacó dos anillos:
─Son para el matrimonio.
Como no sabía qué decirle le pregunté:
─¿Y cuándo te casás, Eulalia?
─Ya te lo dije, Claudio, el diez de octubre, doctor. ¡Qué desmemoriado estás!
El diez de octubre, de ya no sabía yo qué año, había muerto Hilario. Hacía mucho, mucho tiempo.
Lo comenté en el club: presentimos, me parece, el exacto ingrediente de la angustia que empujaba a esta mujer; la insolente y soberbia pérdida de lo real, en tardes durante las que creó su nuevo mundo y la inocultable sensatez de la locura. Pero nadie se atrevió a preguntar qué pasaría realmente el diez de octubre.
La Iglesia estaba destruida desde que muriera el cura Philippó que había sido un buen hombre y con quien fuimos muy amigos. Abandonamos el póquer y les dije que, tal vez, lo mejor sería que me vistiera con una sotana raída de Philippó, que me había guardado, e hiciera el simulacro del casamiento. Alguien preguntó si no sería mejor aún que alguno de los cinco muchachos jóvenes que quedaban representara el papel de Hilario.
─¿Y después qué? ─pregunté con sorna mal disimulada.
─Después Dios dirá ─aseguró alguien.
─Dios es mudo ─replicó otro
Eulalia regresó al consultorio.
─¡Ay! Estoy emocionada. Somos demasiado jóvenes y uno no sabe cómo le irá. Pero Hilario es tan maravilloso…
Hilario había sido un delincuente borracho toda su vida y había asesinado al padre cristiano de su verdadera mujer mapuche, y les había robado a la bellísima Marta, la mestiza, a quien había desfigurado dándole palizas que casi habían terminado con ella. Nunca lo apresaron porque era uno de los dos hijos del viejo Lambertini, uno de los fundadores de Olarión quien había vivido amargado por las insolencias de su hijo.
No importaba, el sueño de Eulalia era suficiente para poner a Hilario en otro mundo cualquiera donde resultaba un buen tipo.
Entre los hombres blancos viejos y los cinco muchachos sacamos las maderas que tapiaban la entrada deshecha de la iglesia, y después todo el pueblo, los treinta mapuches sobrevivientes de la catástrofe del ’78 y las mujeres gordas, blancas o mapuches y tan viejas como todos nosotros, y los cinco muchachos fuimos allí el diez de octubre para esperar a Eulalia y a su fantasía. Yo me había puesto la sotana de Philippó, convertida en jirones roñosos, y me había colocado una barba postiza. Francamente un adefesio. Pero como en la vida vivimos disfrazados, supuse que iba a funcionar.
A las diez de la mañana en punto entró Eulalia vestida de blanco con un viejísimo vestido de novia que tendría escondido vaya uno a saber desde cuándo. El brazo derecho estaba doblado y separado del cuerpo como si el fantasma la trajera tomada de él.
Entonces se descolgó la peor tormenta que hubo en años, después del ‘87. Y, además, un violento temblor de las montañas: un terremoto de grado 9. (El último terremoto había sucedido en 1959.) Todos comenzaron a correr. Una de las vigas del techo inseguro de la capilla se soltó y cayó sobre la cabeza de Eulalia que quedó partida en dos.
Con el temblor habían escapado todos, así que sólo quedaba Theo, desnudo como siempre desde hacía años, y mudo, quien miraba el cadáver sin darle importancia, acostumbrado como estaba a los cientos de cadáveres que había visto en la guerra. Ah, me olvidaba, también estaba yo que no podía comprender la lógica de la belleza que es la vida. Supuesto el caso que la vida tenga una lógica.
Me quité la sotana y la barba, miré a Theo siempre inmóvil y le dije:
─¿Usted cree Theo que vale la pena que le haga la autopsia a ella y también al fantasma?