Los Diarios de Gombrowicz o la crónica de ¿una insatisfacción o de una risa?

por Miguel Arnas Coronado Los diarios de Gombrowicz

num22resenas3.jpgnum22resenas3a.jpg¿Qué se puede esperar de unos diarios personales o íntimos que comienzan de la siguiente forma: Lunes, yo; Martes, yo; Miércoles, yo; Jueves, yo, aunque con puntos y aparte?, ¿el dietario de un egocéntrico?, pues no, ¿el desahogo de un paranoico?, tampoco. Los Diarios de Gombrowicz empezaron siendo una batalla con los críticos, un escupitajo sobre su tumba. Y es que la crítica literaria, cuando es poco literaria y demasiado política (hoy la llamamos políticamente correcta) deja de ser tal para devenir majadería.

Es lo malo de las dictaduras: generan tal división en las personas, tal encasillamiento en posiciones, ideas o presupuestos que acaban deformando los espíritus e instalando dentro de ellos aquello viejo de o estás conmigo o estás contra mí. Eso también se da en las democracias cuando éstas degeneran; si tal cosa ocurre, poco tiempo les queda de vida a las democracias porque éstas no son una forma de gobierno y nada más, sino una mentalidad, una idiosincrasia de la mayor parte del pueblo, de aquellos que no son directamente dirigentes, ni siquiera exactamente intelectuales. Tanto en las dictaduras como en esas democracias corruptas (no porque los políticos sean corruptos, cosa habitual, sino porque el espíritu de los ciudadanos está corrupto), las palabras del artista, aun del artista, exiliado o no, son analizadas y revisadas con lupa para encontrar en qué puntos no responden con precisión a las expectativas de unos o de otros. Por supuesto que, si el artista lo es de veras, sus palabras nunca responderán a las expectativas de ninguno de esos carcamales que se dedican a exigirle que respondan a lo que ellos consideran necesario para su país, sin responder honestamente ellos mismos.

Los críticos polacos, tanto del interior después de la imposición del sistema comunista por parte la URSS, potencia vencedora, como en la emigración, que desgraciadamente habían sustituido su afán democrático por un anticomunismo y un catolicismo a ultranza y esperaban que cualquier palabra emitida por un polaco exiliado respondiese a su necesidad de crear opinión, de idéntica forma a los que quedaron en el interior, quienes por orden superior desde el comité central o el gobierno, pretendían que cualquier palabra emitida por un polaco colaborase a la sacra misión revolucionaria y a lo que ellos entendían por Historia, los críticos polacos, así, interpretaron a su manera y casi siempre con cara de asco, la obra literaria de Gombrowicz, que hasta entonces era la novela Ferdydurke, el libro de cuentos Bakakai, una obra de teatro y artículos periodísticos. Franco confundía los ataques a su “régimen” (tan parecido en lo cenutrio a los de adelgazar) con los ataques a España. Hoy continúa ocurriendo lo mismo y se confunden los ataques contra dirigentes centrales o autonómicos con ataques contra este o aquel País, Nación o Comunidad.

Así nació el Diario, como una respuesta, como protesta ante tanta barbaridad escrita.

Por una parte es así, pero por otra, Gombrowicz reivindica en él un individualismo militante. No en vano repite una y otra vez que está harto de que todos hagan cosas por Polonia y nadie haga nada por los polacos. Por eso estos Diarios son una bella forma de curarse de ciertas ideologías o fanatismos que subordinan el individuo a la comunidad. Esa misma individualidad le hace declarar: <<Lo que tengo claro es no escribir nunca sobre Berlín o sobre París sino sobre mí... en Berlín o en París>>. No es sólo la individualidad del artista sino también la del ciudadano, y Gombrowicz, aunque un poco gamberro, fue un ciudadano. ¿Es esa misma individualidad la que produce la risa en mitad del texto?

¿Por qué este hombre me recuerda tanto a Louis Ferdinand Céline, si el estilo nada tiene que ver con él?

El Diario se fue publicando en la revista de la emigración londinense, Kultura, y desde luego no puede esperarse de él una relación de acontecimientos que van sucediendo en la vida de su autor, sino más bien reflexiones e impresiones. Las reflexiones van desde ese “cabreo” gombrowicziano contra los críticos que no comprendieron nada de su obra, contra la incultura de esos mismos críticos que pretendían poder opinar sobre existencialismo sin haberse leído y comprendido a Husserl o a Hegel ni conocer, por supuesto, a Heidegger o Kierkegaard, pasando por el mismo hecho de la emigración, la política polaca tanto interior como exterior, el comunismo y el catolicismo como tónicas en esa sociedad polaca del momento, el existencialismo como filosofía, la música y las artes plásticas, su necesidad de trato con los jóvenes y declarada tendencia homosexual en absoluto reñida con una atracción por las mujeres, no necesariamente jovencitas, el paisaje, la mentalidad y la sociedad argentina, país donde prolongó su estancia durante 23 años.

Pero tal vez la constante más repetida en sus Diarios es la reclamación de su derecho a ser inmaduro, a una especie de irresponsabilidad, reivindicación que le hace ser feliz en los primeros tiempos de su estancia en Argentina, recién declarada la Gran Guerra, sin un peso, sin amigos y sin siquiera conocer el idioma. Esta inmadurez, o más bien pretensión de ella, unida al deseo de trato con lo “bajo”, es decir con las gentes ni intelectuales ni encumbradas, social o económicamente, le hace despotricar contra ese pasmo que se siente ante el arte, la plástica y la música y, desde luego, la literatura, y especialmente la poesía clásica, rimada y ritmada. Su enfado es al contemplar el pasmo típico de los demi-mondaines, de aquellos, tanto nuevos como viejos ricos o aristócratas, pues éstos se han degradado, según él, hasta niveles sublumpen, pasmo o éxtasis ridículo advenido sin comprensión ni aprecio alguno, simplemente porque estaría feo no admirarse de aquello con lo que todo el mundo se admira y es deber de embelesamiento de cualquier persona decente.

Hay una cita suya que ilustra a las claras esto último, y pertenece a los párrafos en los que Gombrowicz se habla a sí mismo como si él fuera otro, es decir en tercera persona y amonestándolo o amonestándose: <<Es cierto que Gombrowicz a veces irritaba a propósito. -La irrito para que no se me eche encima- dijo en una ocasión; porque afirmaba que la Estupidez es una bestia excepcional, que no puede morder cuando se le tira de la cola>>. Y para demostrar esto se dedica, como bien dice, a incordiar ridiculizándolo tanto todo que, esos demi-mondaines no pueden morder porque demostrarían estar molestos. Sólo sonríen estúpidamente.

Tal vez sea ese el motivo de que le encante que se metan con él, que lectores de las revistas donde él colaboraba o de otras, lo critiquen con acidez y escandalizados. Entonces se explaya en contestaciones sin apenas insultos, insultos que sí surgen cuando las respuestas son a críticos profesionales, porque él exigía a éstos mayor conocimiento sobre aquello respecto a lo cual hablaban.

¿Por qué me recuerda tanto este hombre a Louis Ferdinand Céline, siendo los temas que trata tan opuestos a las del escritor francés colaboracionista con los nazis y antisemita furibundo?

Dos artículos extensos se entreveran en los Diarios, dos artículos demasiado amplios para ser anotaciones de un día. Claro que, tampoco las entradas del Diario son anotaciones cotidianas aunque él las disfrace así, quizá porque le gustaba el juego. Estos artículos son uno sobre Sienkiewicz, alabancioso a pesar del conservadurismo ideológico del novelista y periodista, conservadurismo que compensó, según Gombrowicz, con una gran eficacia narrativa y plástica. Y otro artículo llamado Contra los poetas. Y tal vez éste es el capítulo más duro de roer del libro, dureza que se ablanda si lo enfocamos desde ese punto de vista de crítica al pasmo tontorrón y provinciano, por muy cosmopolita e inteligente que sea el observador, ante la belleza artística en absoluto comprendida ni apreciada, y que es belleza sólo porque “se dice” que lo es. Ese mismo ánimo es el que le hace criticar a París como centro mundial de nuevas ideas, de arquitectura kitsch, de arte y de modernidad, en suma. Y ese ánimo es, asimismo, el que, por el afán ridiculizador, produce risa.

He dicho que las entradas son diarias, sin indicar qué día de qué mes pero sí anteponiendo un lunes, martes o miércoles que, desde luego, en nada responde a la realidad. Pero lo más gracioso es que hacia el final se cansa de esas anotaciones y las sustituye por simples divisiones entre párrafos, y comenta, además, ese cansancio formal.

¿A qué negar que la lectura es ardua?, y no por las más de 800 páginas y el consiguiente peso de un tomo excesivo para quienes tenemos costumbre de leer tumbados, sino por la puesta en solfa de muchas de nuestras convicciones artísticas. Hace unos años, un novelista español criticó ese mismo pasmo que hace admirar a artistas plásticos cuyo único mérito es una idea genial pero efímera, y recibió un varapalo de toda la intelectualidad del que aún debe acordarse. Bien, es bueno que de vez en cuando le sacudan a uno. Es bueno leer a quienes, en algunas cosas, opinan diferente de nosotros, sobre todo para conseguir evitar ese nefasto vicio de despreciar a quienes disienten de nuestra sacrosanta opinión. Si se espera eso de un libro, se hará muy bien en leer a Gombrowicz, porque entre otras cosas, con todo lo polaco que es, cubre a Polonia de la mierda con la que deben estar embadurnados todos los países o naciones: la mierda que defecamos sus ciudadanos.

Por eso mismo, y en esa crueldad (crueldad sardónica y no salvaje, de ahí la risa), ¿por qué me recuerda tanto este hombre a Céline si no tiene nada en absoluto que ver con él?, ¿será esa apariencia de queja que no es tal?


Diario (1953-1969), por Witold Gombrowicz, Seix Barral. Barcelona, 2005, 862 páginas.