Nómadas del tiempo, de Gregorio Morales, una novela cuántica.

por Miguel Arnas Coronado Nómadas del tiempo

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¿Qué ignoramos del mundo que nos rodea? Nuestra sociedad es engreída, enfatuada, creemos que nuestro mundo es, no sólo el mejor de los posibles, en lo que nos parecemos al ridículo personaje del Candide de Voltaire, sino que es el más adelantado, versado (no sabio, la sabiduría nos importa un ardite) y práctico imaginable.
En verdad, si comparamos nuestra presente sociedad occidental con la vieja Europa de hace no más de un par de siglos, los avances han sido arrasadores, pero ¿lo sabemos ya todo? Justamente lo que más ignoramos es aquello de lo que más enterados nos creemos: la ciencia y la tecnología. Sólo dos colectivos son pasmosamente conscientes de este hecho: los mismos científicos y algunos artistas cuyo arte contempla nuestras carencias. A veces la ciencia ficción atisba algo, otras es simplemente cualquier artista lúcido que contempla y abraza con dolor este hecho. ¿Qué sabemos del tiempo, a pesar de Stephen Hawking? Sabemos que pasa, es todo. Y como de nuestra observación cotidiana lo vemos impertérrito, siempre a la monótona velocidad de un segundo por segundo, nos creemos que eso siempre es así.
El siglo XIX logró sustituir, apoyado en las racionales ideas ilustradas, el pánico a la naturaleza por una curiosidad insaciable hacia ella. Los viajes, y por tanto las viajeras novelas de aventuras, se hacían a remotos rincones del globo donde el occidental no había llegado. El motivo de los primeros era la curiosidad científica y la colonización; el de las segundas, como es el caso de Julio Verne y otros no tan famosos el autoconocimiento del protagonista y, por tanto del lector. Hoy nos quedan los viajes espaciales, pero ¿acaso no ha sido un afán humano (¡Wells!) de antaño el viajar en el tiempo?
Ya he hablado desde estas páginas virtuales (¿y qué hay del tiempo con la virtualidad?) de Gregorio Morales y su fidelidad a la estética cuántica al tiempo que su inmensa curiosidad por investigar al respecto y crear literatura bajo su influjo. Llega ahora una nueva entrega de su creación, Nómadas del tiempo, publicada en editorial Almuzara.
Con estilo de novela juvenil, narra la aventura, porque lo es, de cuatro personas, dos jóvenes casi adolescentes, un anciano de 80 años y una mujer de unos 50, que viajan no sólo en el tiempo sino entre las dimensiones diferentes que el universo toma, según la cuántica, cada vez que un evento puede o no producirse. Es un viaje de formación que, curiosamente, se desarrolla en el tiempo a pesar de los saltos que los protagonistas dan. En el primero van a dar a una civilización antigua donde, por supuesto, las costumbres y la sociedad pueden más que los deseos individuales de las personas. En el segundo, tal vez el más logrado y extraño, acaban en un mundo donde el tiempo va del revés, la gente nace anciana y muere cuando alcanza la niñez (¿acaso llegó en esa narración el tiempo del Big Crunch?), y el problema siempre es el olvido de todo cuanto se hace, por lo que el personal se ve obligado a escribir diarios donde conste lo que acaba de hacer para evitar se borre de su memoria al cabo de muy poco tiempo. Este segundo viaje recuerda a las estrafalarias vagancias de Gulliver, cuando en el mundo de los Huynms y los Yahoos, caballos y humanos tienen mutados sus papeles. En el tercero, el más iniciático, se encuentran convertidos (no reencarnados, los cuánticos se niegan a hablar de algo tan intangible y cercano a la creencia religiosa como la reencarnación) en los cuatro hijos de los dos jóvenes, que ya son cincuentones y están en plena crisis matrimonial de hastío y exceso de memoria, recordando de continuo, como verdaderos tiquismiquis, las naderías que han ido minando su relación.
Hablar más del argumento sería romper el gusto de leerla. Sólo alabar la agilidad de los diálogos (no es cosa de contarlas, pero la mayor parte de las páginas están escritas en estilo directo), la forma, como ya he dicho, casi juvenil, que le da una frescura y facilidad grandes, y una tendencia al buen final, evocador de las películas de Frank Capra, que hace reflexionar a protagonistas y lectores.
Porque la novela de Gregorio Morales no es un simple entretenimiento aunque lo parezca por su forma. Es una reflexión sobre la influencia del tiempo en el ser humano y de lo que en él es a la vez bendición y maldición: la memoria. No sólo la memoria histórica, que siempre es la memoria oficial sino la individual, aquella que nos va moldeando a lo largo de nuestra vida. Pues de la memoria surge el amor y el desamor.