FUNÁMBULA

por Esperanza Fabregat de funámbula
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Sifredi.
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―¿Sabes? Te había olvidado ―empecé la frase sin ganas de herirle. Vi entonces la paz reflejada en su cara y no pude contenerme. ―Y ahora te miro y no siento nada.

Durante años le había amado. Al principio era juego, yo caminaba por el alambre de ensayos y me dejaba caer hacia el lado en el que él esperaba para recogerme. Nunca caía del lado del Maestro ni de los otros ayudantes. Pero el primer día que subí al alambre alto, el de la carpa, él me miró muy serio y me dijo: siempre voy a estar para recogerte. Empecé a caminar mirando las puntas de las zapatillas rosas, separando el dedo gordo para abrazar el cable como el Maestro me había enseñado. No llegué a mirar a los lados pero sabía que estaba allí, con los brazos en tensión, dispuesto a reaccionar en un segundo. Pasaron los meses, los ensayos, las sesiones de las cuatro y de las nueve, los sábados matinal, los martes cerramos y confieso que me divertía inclinar el cuerpo hacia un lado solo por ver cómo se paraba el movimiento rítmico de su pecho, enfundado en aquella malla violeta. Podría haber cruzado aquel alambre sujetando una sombrilla, con los ojos tapados y fumándome un cigarro, pero él seguía esperando.

Entonces llegó Sonia, la trapecista. Se estrenó en una matinal y, cuando subía la escalera de cuerda, oí cómo le decía: siempre voy a estar para recogerte. Salí detrás de ella, con los aplausos aún rebotando por la cúpula de la carpa. De pie en la plataforma me tapé los ojos con un pañuelo y escuché el silencio. Lloraba. Los imaginé ocultos en la parte de atrás de la caravana del Maestro donde yo había estado tantas veces. Un paso. Recordé promesas. Paso largo. El primer beso. Otro paso. Y me paré en medio del alambre, levanté los dedos para juntarlos y relajé las piernas. Imaginé su cuerpo en tensión, el pecho parado, los brazos extendidos.

Durante los siguientes dos años me dediqué a odiarle. La rehabilitación era dura pero el odio me daba fuerzas. No podría volver al alambre pero ayudaría al Maestro, él aleccionando a los veteranos y yo a los nuevos. Pero cuando me dieron el alta el Maestro me sugirió que buscara mi sitio alejada de la carpa, me ofreció la taquilla y hasta hablar con amigos. Un trabajo estable, sin viajes ni caravanas, me dijo.

Han pasado 12 años, vivo en el centro de una gran ciudad y enseño en una escuela de primaria. No reparé en el apellido de la pequeña Sonia aunque sus ojos me resultaban familiares. Pero no fue hasta la primera reunión de padres, cuando se acercó a identificarse.

―¿Sabes? Te había olvidado ―empecé la frase sin ganas de herirle. Vi entonces la paz reflejada en su cara y no pude contenerme. ―Y ahora te miro y no siento nada.

Y me pellizqué una pierna por debajo de la mesa para demostrármelo.