Psicodrama: Ése que mira sobre mi hombro

por Juan Luis Pinedo Psicodrama: Ése que mira sobre mi hombro
A Cynthia

El psicodrama no siempre es una terapia, sino muchas veces es tan solo la escena de nuestros propios temores vista desde otros ojos más pardos o al menos amarillos.

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No es una superstición como siempre había creído, ni cosas de brujos y espíritus indomables e inexplicables. Era una realidad concreta tan tangible como efectiva.

Sí. Cada vez que tomaba el block fiscal tamaño oficio, del número nueve, y el lápiz HB de mina semiblanda y trazaba las primeras letras sobre las hojas vacías y amarillentas, sucedía. Alcanzaba, por ejemplo a escribir: "La fría noche casi se congelaba en mis manos sin guantes, bajo aquel árbol deshojado en el otoño cruento donde la cellisca había tempraneado" y ya estaba ahí. Silencioso, impávido y expectante tras su hombro. Él aún no lo veía, o en realidad quizás nunca lo vio, pero ahí estaba detrás de su hombro. Era el maldito José Malgrite, con sus ojos tristones y su mirada ansiosa que buscaba saber qué y cómo lo escribía. Nunca le hablaba. Pero era casi peor. A veces lo único que hubiera querido es que lo hiciera de una buena vez. Que dijera "Y si hacía tanto frío ¿no habría sido lógico pensar que estaría con guantes?. Distinto habría sido en una noche sólo fría y no en una tan fría que hasta cellisca tenemos" y que discutieran y llegaran a un acuerdo. Pero no. No decía nada. Sólo miraba con sus ojos enjuiciadores y tristones, como si dijera, pero si decir. No obstante era claro que estaba pensándolo. Entonces él releía la hoja, qué decir la hoja; releía el par de líneas que había alcanzado a trazar con el lápiz HB de mina semiblanda en la hoja amarilla del block fiscal número nueve, y se daba cuenta que el maldito José Malgrite tenía razón. Estaba pésimo.

Claramente estaba pésimo, sin embargo la idea no era del todo mala, de modo que suavizando tal vez algún adjetivo, quitando un adverbio, pero manteniendo la idea quizás salvemos, con Malgrite, lo hecho. Así entonces borraba con la goma roja adherida al reverso del lápiz con una lata dorada, y ensayaba una nueva forma: "La fría noche afeaba la sucia calleja". "¡No! no no" decía Malgrite sin que su voz alcanzara a oírse siquiera. Era apenas su sutil pensamiento que le traspasaba mientras leía sobre su hombro lo que había hecho, petrificándolo. "¿Por qué no?" preguntaba. "Es sabido que ese recurso es privativo de Borsoix. Nunca debes usar dos calificaciones en una frase; una verbal y la otra adjetivo. Menos aún un calificativo moral como afear o ser fea y otro físico como sucia. Añadido a la modificación del sustantivo se diría que esa línea la copiaste a Borsoix". Volvía a borrar, sin siquiera discutir. Ya sabía que otra vez estaba funcionando la sincronía de siempre: Ponerse en situación de escribir era aparecer Malgrite tras su hombro a vigilar. Escribir un par de frases, y Malgrite a criticar. Borrar y escribir otro intento. Repetir el procedimiento una y otra y otra vez hasta que la hoja amarilla de celulosa reciclada se gastaba y se rompía. Entonces sacaba la hoja, la arrugaba, y la tiraba al papelero.

Cuando este rito de sincronía comenzó a suceder, no tuvo mucha importancia. Se veía casi como algo natural. Casi parecía deseable y, Malgrite era casi como ese amigo invisible que se tiene de niño. Hasta, a veces, lo echaba de menos cuando la escritura negra comenzaba a fluir sobre las hojas amarillas sin control ninguno. En esas ocasiones incluso lo invocaba cuando parecía no querer venir con su juicio necesario y deseado. A veces, claro, aún así se negaba y tenía que atravesar, ese océano de ideas y personas grises sobre amarillo, solo. "¿Donde estás maldito Malgrite?" le decía. "¿Es que ya no te interesa lo que escribo? ¿Es que está tan mal que te has ido a leer sobre otro hombro?" le gritaba, pero aun así Malgrite a veces no venía o venía y se sentaba silencioso a mirar por la ventana del estudio y a hacer morisquetas a los pajaritos que se posaban afuera en los árboles. "Mira Malgrite, si no vas a colaborar al menos no vengas. ¿Acaso no te das cuenta que distraes?" le decía. Pero nada. Malgrite no era real. Era sólo una sincronía de su escritura.

Tal vez fue por eso que creyó haber aprendido a ignorarlo. Se decía, cuando lo recordaba: "¡Musas a mi!. ¡Malgrites!, ¡ja!. Nada de eso existe. Son tontas sensaciones. ¿Acaso alguna vez alguien vio a su Malgrite espiando sobre su hombro?". Era entonces cuando Malgrite, como buen síncrono, aparecía intempestivamente sobre el hombro, no bien tomaba el lápiz HB. "¿De qué vas a escribir?" le preguntaba, sin hablar, desde detrás de la espalda. "¿Acaso otra vez amores?" decía burlón. "Je je je", reía bajito, imperceptible, "¿Es que no tienes un buen tema, algo novedoso?". ¿Cómo lograba, siempre, saber de qué pensaba escribir?. ¿Cómo sabía que tenía enormes dudas sobre lo que iba a escribir, y que apenas tenía un esbozo pobre?. En muchas ocasiones intentaba no pensar en lo que escribiría cuando estaba sentado en su oficina o mientras preparaba su escritorio, sino sólo cuando estaba viajando desde su casa, o cuando estaba conversando en un café con los amigos. También lo hacía cuando dormitaba después de almuerzo, o al apoyar la cabeza en la almohada por la noche. De esa manera estaba casi todo decidido cuando se enfrentaba a su mesita escritorio. Era sólo cuestión de tomar el lápiz y trazar lo que ya estaba decidido desde antes. Pero algo comenzó a fallar.

Se levantaba por la mañana, y mientras desayunaba iba planificando. Los personajes, sus movimientos, el paisaje, las situaciones. Mientras se duchaba barajaba alternativas. Mientras esperaba la locomoción que lo llevaría hasta su oficina descartaba ideas que no se ajustaban bien al propósito, en el camino unía los hilos de unas escenas con otras. Al subir las escaleras ya estaba todo decidido e iba memorizando alguna frase que después se vaciaría automática al papel. Al abrir la puerta de su estudio estaba todo tan prehecho que sentía vértigo. Violentamente éste se apoderaba de su pecho y a veces hasta de su vientre. Cuando se sentaba y tomaba el block fiscal número nueve, de hojas amarillas, comenzaba en su cabeza un torbellino confuso y el lápiz HB de mina semidura parecía adquirir una tonelada de peso. "¡Veamos!" decía entonces, y ahí ocurría. José Malgrite aparecía a sus espaldas, sobre su hombro, sin decir palabra: Al acecho. El se tomaba la cabeza con las manos, y para distraerse y tranquilizarse canturreaba. Talvez para no oír a Malgrite que le preguntaba: "¿Otra vez no sabes cómo empezar?. ¿No era que tenías todo planificado?". De vez en cuando, pero sólo de vez en cuando, lograba escribir como para combatir al maldito Malgrite, algo así como: "Había pasado otra fría noche de invierno. La cellisca arreciaba mientras el buscaba refugio tras ese eterno árbol de desnudas ramazones, contra los pájaros de abril". "¿Pájaros de abril?. ¿Qué pájaros son de abril?. ¿Cómo puede ser eso que haya pájaros por meses?". Se detenía. Miraba "abril" y se sentía ridículo. "Es que parecía poético" le respondía. Malgrite reía bajito y sus ojos tristones pero atentos se achinaban tomando una expresión en extremo burlona, que no obstante él no veía pues el otro se refugiaba a sus espaldas, mirando sobre su hombro. Pero sabía. Sabía que sus ojos estarían empequeñecidos de sarcástica burla: "¡Pájaros de abril!. ¿Escribiría Borsoix algo tan pueril?". El lápiz HB giraba presuroso hasta mostrar con la mina el cielo raso, y caía con su goma color vergüenzas sobre los pájaros mensuales, asesinándolos. ¿Por qué se le habrá ocurrido esa idiotez de meter pájaros de abril?. Si sólo hubieran sido golondrinas, o alondras, o simplemente pájaros, o nada. ¿Qué mierdas hacían esos imbéciles pájaros ahí?

Después de mucho rato luchando contra las burlas de Malgrite, lograba la suficiente tranquilidad como para reescribir la frase: "Aquella noche de invierno frío se había dejado caer la cellisca. Los pájaros, en abril, descolgaban sus nidos de las ramazones desnudas". "¿Abril?" decía Malgrite, como para sí mismo, como simulando no querer molestar. "¿Cómo abril? ¿Donde es invierno en abril?" Tiraba entonces el lápiz HB sobre el block fiscal, que rodaba con cierta desesperación su amarillo sobre el amarillo del papel. "¿Es que no me dejarás escribir nunca?". "¿Moi?" decía Malgrite burlón. "¿Yo qué hice?".

Había empezado a mirar por sobre su hombro. Cuando llegaba a su oficina, abría la puerta y asomaba abruptamente la cabeza, intentando sorprenderlo. No. No estaba ahí aún. Entonces entraba tranquilo, y antes de cerrar tras de sí, asomaba la cabeza al pasillo para asegurarse que no lo venía siguiendo. Se sentaba inmóvil durante mucho rato y de repente, cada día después de un lapso de tiempo distinto, sorpresivamente, miraba sobre su hombro: No. No estaba ahí. Entonces tomaba el block fiscal número nueve, y lo arrastraba lentamente hasta ponerlo frente a su mirada. Ahí lo dejaba, en descanso, en espera. Después de un tiempo intencionalmente diferente a cualquier otro, miraba sobre su hombro. A veces Malgrite estaba ahí. La espera había sido mal calculada. El tiempo no había sido diferente de todos los tiempos y el cazurro José Malgrite lo había descubierto. Pero si lograba una espera completamente más breve que cualquier otra, o impensadamente más larga y también del todo promedio pero única, entonces el garduño Malgrite no lo sorprendía y no estaba ahí. Otro tanto hacía con el lápiz de mina semidura HB. Había sin embargo una dificultad añadida y era que si esta espera era más larga o más corta, siempre, que la habida con el block fiscal número nueve, o seguía algún patrón en este sentido, permitiría a Malgrite entrar en sospechas y calcular el tiempo preciso para aparecer. De esta manera era necesario no sólo pensar en un tiempo, cada vez diferente, sino también que si el tiempo del block había sido alargado, no se acortara el tiempo del lápiz si así había sucedido antes, y del mismo modo si aquel se había acortado, no se acortara o alargara éste siguiendo aquel patrón, lo que era del todo más complejo y requería cada día de mayor ingenio. Era necesario planificar patrones y recordarlos siempre de modo tal de actuar con sorpresa y manejar un cierto caos, pero planificado con cuidado, lo que en modo alguno era fácil. Bueno, al principio casi se podría decir que lo fue, aun cuando sabemos de lo difícil que en todo caso es; pero con el paso del tiempo se hacía cada vez más complicado en tanto cuanto permitía al avieso Malgrite analizar más posibilidades y atar más eslabones de comportamiento.

Se había establecido un duelo de inteligencias: Protagonista y antagonista en representación uno de la sorpresa y el caos asociado al bien contra el otro buscando sorprender y sincronizar el caos y la entropía con la sorpresa y la programación. Mientras más tiempo pasaba y más se esmeraba en vencer la sincronía y la aparición cada vez más segura del tramposo Malgrite, más aprendía éste de sus técnicas, más experiencia acumulaba y más difícil, hasta la casi imposibilidad del todo de sorprenderlo y vencerlo; más y más dura y agobiante era la tarea, de modo que con el paso del tiempo ya sabía  que simplemente no lograría escribir nada, y el tiempo se iría miserablemente en el agobiante combate por la presencia cada vez más segura, o la ausencia cada día más dudosa de Malgrite.

A veces, ya muy raras veces, como se ha podido ver, casi nunca, lograba vencer al maestro del agobio y la improducción. Entonces pasaba a la segunda etapa: La de la inspiración. Es que ya gastaba tanto tiempo planificando un nuevo azar caótico e incalculablemente novedoso cada día, que resultaba casi imposible reservar tiempo para decidir qué hacer con los personajes, las tramas, las escenas los desarrollos dramáticos y tanto más. Entonces comenzaba recién, una vez lograda la efímera victoria, la lucha por el tema, y la creación. En ese descuido siempre se perdía el timón de la sincronía de modo que cuando comenzaba a hilvanar la primera frase: "Era abril y los pájaros habían perdido sus nidos en la ventolera..." miraba sobre su hombro, y quedaba petrificado: Ahí estaba José Malgrite sonriendo aleve. Su dedo filudo señalaba por sobre su hombro la magra frase, muy disminuida por el cansancio de la lucha, nuevamente perdida. "¿Y la cellisca qué?" preguntaba, por ejemplo.

Ese día fue el día que se hizo aquella pregunta. ¿Existe Malgrite o es sólo mi propio miedo sincronizado con el pudor de mi propia sangre? Entonces tomo el lápiz y garrapateó sin atención ninguna: "Jamás hubo cellisca un ocho de abril y los pájaros emigraban desde el siete. Malgrite con su mirada desquiciada me observaba desde la esquina mientras me abotonaba el gabán tras el árbol cuyas ramazones se habían desnudado por el placer de sentir en sus ramas el viento. Grité: Me cago en ese hombre que mira sobre mi hombro. Las palabras se las llevó el viento igual que siempre. Malgrite no alcanzó a oírlas...", detrás de su hombro Malgrite, atónito negaba con la cabeza. "No me importa si me cagas la novela" escribió. Ni siquiera serás tú. Será mi propia sincronía pensó. "Caminó, seguido por la mirada atónita de Malgrite y su burla irreverente, hacia el lugar donde el dorado sol se ponía invisible para ellos, convirtiendo en siluetas pardas a los pájaros de abril y a los enamorados". Malgrite, incrédulo, se tapó los ojos con sus huesudas manos, casi transparentes. "Al fin desaparecieron uno para el otro en los horizontes opuestos y siempre sincrónicos. El era la fantasía y aquel el terror de ella. Ambos el falso pudor que paraliza" siguió escribiendo. Malgrite ya no estaba. Siguió escribiendo.