Los penitentes

por Marcos Vieytes

resena03a.jpgCreep
Producción: Gran Bretaña, Alemania, 2004.
Duración: 85 minutos.
Guión y dirección: Christopher Smith.
Música: The insects.
Fotografía: Danny Cohen.
Montaje: Kate Evans.
Intérpretes: Franka Potente, Vas Blackwood, Ken Campbell, Jeremy Sheffield, Paul Rattray, Kelly Scott.

1. Hay un cuento de Borges en el que cierto personaje, cuya identidad desconocemos pero nos resulta a la vez familiar y remota, confiesa en un ceremonioso y breve monólogo el carácter singular, monstruoso y solitario de su situación. Una vez acabado este discurso, y mientras escuchamos todavía su eco retumbar por los pasillos, galerías y bulevares laberínticos del lugar que habita, podemos leer la siguiente línea de diálogo final: "¿Lo creerías, Ariadna? El minotauro ni siquiera se defendió". Creo que la memoria de este relato leído hace ya más de quince años vuelve a mí ahora y a propósito de Creep, menos por la vuelta de tuerca última, inexistente en la película y capaz de resignificar la historia y el mito merced a un cambio en el punto de vista, que por la melancólica fatalidad de esa criatura condenada a cometer, esta vez sí como la de la película, una tediosa rutina de crueldades y homicidios.

resena03b.jpg2. Criatura suele ser sinónimo de monstruo manufacturado a lo Frankenstein pero también de niño, vale decir que de cosa inacabada y prematura. Hablar de niñez también ha sido, para algunos, hablar de penitencias. Una de las cuales consistía en poner al niño contra una pared y dejarlo parado allí durante un espacio (in)definido de tiempo mientras la familia continuaba con el (a)normal desenvolvimiento de sus quehaceres. Claro que este poner contra la pared tenía mucho de ejecución, pero no dejaba de brindar también una contundente enseñanza sobre la potencia del fuera de campo. Parado a escasos centímetros de la pared, el niño no tiene nada que mirar: está forzosamente obligado a mirar su propia nada compuesta de miedo y bronca contra un poder superior que puede castigarlo aún más duramente luego, sin que el susodicho entienda bien por qué lo hace.

El prólogo de Creep se vale de modo magistral de este miedo infantil dotándolo de un grado de sinrazón todavía mayor. En las cloacas de Londres, la linterna de un obrero que resbala nos deja ver, apenas, la silueta de un hombre cumpliendo penitencia contra las paredes musgosas de esas galerías deshabitadas. Si ser obligados a mirar un trozo escueto de pared comporta una sensible reducción del campo visual, imagínense tener que hacerlo a oscuras, en una cloaca y habiendo alcanzado la mayoría de edad. Tiene que implicar la existencia de un poder coercitivo tal que pone la piel de gallina de tan sólo pensarlo. Esa espeluznante sensación de amenaza construida alrededor del fuera de campo visual se extiende durante toda la primera mitad de la pesadilla de Kate, joven alemana que se duerme esperando la llegada del subte para despertarse y descubrir que se ha quedado sola y encerrada dentro de ese laberinto de túneles, ratas, abuso, desempleados y muertes inexplicables, hasta que el director y guionista Christopher Smith decide mostrarle y mostrarnos en primer plano la cara física del monstruo y del miedo.

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3. Describir la fisonomía de aquel exige revelar aspectos de su naturaleza que es más grato descubrir como espectadores que como lectores. Pero hay una secuencia previa en la que un compañero de trabajo, desinhibido por el alcohol, arrincona a Kate contra los asientos del último tren y, tras el plano del rostro de la protagonista con expresión de algo que estaría entre la curiosidad y el rechazo, vemos el contra plano detalle de la mano del tipo bajándose el cierre del pantalón. El plano siguiente toma a este último de espaldas y a Kate sintiendo casi diríamos que vergüenza ajena. Pudiéramos decir que la castrada visión de ese miembro en vísperas de ser mostrado a la cámara es la que se nos da completa y de una, como cuando un exhibicionista nos abre el sobretodo o la bragueta en público y fuera de todo contexto, en el instante en que Kate ve el rostro de la criatura.

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Allí comienza otra película, distinta pero no inferior sino más bien complementaria, en la que el fuera de campo visual se llena por completo de una presencia inexplicable, siendo reemplazado por algo que podríamos llamar como fuera de campo semántico. No es que carezcamos de información sobre esa presencia pues, a medida que pasan los minutos y siempre de manera exclusivamente visual, nos vamos enterando parcialmente de su pasado. Pero con información y todo, esa presencia deforme, ese aborto prematuro de vaya a saber qué desquiciado experimento, ese cara de nada peligroso y agresivo se torna radicalmente inaceptable, inasimilable a parámetro humano alguno salvo en el instante definitivo de la muerte.

De igual modo que por el minotauro borgeano, en esos últimos momentos sentimos una pena que no es lástima sino conciencia del encuentro que no pudo ser. Esto le da a Creep una dimensión emocional única, pero también un fuerte sesgo social y político que no necesita de la alegoría ni de los subrayados para concretarse. La secuencia sobre la que se imprimen los títulos finales puede pasar como una chanza irrelevante pero es elocuente al respecto, y mucho más aún la inmediatamente anterior: si todo fue sólo un sueño de Kate, el de la exclusión social forzada puede ser la peor pesadilla de todas.