Si Bronwyn es la mitad de la moneda rota, Cirlot es la otra mitad que se sitúa frente a la primera para demostrar su fiabilidad. Bronwyn es el símbolo de Cirlot y a la inversa.
Las mujeres, como los hombres, somos seres reales, ¿quién pondría eso en duda? Pero nadie me priva, ni me privará, de crearme mi mundo donde haya personas ideales, nubes de idea y deseo, entes a quienes da existencia mi propio yo. Si los escribo no morirán conmigo.
Situadse, si os place, en mitad de la selva y escuchad. Haced lo propio en la ciudad o en una autopista. ¿Impedirá alguien, por muy reales que sean aquellos sonidos, que yo haga mi música, que cree sonidos puros, con la armonía que sólo la imaginación humana puede crear?, ¿impedirá alguien que yo crea o quiera creer que esa música creada sea símbolo de aquellos ruidos?
Nadie me acusará de nada. Quizá de chiflado, pero eso será bueno. Poetas y músicos son chiflados. Vamos bien.
Dice Cirlot de Bronwyn que en ella vierte toda la "irrespiración" de su alma que choca con lo mejor de lo real disonantemente. Chocar no tiene por qué ser violento, puede ser creativo. Choque es toda conversación. La dialéctica entre realidad e irrealidad será disonante, pero no rutinaria. Tendrá que ser creativa. Y eso es Bronwyn.
¿Fue una obsesión Bronwyn para Cirlot? Posiblemente. Lo obsesionante para el poeta fue su propia vida. Todo acontecimiento, todo lance de su vida, y no forzosamente los más importantes, fue traducido a imagen y luego a palabras, primero a símbolo y luego a verso. Esa sensibilidad exacerbada, ese tener los ojos abiertos hasta la raíz del cerebro, ese ir con el alma abierta, con lo que escuece eso, fue la técnica de Cirlot. Eso y la música. Porque sus versos son variaciones, son el serialismo de Schönberg, o mejor, de su admirado Alban Berg, más posromántico, aplicado al poema.
Incluso quien no sabe leer música puede apreciar la belleza de una partitura, ese subir y bajar de las notaciones en el pentagrama, esa simultaneidad del desarrollo vertical. Incluso quien no quiere ver, es capaz de escuchar la música rasgada de un cuadro. La poesía de Cirlot en Bronwyn une ambas características externas a la música y a la pintura. La poesía como música y plástica. Y de vez en cuando, algo tan blanco como "Mira, son las nubes/ ¿no subes?".
Leerlo es sumergirse en el deseo, en el sueño cálido de la no-pesadilla, de lo contrario al buen sueño que deseamos a los niños. Leerlo es sumergirse en una muerte luminosa.
Hay dos versos, que su hija Victoria Cirlot, encargada de la edición y la introducción, reproduce, que resumen perfectamente el sentimiento bajo el libro, el largo libro de poemas, de cientos de poemas, que Cirlot dedica al mito Bronwyn: "Ven, dame la mano/ ¿qué mano?". Esa pregunta contiene el no-ser, ¿qué cuerpo puedo ofrecerte?, no soy más que la amada muerta, no soy más que idea, sueño, irrealidad.
Con todo, lo que más ofrece Bronwyn, el libro de Cirlot, es insinuación, atisbo, lo exigible a la poesía. Tanto como lenguaje, porque también de éste ofrece límite. Cirlot se sitúa y nos sitúa en el filo mismo del lenguaje y de la realidad-irrealidad. Bronwyn inaugura un lenguaje. Quizá porque Bronwyn es la crónica de una imposibilidad, el amor a una muerta estando muerto el mismo enamorado, traducido en la posibilidad del lenguaje, de la poesía. Y desde ese filo se mira. Por eso el todo es simbólico, porque el símbolo, el mito, la metáfora es lo único que queda. La amada es, así, metáfora del Ánima y del Dios.
Preguntar qué se le pide a la poesía es fatuo, porque lo estropea el "se". Como mucho, y siendo ambicioso en la pregunta, puedo preguntarme qué le pido yo a la poesía. No tengo la respuesta, pero sí alguna de esas parciales contestaciones que me doy a mí mismo cuando me vuelvo engreído de tan borracho: le pido dolor. Mejor sería decir pasión, porque también le pido placer. Pero lo más importante es el dolor. Cirlot retuerce tanto la gramática que duele, y ese dolor físico de la gramática es simétrico al dolor espiritual que él manifiesta en sus versos: "Te dando mi locura de vivirte,/ translúcida doncella mar de nunca/ amanecidamente en un gemido". Porque Cirlot quería que la poesía situase a las palabras en una zona tan temblorosa que, no sólo se llenasen de sentido, sino que ellas mismas fuesen sentido.
Nada que añada a esto hablará más ni mejor de Bronwyn, quizá porque sólo he intentado, sin saber si lo he conseguido, dejarme llevar de la mano de Cirlot. Él, en cierta forma, ha escrito esto. Aquí lo corto.