Me dije, debería escribir sobre Cortázar. Y no porque yo crea que puedo decir algo interesante sobre él, sino porque iba siendo hora de un homenaje particular, de un lujo o locura insulsa y carente de todo rigor crítico, sólo semejante a cuando uno invita a una persona muy querida y admirada para que pueda ver lo a gusto que uno vive en su casa.
Se ha dicho que fue mejor cuentista que novelista. No seré yo quien lo discuta, a pesar de que Rayuela está ahí, indiscutible y clásica. Pero dejaré a un lado Rayuela. Quiero hablar de 62 modelos para armar. No más el título, fíjense, el número nos ahorra la mayúscula. ¿Qué se puede pensar de una novela cuyo título no tiene una inicial mayúscula?
Es novela menor (él habría odiado esta observación), sí, pero en ella se mantiene buena parte de Rayuela. Es cierto que aquel invento tan "cronopial" de alterar el orden de los capítulos de forma que haya por lo menos tres maneras de leerla, no está en ésta, como no está en la siguiente, El libro de Manuel, pero sí tiene como escenario, digamos, ese grupo de amigos un tanto chiflados, patafísicos.
62 modelo para armar nació del capítulo 62 de Rayuela, aquel en el que Morelli el vagabundo que elabora teorías literarias, propone un drama sin "Edipos, Rastignacs ni Fedras", un "drama al margen de conductas sociales", un "drama impersonal en la medida en que la conciencia y las pasiones de los personajes no se ven comprometidas más que a posteriori". Tal vez fracasó, sí, porque el drama no se ve exento de conductas sociales como los celos, aunque sí las motivaciones a veces se basan en sueños, visiones o sospechas propias, no de paranoicos, lo que habría sido fácil, sino de chiflados que a veces recuerdan a los personajes de Misterioso asesinato en Manhattan, de Woody Allen.
Con todo, de esos grupos intelectuales nada comprometidos, practicantes de un terrorismo en absoluto cruento, consistente por ejemplo en discutir en pleno viaje en metro en hora punta si las golondrinas son o no mamíferas, o en alterar la cantidad de los productos envasados que se venden en un supermercado para provocar reclamaciones, se ha hablado mucho. Nostálgicamente, me atrevo a apuntar que esa gente era mucho más divertida que ahora, aunque sólo fuera hablando desde la literatura y no desde la realidad. Hoy somos mucho más sensatos, más insoportables. Hoy la risa en políticamente incorrecta. Esa risa cronopial salva a Cortázar, lo convierte en santo, el santo fumador. Hablemos de drama. En 62 modelo para armar hay un personaje del todo moderno: Hélène, una mujer incapaz de amar como se espera de ella. No una egoísta, como el mismo autor puntualiza dándole la palabra a Juan, su alter ego, sino fuera de molde. La Carmen de Mérimée ha dado lugar a lucubraciones sobre la mujer moderna. Hélène es algo parecido pero aún más moderna porque es 120 años más joven. Mujer que no quiere evitar entregarse porque no quiere evitar despreciar luego. Mujer-que-hace-sufrir, pero no por falta de entrega o por bobaliconería, como la Georgette que exclama aterrorizada oh, tu va me décoiffer!, sino mujer-que-fuma y agota el cigarrillo para tirar al final el pucho. Y lo tira porque existencialistamente, nada hay después sino la muerte, la rutina. Mejor no seguir, piensa Hélène. Ni egoísta ni miedosa, Hélène es realista.
Se ha acusado a Cortázar de machista. Es posible. También la acusación es políticamente correcta. Cuando lleguen los bárbaros se nos irá al pedo la corrección política, como esa barra de amigos, Calac, Polanco, Marrast, Nicole, Feuille-Morte, Juan, Tell, Celia, Austin y Hélène, a quienes Cortázar llama los tártaros, hacen naufragar cualquier convención burguesa. ¿Dónde están hoy los literatos, los intelectuales que arruinan la corrección política?
Encharcados en ese aburrimiento, confiando sólo en los eructos y palabrotas de los dibujos animados de South Park o los Simpson, añoramos a Cortázar con todos sus defectos. Porque también él fue políticamente correcto en su apoyo visceral y un tanto cerril de las revoluciones cubana y nicaragüense, pero en 62 modelo para armar, tal vez Calac o Polanco, los argentinos patafísicos de París, o quizá ambos a la vez, se carcajean con mucha ironía de Austin porque es comunista o socialista, y que eso es ser útil, si bien el utilitarismo no está hecho para ellos y se niegan a despendolarse de preocupación por lo que pasa en Alabama.
Llamar mi paredro a uno de los personajes, que puede ser el colega de cualquiera de ellos, y por tanto intercambiable, soluciona el tema de los cambios constantes de narrador o narradora. Y lo soluciona de forma imaginativa y amical.
El desorden temporal, causal y espacial es otra de las características de este caos genial a lo que Cortázar bautizó como novela. Ya no hace falta leerla a saltos, ella misma es un salto. Y si no, pregúntenle a Frau Marta y la condesa Erszebeth Bátory, a las muñecas de monsieur Ochs, al caracol Osvaldo, a los tranvías, a los paquetes pesados o a los Neuróticos Anónimos observando detenidamente el cuadro del doctor Daniel Lysons, la relación que tienen con los desamores entre los personajes y el muchacho que se le muere a la anestesista Hélène en el quirófano.
¿Se habrá reeditado? No lo sé. Mi tomo es del 72 en editorial Sudamericana. Le tengo especial cariño porque el papel es grueso, tiende a abandonar el color blanco para adquirir tonalidades carne y huele a viejo. La sobrecubierta es un callejero de París enlazado con otro de Londres a base de trazos a mano alzada que imitan calles, plazas y cuadras, quiero creer que apañado por el mismo Cortázar, aunque de seguro me equivoco.
Gracias, papaíto.
PS.: Excúsenme los argentinismos pero reventaba si no los ponía en homenaje a su forma de escribir tan así como si fuera una forma de hablar.