de Hacia lo fragmentario (aforema)

por D. R. Mourelle

Ante cada combinación de letras

Lo primero es la soledad; de a tres, de a cuatro o de a mil: lo primero es
la soledad. Y ésta se disfraza cuando varias cabezas asienten al unísono.
No hay ente sin palabra que lo contenga, no hay palabra que no genere
de inmediato eso que nació para envolver.


Leer

Ser y no ser. Ése es su juego. Estampida donde la potencia es lo que
cuenta. Cuando este poder se acaba, queda apenas una reminiscencia, es
decir: otra cosa, lo nuevo.

Cuantas menos palabras, más ardua la tarea de quien lee. ¿Y quién lee?
¿Quién es el que lee? No cualquiera —y que esto quede claro—: leer no esliviano a la hora cuando desentrañar una poética. Leer es quedar
atrapado, como el poema, y sin posibilidades —también— de retorno.


El lector

Cae en sus propios laberintos, escucha una palabra y es arrastrado al
momento cuando la escuchara por primera vez; luego, al segundo... Así,
paso a paso, su imaginario le propone un camino hasta el presente ; y lo
abandona. Porque ningún imaginario que retorna es el mismo que
cuando partiera; y las respuestas que trae se han desviado de las
preguntas que supuestamente sellaran su origen.


El poema

Una palabra implica una voz, cada voz delata un tono —como en la red
que sostiene la melodía de una canción—. Estas armonías se deslizan, se
desgarran incluso, contra el terreno que el lector les provee. Cada poema
es la voz que lo mantiene suspendido, es decir : en suspenso, detenido
entre tiempos y lugares fantasmáticos.


Insistir

Hasta la repetición; confiando en que se trate de un espejismo.
Repetir o copiar hasta el engaño vuelto sobre el sujeto —imagen de un
fantasma que, con gesto minucioso, encuentre las nueve diferencias que
separan un segundo de otro.


La voz

Para encenderla, hay que lanzarla fuera de nosotros; para que cumpla su
fin (justamente), debe acabarse —no importa si con rapidez o después de
muchos ecos, o entre los pliegues de alguna teoría de la propagación del
sonido.

Es en tanto lanzada hacia afuera y abandonada; aunque, también, fuera
posible que deba dejarnos atrás como un modo de mutuo resplandecer.


La voz nace de un abandono

Es en tanto fuera y alejándose. No hay voz sin un mínimo grado de
memoria. Cada palabra existe, desde antes, en un recuerdo aproximado
que se hará futuro; en sus pequeñas variaciones, está, precisamente, ese
futuro o necesidad.


Nombrar

¿Qué es lo que piensa el lenguaje cuando piensa? Palabras que deben
permanecer calladas por definición. Fino arroyo caliente que socava
hasta separar.

¿Qué es lo que el lenguaje piensa sin palabras? Angustia de sacar lo que
está fuera. Esfuerzo para guardar lo que está encerrado. Palabras para
nombrar palabras; orden crítico que no acepta juicios extranjeros.


Publicado por adamaRamada ediciones.