Recuerda Byobu las palabras más de una vez escuchadas en su adolescencia a un personaje que, con aire muy digno, vendía en los autobuses una hoja impresa, a cambio de lo que los pasajeros tuvieran la voluntad de ofrecer: Estos son pensamientos propios.
Con el tiempo lamentó no haberse hecho de una de esas hojitas, no sabe si por apocamiento o por el desinterés que suele aquejar a quienes sufren aquella etapa cargada de angustias, de sentido del ridículo y de las inhibiciones resultantes. Hoy las imagina cargadas de terso delirio. Se dice: todos tendemos a llamarle "propios" a nuestras ideas, aunque nadie puede estar seguro de que las que descubre en su cabeza lo sean. Cualquiera puede venir flotando en la universal correntada, de una criatura en otra, de un tiempo en otro. A él le constan las frecuentes desazones que padece por encontrar palabras que él tenía por cultivadas y recogidas en huerto propio, ya escritas, aproximadamente o mejor, en lo ajeno.
Hoy el viento es poderoso, pero no es él quien lo dice sino las ramas de la encina. Aprender de esa discreción, de esa lección muda del viento.
Las palabras no deberían ser reiteradas sino en las invocaciones de la magia.
La poesía busca sacar de su abismo ciertas palabras que puedan constituir el tejido de cicatrización tras el que todos andamos sin saberlo.
Las palabras son un modo de organizar el tumulto interior, de estar mejor que solo, callado. A veces hay que hacerles cambiar su forma de andar por el mundo, el uso impuro a cuyo automatismo agamuzado nos habituamos.
Son menos que los árboles; pueden tener raíces hacia lo hondo, pero no crecen hacia arriba. En el fondo, les perturba el cielo. Si lo descubren, ya no se sienten nunca más cómodas en la bárbara garganta de los hombres.
Un jardín es lo que puede ser o no ser, dependiendo de nosotros; puede ser la hipótesis, soñada, ya fuera de posible corroboración. Y quizás ese jardín imaginario sólo alcance su perfección cuando entre con nosotros en la infinita niebla del ser que nos vigila.
Siempre soñó en ser un jardín, pero un día descubrió que ahora se había vuelto una plaza fuerte.
Anillo redro: cada año agrega un nuevo anillo a cada tronco de árbol, como deja su círculo en las astas del ganado. Marca secreta que después de la muerte revela la fractura. En nuestro caso serán páginas calladas: anillos de duelo.
Cómo ha de fatigarse el espejo, siempre al servicio de nuestra inane superficie.
A veces la superficie de lo dicho arde, mientras el techo se va cubriendo de espinoso hielo.
Sin pericia pardea el amor de los débiles, alcanza su crepúsculo lo que fue refulgente. Sin rayo verde.
Nadie puede tener entusiasmo a perpetuidad. Solo las angustias son perpetuas.
¿De qué sirve un día sólo compuesto de cosas provisorias?
Al prolongar el trabajo hasta la fatiga nocturna comprometemos a la vida a que nos asegure un día más de lo que tenga previsto.
La vida: un mapa atormentado por un viajero irresoluto.
Será, no lo ofrecido sino lo que de ello aceptas, tu reserva final.
Mientras uno espera algo que no llega, un autobús o el cumplimiento de una esperanza, la demora se hace más tolerable si entre tanto se acepta mirar el mundo. Aunque en tantos pormenores nos defraude, puede ofrecer involuntariamente algo grato, el color del cielo, el vuelo de los pájaros, lo curioso de algún humano.
¿Tendrán los franceses, que todo lo tenían, un equivalente al "carpetovetónico" español? Quizás eso a ellos no les toca. Como Byobu compartió un largo viaje en barco con señores de la campiña francesa con sus consortes si de otros se tratara diríamos parejas de campesinos algo primitivos, que viajaban a Paraguay en tiempos de posguerra a "hacer la América", no duda de que lo tengan. Entonces, si ese término existe, un nombre como el de Paterne Berrichon denominaría un ejemplar antológico. Paterne Berrichon, sí, el que debió a su cuñado que ese nombre sobreviva.
A los utópicos de Tomas Moro sólo dos razones los llevaban a la guerra: defender su territorio atacado y liberar a un pueblo oprimido por la tiranía. Eso en respuesta a las razones personales de algunos monarcas, disminuidos por las razones de otros. Se diría que esas razones siguen siendo válidas hoy, en lo aparente, para muchos gobiernos. Pero si alzamos la capa aterciopelada que disimula los móviles del ataque, vemos que hoy hay dos razones colectivas: una se llama Comercio, infinitamente más difícil de atacar que las razones personales o imperiales. Otra se llama Petróleo. No hay magnicidio que los alcance.
Creer ya no es ingenuidad sino pereza. Creer en alarmas de conquistadores, mucho más que pereza moral.
Nos ocultamos del frío con algodones, sedas, lanas superpuestas, pero el frío entra por los ojos, por los oídos. Hasta lo que pensamos padece frío, intenso y sin defensa. Las ciudades ofrecen seres congelados por los hábitos, los egoísmos, la estupidez. ¿Dónde está la tibieza que imaginamos antes? ¿Nunca existió? Lo más terrible no será la muerte, entonces, cuando llegue, sino morirnos habiendo descubierto antes el error de nuestro termómetro.
Cuando el fantasma del museo vio la recién colocada holografía de la cabeza de Nefertiti, tuvo primero un ataque de angustia existencial. Luego se enamoró.
Nunca se supo si aquel fantasma a rayas era blanco o negro de origen.
Los cuentos de fantasmas son racistas: ¿alguien recuerda alguno en que el fantasma sea de color negro y use sábana del mismo sufrido color?
¡Aquel pobre fantasma descuidado! Cosía los rotos de su túnica con hilo negro.
Es inevitable que los paralelepípedos me hagan pensar en pingüinos.
Un cuadrado acongojado se atrapecia.
La suma de los ángulos que añoro sin duda es mayor de 360.
No hagas mal que por bien no venga.
¿Hacia dónde corremos, los que estamos tan quietos?