Amalia Iglesias: El poder de las palabras

por Dionisia García

Amalia Iglesias es una poeta que ha demostrado desde su primer libro, Un lugar para el fuego, una manera de decir fuera de toda previsión y encasillamiento. Su voz causó sorpresa y admiración en la década de los años ochenta, al merecer en 1984 el “Premio Adonais” por el libro mencionado. Un libro que ya aportaba los fundamentos de su poesía posterior, por sus contenidos y la fuerza expresiva. Llama la atención, al releer las páginas de Un lugar para el fuego, que la poeta en su primera juventud, ya contara con una mirada atisbadora, y un tanto lastimada ante el mundo, ante su propia realidad de persona. En el simbolismo del fuego, como llama amorosa, es donde se articula el alma poética de este libro, su sentido y su ser, no siempre al alcance del deseo, de un proyecto vital, en ocasiones truncado en su cumplimiento, de ahí que quien escribe, encuentre consuelo en la tarea, y se “guarezca en la casa de las palabras”, expresión repetida y afirmada a lo largo de la obra, a modo de refugio, también de oasis que refresque del polvo del camino.

Nuestra poeta ha titulado el volumen que recoge su obra poética, Antes de nada, después de todo[1]. Dos etapas en su trayectoria, entendida la primera como punto de partida y trayecto de la inocencia. En esos primeros pasos la hemos seguido, no con todo el optimismo que el título acredita, sí en el intento de aproximarnos a su verdad.

En los libros posteriores, entre ellos Memorial de Amauta, advertimos un afirmado proceso de indagación sobre el mundo elegido, y la consecución de mayor reposo en el lenguaje. Mantenida la fuerza del entramado poético, esa fuerza tan veraz y atractiva, tan acorde con la necesaria claridad expresiva. Ausencias, soledad, amor, y el tiempo como compañía inevitable en atinadas propuestas: “... para ti que amabas la vida/ como sólo se ama aquello que sucede predispuesto a extinguirse./ Nunca el tiempo que anuda las verdades”. La clasicidad es también tema en esta poesía (“mi juventud de siempre se enamora/ y soy Catulo, Safo, Petrarca o Botticelli”). Versos que surgen con la naturalidad de quien “no busca sino que encuentra”, porque sus credenciales vienen de ese bagaje de conocimientos bien asimilados.

No podemos negar el protagonismo del lenguaje en Dados y dudas. Un lenguaje contenido, sugerente, donde entre el azar y la duda se esconde la sombra, las preguntas sin respuesta, lo oscuro en suma. No por eso hay que abandonar la lucha, de entendernos con aquello que está a nuestro alcance, y que es la vida, esa vida perseguida por Amalia Iglesias, a pesar de la nebulosa, de la incapacidad para comprender (“... No sabes si/ el mundo huye de ti o eres tú velocidad de fuga/ entres sus fauces.”), sigue violentando las palabras para hacerlas resonar, porque no es una “amauta” enloquecida, sino que posee la lucidez de quien ha tenido que plantarle cara al destino, no siempre benevolente.

Como hemos dicho en los comienzos, Iglesias no se pierde nada, y también encuentra en la calle su lugar, no ajena al mundo que le ha tocado vivir, contempla “las ruinas de las ciudades y de los hombres”. Lamenta la imposición de un mundo materializado y servil, que va perdiendo lo más noble de su condición: ser apoyo e impulso del ser humano, no avasallarlo. Aun con esos presupuestos y verdades, la poeta no abandona, y nos dice en las páginas finales de Dados y dudas, “la vida siempre en obras”.

“Aquella niña atrapada en el paisaje/ me mira todavía/ desde la espesura del espejo”. ¿Qué ha pasado con aquella niña? Junto a los espacios adversos que ha transitado, ha convivido con las luciérnagas, las luces altas, sus acariciadas piedras, y ha podido decir, “Ofelia, la de los pies luminosos bajo el agua”. Sin olvidar a sus poetas amados, y ofrecer la mirada a Walter Benjamín, que perdió su última partida de dados, no de dudas.

Bien representa Amalia Iglesias a una de las generaciones jóvenes. Su voz intensa y diferente, es un testimonio vivo y verdadero, de quienes consideran el compromiso poético como un destino de vida.

(Los poemas mostrados a continuación, mantienen la inocencia de no haber sido “tocados”. Preferible que los lectores disfruten de ese “humus” que acompaña a toda primicia).

POEMAS del libro inédito Lázaro se sacude las ortigas


Desasosiego de otoño


Tampoco tienen fecha las hojas de este otoño
y acaso no es verdad que su mundo agonice.
Ni queda amargura en sus grietas
ni sus arrugas aguardan la soledad del invierno.

Es sólo levadura, madriguera,
lazada de luz cuando reposa,
cuando cierra los ojos
para buscar los nombres de lo oscuro.

Pergaminos, venas izadas,
nervios que han excavado la piel,
los profundos ríos de montaña
que se dibujan en tus manos.

No hay desembocadura en este instante
detenido en la pared de un día,
en los muros de una casa que no existe,
el limbo del soñador y sus iconos.

Caminos superpuestos,
desde el Austral al Ártico,
sólo el imán del útero en letargo,
el jirón de inquietud que te faltaba
para soñarte sin gravedad.


Ad portas

A Pedro Cano (Inspirado en una exposición del mismo título).


La noche y sus jirones,
sus espejos cortados.
Acampamos fuera de la ciudad amurallada,
buscamos en las sombras sus puentes levadizos.

Aunque, quizás, después de todo,
                  no queramos entrar
y demoramos nuestros pasos en los bordes,
rodeamos sus escombros
                                    de vida en duermevela.

Desde las afueras contemplamos sus ídolos recortables,
                                                      sus caballos de Troya,
y dobles alambradas,
tendidas a la altura de los ojos.

Contemplamos
cómo ceden su tiempo a la ceniza,
cómo se vierte su edad en la maleza.

Esquivamos las zarzas
con nuestros pies descalzos,
náufragos en la perplejidad
oscura de este instante,
Robinsones de una orilla sin tregua.

A veces nos refugiamos un momento
en la guarida del lenguaje,
apenas para respirar
la bocanada de la luz en su vórtice.

No sabemos cruzar después de todo
la puerta sin dintel,
su laberinto de sangre.

Ni habitaremos
un zigurat en Babilonia
antes de que amanezca.


Las estaciones


Hay un invierno que acecha

                                    en el horizonte.

Sólo veo sus grandes ojos
que sobresalen
del lodo,
sus ojos de viejo hipopótamo cansado.

Me está mirando desde que nací.
                                    No parpadean.
Apenas quedan estaciones en mis manos.

Pasan las primaveras.
Las estrellas brotan
puntuales como las semillas.
Las amapolas escupen
                                    sus pétalos de sangre
                                                cuando las corto,
coágulos de colores,
flores efímeras de la infancia.

Me están mirando desde que nací.
                                                      No parpadean.

Pasan los veranos.
La luz escribe
mares que desconozco,
                                    y llanuras azules
de soledad que ciega.

En otoño se deshojan mis pupilas,
mi sangre cambia de color
para esperar al frío.
Las palabras se vuelven
amarillas y crujientes.

El poema se escribe en la niebla
y desprende vaho cuando respira.

El poema me mira fijamente
desde que nací.
                                                      No parpadea.
El hipopótamo oscuro
se estira en el horizonte.


Juegos preoscráticos


Ningún río puede atravesar dos veces al mismo hombre.

La naturaleza es dadivosa pero insegura,

la suerte, en cambio, se basta a sí misma.

Vislumbre de las cosas que se muestran son las cosas ocultas.

No existe vacío sin movimiento.

No es posible que sea todo lo que no es siempre.

Pues el vacío (de no ser infinito) confinaría con el límite.

El día es nuevo cada sol.

La diferencia de las cosas engendra las causas.

A destinos más grandes, más grandes muertes tocan.

La muerte, en su huída de los hombres, los va persiguiendo.

Los ojos duros ven mejor que los húmedos.

El niño es un tiempo que juega.

AMALIA IGLESIAS SERNA

Nacida en 1962 en Menaza (Palencia). En su adolescencia se traslada con su familia a Bilbao, donde estudió Filología Hispánica en la Universidad de Deusto. Actualmente vive en Madrid. En Antes de nada, después de todo se reúne toda su obra poética publicada hasta este momento: Un lugar para el fuego (Rialp, Madrid, 1985. Con el que obtuvo el Premio Adonais 1984); Memorial de Amauta (Endymion, Madrid, 1988. Premio Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco 1987); la plaquette Mar en sombra (Málaga, 1989) y Dados y dudas (Pre-Textos, Valencia, 1996. Accésit del Premio Jaime Gil de Biedma, 1995). Ha sido incluida en varias antologías como Las diosas blancas, Ellas tienen la palabra (Hiperión), Poetas de los ochenta (Mestral), Antología de la poesía Española 1977-1995 (Castalia), Canción de Canciones (Muchnik), etc... Preparó la edición del libro Algunos lugares de la pintura, de María Zambrano (Espasa Calpe). Sus primeros poemas se publicaron en la revista Zurgai.
Actualmente es Jefa de Redacción, desde su creación, en 1996, de Revista de Libros, de la Fundación Caja Madrid. También codirige la revista de poesía La alegría de los naufragios, y coordina la página de poesía “Contemporáneos”, del suplemento Blanco y Negro Cultural. Anteriormente trabajó, durante diez años, como coordinadora del suplemento Culturas de Diario 16.

(1) Amalia Iglesias Serna. Universidad del País Vasco (2003)

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