[…] Eran mis primeros días de estadía en la India: habíamos viajado de Bombay a Aurangabad en avión, y de Aurangabad a los templos de Ellora en automóvil, y, precisamente, a las cavernas de Ajanta. El calor era feroz: el verano (que siempre se olvida en invierno) estaba en su plena gloria, gastado el cielo por el exceso de sol. Extenuados tras la visita a las cavernas, repartidas por un ribazo rocoso junto a un riachuelo para tigres y leopardos, nos habíamos detenido un rato en el villorrio. Moravia se había quedado en el coche, bajo una hebra de sombra, entre las indescriptibles chozas alineadas sobre la masa de polvo: yo no había podido resistir la tentación de dar unos pasos.
Todas las cosas me chocaban todavía con violencia inaudita: cargadas de preguntas y, como quien dice, de potencia expresiva. Los colores de los peplos de las mujeres, que eran violentamente encendidos, sin ninguna delicadeza: verdes que eran azules, azules que eran violetas; el dorado de los cuenquecillos para el agua, pequeños y precioso como estuches; la muchedumbre de gente vestida con harapos que revoleteaban; las sonrisas en las caras negras bajo los turbantes blancos: todo me reverberaba en la córnea, imprimiéndose con tal violencia que la arañaba.
Caminé por la calle acolchada de polvo[…]
[…] yo merodeo, perdidamente solo, como un sabueso detrás de los rastros del olor de la India.