Sin City: La noche y la ciudad

por Marcos Vieytes

Me preguntó qué clase de película es esta firmada por dos directores a la vez —Rodríguez y Frank Miller, el autor de la historieta original— y con un tercero —Tarantino, padrino del primero y sospecho que amigote del segundo— como director especialmente invitado. Pienso en principio, con el ojo conservador en guardia y escasos conocimientos sobre los antecedentes del cómic original, que se trata de una película híbrida, un poco deforme, algo sórdida, bastante fashion y acaso fallida. La respuesta, sin embargo, es mucho más sencilla: sólo se trata de una película episódica —y, como tal, inevitablemente despareja— que se presta a ser analizada según los segmentos que la componen y cuya evaluación de conjunto puede, incluso, no reflejar el promedio de las partes.


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Preámbulo Hartigan (Bruce Willis). Buen comienzo con la rasposa voz en off de Willis narrándonos la última hora de servicio del teniente Hartigan (él mismo), decidido a evitar la violación y muerte de una nena de once años en los galpones portuarios de una negrísima ciudad del pecado dominada por el corrupto poder del senador Roark. Que el hijo de éste sea el perverso asesino en cuestión no es un elemento más, ni fortuito: nos da la talla moral del protagonista, la afición a la derrota propia del antihéroe noir, y el carácter oscuro —no sólo por su nocturnidad— que impregna a toda Basin City: omnipresente, voluptuoso y retorcido escenario urbano de las tres historias, una de las cuales (ésta) parece terminar abruptamente, sólo para ser retomada en el final de la película.


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Segmento Marv (Mickey Rourke). El mejor de todos los episodios. Tan bueno es que da para preguntarse por qué no le dedicaron toda la película a esta especie de Conan con gabardina (Miller dixit) que le hace pensar a uno en Frankenstein, Hulk, La Cosa (el mastodonte de granito de Los 4 fantásticos) y Hellboy juntos. Entre las claves que contribuyen a la excelencia del segmento hay que citar las sinuosas presencias de Carla Gugino y Jaime King (que no se parece en nada al robot de Superagente 86 y es mucha mujer aunque su nombre impida adivinarlo), maternal protectora lesbiana y femme fatale, respectivamente, de ese monstruo-niño grande-psicópata que es Marv; y el carácter sobrenatural de Kevin (un diabólicamente impasible Elijah Wood que no dice palabra pero cuando sonríe te hiela la sangre) y del tono todo de la historia, aquella en la que el arte gráfico de Miller mejor se aúna a la fluidez narrativa para involucrarnos sin medias tintas en el devenir argumental. Pero el que se lleva las palmas es Rourke: la forma en que dice los parlamentos —lacónicos como latigazos a la hora de matar, deliberadamente sentimentales a la hora del amor— y la deforme condición de su personaje son el punto máximo de la película. Como en todos los casos, la voz en off del protagonista de turno conduce la narración y nos identifica emocionalmente con él, pero en ningún otro momento esta cruza políticamente incorrecta de cine negro y superantihéroes de la Marvel que es Sin City logra funcionar tan bien como entonces. (Una perlita final de este episodio: “Marv” Rourke ajusticiando —igual que Rutger Hauer a su demiurgo en Blade Runner —al mismísimo Rutger Hauer haciendo de Brando haciendo de Kurtz en Apocalypse now. ¿Se tratará de la venganza parricida de otra criatura malograda por el Actor´s Studio?)


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Segmento Dwight (Clive Owen). El más tarantinesco y truculento de los cuatro, con la asesina ninja Miho haciendo de las suyas, la sangre en blanco brillante chorreando por doquier, y el barrio-burdel amenazado por la muerte de un policía que salió de rutas después de que Dwight le sacara la minita. A Clive Owen le queda muy bien el sobretodo, las mujeres son un ejército de prostitutas amazonas que quieren dar guerra (decir que están pintadas es —literal aunque también simbólicamente— cierto por la típica ética machista de la novela negra), y las persecuciones automovilísticas a lo Dick Tracy no dejan de ser hermosas, pero todo tiene un aire a barra de amigos reunida para divertirse que desbarata para mal el sólido clímax del segmento previo.


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Epílogo Hartigan (Willis de nuevo). Allí andan el perverso polimorfo del preámbulo —todo él de un amarillo que apesta, y con unas orejas que lo tornan lyncheanamente perturbador y ridículo— tratando de completar la tarea que Hartigan interrumpió ocho años antes, un guión que coquetea con fantasías sustitutas del incesto y la pedofilia, y el final más nihilista que la silueta de Willis, un revólver cargado, y el tambor vacío de la palabra justicia puedan concitar.