Pickpocket

por Zifar Caballero

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Pickpocket (1959)
Director: Robert Bresson
Guión: Robert Bresson
Música: J.B. Lulli
Intérpretes: Martin LaSalle, Marika Green, Pierre Leymarie, Jean Pélégri

La mano que escribe vale lo mismo que la mano que ara. —¡Qué siglo de manos! —. Mi mano nunca será mía. Además, la domesticidad lleva demasiado lejos. La honestidad de la mendicidad me aturde. Los criminales me dan asco como los castrados: yo estoy intacto; pero me da lo mismo. (Arthur Rimbaud)


Hay un momento en que el ojo deja de intentar ver para convertirse en imán. (Edmond Jabès)


Michel puede ser Raskolnikov, y, como el protagonista de "Crimen y castigo", cree en el orden superior de su moral, coartada que anula cualquier remordimiento derivado de sus actos. La abrumadora referencia literaria bastaría para condicionar cualquier otra película, pero Robert Bresson es otro asunto, como ya lo demuestra en la adaptación de Georges Bernanos en Diario de un cura de campaña (1951).

Pickpocket cuenta el itinerario hacia la salvación de un carterista. Antes han de transcurrir sesenta minutos de miradas y sonidos, de cine suspendido en un punto donde cada trazo cinematográfico se convierte en escritura nueva, porque, alejados ya de toda representación, las manos de Martin LaSalle ejercitándose en su oficio son la cifra de este cine, desnudez y esencialidad en el límite.

La amoralidad del carterista (presente, además, en su relación con su madre o con Jeanne) es el fondo necesario sobre el que resalta cada uno de sus movimientos, la anomia en la que la caligrafía de sus actos se perfila en toda su pureza, ya sea en el hipódromo o en el metro, en la sórdida habitación donde adiestra su arte o en cada una de sus celadas, asistimos a un ejercicio de precisión tan fascinante que terminamos por presentir que estamos ante algo más que un hurto.

La cámara de Bresson aún cree en la posibilidad de trascender porque posee la dosis de fe de los pioneros del cinematógrafo. No hay representación, y bastará la desnudez de gestos y palabras para rozar el secreto.

En su camino se cruzará otro ladrón más experimentado; un contacto que le introduce más aún en esa silenciosa hermandad que acecha la oportunidad. Acorralado, Michel huye a Londres. Al cabo de dos años regresa a París, donde caída, redención y gracia han de cerrar su búsqueda. Resuenan las palabras del protagonista, en uno de los finales más hermosos de la historia del cine: "Oh, Jeanne, qué extraño camino he tenido que recorrer para llegar a ti".

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