Campo abierto. Antología del poema en prosa en España
(1990-2005). Edición de Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas


por Miguel Arnas Coronado

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Campo abierto: Antología del poema en prosa en España (1990-2005)
Edición de Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas
DVD. Barcelona, 2005
424 páginas. 18 euros

No deja de ser curioso que uno de los autores antologados, concretamente Jesús Aguado, el segundo por ese orden alfabético que los antologadores han elegido, aluda en sus respuestas a la diminuta encuesta que se formula, a la razón fronteriza, concepto acuñado por el filósofo Eugenio Trías. La razón fronteriza habla de esa razón polimorfa, no relativista, que contempla en su metafísica el ser y el no-ser, lo humano y lo inhumano, en la cual el filósofo se sitúa en el límite para poder así ver e investigar lo visible y lo invisible a un lado y otro de la realidad.

¿Y qué es la prosa poética? Con franqueza, si en narrativa se usa una prosa que carezca de poesía no estaremos haciendo un cuento o una novela sino un best-seller. Eso sí, nos hará ricos. ¿Dónde está el límite entre prosa y poesía? No es que no haya límite, es que lo bueno, lo divertido, es saltárselo.

Algunos textos antologados más parecen microrrelatos que poemas en prosa. Y con ello caemos en lo mismo: ¿qué los distingue? Aun el texto más poético, más árido, más lingüístico y menos narrativo tiene algo de historia contada. ¿Dónde está, así, la frontera, el límite, ese lugar donde algo deja de ser lo que es y se convierte en otra cosa, ese espacio en el que los guardias te piden los papeles?: en ninguna parte, no hay frontera.

Los editores, sin embargo, aseguran que todos los poemas antologados fueron publicados en su momento como tales poemas, y aun los inéditos, dicen, fueron escritos poemas y no narraciones o ensayos. A no dudarlo. Pero hay textos en los cuales sería cuestión de fe definirlos categóricamente como poemas y no como microrrelatos, por ejemplo léase Mi familia vive en un castillo..., de Miguel Ángel Bernat, Debe de dormir ahora.. de Rafael José Díaz o Taller del pintor, de Antonio Jiménez Millán, o todo Nacho Fernández, por no seguir espulgando qué es más esto o lo otro. Esto no hace sino confirmarnos en esa idea del mestizaje, de la no-frontera y de la modernidad. Bienvenida sea y no nos opongamos. Al contrario.

Han querido Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas, los editores, anteceder cada florilegio de los 30 poetas seleccionados, de un apunte biográfico y una mínima encuesta, de la cual ya hablé antes, compuesta de las siguientes preguntas: ¿Qué te mueve a escribir poemas en prosa? ¿Puedes señalar modelos preexistentes que te hayan parecido de especial relevancia o interés? ¿Qué futuro como forma poética de valía le auguras al poema en prosa?

A la primera pregunta contesta la mayoría (dos autores no respondieron) con dos justificaciones: la mayor libertad o la imposición forma-tema, y el experimento con la pausa impuesta por la frase misma, por los signos de puntuación y no por el verso. Es extraño que frente a la última excusa haya poetas que eliminan esos signos de puntuación, como Juan Cobos Wilkins en Adiós al país de nunca jamás y Jesús Jiménez Domínguez en Saccharomyces cerevisiae. Por supuesto el recurso nos recuerda al último capítulo del Ulises de Joyce y el comentario que ante él hizo Nabokov: la inexistencia de signos de puntuación es lo de menos porque la prosodia la impone el propio lector.

La segunda da un sinfín de antecedentes, si bien los más nombrados son Baudelaire en el Spleen de París, el Rimbaud de las Iluminaciones, Juan Ramón, Cernuda y, extrañamente, Cortázar. Los más antiguos pueden ser Wordsworth y Novalis. De entre los actuales, desde luego Valente, Janés, Talens, Robayna y Gamoneda, lo que dice suficiente de las preferencias de antologadores y antologados. Hay menciones muy honrosas a Char, Jabés, Saint John-Perse o Pessoa. El principal distingo se hace entre las primeras influencias mentadas, Baudelaire y Rimbaud, más narrativo el primero, más andarín y descriptivo de lo que ve, más esencialista el segundo, más metido dentro. Hable de lo que hable, el poema sólo será bueno o malo, nada más, como toda la literatura.

Respecto a la supervivencia o futuro del poema en prosa, prácticamente todos los poetas le ven idéntico porvenir que puede tener la misma poesía y, por ende, toda la literatura.

Agudas y graciosas las respuestas de Juan Carlos Mestre que justifica su elección del poema en prosa por "la insuficiencia del sistema métrico decimal para averiguar el enigma", que da como antecedente de su obra la Torá, y que le augura a la forma poética un futuro que será la "metamorfosis del porvenir".

El resultado es variopinto y en muchos casos muy interesante. A destacar los poemas de Agustín Fernández Mallo, físico nuclear nacido en La Coruña y que se dedica a la investigación con fines medicinales. Pero a destacar este poeta por la aplicación que hace en su obra de principios y ecuaciones físicas, por su experimentalismo, porque destacables lo son todos los antologados. Ignoro, con franqueza, si son todos los que están, pero sí que es libro que se presta a la relectura, al hojeo placentero. Y eso es mucho decir de una antología no destinada a estudiantes.