Seis poemas de Juan Ramón Lodares

por C. Dolores Escudero

Llegó esta primavera del año 2005 cargada de flores blancas, pañuelos de despedidas, embebedores de miradas atónitas. Son demasiadas, cinco partidas para una primavera.

Para cualquier primavera.

En aquella otra del 1980, veinticinco años antes, los domingos se pasaban en casa entre música, ginebra, papeles, poemas leídos y escuchados, y un proyecto de revista literaria, ORTO (del latín ortus, «aparición del Sol o de otro astro por el horizonte»), que en Junio se haría realidad.

Éramos siete: José Mª Bartolomé, Marisa de La Fuente, Concha García, Consuelo García del Cid, Juan Ramón Lodares, Mary Sol Olba y la que evoca sus nombres.

Juan Ramón Lodares, a quien por elegante y atractivo dimos en nombrar el Cernuda del grupo, nos prodigaba la presencia de su persona apacible, relajada, atenta, vivísima. Andaba por aquel entonces obsesionado con las traducciones de Chamber Music de Joyce, algunos de cuyos poemas publicara luego en la revista.

Hablé con él por última vez dos meses antes de su inesperado fallecimiento; había prometido enviarme una colaboración literaria para ADAMAR, mas no lo permitió esta primavera.

Incluyo, emocionada, los seis poemas de su autoría que constituyeron su aportación al número uno de ORTO. Los poemas se presentan tal y como él los quiso para la revista: de su puño y letra, con sus juegos de tinta; sin embargo, y dado que la reproducción pudiese presentar algún problema por la calidad de las imágenes, se han añadido los poemas a continuación con el fin de facilitar su lectura.


Seis poemas

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Brinca. Brinca.
Brinca. Brinca. Brinca
Brinca.
Iris de astrolabio
ni te sigan.
No te igualen mapas.
Millas ni te midan.
Horas, no convoquen
tus eternas dichas
a tiempo caduco,
enemigas...
Brinca.
Brinca. Brinca.
Posición cinabrio,
bermellón estado:
Brinca.
Brinca. Brinca.
Brinca.
Brinca.
Brinca.


I

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Esa fuente que argenta
en lámina de plata
losa de piedra
¿irá verdad callando
en vidrios de lengua?
Que te pregunto, alma,
háblame tú, contesta.
Lagos las horas,
piélagos se me hacen
sin tu respuesta.
¿O acaso, iluso, creo,
el arcano que cierra
la sola entrada
a iluminarlo vengo
con lo que me cuentas?
Sé qué va ya diciendo
tu boca: "La presencia
de la verdad
no se percibe hermano,
y verla no quieras&"
Pero una es, o muchas,
y siendo tan perfecta
deja de serlo,
en una, muchas guarda,
de muchas, una queda...
¡Qué poco dices, ánima,
quién ponerte pudiera
en esta piel que sufre
lo de nunca
solo porque lo sepas!
Globos, sí, que mis ojos,
ciegos, vagan, aumenta
el apetito,
cristal que la desmientes,
de perfecta omniscencia.
Pero las puertas todas
del saber
de canto y cal las cierran
¿quién?
No lo quieras saber: perpetuo ingenuo queda.


II

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Tú ¿no sabes
—ô alma de cántaro—
solo son albogues
al viento los álamos;
barquín gratuito
que pasa soplándolos?

De algodón no, céfiro
blandamente vano,
lento que los baña
de sones silentes
al ritmo preciso de oxítonos
besos que, a los palios
de ramas,
—susurros suaves
sierpes que a las sierpes
van sierpes haciendo—
les está dando.

Y entre tanto
bálago sonoro
¿qué haces, ô cuerpo este?
"Yago escuchándolos"


III

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La vela de las velas
es vela toda.
A la vela continua
vigila cuidadosa.
Llorar, llorar,
hombre que velas siempre
túrpido el sueño estorba.
Celo, más celo,
en facetas los ojos,
todo guarda, custodia.
Vela de velas,
una seguida viene
de otra y de otra.
Lloro de lloros,
lágrimas que empreñando
van ¿Cuántas, di, las horas?
Sombra de sombras,
nocturnos atavíos
viste la esfera toda.
Noche de noches,
es a su lado perla
de lobo endrino boca.
¡Øh cuánta noche!
toda noche de espinas,
de zarzas noche toda.
Velar, a velar,
a la vela continua,
vigilia cuidadosa:
La vela de las velas es la vela toda
y sola.




IV

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Términos de perímetro
cerrado a ámbito numen
a lumen siempre abierto:
aula de lenguas vivas,
grana el vocablo cierto.

Luego, enseguida, brote
de sabio a sabio expuesto
—sapientísimos lemas,
josas del culto huerto
que van, a lo exquisito,
ser lo que a monte teso—
surge excelso entre excelsos.
Linos de ocre sirven
de asiento.
A los oídos, gozo.
Ørbes al entendimientØ


V

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Tímpanos son ya gloria
vuelto el edén omiso:
breve mundo de notas
los oídos

¡Ah! larga, larga la estancia
en amplios paraísos,
el tiempo entonces quede
detenido

Tubas que son de gozo,
arcádicos sonidos,
de plata chirimías
abanicos
ventosos que se pulsan,
se palpan, se rubrican,
se huelen, se deslizan,
se acarician,
van al éter echando:
¡cuánta dicha!
dicha, dicha, duchísima:
entérpicas pavesas,
a las orillas
silenciosas se lanzan,
golosísimas.
Todas, las marchitan