Huellas indelebles

por Jesús Alejandro Godoy

¿Qué es un fantasma?

Visión quimérica, dice el diccionario.

Tal vez, un alma que jamás encontró su paz.

Tal vez, un alma que aún sufre, o quizá alguien que fue rechazado a las puertas del cielo.

Quizá, alguien que no abrazó la luz, y aunque El Buen Dios lo llame, se niega a dejar el tiempo, ese tiempo que ya se le ha terminado.

¿Qué es un fantasma?

Tal vez, una de las formas más singulares, de recordar a los que ya no están.

Pero esa noche, tal vez mi pregunta, fue respondida a un matrimonio amigo, que aún, se sigue preguntado que sucedió.
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Martín Campodónico y Elizabeth Van Tomme, son dos, de mis más grandes amigos. Ely, como yo la llamaba cariñosamente, era una de las mujeres más inteligentes y carismáticas que jamás conocí.

Martín, era un joven brillante, auténtico, atlético, y bien posicionado en la sociedad, debido a que sus padres, eran dueños de una fastuosa empresa industrial, con asentamiento en Hurlingham.

Ambos eran profesionales. Ely, era Licenciada en Administración de Empresas y Martín, Diseñador Gráfico.

Se había casado un tiempo después de egresar, cosa, que sucedió casi al mismo tiempo, ya que ambos tenían 25 años de edad.

Sus empleos eran estables, y su éxito, solamente se comparaba con el empuje y las ganas con las que cumplían sus metas.

Luego de una excitante luna de miel en Venecia, decidieron iniciar la búsqueda de una casa, y dejar el departamento que compartían en la Ciudad de Ituzaingó, más precisamente en Barrio Marina.

Estaba terminando el mes de Diciembre, hacía bastante calor y esperaban el año nuevo con expectativas. Ya que al igual que toda esta generación, ellos también vivirían el ingreso al nuevo siglo, cuando los últimos minutos del reloj, dieran paso al año 2000.

Luego de sus obligaciones laborales, Martín pasaba a buscar a Ely por su empleo en una de las empresas más grandes de logística de Argentina, y partían hacia distintas inmobiliarias, para encontrar la casa de sus sueños.

Ellos, querían buscar una vivienda en la zona Oeste del Gran Buenos Aires, para no estar alejados de sus familias, para lo cual, decidieron asistir a todos los remates de viviendas de la zona y comprar todas las publicaciones de las inmobiliarias, donde editaban a todo color, las casas más imponentes.

Después de casi un mes de ir, venir, y hablar con varias inmobiliarias, habían dado con una hermosa casa, estilo Suizo, ubicada entre las localidades de Ituzaingó y Castelar.

La casa era de alto, tenía un techo a dos aguas, y se conectaba con una casa pequeña, que servía como vivienda para el personal de maestranza, o para visitas inesperadas.

La experta vendedora de bienes raíces, había ofrecido la casa a la joven pareja en una suma bastante exorbitante, pero bien valía el gasto.

Recorrieron la casa tres veces.

Las habitaciones y todas las salas, estaban impecables. Es más les pareció, como si la casa los estuviera esperando.

La habitación principal, tenía vista hacia un gran parque, donde más allá, se podía ver la autopista.

La miraron y sonrieron, cuando entraron, enseguida los envolvió una inmensa alegría. Fue tanto así, que se miraron y se abrazaron infinitamente.

La parte trasera del jardín, estaba dominada por una enorme piscina con forma de medialuna, y cóncava en su parte media.

Las ramas de los árboles más altos, llegaban casi hasta todas las ventanas de los dormitorios.

—La casa es acogedora, además, queda cerca de todas las estaciones de tren y enfrente, tiene dos paradas de colectivos— dijo la mujer, que ofrecía la propiedad, y respondía al nombre de Mabel Cantilo.

—Discúlpeme señora Cantilo— empezó a decir Martín.

—Dígame Mabel, por favor— dijo la mujer con un gesto suave.

—Mabel... si nosotros pagamos al contado, ¿Qué porcentaje, me podría descontar sobre el precio final?— preguntó Martín.

Mabel miró hacia arriba un segundo, pues ya esperaba la pregunta:

—De un 5 a un 10%, si pagan en fecha, no más— dijo la mujer con seguridad.

Ely, miró a la mujer, de reojo, pensando en la tacañería de la oferta. Pero también sabía que la inmobiliaria, le iba a descontar una buena suma de la comisión que le correspondiera.

Pero estaban muy felices. Por un día, tratarían de olvidarse de la economía, y se concentrarían en disfrutar de su día especial, y sobretodo de su posible nueva casa.

Revisaron la casa, como si hubieran sido dos roedores en busca de queso.

La mujer, los seguía como un perro faldero, y de vez en cuando tomaba aliento, ya que Martín y Ely, estaban en buen estado físico, pero Mabel, ya estaba pisando los cincuenta años de edad, y con sus zapatos de taco aguja, no podía estar haciendo acrobacias por todos lados.

Finalmente, y casi después de seis horas de estar dando vueltas, la pareja se convenció: Esa sería la casa donde criarían a sus hijos, a sus nietos, tendrían sus mascotas, y envejecerían juntos.

—Muy bien, la compramos— dijo Martín, mientras que Ely, lo tomaba de un brazo y sonreía.

Mabel, los miró, dio un soplo de alivio y sonrió. No tanto porque sabía que su comisión sería jugosa, sino también, porque al fin, podía sentarse, después de haber perseguido a la pareja, como si hubiese sido su sombra.

—¿Mabel...? ¿Gusta un poco de gaseosa?— le preguntó Ely sacando una lata de Pepsi, de su mochila, que aún se mantenía bastante fresca pese al intenso calor, y estirando la mano hacia la mujer, que estaba sentada en el borde de un ventanal.

—Muchas gracias querida, la necesitaba— dijo la mujer.

Martín tomó la lata, la abrió con un chasqueante sonido, y la colocó en la mano de la mujer, que estaba sudando a mares.

—¿Quién vivía antes en esta casa?— interrogó Ely a la mujer.

Mabel miró un segundo a la pareja y sonrió ante la pregunta.

—Antes que ustedes llegaran y decidieran comprar esta hermosa casa, estaba habitada por una pareja de ancianos. Como la señora de la casa falleció, después de una larga enfermedad, el esposo, decidió poner la casa en venta, y mudarse con sus hijos a España— dijo Mabel.

—¿A España...? ¿A qué lugar se fue a vivir?— preguntó Martín.

—Creo que a una ciudad que se llama Tarragona, pegada al Mediterráneo— dijo Mabel.

—¡¡¡¡Qué lindo!!!— exclamó Ely.

—¿Y cuanto de esto que me cuenta?— preguntó Martín.

—Cerca de dos años y medio, o tres— dijo Mabel.

—Qué extraño... ¿Tanto tiempo tuvo la casa en venta?— preguntó Ely.

—Lo que sucede, es que el anciano, quería reparar la vivienda, antes de venderla, y quería hacerlo con sus propias manos. Porque según lo que sé, el hombre levantó con sus manos ésta casa para su amada esposa— dijo Mabel.

—¿Él levantó con sus manos esta casa?— preguntó Martín con sorpresa y mirando a Ely.

—Sí, así es— dijo Mabel, mientras que le retornaba la lata de Pepsi a Ely.

—Perdón... ¿Puedo?— dijo Mabel, mostrando a la pareja una cajetilla de cigarrillos Gold Leafe.

—Sí, como no— dijo Martín.

—Aún no es nuestra casa, así que puede fumar tranquila— dijo Ely.

—¿Ustedes no fuman?— preguntó la mujer.

—No, yo prefiero comer chocolates, y él (señalando a Martín), prefiere comer chupetines en vez de cigarrillos— dijo Ely divertida.

Se hizo un silencio agradable, pues la conversación con la mujer era distendida. A lo lejos, se escucharon los autos que pasaban, y unos pájaros que parecían darse las noticias del día.

—La señora... ¿Falleció en esta casa?— preguntó Ely.

—No... creo, que murió en una clínica de la ciudad de Ituzaingó, no muy lejos de aquí— dijo Mabel.

—No creerás en fantasmas... ¿No?— preguntó la mujer a Ely, que tenía un gesto un poco amargo.

—En honor a la verdad...—dijo Ely sin terminar la frase.

—¡¡¡¡Síiiii!!!!!— dijo Martín sonriendo y levantando los brazos como si hubiera convertido un gol en un mundial de fútbol.

Mabel sonrió divertida, ante el comportamiento casi siempre cómico de Martín, haciendo que escupiera el humo de su boca como si fuera un dragón de tacos altos.

Todos sonrieron a la vez.

A Mabel la atacó una inmensa tos que la dejó exhausta por un momento.

—Tendría que dejar ese hábito, sino usted pasaría a ser un fantasma— dijo Martín divertido.

Mabel asintió con la cabeza.

—Tienes toda la razón Martín— dijo la mujer.

—¿Pero la señora? ¿No se murió aquí, y luego la llevaron a la clínica?— preguntó Ely, preocupadísima.

—No, nada de eso— dijo Mabel

—Es más, como ustedes de ahora en más serán los propietarios de esta hermosa casa, les contaré lo que sucedió— dijo Mabel.

—Por favor, cuéntenos— dijo Martín expectante.

Mabel se reacomodó un poco en su improvisado asiento, sonrió levemente y empezó a hablar.

—Creo que era cerca del año 1950, cuando un hombre que se llamaba Uriel, contrajo matrimonio con una hermosa mujer de nombre Chiara. Ambos eran profesionales, él era Arquitecto, y ella Abogada, y por esos años, ser profesional, no solamente era pertenecer a otra "clase", sino también, equivalía a ser muy respetado en todo el entorno de las personas que podían acceder a una educación. Uriel compró este lote, y junto a su esposa, diseñaron la casa de sus sueños. Entre muchas idas y vueltas, la pareja decidió empezar con una pequeña casa prefabricada, mientras que construía a su alrededor, la casa que ven hoy ustedes— dijo la mujer extendiendo los brazos—Chiara ayudaba a su esposa en todo lo que podía, y luego de un tiempo, la primera sorpresa llegó a sus vidas: El médico de la familia, les dijo que Chiara, estaba embarazada de trillizos.

Martín y Ely se miraron preocupados por un instante, mientras que se pasaban de mano en mano la lata de Pepsi.

—Fue entonces, que Uriel, decidió apurar la construcción de la casa, para que, aunque sea, una sola habitación estuviera lista, cuando sus hijos nacieran. Los planes iban viento en popa, y de vez en cuando, los amigos de Uriel, se reunían para ayudar en la construcción de la casa. Pero otra vez, algo inesperado sucedió, el embarazo de la mujer se complicó, empezó a tener pérdidas, y llegaron a una conclusión terrible: tendrían que salvar la vida de la mujer o la vida de los niños. La mujer se negó rotundamente, y con el apoyo a medias de su marido, dijo que correría el riesgo de dar a luz en el tiempo estipulado. Su esposo Uriel, mientras tanto, seguía con la construcción de la casa, pero sus fuerzas ya no eran las mismas. Estaba más que preocupado por la salud de su mujer y de sus hijos. Finalmente, cuando el tiempo de dar a luz llegó, ambos partieron para un hospital cercano. La mujer dio a luz a tres niños saludables, pero a la vez que estaban felices, Uriel se dio cuenta que la salud de Chiara, después de tanto esfuerzo, no era la misma. Luego de un tiempo, la pareja se fue reacomodando a su nueva vida, y siguieron adelante con sus planes. Después de casi diez años de duro trabajo, entre la construcción de la casa y la crianza de sus tres hijos, la pareja por primera vez, podía descansar en su nido de amor. Los años pasaron, y su vida fue siempre como habían soñado: juntos, y más enamorados que nunca. Sus hijos se hicieron hombres en poco tiempo, y profesionales como ellos. No tardaron en llegar los nietos. Chiara y Uriel, se descubrieron siendo abuelos casi cuando empezaban los años 90. Como todo en la vida, existe un principio y un final. La salud de Chiara empezó a deteriorarse, debido a las secuelas que le había dejado su embarazo. Tiempo después, falleció en paz, no muy lejos de aquí. Su esposo, para honrar su memoria, no solamente terminó de reparar casi toda la casa, como lo hacían en vida, juntos, sino que grabó su nombre y el de su familia en uno de esos árboles, los cuales quedarán por siempre, hasta que algún día, el árbol sea derribado. Tiempo después, Uriel viajó a España, para estar con sus hijos y sus nietos, ya que todos, le insistieron hasta el hartazgo que vaya a vivir con ellos, y no, que se quede como un lobo solitario en la casa. Finalmente, el anciano, apesadumbrado, pero alegre de empezar una nueva etapa en su vida, se despidió de todo lo que había hecho, puso la casa en venta y se marchó— dijo finalmente Mabel.

Ely y Martín se miraron.

—¡¡¡¡Ayyyy!!! ¡¡¡Qué linda historia, pero un poco triste también— dijo Ely, abrazando a Martín.

—Sí, es una buena historia— dijo Martín mientras que se ponía de pie.
—Muy bien, ya que están conformes con la casa, y con el valor, los invito que vayamos a la inmobiliaria a firmar el contrato de la propiedad— dijo Mabel.

La pareja dio un último vistazo a la casa, y se despidieron, hasta que tomaran posesión de ella.

Finalmente cerraron la puerta y apagaron todas las luces.

El 29 de diciembre, casi dos días después, que la pareja firmó el contrato, estacionó un enorme camión de mudanzas frente a la casa.

Mudanzas Bonette Hermanos, decía la leyenda, en las puertas y en la caja del camión.

—Perdón... ¿los conozco de algún lado? — les preguntó Martín a los tres hombres que bajaban del camión, que se parecían a Los Tres Chiflados.

—Puede ser, siempre hacemos mudanzas por toda la zona oeste— dijo el hombre más parecido a Moe.

—Qué raro, me son tan familiares— pensó Martín, mientras que entraba al parque de la casa, seguido por Ely, y veía, como uno de los hombres, le daba un fuerte tirón de oreja a otro y zapateaba en el piso, como si estuviera matando hormigas.

Mabel les entregó las llaves de la casa, y tomados de la mano, Ely y Martín abrieron la puerta de la gran sala.

Los primeros en entrar, fueron sus dos enormes perros, raza labrador, a los que habían bautizado Quico y Caco.

Después de haber bajado durante más de tres horas, todo tipo de muebles, adornos y demás cosas, se dispusieron a ordenar.

Invitaron a los tres hombres y a Mabel con un refresco, y un tentempié, en forma de agradecimiento, luego de que los hubieran ayudado con la pesada tarea. Se sentaron a la mesa del gran quincho, mientras que hablaban de bueyes perdidos.

—Les deseo toda la suerte del mundo— dijo Mabel después de un largo rato, al momento que se despedía, mientras que los tres hombres de la mudanza, hacían lo mismo.

Quedaron los dos solos, mirando el gran parque de la casa, mientras que observaban como danzaban las ramas de los pinos, haciendo un pequeño silbido en el aire.

Estaban felices, realmente felices, tal vez, no tanto por su nueva casa, sino porque dos días antes, le habían informado a la pareja, que Ely estaba embarazada de un niño.

Caco ladró hacia un árbol y Quico lo siguió.

Martín y Ely miraron en la dirección de los ladridos, y vieron a los perros, al lado de un inmenso árbol, plantado casi en la mitad del parque.

Ambos al instante recordaron la historia de Mabel, y decidieron ir a buscar el árbol que el anciano había tallado con el nombre de su amada.

Caminaron de la mano, mientras que se besaban apasionadamente.

Llegaron al pie de un árbol, pero no vieron nada.

—Aquí está— dijo Ely colocando su mano en las hendiduras de unas gruesas letras, que estaba talladas en el tronco, y acariciando a los dos perros que estaban olfateando algo, alzando sus cabezas.

Atardecía, las sombras de las copas de los árboles, ocultaban intermitentemente la inscripción, pero aún se podían divisar las letras, parecía un escrito de un par de líneas.
Martín que era de estatura elevada, alzó un poco la vista, y comenzó a leer...

—"A mi amada esposa: Chiara Rosa Iturralde de Montefusco. A mis hijos: Santiago, Máximo y Daniel. A mis nietos Uriel, Alejandro, Rocío y Esteban. Donde siempre vivirá mi alma y mi corazón" (Uriel Alejandro Mostefusco/ 13 de Enero de 1997).

—Qué linda inscripción— dijo Ely.

—Sí, es verdad—- dijo Martín mientras que besaba a su esposa.

—Espera, hay algo más escrito aquí debajo— dijo Martín agudizando la vista.

—Y para mis... — dijo Martín.

Pero en ese momento, se quedó en silencio y con la mirada clavada en la inscripción...

—¿Qué pasa amor? — dijo Ely, mientras que se colocaba los anteojos, para mirar de cerca la inscripción.

Martín se compuso y Ely se tomó de su brazo fuertemente, casi cortándole la circulación sanguínea.

—"Y para mis sucesores: Martín Campodónico y Elizabeth Van Tomme de Campodónico" (Uriel Alejandro Montefusco/ 29 de Diciembre de 1999) — dijo Martín, mientras miraba a Ely, que se tapaba la boca con una mano, y abría sus ojos como si hubiera visto a un fantasma...

Cinco minutos antes, un anciano, exhalaba su último aliento, en una cama de un hospital de Tarragona, frente al Mediterráneo, y rodeado de toda la gente que amaba.

¿Qué es un fantasma...?

Tal vez, esa persona, que deja huellas indelebles en nuestra memoria, antes de entregarse a los brazos del Buen Dios...