Esta luz, poesía reunida 1947-2004, de Antonio Gamoneda

por Miguel Arnas Coronado

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Esta luz: poesía reunida (1947-2004)
De Antonio Gamoneda
Barcelona: Galaxia Gutenberg
Barcelona: Círculo de Lectores
688 páginas, 21x13 cm


¿Qué lleva a una persona a ejercer de francotirador, a continuar en la brecha aunque su acción apenas tenga trascendencia, a mantener el estado de guerra en su selva privada aunque se haya firmado el armisticio, a seguir escribiendo poesía después de ser tan ninguneado como para, tras recibir el premio Castilla y León de las Letras en 1985, ser nombrado sólo por García de la Concha en el Congreso de Literatura de la misma Comunidad al año siguiente? ¿Qué obliga a un ser humano a perseverar en su actividad poética a pesar de tener que esperar casi 30 años a ser reconocido tras publicar su primer libro, La tierra y los labios, en 1952?

Pero hay una pregunta que llega más allá que éstas: ¿qué hace a alguien inclasificable, qué fenómeno extraño condiciona que un artista no pueda ser encuadrado en ninguno de los estilos contemporáneos suyos, quién se permite romper y por qué el concepto de generación? Y esta sí tiene, a mi entender, respuesta: el autodidactismo, la no pertenencia a la Universidad. Las Universidades funcionan, al menos en este país donde cada individuo, por pequeño que sea, quiere y exige su parcela de poder, como eso que los ingleses llaman gangs. Pandillas, cuadrillas, grupúsculos cerrados donde es posible que ocurra, y lo digo también en inglés, que he?s one of the gang now, ya es uno de los nuestros. Si estás, eres considerado, si no, eres marginal, purria, despreciable, impublicable. Gang, como verbo, quiere decir conspirar; también las capillitas universitarias conspiran para que nadie, a no ser que sea de los nuestros con el título prescriptivo, pueda arrebatarnos conferencias pagadas, viajes con dietas, publicaciones institucionales.

Antonio Gamoneda vive en León desde 1934, ciudad a la que se trasladó su madre tras el fallecimiento de su marido, cargada con un niño de 3 años. Niño que vivió los fusilados y la miseria de posguerra, niño que se vio obligado a ponerse a trabajar como recadero en un banco desde 1945, banco que no abandonó hasta el 69 cuando fue encargado del departamento de cultura de la Diputación provincial, cargo que hubo de abandonar en el 77 por sentencia judicial al no estar en poder del título a la sazón imprescindible para tal cargo. Este reseñista recuerda el caso, aparecido en los periódicos como muestra de la limpieza de "enchufes", y recuerda también cierta satisfacción propia pues desconocía entonces la valía del cesado, aunque también recuerda cierta incomodidad por esa "titulitis" que entonces se puso en boga. Gamoneda publicó su segundo libro 17 años más tarde que ese primero de 1952. ¿El artista se cuece? La respuesta es sí.

Ahora tenemos el gran placer de disfrutar de su obra completa y de saber de su reconocimiento y de las traducciones a otras lenguas. Ya era hora, y ya era hora porque la gran calidad de su obra, su profunda humanidad lo sitúa entre los mejores, entre esos que quizá antaño lo menospreciaron pero se ven obligados a reconocer su calidad, quizá porque también entre los oficiales hay gente honesta que lo ha considerado, publicado, citado y premiado.

De Gamoneda se dice que su obra ha sufrido dos o tres cambios. Esto es cierto y falso a la vez. Todo Gamoneda está ya en sus primeros poemas, a pesar de que las experiencias vital y poética han marcado, como es lógico, sus poemarios. "Ya el hombre apenas llora. Se pregunta/ por el sabor a muerto de su lengua" o bien "Cantidades de tiempo/ sitúan cantidades/ de sonido" son versos escritos, los primeros en 1947 y los segundos en el 53, de La tierra y los labios y de Sublevación inmóvil respectivamente, y demuestran lo dicho.

Se me dirá que la potencia de poemarios posteriores como, desde luego, Descripción de la mentira o Libro del frío, no está en esas primerizas obras, por supuesto, pero ya aletean en ellas las obsesiones del poeta. Gamoneda participó, como tantos, en la lucha clandestina contra el dictador, y perdió en el camino, no sólo el tiempo, sino a varios amigos que se suicidaron o cayeron en la locura, incapaces de soportar la tensión. Rememorando aquello, creo que lo peor fue perder nuestra juventud, perder oportunidades de goce por una lucha política en la que la mayoría de nosotros no teníamos ningún interés y sí la suficiente responsabilidad para forzarnos a nosotros mismos a realizarla. Gamoneda sufrió esas pérdidas y ellas son sus obsesiones a partir de Descripción de la mentira. Este libro, quizá el mejor de los suyos, es el desgarro de comprobar que todas aquellas pérdidas fueron para poco. En una entrevista concedida a Marcos Taracido y Roger Colom en 2001 y aparecida en la revista poética Almacén, reconoce este fracaso sobre todo personal, pues todo superviviente sigue preguntándose por qué él sobrevivió.

Puede pensarse que ese libro, Descripción de la mentira, es un poemario social, en la pura línea de la generación del 50. Falso. Gamoneda colaboró con la revista Espadaña, integrada por poetas mayores que él, y también con Claraboya, promovida por otros más jóvenes. Al parecer, siempre le ha pasado lo mismo. Es por eso que hablo de su calidad de marginal, de inclasificable. Gamoneda no es un poeta social, muy a pesar de muchos que han querido ver en Blues castellano, libro inmediatamente anterior a Descripción de la mentira, algo de eso. ¿Por qué un blues castellano?: las letras, porque letras de canciones parecen, tienen ese desgarro de la música negra norteamericana. ¿Por qué no se decantó hacia el flamenco, más nuestro? Gamoneda nunca podrá tener el gestualismo del flamenco, su exageración. En Sublevación inmóvil dice "aún tendremos que agotar el lance:/ arrojar al silencio la agonía/ como quien tira el corazón al fuego". Quizá estos versos signifiquen lo que él entiende por poesía social.

Desde esa Descripción de la mentira, compuesta en verso libre, a menudo de veinte o más sílabas, la poesía gamonediana utiliza el símbolo, aunque ya antes lo hizo de forma más tímida. Pero no es un símbolo tradicional, simbolista, sino un símbolo que no hace referencia a la cosa sino que es la cosa misma. Gamoneda se define en la entrevista citada como materialista. "Yo comprendía/ todas las cosas como se comprende/ un fruto con la boca, una luz con los ojos" Y sin embargo, el poeta sabe que no somos sólo materia y se pregunta por qué, en qué consiste esa cosa que no es materia. "¿Estoy yo en mí y peso sobre la tierra? Es extraño./ En cualquier caso, tengo miedo: los insectos vienen a mi corazón". ¿Será la palabra adecuada sensualista? Quizá. El sensualismo implicaría algo más de optimismo. No es que sea pesimista pero su inevitable realismo le lleva a saber que la vida es muerte, miedo, dolor, angustia, y todo eso lo toma como belleza, lo reconvierte en motivo de sabiduría y luz. "La vida es/ una inmensa, profunda compañía", escribe evocando al Nietzsche de Oh, mensch!

"No tengo miedo ni esperanza", en eso consiste el realismo de Gamoneda: carece de miedo, sólo tiene angustia, no tiene esperanza, sólo futuro, y el futuro sólo dura lo que dura.

"Sólo es legible el libro de lo incierto", dice en esa maravillosa Descripción. Acaso él mismo se siente desbordado por su poesía. Como Celan (me gustaría pensar que él es nuestro Celan, si no en el retorcimiento del lenguaje porque el español no es en eso tan flexible, sí en el uso de determinados símbolos, en cierta visión del mundo), Gamoneda sabe que su poesía no es asequible al primer asalto y requiere tres, cuatro relecturas en las que el sentido brotará por sí solo.

Cecilia es un libro de poemas dedicado a su nieta, una joya rutilante como la sonrisa de un bebé. Gamoneda se convierte en algo más que un hombre, en un ángel rilkeano que ve lo invisible, en algo tan sencillo como una piel o una letra. "Acerqué mis labios a tus manos y tu piel tenía la suavidad de los sueños./ Algo semejante a la eternidad rozó un instante mis labios". ¡Qué inmensidad!

En la edición de Galaxia Gutenberg se agradece una cosa extraña en estos libros: no hay prólogo sino epílogo. El comentarista confía en que el lector lea primero la poesía que en el tomo se presenta y luego, muy luego, lea el epílogo que le facilitará la relectura, que le retirará algún velo pero de forma recatada, sin brusquedades. No será esas palabras que anteceden y que suelen estropear el goce como suele estropearlo que te cuenten la película antes de verla.

Me gustaría en esta reseña reflejar la fascinación que he sentido leyéndolo, pero temo carecer de la grandeza de palabras necesaria para ello. Citarlo es fácil y difícil a la vez. Fácil porque cada uno de sus poemas lleva su ADN, su huella, y difícil porque el todo Gamoneda no está aún acabado ni lo estará nunca, difícil porque la emoción es tan espinosa de transmitir si no es con el mismo lenguaje poético, como es imposible de comunicar un simple dolor de muelas si no es por comparación.

No me resisto a transcribir, a modo de despedida y recomendación de lectura imprescindible, un poema de Libro del frío:

"Sobre excremento de rebaños, subo y me acuesto bajo los robles musicales.

Cruzan palomas entre mi cuerpo y el crepúsculo, cesa el viento y las sombras son húmedas.

Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado."

El mismo fracaso de la fe en un Dios ausente que se da en Celan, idéntica utilización del adjetivo negro. Una velada alusión a Valery sin la altivez de éste. Quizá Celan no habló, en cambio, de la vejez, al contrario que Gamoneda, porque Celan, como esos amigos que son las pérdidas que arden, se suicidó antes.