Del libro (inédito) Crueldad de la memoria

por Edgar Allan García

En la memoria

Nada que emerja del pasado
es el pasado. La calavera
no es el hombre
ni el brazalete la suma de su amor,
ni la vasija dice nada del hambre o la sed
tras oscuras batallas por entrar vivo a la noche.
No hay estridencia en la oquedad
ni la momia es capaz de contarnos
su verdadera historia alrededor
del fuego en la noche sin nombre.
Palpar su tibia, restregar esa clavícula rota contra
nuestro pecho, entregarnos desnudos
a aquella cadera de mujer, pelvis lamida
por el musgo, mandíbula y dientes intactos,
no nos traerá el gemido esperado, a pesar
de la lluvia y los relámpagos que no cesan.
Piso la tierra que un día fue pisada en otra vida,
desmenuzo el polvo que pudo haber sido su única
muralla contra el frío, beso el pectoral que usó
en luna llena, los colgantes de antiguas semillas
para el solsticio, y una vez con su cráneo
entre mis manos, me entrego al llanto.
Las risas de Ninacuru
se han desvanecido en el aire
y nadie imagina cuánta sombra
cabe en la sombra cuando el sol declina.


Variación sobre el adversario

Bailo solitario en la astilla de luz
que tu cuerpo olvidó sobre la cama.
No hay artificio ni gracia en el oscuro rito,
sí unánime trance o ciego estertor
que nunca alcanza su propia resonancia.
A veces, resaca de evocaciones inicuas,
mi alma se vuelve un solo recuerdo: ése en el que moría
de pena bajo un cerrojo extranjero, aquel en que las
paredes cerraban sus fauces sobre mi aliento.
Ahora sé que no hay escombro sin redención
ni batalla decidida, ni piedad a la hora
de cosechar tempestades de otro mundo.
Es preciso clavar el aguijón a tientas,
sobrevivir para amar en el borde
de uno mismo, extraviado,
a merced de letanías interiores,
roto pero insumiso. Y sin embargo,
tenaza de luz tu corazón, tenaza
de sombra el espejismo,
muero de tanto morir,
adversario de mí, yo mismo.


Del tiempo perdido

El furor ha vuelto a los escombros
y tu recuerdo, esta vez,
atraca en aguas mansas.
Venidos del allá y del entonces,
los años impávidos se derrumban.
Me dices hijo, yo te digo padre.
Tu mano toma mi mano y escribo somos uno,
yo tomo la tuya y escribes lentamente
tu sangre en mi sangre.
Derribada la estatua y su sombra,
el origen llega al final.


A tientas

Pero entonces cae la niebla
y el que desafiaba al mundo
alucina aterido bajo la axila de los salmos
y el que temía a la vida
corre desnudo por calles en cenizas
y el triturador de almas descubre
la ternura en el templo de una extraña
y la santa se prostituye cráneo adentro
y los malditos son seducidos por aurigas celestes
y el hombre pájaro bebe sangre de esclavos
y los antiguos demonios se vuelven
dioses en el sendero del Tao
y ya nada ensambla porque
la niebla, digo su fuelle, su carcoma,
digo su angustia sin previo aviso,
es el anverso vivo
de la primera y última mascarada.