"He aquí el barco y mi vida renovada
Sus llamas son inmensas
No hay nada más en común entre yo
Y los que temen las quemaduras"
"Una hermosa Minerva de mi cabeza ha nacido
Una estrella de sangre para siempre me corona
La razón está en el fondo y el cielo en la cumbre
De la cabeza en la que desde hace tiempo tú te armabas Diosa"
Guillaume APOLLINAIRE

Si las Hadas arden con un suicidio "pequeñito", lógica consecuencia de su tamaño; el suicidio de un ser humano, por el contrario, ha de ser inmenso y dual: mitad dios, mitad natura; mitad carne, mitad alma; mitad día, mitad noche; mitad todo, mitad de nada.
Más aún en este "menos": el suicidio ni siquiera es absoluto en su destrucción; de ahí, la observancia continua de los zombis en nuestra generación perdida. "Muertos de alma" para un cuerpo estremecido, teledirigido, que malamente sostiene la pesadilla inconsciente de sus limitaciones espirituales. Lázaro que camina y no siente su alma.
Ni siquiera se logra un suicidio global, absoluto en el desaparecer, en el no dejar huellas de lo latido (siempre existe un rastro en la condena de la memoria y sus hechos a la Vista); de nuevo, fácilmente perceptible en la mirada nívea de la adolescente, estática y reventada bajos las ruedas, que se nos lanza al riel del Metro en la City universal y enajenante, en hora punta, como errante estrella parada, un día cualquiera de su vida (precisamente "hoy", porque todos sus días fueron "hoy", un día cualquiera en su congoja existencial, un día más sin sentido ni redención). Ella mata el cuerpo por exceso de alma. Ella tiene hambre, y sin embargo no supo comer. Ella es el hambre del alma; palpitó hasta Su Hora Final sin un alimento, emoción compartida que la sustente véase en un reflejo pasional, dos amantes, un eco común que la amparase en estas catacumbas de la incomunicación.
Añoró inútilmente, hasta el punto de la muerte y desesperación, el brazo que no existe, un rescate del lago de las lágrimas propias y ajenas: otro náufrago perdiéndose a sí mismo para encontrarse en el naufragio común, salvado entonces por un instante, por un mal cuento de amor. Efectivamente, un islote de alma que se hunde, sola?
Pero paradójicamente, esa mirada agonizante o ya muerta, se nos desvela como "existencia pura y eterna", nunca una defunción rotunda para el que la contempla: he aquí la resurrección de la mirada, la posterior vida del "objeto" en el sujeto. Último refugio, primigenio y espiritual, del acá físico demolido, pero aún latente en el gesto final del cuerpo frío, ante la mirada del Viandante que la encuentra, y la vislumbra, y se humaniza, atónito y comprometido ante el dolor ajeno: Ella sobrevive en sus ojos y en el sentimiento forastero que le dona. Nuestra civilización es voyeur, y se alimenta de precarias eternidades.
Ni siquiera el suicidio ha de ser físico ni espiritual. Obtengamos el ejemplo del Fingidor de sí mismo. Aquél que huye de sí en el verbo fácil verbigracia, por no indagar el encuentro repugnante de su imagen verídica: el ser-lo-yo, zona de exceso-noche-perdición, ese trozo tramo de su propia persona que rehuye en cuanto puede, y que se le multiplica en laberintos al menor giro de su cabeza bien/plantada; vivirá en carne y alma, lejos de impotencias expresivas, en la soledad del flotar entre la naturaleza y un dios, perdido sin la valentía de reconocerlo, incapaz de construir desde ese aislamiento esencial un mundo nuevo de carne y palabras heridas. Es la realidad cotidiana, racional y establecida, que tanto ama como deplora, ambiguo, figurante, su reino de acción y olvido. La personalidad arriesgada, a orillas del abismo de la identificación, en la razón temblorosa y falseante, visionario estadio inicial e iniciático, no le son útiles en los supermercados del alma Standard, en la convivencia del rebaño. Vive muerto en el miedo a salir del común denominador, amparado en los otros espejos de su horror vacui. Lejos del pánico de existir, se abriga en el reconocimiento general, y así compensa con una falsa estadía de máscaras, más o menos aceptables, la mediocridad que lo circunda, y que le registra como "grandioso hijo de su madre, insolente y simpático", qué gran escribidor, cuán bien se le asimila todo su corazón entregado, qué claridad de ideas-gestos-diamantes...
Oh sentir patafísico en la cruz de cada día: mermelada y bosta. Mientras los perros muerden mis entrañas podridas, pues de algo deben vivir, hay prisa y risa en el coro de mis ojos, exvotos que no devotos. Sus letras son la impostura de este siglo falsamente cultural.
Oh Ángel de suelo sacro, qué humano te resulta vomitar sobre ti mismo, esputando sobre los otros, y, como siempre, sin los debidos pertrechos para aminorar la náusea de tu conciencia.
Oh qué descompostura la de este pecho babeado en penosas ideas, reconociendo la podredumbre de toda existencia donde te reflejas, reflejo y proyecto de medinilla en nada, en la nada que también eres; no más digno que los suicidas en vida.
Oh Padre, no hay solución. Con la cabeza vendada, la minerva de la herida final, te conozco. Y sin embargo rezo como buena carne de templo vivo. Mamá. Nada. Mama. Ahora. Ora.
Postdata a mi amor/hermana:
Dios, como un tigre, sonríe o gruñe a la espera del Segundo Advenimiento, lo más probable en un bar de alterne; y me ha reclamado, en este fin de los días, paciencia, humanidad y amor, sin pausas; peticiones que afirmo jubiloso, masticando las últimas flores, en estas horas previas a la desEstructura de los espejos de Alicia. Te he agarrado del brazo firmemente, Elella, esposa mía, mi alada hijadeputa a la que atan los milagros de Nuestra Señora.
Ella, como yo, Nos como unidad rota en dos mil pedazos, advertimos esta verdad de los suicidas tiempo a, la esfera de la visión global del aleph y la meada de los gatos metafísicos en el portal patafísico de nuestra calle (casares que nunca calla); late en latas, advertimos la Figura que nos destina morir juntos; así dicen las tablas del fuego y sus inscripciones de esperma, hechicera mía.
Recorreremos pues, lo juramento mil veces son pocas , si la hora está cerca y a nosotros nos importa, los bulevares de nuestra nueva iglesia y los signos del Poema que nos sobrepasa, más bien pronto que tarde, ahora o siempre o nunca o ya FUE HECHO.
Si algún sentido guarda nombrar el tiempo cronológico en esta edad absoluta de nuestros versos perturbados, sacerdotisa geisha en tinta china, color de madre tierra, suicidio del Dos para el Uno en la Nadatododeloscielos, desde éste tu gesto universo; ?hoy? grito, he de gritar este silencio de nuestro amor, en la visibilidad de la derrota que tanto enorgullece a nosotros Los Invisibles, Los Innombrables.
¡A parir el Vientre de Lautreamont o Ramón de la Serna requeteserna, Guillaume y Minerva, y que sea lo que Dios o este nunca-dios quiera (sarna con gusto no pica) en nuestras entrepiernas apalabradas!