CARTAS
Peter y Lotte: trozos de un espejo roto

por Alejandro Drewes - Jens

I

Pedías una carta, apenas una; su tiempo delicado, preciso. Y aquí sigue girando, en este pequeño apartamento y sus cristales humosos, la voz de Juliette: même les cafés—crème n' ont plus le goût tu aimes —¿recuerdas?—.
En torno, en algún lugar, la tarde deviene noche, sus acogedoras sombras se acercan.
Ha pasado un largo tiempo desde el último abrazo, y sigues ahí, tan quieta en la foto sobre el escritorio. Te sienta tan bien su lustrosa y vieja madera. Casi tanto como aquel vestido blanco y su intimidad que se nos fue haciendo conocida.
Se van deshaciendo los últimos hilos de oro y luz, al ritmo fluyente de estos pensamientos. Pasiones ardidas, como un poema entre las manos.
Mein Schatz, para ti sigo siendo ese eterno viajero, siempre lejos, siempre iniciando camino. Si pudiera saber con la misma claridad qué soy, lo sería para ti, para tus ojos. Eso: ser tus ojos, amor.
Y todo pasa, y en verdad nada pasa, excepto nuestras sombras recortadas contra el cielo.
Te escribo y la vida que me atraviesa es mi propia escritura: lo único que preserva el instante del fuego, lo único que tal vez permanece, más allá de mí, más allá de nosotros.
Se ha oscurecido la ventana, mientras pienso en ti, en tu rostro delicado al recibir estas líneas de humo, cruzando esa insobornable distancia.
El aire mudo que apenas distingue las piezas blancas y negras del tablero.
Ese mismo aire, y afuera el silencio, como en una ciudad muerta antes de tiempo.

Peter a Lotte
Praga, mayo 10, 1970

II

Sopla un gélido viento esta mañana, tan raro para esta época. Una nota disonante más, como un acorde apenas fuera de tono en una sinfonía preludiando otros.
Cerca, las páginas desparramadas de un diario del domingo —posiblemente, el Bild—; y unas rosas que apenas empiezan su curva declinante.
Podría ser el atelier de un pintor en otro tiempo, y uno se pregunta por los que habitaron antes esta casa. ¿Cuántos fantasmas pueblan estos corredores, cuántas sombras de otras almas persisten aquí?
Un rumor de la calle, sonando precario, curiosamente lejos. Poco después, un llanto suave, que imprevistamente se acalla.
Recuerdo aquel café con Hanna, hace justo un año. Tempelhof. Nada especial, en el fondo, si no fuera especial y único cada momento de esa difícil armonía que en los buenos tiempos construimos con otros; con la dedicación que los antiguos maestros ponían en cada piedra del cuerpo de una catedral.
Y esa belleza pura estalló al fin; sin embargo, su antiguo esplendor permanece en algún lugar, intacto.
Recupero —¿sabes?— los paseos por la Malá Strana, la música de la lengua checa. Vivo en eso, me consumo morosamente en eso.
Revivo y florezco en este mundo: en Holan, en Seifert, en estos versos sublimes que compartimos una vez como rosas de insepulta memoria:

¡Oh ciudades encendidas que han concedido a estos mostos/ la fama de sus nombres!/ Veo reventar los racimos que penden, exánimes, de la cepa.

Ejercicio de desolación, lítost. Antiguas fotos en blanco y negro, su digna melancolía. Vida que una vez pudo ser, ya —ahora— este eterno recomenzar.
Ahora mismo: ya, cuando sabes que te espero, cómo te espero.

Lotte a Peter
Berlín, mayo 15, 1970



III


Me duplico en mi sombra —mi Sombra—, y vuelvo siempre sobre mis motivos. Andando en los círculos concéntricos de la vida, esta irrecuperable danza de minutos sucedidos.
Escribiendo a costa de mí mismo, para la salvación de mí mismo. Y me busco siempre en el espejo empañado, en los signos azarosos, de los otros.
Existimos, existo, en el recorrido de los pasos hasta nuestro café de siempre; en la huella de cerveza derramada tras el encuentro, en el sol de un mañana que es hoy, devenido ayer, sin prisa y sin pausa.
Ficciones del tiempo que arrastramos.
Del tiempo casi absurdamente preciso: esa conjunción en la esfera del reloj de la estación que marcará tu arribo, luego tu tibio recaer en mis brazos.
Y este espacio de intimidad contigo que repetirá para siempre y ha de grabar nuestros gestos en el espejo de la memoria de los días —esos que son tuyos y míos y que apenas conoce la luna de junio y enamora la luz indecisa, su delicado ahora—.
La lente de una nueva mañana que incendia irreparable sus naves azules.
Y por su herida roja —in the whee small hours —vendrás. Blanca y pura imagen de carne de sueños, sé que vendrás. Tú, Lotte, soror.

Peter a Lotte
París, mayo 22, 1970



IV

Pero siempre los puentes se tienden sobre abismos.

Domingo por la tarde, en que tiemblo y me pierdo en la contemplación de las gotas de lluvia; primero perlas suspendidas del cuadrado oscuro de la ventana, y de a poco surgen finos hilos de plata, al fin corrientes puras de tiempo.
En tu lejano norte, última Thule de los sueños compartidos, quizá el cielo también solloza suavemente, y nos une.
Mientras tanto, qué lento siento el paso de las horas, qué triste.
Ayer en la mañana, una carta de Olena desde Brno ha quebrado el opresivo silencio, con noticias de Hanna, que sin duda querrás conocer.
Suprema belleza de lo inesperado que el mundo nos trae a veces, como para rescatarnos de las profundidades de nuestro Yo desolado que da gritos ahogados.
Sigo cuidando mis rosas, como si me las hubieras regalado tú. Eso, casi lo único que hago estos días, aparte de traducir a Nezval para Zsolnay y hundirme en la escritura. Alguna tarde me ha visto caer dormida, como vencida sobre los papeles del escritorio; su compañía de tantos años, tan extraña en el fondo como los lazos que establecemos con el mundo inorgánico.
Afuera el viento arrecia y la lluvia sigue batiendo las calles, haciendo inútiles los paraguas de la gente que agitada transita.
Te dejo otra vez y vuelvo a ese otro mundo de mi poeta.

Lotte a Peter
Viena, 1970 (sin fecha)



V


Retorno a Praga. Como tú retornas a mí; como si una magnética fuerza me llevara a gravitar siempre en el dédalo de estas calles. De su micromundo luminoso y sombrío a la vez. Esta ciudad fetiche, que albergara los pasos de Kafka y los pasos de Halas hasta su cárcel.
Veo recortarse en un fulgurante sueño despierto Nuestra Señora de Týn, sus torres fantasmales y su cruz como estilizados arietes contra el cielo. Vigía de la hora cegada y turbulenta, de un turbio y espeso aire de un 20 de agosto; sus ojos que contemplan a un Kundera súbitamente convertido en limpiador de ventanas, la sombra de Gottwald, las depuraciones.
Toda la desolación de saber que la red de araña de la Historia, sus hilos cada vez más tensos, me han traído fatalmente hasta aquí.
Y qué más decirte ahora, amor, en esta negra mañana sin consuelo, sin siquiera saber si recibirás a tiempo esta carta.
En esta misma mañana cercada por tantos pasos extraños.


Peter a Lotte
Praga, junio 6, 1970 (carta censurada)