Brillan las cosas. Los tejados crecen
sobre las copas de los árboles.
A punto de romperse, tensas,
las elásticas calles.
Ahí estás tú: debajo de ese cruce
de metálicos cables,
en el que cuaja el sol como en un nimbo
complementario de tu imagen.
Rápidas golondrinas amenazan
fachadas impasibles. Los cristales
transmiten luminosos y secretos mensajes.
Todo son breves gestos, invisibles
para los ojos habituales.
Y de pronto no estás. Adiós, amor, adiós.
Ya te marchaste.
Nada queda de ti. La ciudad gira:
molino en el que todo se deshace.
Ángel González
Mi querido petirrojo:
Antesdeayer nos despedimos, y desde entonces mi mente te anda escribiendo. Me iba alejando de ti Atocha arriba, pisando una baldosa sí y dos no, con todo el cuerpo en tensión y apretando los dientes para no salir corriendo en sentido contrario y ya te estaba diciendo, contando: «Mi querido petirrojo:...». Desde entonces lo hago en mis ratos de conciencia, aunque no son muchos, la verdad. Me pregunto si es cobardía, huida, evasión, o simplemente mi única forma de tender un hilo entre tú y yo, un hilo muy fino que, sin que te dieras cuenta, pajarito, te até a la pata durante nuestro abrazo solar. Un hilo que no te moleste ni percibas para andar tu camino ni para volar en cualquier dirección.
Es absurdo esto de estar enamorada (me lo tuvo que decir ayer Manuel: «Vamos, que os habéis enamorado»), porque el mismo coágulo de sentimientos que me impedía despegarme de ti me impulsaba a dejarte marchar, a alejarte de mis brazos. Ante la inevitabilidad de nuestro abrazo había, provocada por lo mismo, una fuerza mayor: me importas tanto, pajarito, tantísimo, que no podría soportar tu infelicidad. En estos sentimientos gordos como aumentados por una lupa gigante que me ahogan hay algo fundamental: quiero que estés bien, quiero que elijas (aunque decidas seguir al viento que pasa hacia el Sur o a la luna llena y perpleja) tu destino. Yo ahora mismo no importo: tú lo invades todo. «¡Cuídate mucho!», desaprovechábamos nuestros últimos segundos diciéndonos el uno al otro, preocupándonos en lugar de sentir o vivir o soñar. Y en esa frase, petirrojo, está para mí la novedad y la belleza de nuestra cita, del encuentro entre dos pajaritos que se impulsan a volar mutuamente, jugando y a la vez muriendo entre las estrellas.
¿Has visto? Doy por hecho que los dos sentimos lo mismo. Eso es otra novedad. Lo normal, lo que no he podido evitar en mis cruzadas, es pensar que no soy digna del amor del otro, que seguro que me están engañando para hacerme feliz, como a los viejos o a los locos. Esta vez digo con la cabeza muy alta: Me quiere. Es algo que nos nace de dentro y no se puede explicar: si nos lo hemos inventado o nos estamos engañando, lo hemos hecho los dos juntos, y eso lo hace verdad.
Ayer estuve en casa de Manuel. Queríamos y no queríamos hablar del tema. Le intenté explicar, de forma inconexa, lo que me pasaba. Él me pedía datos, hechos, decisiones, pero yo no podía dárselos. No había de esas cosas en lo que nos había ocurrido. Así que yo le volvía a hablar de emociones, miradas, abrazos y de una pena muy grande. Él decía enamoramiento, capricho, afán de protagonismo, celos. Yo decía sí, sí, lo que tú quieras pero lo que pasa es lo que pasa y razonarlo es un simple ejercicio gimnástico. Él me preguntaba ¿pero qué vais a hacer? Y yo contestaba nada, no sé, nos hemos despedido para siempre. Él hablaba de masoquismo, de búsqueda de lo inalcanzable, del placer del sufrimiento que, al fin y al cabo, nos hace sentirnos vivos. Sí, sí, todo eso, pero entonces acepto, de una vez por todas, mi destino. Apuesto por ello aunque sólo sea porque no puedo hacer otra cosa. Viviré de sueños, escribiendo, desgranando las horas, antes que aceptar que no tenemos alas.
Y además, cómo decirle que hay algo que se pierde en su visión diseccionadora, algo que está entre tú y yo, petirrojo, en este hilo tan fino que nos une por mucho que volemos, y es esa sensación de inevitabilidad, de que esto podría haber ocurrido un año antes o diez después, pero que ocurriría, en una fiesta o en un viaje o en la Luna, porque más que nosotros nadie lo ha tratado de evitar (ni siquiera él). Y no es un ajuste de cuentas entre dos personas que se gustan, es algo mucho más fraternal y más loco y más tierno y más sencillo. No nos queremos hacer daño y por eso no nos lo haremos. Es la unión de nuestros sueños, que de pronto se convierte en algo sólido, casi palpable como un dolor en las costillas. Creo que nunca me podría enfadar contigo, hicieras lo que hicieras, por una cuestión de confianza. Creo que me podría tirar toda la vida viéndote avanzar por ella y crecer. Tú y yo no podemos parar de crecer ni de ser niños, nos guste o no. Eso es lo que nos une y lo que nos impide maltratarnos.
Iba pisando, te decía, dos baldosas no y una sí (¿o era una sí y dos no?) hasta el metro de Antón Martín. A la mitad, un mendigo me pidió un cigarro y se lo di. Un niño sujetó la puerta del metro para que yo pasara (me veía tan triste...) y yo le sonreí. Llegué a casa arrastrándome (a veces esto de viajar en nube tiene sus dificultades) y acaricié a mi gata como nunca lo había hecho. Si a él no puedo tenerlo, sentía, igual puedo ser algo mejor con los demás...
Y también sentía una suerte de heroicidad, de resistencia, de afán de quererte. No puedo separarte de mí. Pero además es que no quiero. Si ahora mismo no puedo luchar por estar contigo, tengo que luchar por algo, y ese algo es por conservar y cuidar y regar los minutos interminables que hemos pasado juntos; porque sólo por ellos merece la pena estar vivo, haber nacido o morir. Y estaba aquí y lloraba y a la vez era feliz y creí morir de tanta vida que me recorría en un espeluzno.
Pero luego estaba lo físico: me dolía el estómago y me ardía la cabeza, y el aire de las costillas no se acababa nunca, intentando salir en suspiros esporádicos que se estrangulaban en la garganta. Mi cuerpo entero temblaba y, de vez en cuando, el corazón empezaba a moverse como una pelota de pingpong. La boca se me quedaba seca y los ojos mojados, pero todos muy abiertos. Tenía náuseas. Y una sensación en el vientre como de desvanecimiento, de salto al vacío sin paracaídas.
Tengo tantas cosas que contarte, petirrojo. Sólo han pasado dos días y podría llenar mil páginas. Porque también está lo otro, lo de los ritos:
No lavarse las manos y, de vez en cuando, llevárselas a la cara para aspirar el olor de la persona amada.
Levantarse e ir hacia el espejo: mirarse en él y reconocer al otro en la cara de uno. Muy útil para sufrir riendo de forma histérica.
No borrar por nada del mundo el último mensaje del contestador. Descolgar el teléfono cada cinco minutos y escuchar cada matiz de la voz querida, sobre todo ese deje de reproche muy tierno, me cago en tus muertos.
No cambiarse el pijama ni las sábanas y enredarse en ellos en sueños como al cuerpo irresistible de nuestro ser soñado.
Sacar dulcemente el envoltorio plateado del bolso, llevarlo en procesión penosa hasta la nevera, depositarlo con lentitud en ese altarcito iluminado, ir a verlo de vez en cuando, sonreír a los reflejos dolorosos que repiten la escena de la entrega del objeto mágico (llámese «queso»).
Ponerse repetidamente la misma ropa durante la siguiente semana, que se adherirá al cuerpo como los brazos de él en el Jardín Botánico.
Dejar el libro de poesías sobre la mesilla y decidir, en un esfuerzo sublime de voluntad, que cada noche se leerá un poema y sólo uno, para alargar al máximo la compañía. Después de eso, siempre se puede volver a empezar.
Todas las mañanas, a las once y cuarto, dirigirse al salón, observar la posición del sol, seguir con la mirada sus rayos hasta las dos sillas vacías, una enfrente de otra, preparadas como para un interrogatorio. Sentarse en una de ellas (la más cercana al sofá), mirar al frente, a la otra silla vacía. Murmurar «te quiero».
Escuchar una y otra vez el compact de música barroca que estaba puesto cuando él llamó por teléfono y el tiempo se paró de golpe. Albinoni conseguirá revivir el milagro.
Y luego está lo de la distinta percepción del mundo exterior. El ordenador se me bloquea. La impresora imprime cuando y como le da la gana. La leche se me sale. El tiempo fluctúa en dosis incontrolables. La gata está histérica, se recorre la casa en carreras desenfrenadas, se me cuelga del brazo con las uñas, me mira subida al diccionario de sinónimos; yo la miro también, nos entendemos mi gata y yo en estos días, y ella dice: «Miaou». Ya, ya lo sé, qué le vamos a hacer, chica...
Y bueno, así están las cosas a las tres de la mañana. Estoy borracha perdida e invadida por ti en cada célula. Me siento muy viva, y quiero salir y estar con gente; pero también quiero volver, y escribirte, y trabajar mucho para ser mejor en todo lo que pueda. A la vez, petirrojo, estoy tan rematadamente triste que a veces me cuesta levantarme o mover un dedo. ¿Quién puede entenderlo?
Me muero por ti, pero creo que dos horas diciéndotelo es suficiente por hoy. Voy a intentar dormir un rato y prepararme para un lunes muy poco acogedor sin petirrojos en el aire.
