Psicodrama: La añoranza

por Juan Luis Pinedo

Nada asegura que el psicodrama aporte sanación. Más aun, quienes veneran la magia ancestral, abominan de esta técnica absolutamente moderna. Sin embargo, no habría garantía ninguna.

Siempre llevaba sal en los bolsillos. La arrojaba hacia atrás y la miraba caer. Había quienes decían que por eso usaba siempre esa boina, bajo la cual escapaban, desgreñadas canas blancas y pelo negro enredado. "Es sólo costumbre, por mi ancestro griego" decía él, para justificar la toca. En realidad era frecuente que en sus conversaciones argumentara con arcaizasgos.

En cierta ocasión Pedreros me confidenció que tenía pánico del futuro, de lo nuevo, del paso del tiempo. "Por eso arroja sal" dijo. "Es pánico". Siempre añoraba antiguas revoluciones, experiencias consolidadas, lo establecido, pero sólo aquello que en su momento había sido doloroso, heroico, épico. Vive predicando el pasado para el futuro, es un iconodulo recalcitrante. Ama lo que sea imagen, siempre que en su propio alcance haya tenido vida. No es consecuencia lo que busca es a la esposa de Lot. "¿Has visto que no tiene nombre, sino sólo un lema?". Era cierto. Nadie sabía su nombre, aunque a veces hablaba de antiguos vecinos, de un poeta que fue su pariente o de otra gente. En ocasiones mencionaba lugares, pero solían ser vagos y distantes, siempre ancestrales.

Cuando postulaba a ser nuestro maestro, nos mostraba colecciones de recortes. Todos arcaicos. Hablaban de antiguas hazañas de héroes idos, o envejecidos, que ya nadie veneraba. Pedreros le preguntó, cierta vez, quien había sido ese Rebolledo que vestía casi como él mismo, de boina, barbas lacias, y miraba con cierta torpeza hacia un cielo que no existía en la ilustración. Ese día habló durante siete horas del pasado, de la gloria de Rebolledo, que había combatido a la oligarquía republicana en algún período histórico ido, en el que no había triunfado de modo alguno, sino sólo había llegado a ser generosa comparsa de los grandes revolucionarios de su entonces. De tiempo en tiempo encontraba ocasión de predicar aquellos tiempos idos, esos tiempos de niñez crecida, esos tiempos, tiempos, antiguos tiempos, pasados, que no vuelven más. Rebolledo había luchado en un tiempo también ido, en una república lejana y desconocida. Tal vez era sólo imaginara, extraída de alguna obra griega arcaica: El nombre de Rebolledo así lo hacía sospechar. Más aun el lema.

Insistía en llevarnos a su casa. No era una casa propiamente. Sólo su dormitorio en una casa antiquísima, donde lo tenían gratis pues la madre había sido intérprete de griego del patrón. Quedaba la casona, en el barrio estación, entre otras muchas casonas conquistadas al olvido de antiguas aristocracias que las habitaron en los tiempos verdaderos. "Aquí vivió Rebolledo durante seis días, cuando era niño" dijo Pedreros, que habría relatado. "Ese fue su tambor" habría dicho, y mostraba un tamborcito de lata atado con una cuerda trenzada, roja, que lo sostenía colgado en un rincón de aquella "su casa". La casa consistía, según recuerdo y sé, en una habitación, que más llamaría despensa grande, sin ventanas, desde luego ("Me herirían la vista" habría confesado a Pedreros). En la casa había solo un camastro, con un delgado jergón de aspecto muy manchado por el tiempo pertinaz, y el sudor corporal. A veces, mientras él revolvía sus recortes, recuerda Pedreros, se entretenía buscando figuras en las manchas del jergón. Enumeró más de ciento veinte imágenes, entre las que se puede contar una mujer con los pechos desnudos y cuatro faldas de lana, que ostentaba un moño muy apretado en la nuca. Una batalla entre una morsa y un oso blanco. El acto sexual entre Ishtar y Mollok que dio origen a todas las culturas, también una antigua reunión de doce poetas helénicos nunca superados, la muerte de Rolando tercero rey de Umbría, y muchas otras de difícil enumeración. El techo era bajo y en declive. De su parte más alta colgaba de un cable duro de color azul piedra, un zoquete café muy oscuro que despedía olores a pez y orines al encender la lámpara. Sostenía, no sin dejar buena parte de la rosca al aire, una bombilla de cuarenta Watts, en la que nunca era posible leer la marca, aun cuando se sabía que había sido "Mollhoffer" por su forma especial y propia. De todas las paredes colgaban, a muy baja altura, como para ser observados por un enano, una innumerable cantidad de diplomas de universidades inexistentes o verdaderas, que certificaban su experiencia en ciencias antiguas, y añorables. Todos tenían el color amarillo del tiempo, salvo uno que se mantenía blanco, bajo un vidrio sucio, que certificaba su militancia en el Partido de la Revuelta. Sólo a Pedreros le habría confidenciado que era falso, y que lo renovaba cada mes de mayo, cuando un hombre cojo los vendía y llenaba a pedido, en la Plaza de los Constituyentes, bajo la estatua del prócer de la patria. Tras la puerta, clavado con chinches, un manifiesto que habría permanecido doblado por mucho tiempo, tanto que en el doblez horizontal ya presentaba una extensa rajadura deshilachada, tenía el manifiesto de sus propios principios, los que sabía además de memoria y según recuerda Pedreros, les hacía recitar frecuentemente. Había ahí preceptos como "Nunca el más nuevo tendrá privilegios que no se haya otorgado al más antiguo", o también: "El presente fue construido sobre el pasado, por lo tanto éste siempre será más valioso que aquél". "El futuro nunca existirá" decía otro. Algunas admoniciones peregrinas también se sustentaban en aquel manifiesto: "Nunca cambies lo antiguo por lo mozo, aquél es cierto y éste, dudoso", y así muchos otros. En la otra pared, junto al camastro, y a la altura de la vista del que se acostare en aquel lecho inmundo, había infinidad de fotos del circo. Pedreros creyó verlo en varias de ellas, y circulaban rumores que amaba el circo pues representaba la niñez, que era el pasado recóndito de todo ser. Durante mucho tiempo él se negó a dejar la niñez, hasta que el circo lo expulsó por haberse enamorado de la malabarista, con quien mantenía prácticas impúdicas ancestrales, copiadas de los antiguos caldeos, y mantenidas por los gitanos. Entonces, contra su propia voluntad creció y vivía añorando el pasado. Pedreros asegura que a veces, estando solo, las revive en largos monólogos que parecen oraciones. Sobre la cabecera del camastro, escrito con letra trémula, sobre la tapa de cartón de una vieja caja, se lee "Toda imagen es sacra porque refleja el pasado. Todo espejo es odioso pues refleja el presente".

Todos estos preceptos nos los enseñó, y abominaba de quienes no los aprendían. Cualquiera que no pensare como él mismo, era desdeñable, y lo llenaba de furia y amargo.

En su casa, como llamaba a su cuchitril, tenía un viejo reloj, que lo ataba al tiempo según este adquiría valor, cayendo al pasado. Después de años cansando la cinta metálica que lo mantenía, penosamente, persiguiendo las horas, al darle cuerda, un veintitrés de mayo, ésta se cortó. Cuenta Pedreros que entonces se negó a ir más allá del tiempo señalado por aquel reloj, y no volvió a levantarse hasta que murió repitiendo su lema fundamental que hablaba de equilibrio sobre el eje del tiempo.