La poesía de José Ángel Cilleruelo

por Dionisia García

Domicilios es el título de la última antología de José Ángel Cilleruelo, poeta de consolidada trayectoria, en torno a una voz inconfundible de variados registros, donde la realidad va surgiendo desde las diferentes formas y tiempos. Realidad enriquecida y desdoblada, si la anécdota o el momento poemático son propicios. Junto a la realidad, hemos de tener en cuenta la carga imaginativa que esta obra contiene, sin olvidar la expresión contenida y la sugerencia; características que no vamos a tratar en esta introducción, porque se trata de dar a conocer, sobre todo, los versos del poeta de Barcelona.

En su vertiente más significativa, hemos de considerar al autor como el poeta de la ciudad o las ciudades ("Un hombre es la ciudad en la que vive". "...un hombre es la ciudad/ en la que viven otros hombres"). Una cita de Sophia de Mello, al comienzo de uno de los apartados, dice: "Todas as cidades são navios". Nuestro poeta en Canción del río Hudson escribe en los versos iniciales: "El río es la ciudad./ Digiere la inmundicia/ lenta de los desagües... ". Es cierto que la ciudad también aparece, en ocasiones, desde una perspectiva más serena ("Una ciudad cualquiera en un domingo/ hacia las cuatro de la tarde...), solo serena, no exenta de sombras, porque es la tarde del domingo, la tarde del día de fiesta, que nos lleva a recordar la melancolía del poeta de Recanati. No ocurre así en el poema de Cilleruelo, que se lamenta porque pocos transeúntes gozan del momento y dice: "No conozco otro paisaje más sublime".

A pesar de la connotación precedente, parecen merecer la atención del poeta los aspectos más ensombrecidos de la ciudad, quizá por más reales y propicios para ahondar en la búsqueda... Como si quisiera sorprender a esa ciudad que "resuella entre las luces del suburbio". El poeta Cilleruelo nos acoge en su poesía, para que conozcamos entornos, pasajes y paisajes que conoce bien no a través del "túnel", sino escudriñando en la viva realidad.

La temporalidad, tan presente en toda poesía (estamos inmersos en ella), justifica que los versos de nuestro poeta sean con frecuencia robados al olvido, a los recuerdos, a la memoria, no sin cierta nostalgia, por el tiempo ido, pero con el gozo de dar vida a cuanto fue. Llama la atención en esta poesía, la mirada al mundo y a las cosas, desde esa realidad que está ahí y convive con nosotros, ya se diga de ciudades, de relaciones afectivas, de erotismo, o del mero entendimiento con la vida. Digamos que un poeta joven, como es José Ángel Cilleruelo, ha llevado a cabo un largo recorrido, y lo ha transitado con dignidad y sabiduría, con las armas del verdadero poeta, para bien de los lectores, atentos al privilegio de su escritura.

El poeta y estudioso portugués Joaquín Manuel Magalhães nos dice, en su introducción a Domicilios, que "Cilleruelo se aproxima a una función psicológica y estética que une las palabras con las cosas, en un intercambio de eventos y despojos que el hombre y el mundo se cruzan entre sí y al que la poesía puede estar atenta". Esta nueva antología es una selección atinada de la poesía de José Ángel Cilleruelo, autor que desde los comienzos encontró su propio espacio, y logró dar una medida en la utilización del lenguaje, ya se trate de "La serrería de Berg", magnífico poema, o de "Madrigales de la lactancia", difícilmente olvidables.

Mencionemos, al menos, la faceta de narrador y traductor de Cilleruelo, caminos que han logrado ofrecernos la imagen del verdadero escritor entregado a su tarea. Nos dice W.H. Auden que un escritor genuino olvida una obra apenas terminada, y pasa a pensar sobre la siguiente; si piensa en su obra será más para recordar sus defectos que sus virtudes. Considero que es el caso de José Ángel Cilleruelo, para bien de quienes nos acercamos a sus páginas.


POEMAS


Alfama

Un hombre es la ciudad en la que vive.
La lluvia fina que traga sus pasos
cuando un sábado vuelve a casa
De madrugada, y estuvo tan cerca y
no fue feliz. Un hombre es la ciudad
en la que viven otros hombres
que conversan con sus palabras,
visten esos cuatro colores
y hasta pudieran ser él mismo.

(Alfama, 1987)


Poética

Y lo hacen en el coche frente al mar
Discreto de los sábados, y luego

Despeinadas y feas, algo hinchados
Los labios, con arrugas en la falda,

Aparecen por el café. No exigen
Al fumar ni palabras ni caricias.

Las imágenes de televisión
Invaden por completo su mirada.

En su dulce abandono del deseo
Prenden los símbolos más solitarios.

(Maleza, 1995)


La serrería de Berg

Reseco por los años, como piel
de un ofidio gigante, el viejo hangar
junto al castillo comparte el silencio
de las ruinas. Entonces, los maderos
se apilaban en grandes torres blancas,
y el silbido hiriente de las sierras
rebotaba en las laderas del valle.
Una nube de limaduras
y serrín se elevaba cada día
y brillaba al anochecer
sobre los muros, las ventanas
y las terrazas del castillo.
Al zumbido se unían las canciones
de los obreros, que tras el almuerzo
se tumbaban a la sombra apretada
de aquellas piedras medievales. Hoy
la maleza reúne aserradero
y fortaleza. La chiquillería
ha reventado tapias y saltado
almenas. Sólo algún lector de Rilke
continúa mirando con rencor
el silencioso hangar. Un gesto inútil:
También ha muerto el tiempo de la muerte.

(Maleza, 1995)


Canción del río Hudson


El río es la ciudad.
                  Digiere la inmundicia
lenta de los desagües y devora los humos
que se restriegan por su lomo en las madrugadas
de mercurio.
            Barcazas con bidones
apilados y oscuros desbaratan
el trazo de las luces sobre el cauce.
Barcazas con enormes cubos
de desperdicios surcan las imágenes
de los enormes cubos del desorden.
Barcazas con las luces encendidas
y turistas borrachos, paquebotes
que dejan un sabor a gasoil en el aire,
lanchas y urcas con focos que disparan
su brillo a la madera calcinada
del agua.
      Todo lo digiere, prieto
como la noche; todo lo dibuja
en su pizarra.
            Y si algo estorba
o deshace el idilio que desde la avenida
miran ensimismados los amantes,
se besan, y ya nadie mira el río.

El río es la ciudad.

(Salobre, 1999)


Balada de Coney Island

Cuando cae la tarde
y los bañistas abandonan
el lugar tras un sábado de playa,
vestidos sólo a medias y la toalla al hombro,
las gaviotas, en grandes grupos,
se reparten la arena, imitando quizá
a quienes ya se aprietan
sobre los andenes, camino
de la ciudad.
            Desde un bidón así,
como éste al que ahora me encaramo,
contemplé las gaviotas
el día en que cumplí los diecisiete.
No lo recuerdo por casualidad.
Era domingo y todos habían ido al baile
menos yo, que acunaba mi primer desengaño.
Las vi llegar
y mezclarse con los bañistas últimos.
Pensé que desde ese momento ellas
iban a convertirse
en un símbolo propio del amor.
Admiré su plumaje blanco y puro,
la soberbia quietud y elegancia del vuelo,
y encontré reflejadas sobre el gris de sus alas
las cenizas de un día calcinado.
También tuve, sentado en el bidón,
una esperanza súbita: los grises
eran más suaves que las puntas negras
de donde procedían. Luego escribí:
«Vuelo de las gaviotas:
negro, gris, blanco: puente hacia lo puro».
En eso pienso ahora mientras veo
cómo rebuscan con el pico
entre la arena y cubos de basura
restos que tragan con innoble prisa:
lonchas de mortadela en bocadillos
mal mordidos, filetes rebozados,
muslos asados en los puestos de la calle
que los niños esconden tras morder la crujiente
grasilla de la piel.
            Qué pajarracos
carnívoros, rastreros y farsantes
fueron un día el símbolo más puro del amor.
Amor...
      (alguien asoma tras las dunas,
medio desnudo, las insulta y lanza
latas a su intrusismo tan malsano
y obsceno) las gaviotas lo recuerdan
siempre
cuando cae la tarde.

(Salobre, 1999)


Madrigales de la lactancia

1.
La luz del mediodía
tras las cortinas, en el cuarto, tenue,
es en tus ojos leves
sombra, y la sombra de los cuerpos, vida.
Aunque tú no sepas que la vida es vida,
en tu mirada breve,
que al mirar estremece,
cobra sentido el día.

2.
¿Cuántas horas y cuántos años, siglos
milenios, qué universo
y qué mundo o galaxia,
cuántas lluvias, sequías, sol o cierzo,
cuántas bonanzas, temporales, noches,
qué ríos, qué desiertos,
cuántas luces y días
han hecho falta para traer tu gesto?

3.
He visto esta quietud
en blancos angelotes de alabastro,
extraña e inquietante,
y en los escudos blancos
de antiguas monarquías.
Esta quietud de barco
que navega a lo lejos.
Este sueño de jade, este letargo.

4.
Costumbre de las horas sin costumbre,
lívidas horas, horas
blancas, súbitas horas
cuando la noche pierde voz y lumbre.
Cuando la noche espesa su acedumbre,
y de súbito lloras
y nunca cuando lloras
logra hacerse costumbre la costumbre.

5.
Ya sea el resplandor
secreto del papel fosforescente,
o el caer de una tarde de invierno,
lánguida prematura, entre la gente;
ya sea la blancura
de un muro reluciente,
tus ojos analíticos, curiosos,
sólo la luz comprenden.

6.
No lo sabes aún y ya lo sabes:
castillos, rosas, aves,
los saltos de una rana por el suelo,
la blancura del cielo,
lejana águila que va de vuelo.
En tus ojos no hay velo,
torres, jazmines, pájaros y aves:
las cosas que ya sabes.

7.
Al principio mi voz es mi presencia,
y un día es también, entre las luces,
la mancha que se mueve
y tus ojos persiguen.
El día que me siguen
por la estancia de nieve
lo anoto en esta página mientras luces
ojos, manos, sonrisa y transparencia.

(Salobre, 1999)


Pinturas

1

La muchacha de ojos claros busca
encender el candil frente a las sombras.
Presiente ya el desorden de la noche
en la pereza de la luz gastada.

Toma la vela con la mano izquierda
y dirige la llama hacia la mecha.
Un arco con arenas parpadea
y destierra lo oscuro a los rincones.

Recupera la aguja, su dedal
y los trapos que arrumba en el regazo
para zurcir los antiguos remiendos.

El canto de los pájaros se ahoga
tras la ventana abierta hacia el verano.
Aunque llegara, no hablaría el tiempo.

2

Un friso de bombillas desdentado
sobre el espejo donde se contempla
una, la silla en que se sienta otra
para calzarse los botines negros,

la mesa en la que una estira y plancha
el maillot con la mano, los claveles
que ha puesto otra en un jarrón de plástico
junto al caos de tubos y pinturas.

En la pared, carteles del estreno
e instantáneas donde las coristas
sonríen con la pierna levantada.

Es lo que quedará en el camerino
de madrugada, cuando un ventanuco
cuele la indiferente luz del día.

3

Un zumbido distante de turbinas
impregna el aire húmedo. Las aguas
bajan por el canal sin chapoteo,
prietas, desheredadas. Oscurece.

Las farolas se gustan a sí mismas
contra los muros de ladrillo imberbe
en la fábrica. Humea tras la tapia,
con sus cristales rotos canta el odio.

Los amantes se abrazan y contemplan
desde la barandilla del paseo
otra noche que nadie puede ver.

Dicen frases que oyen en canciones,
por ti la eterna juventud del mundo,
cosas así en las que creemos todos.

(Formas débiles, 2004)


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José Ángel Cilleruelo nació en Barcelona, en 1960.

Su obra poética hasta 1988 se reúne en el volumen El don impuro (Col. Puerta del Mar, Málaga, 1989). Después ha publicado Maleza (Col. Signos, Madrid, 1995), Salobre (Hiperión, Madrid, 1999), Formas débiles (DVD, Barcelona, 2004) y la antología Domicilios (El Toro de Barro, Cuenca, 2005).

Acompañado por dibujos de Rafael Pérez Estrada, ha escrito un libro de poesía infantil: El circo de Gustavo (Ed. Hiperión, Madrid, 2000). Su obra narrativa está formada por dos novelas, El visir de Abisinia (Pre-Textos, Valencia, 2001) y Trasto (Monosabio, Málaga, 2004), tres recopilaciones de relatos: Ciudades y mentiras (Montesinos, Barcelona, 1998), Cielo y sombra (DVD, Barcelona, 2000) y De los tranvías (Debolsillo, 2001), y un libro sobre Lisboa donde se intercala prosa, ensayo y verso: Barrio Alto (Madrid, 1997).

Se ha dedicado a la crítica literaria, especialmente en los ámbitos de la cultura en lengua portuguesa, las relaciones entre literatura y ciudad, y la poesía contemporánea. Actualmente es colaborador habitual de la revista El Ciervo.