De la voz

por Clara Janés
Cántico es existencia
Rainer María Rilke


Nace la voz y no sabe por qué. La envuelve, pues, el misterio, el secreto. Nace la voz y es el llanto del que sale de lo oscuro al mundo de las formas hasta entonces ignoradas. Sumida en el no saber, sin márgenes aún para el conocimiento, entra en el espacio abierto y se enfrenta a la distancia entre lo interior y lo otro. Y así se delimita el trayecto que tendrá que recorrer. Sus medios son modulaciones aproximativas, inflexiones melódicas que unen la apertura de la garganta y los movimientos que forman las vocales y las consonantes, y que pronto estructurarán palabras.

No sabe el niño que la a irrumpe desde la frente y es la vocal de la razón, que la 2 se produce en la clavícula y es la de la enemistad, que la o nace en el abdomen y expresa el poder, que la u se forma en la ingle y es interior, mística, y que la i brota en el corazón y es la vocal del amor. No lo sabe pero al iniciar la apertura se constituye en caja de resonancia para esa energía que cruza el órgano que es su cuerpo y se define en sonido. Cuando cesa, percibe como se apaga la vibración, como cede el espacio que ocupaba, y se vuelve al estado anterior, al silencio.

Esta energía, que es "la acción de un discurso" (Aristóteles) y es índice de la convicción, remite a la mente que la encauza y la orienta. Esta energía interna, el KUM DU de los chinos, el HARA de los japoneses, viene del centro del cuerpo, y cuando surge en voz se trenza con el aire en la vibración. Y el aire es la primera felicidad, es la alegría, la posibilidad de libertad. Para recibirlo los pulmones se ensanchan, como hacen también cuando se huele un perfume. Así la rosa es un don de felicidad y el canto un goce. Y al cantar se vincula la voz con los chakras, las zonas en que el hombre conecta con su emoción, donde nace la a, donde nace la e, donde nace la i, donde nace la u...

El que ha oído el reclamo de los ciervos rompiendo la oscuridad como un fuego oculto, sabe que también ese clamor, aunque no articule palabra, es voz, nace de lo profundo del cuerpo, es la misma fuerza que impulsa todos los movimientos, y es igualmente una victoria. El rugido del león abre una caverna, la exclamación desfalleciente del pavo real, tan llena de melancolía, se arrastra a ras de suelo, el canto espejeante y luminoso de la oropéndola asciende hacia la luz. Todos ellos remiten a ese torrente de energía que es la naturaleza, remiten a un estado, el estado de vivo. Enuncian el secreto inicial, la evidencia cuya raíz se oculta.

Todo lo vivo, tan complejo, en un comienzo fue una sola célula y toda célula está constituida por los mismos materiales, en particular combinación, tierra, roca, aire y agua. Y ya la célula realiza un primer trayecto de interior a exterior, está en intercambio continuo con el entorno. "La célula hidroliza, desmenuza, excreta. Además construye; de la bacteria al árbol, del insecto al hombre" (Sherrington). En un caudal energético es un remolino y ese remolino es la cifra de sus facultades, facultas attractix, facultas altrix, facultas genetrix... y también la facultad de respirar. Por ello la vida es integradora. Nacida por cualidad del agua, está hasta tal punto vinculada con la superficie terrestre que no la imaginamos fuera de ella.

Ese intercambio, que caracteriza la vida, significa movimiento. Ese intercambio o bien es una danza sin sentido o sigue una orientación. Y si algo lo orienta, un tipo de mente... ¿Hay mente en la célula?, ¿de qué grado? Se habla de "mentación metabólica", respecto a los tejidos, las células, los órganos y también de "mentación neural". Si hay mente en la célula, si es cierto que, como dijo el biólogo Bose en 1917, tiene "sentimientos", espíritu y materia no pertenecen a categorías separadas, sino que pueden considerarse como aspectos distintos de un proceso. Espíritu y materia nacen y son ya movimiento, siguen el impulso de vivir, que incluye el de reproducirse. Y el músculo aparece antes que el nervio, el nervio antes que la mente (la mente reconocible), por ello acaso el acto motor es cuna de la mente, y ésta surge "como sirviente de un 'ansia' que busca satisfacción" (Sherrington), pero también podría ser su germen...

La mente no interviene directamente en todos los actos del cuerpo, cuya superficie exterior está llena de puntos de intercambio con el mundo de entorno: los inicios del sistema nervioso a través del cual controlan músculos y movimiento. Estudios realizados sobre el cortex cerebral indican que éste altera el carácter del acto motor y es como si "el cuerpo y su mente finita fueran una sola cosa" (Sherrington). Una sola cosa cuerpo y mente, una sola cosa yo y entorno, una sola cosa la vida en lo vivo. Una sola cosa, una sola voz, la voz del celo que se diversifica al reflejarse en distintos espejos.

Los impulsos nerviosos —en ello consiste la actividad del cerebro, una actividad eléctrica— aunque pasan inadvertidos a la conciencia, se pueden oír debido a que la velocidad de su ritmo no es muy elevada, pero nada se sabe del paso de la actividad del cerebro al pensamiento. La mente se hurta al estudioso: si claro es el trayecto de los estímulos (luminosos, auditivos, táctiles) a los órganos sensoriales y a la posterior reacción del cuerpo, borroso aparece el salto entre la reacción cerebral y la reacción mental. Gira la rueda, el continuo intercambio entre entorno, cuerpo y mente, y todo es una telaraña donde todo se relaciona.

En ese intercambio, el ritmo tiene un papel primordial, pues el dinamismo que constituye el ser del organismo vivo se presenta en forma de modelos rítmicos —fluctuaciones, oscilaciones, vibraciones, ondas— que son muy importantes en su autoorganización. Y el paso de la estructura al ritmo probablemente es una clave de unidad de la naturaleza. El ritmo rebasa la autoorganización, se extiende a la autoexpresión, a la percepción y a la comunicación sensorial. Las vibraciones de la luz se transforman en pulsaciones rítmicas al llegar al cerebro, lo mismo sucede con las auditivas. Cuando hablamos, el gesto acompaña a la voz y si son varias personas las que hablan se entremezclan los ritmos individuales y se genera una danza.

Así, nace la voz y es ya danza, es ritmo. Y es el latido del corazón. Ese latido es trasunto del que alberga todo lo vivo, del que anida en el árbol y en la planta, en el agua, en los animales y también en los astros. El hombre con su voz lo amplía, le otorga una cauda abarcadora. No sabe el niño —el hombre—, cuando habla, que lo mueve el celo, no sabe que desde el primer aliento —palabra silenciosa— expresa el secreto del ser, el secreto de su origen. Inocente lo manifiesta, porque ese saber está en su cuerpo. Antes de que la ciencia diera fe de la unidad esencial de lo existente, antes de que proclamara que la vida es un pulular incesante, antes de que comprobara que ésta nació del agua, la voz poética -voz profética, voz sabia de un saber intuitivo, de una experiencia inexplicable-, cantó a Indra, el dios de las aguas, surgiendo entre resplandores del oscuro seno de la inundación, cantó a Inanna rescatada de los infiernos gracias al "agua de vida" por Enki, cantó a Anahit, señora de las aguas, cantó a Shiva, el dios de la danza, terrible y benévolo, dios de la luna en el Pelo, sostenedor del Ganges, destructor del tiempo; lo cantó y lo representó ejecutando la danza sacra sobre el enano del olvido —el materialismo—, cercado por sus propias múltiples manos (una que conforta y otra que indica el camino, una diestra con el tambor de la palabra cósmica -origen de toda manifestación-, una siniestra con el fuego devorador), en ese girar que indica que todo está en todo y puede ser cifra de todo, y cantó a Visnu-Narayana, el Existente y No-Existente, Manifiesto y No-Manifiesto, soporte inicial y secreto. Oculto y evidente fue para Tales que "todo está animado y lleno de divinidades y que a través de la humedad elemental se difunde una fuerza divina que la mueve", para Anaximandro que "más antiguo que lo húmedo es el movimiento eterno, y que por éste unas cosas se generan y otras se destruyen", para Anaxímenes que "todo es aire y éste al condensarse y unirse se vuelve agua y tierra y, al enrarecerse y expandirse, éter y fuego" para Anaxágoras que en todo hay parte de todo, para Heráclito que todo fluye...

Fluir, danzar, latir, alentar... Por ello desde un principio se consideró sagrado el arte de los sonidos. Sagrados son sus elementos, para los hindúes, siete haces de luz de siete dioses, las siete notas: por la primera, Shadaj (Sa), seguimos a Agni (el fuego), fuente de energía y posterior movimiento; por la segunda, Rishba (Re), a Brahma (el creador), que da forma a la energía constituyéndola en vida; por la tercera, Gandar (Ga), a Saraswati, que bendice a la humanidad con el don de las Bellas Artes; por la cuarta, Madhyan (Ma), al mismo Shiva; por la quinta, Pancham (Pa), a Vishnú, dios preservador de la vida en la tierra; por la sexta, Dhaivat (Dha), a Ganapathi, dios de la sabiduría, y por la séptima, Nishad (Ne), al Dios-Sol, símbolo de Prakasha, la divina luz. Siete haces de luz que cierran un arco iris, siete notas o Saptak, que equivalen a la consistencia del mundo exterior, siete estrellas que conducen al Nirvana, con una cauda de veintidós microtonos o Surutis que son lo oculto, lo que no se ve, lo subyacente, esa cara ignorada y sutil, tan real, que es, de hecho, la posibilidad. Tender ese puente entre lo visible y lo invisible, de eso se trata, abrir tiempo y espacio —el ahora agota la presencia— impulsar el habla y el canto, tan humano y tan natural, tan de naturaleza, porque también la naturaleza tiene voz y secreto que revelar, una voz a la vez silenciosa y transparente, pues el silencio es el espacio más fértil para la epifanía.


Bibliografía:

—CAPRA, F. Le temps du changement, Rocher, Mónaco, 1983.
—SHERRINGTON, Ch. Hombre versus naturaleza, Tusquests, Barcelona, 1984.
— (Primer capítulo del libro de Clara Janés, La palabra y el secreto, Huerga y Fierro, Madrid, 1999)