¿No os ha ocurrido que os cuenten una historia y os sintáis identificados con alguno de los protagonistas de ella?, ¿no vais al cine, o veis una serie de televisión, y sufrís con aquel a quien su novia deja, o con la chica cuyo padre no le permite salir de noche? A mí no suele sucederme, y sin embargo esta vez fue estremecedor.
El fulano estaba apoyado en un farol, había humedad y la luz en el suelo era amarillenta, con relumbrones en los charcos. Yo esperaba el autobús y en esos casos siempre me siento violento cuando un extraño me dirige la palabra, así que al principio lo oí hablar con una sonrisa imbécil y mirando para otro lado. Es como escuchar a un borracho: uno dice que sí con la cabeza para que no se ofenda, para evitarse la bronca; ¿y sabéis por qué?, porque uno tiene la clara conciencia de que el borracho o el loco sólo hablan para sí mismos, no quieren que les prestes atención. Lo malo fue que aquel individuo consiguió la mía, no por su voluntad, sino por la fuerza de lo que contaba.
Era mucho mayor que yo y se había dedicado a la ingeniería, la arquitectura o el derecho, no sé. Dijo que un día se despertó para ir a trabajar y se dio cuenta de que su sombra ya no era fiel reflejo de su propia forma sino que reflejaba figuras extrañas, de animal, planta o cosa. Naturalmente, no se percató al instante: tuvo que suceder algún episodio extraño como estar quieto y ver moverse a su sombra, o mirar de reojo a la pared y distinguir la silueta de un elefante o una palmera. Dijo que mientras esas percepciones las tuvo él solo, pensó si no sería una chifladura temporal, la consecuencia del exceso de problemas o una sensiblería tonta de esas que a uno lo agobian como las pulgas al perro flaco. Sin embargo, poco después empezó a notar miradas sospechosas, desviaciones de la vista desde él hacia algún punto detrás o a un lado, imperceptibles expresiones de asombro; y eso en la oficina, por la calle, su ex mujer, o su madre a quien veía de vez en cuando en la residencia de ancianos.
Cierto día, después de haber bebido algo de más, sintió en la pared la mirada ruin y estúpida de una gran rata negra que meneaba satisfecha el rabo. Quise dejar de escuchar: me asqueaba ese cuento de la rata bamboleando la cola.
Llegó el autobús, ruidosa tabla de salvación, pero el tipejo abandonó su farola y subió tras de mí, aunque a esas alturas tampoco os puedo decir con total seguridad si subió él o sólo su voz, porque la verdad es que seguí escuchando su imperiosa verborrea. Quizá fue su sombra quien continuó hablando, una gigantesca sombra de cotorra o de urraca.
Dijo que se vio obligado a abandonar su trabajo: toda su actividad se le iba en vigilar su sombra porque no soportaba las miradas ausentes de los colegas con quienes charlaba, no soportaba que algunos tomaran más en serio aquellas cambiantes formas oscuras que a sí mismo. Dio en preguntar por sorpresa qué pasaba, cuál era el problema, qué era lo que con tanto desconcierto miraba su interlocutor, pero ellos negaban siempre. Por otra parte, sus tareas en la oficina, sin ser un fracaso, nacían desangeladas, carentes de alma. Por fin, sus jefes lo forzaron a dimitir, dimisión que cursó con agrado y fue aceptada con alivio.
El día de su despido sorprendió en la pared, y tan pegada a él que era evidente su origen, una forma de molino de viento desgajado.
Yo había oído hablar de gente que perdió o vendió al diablo su sombra, de un jovenzuelo capaz de extraviarla y a quien hubo que cosérsela a los mocasines. Nunca hasta entonces supe de sombras cambiadas. Tampoco hasta esta noche me fijé nunca en mi propia sombra. Empezó a ser una enfermedad.
Y empezó a ser una enfermedad porque salí del autobús, entré en el portal de mi casa, tomé el ascensor, cené algo, dormí, me levanté, fui a la Universidad, estudié, me divertí como de costumbre, discutí con mi padre y siempre, ¿comprendéis?, siempre, estuvo la voz ahí, ronroneando su cuento de miedo, metiéndome en el cuerpo la preocupación por si mi sombra empezaba a mutar, por si la gente me miraba con asombro tras un furtivo vistazo a algo que se movía detrás de mí.
¿Cuántas veces me puse a recapitular?: todo empezó con un individuo hablándome, quizá borracho o loco, en una parada de autobús, y ahora ese individuo loco o ebrio era yo mismo, su sombra mutante era la mía. Pensé en si, obsesivamente, no serían mis ojos quienes espiaban mi sombra, si no me empezaba a ocurrir que, para no evidenciar demasiado su autonomía, no reproduciría yo enfermizamente sus absurdos gestos, sus cortes de manga a gente respetada, sus apariencias de gato ladrón o de inanimado ladrillo: no era así, yo me resistía, intentaba continuar siendo el de antes.
Me asusté cuando, en mi moto, con igual dosis de velocidad y prudencia, vi a la derecha, dispuesta a arrollar un semáforo, a mi sombra travestida en un rinoceronte ciego y necio.
¿Quién era yo?: ni hijo ni estudiante modelo, aceptablemente civilizado, me iba convirtiendo a paso de trote en alguien extraño, diferente a mí mismo, irreconocible. Y sin embargo, era sólo mi sombra quien hacía de las suyas. Porque, ¿no os lo he dicho?, ya no había voz, ya no murmuraba machacona en mi oído: tal vez, verificado el éxito, y vista la bastarda independencia de mi sombra, calló astuta para volver a su puesto junto a la parada de autobús, y poder así seducir a otro incauto.
Vi en el cine una historia de demonios tentadores, y se me vino a las mientes si no habría sido él, el demonio, el impecable embustero, quien me robara la forma de mi sombra. Pero, ¿a cambio de qué?, ¿sólo de mi angustia?, ¿sería mi sombra un símbolo de mi alma? Esas cosas ya no ocurren, me dije, los demonios no precisan ya ir negociando, prometiendo: la vida de por sí es suficiente tentación. Ni aun así me quedé tranquilo.
A veces era un guiño, un simple gesto, como si ella insistiera en mencionarme que estaba allí. Empecé a querer estar siempre con la luz a mis espaldas, por tenerla controlada; mi gente juzgó eso como una manía, inofensiva y preocupante, igual que otros bajan de todas partes con el pie derecho o evitan pisar raya o contornos de sombra.
Y no obstante, su preocupación creció cuando dejé de hablar. Si aquel desgraciado, reflexionaba yo, me contagió su morbosidad por contármela, ¿no iría yo dejando tras de mí un rastro de enfermos agobiados por tener constantemente a su sombra en el rabillo del ojo? ¿No se trasluciría de cualquiera de mis palabras ese horror que me aquejaba?, aun cuando mi conversación fuera sobre música o fútbol, ¿no asomaría tras ella la mueca malévola de mi sombra cambiante?. Dejé de desear buenos días a mis padres, de contestar a mis colegas cuando me pedían apuntes o me proponían acudir a una fiesta, dejé de responder si algún amigo de veras me preguntaba qué ocurría, cuál era el problema. Mis exámenes los presentaba en blanco por si la ecuánime sombra de una ecuación se convertía en un picajoso enigma.
En el Instituto se creó una burbuja de silencio en torno a mí. Mis padres me llevaron a un psicólogo. A poco, el pobre hombre miraba con disimulo hacia el suelo o la pared, en la que yo distinguía una burlona silueta. Acabó en una celda oscura de manicomio, chillando de angustia cada vez que alguien abría la puerta.
¡Pero yo no quería acabar como él!, ¡yo era joven, y no iba a permitir que mi sombra me arrastrase al fondo de un mar opaco! Dejé de vigilarla: si cambiaba era asunto suyo, la luz sirve para ver, me repetí una y otra vez, la sombra no sirve de nada, ni siquiera para delatar la presencia de alguien o algo, para delatar esa presencia basta con la luz. Ni por esas. Cavilé si no me aliviaría algo grande, una decisión heroica, una distracción absorbente. Decidí volver a hablar y buscarme novia.
Fue en una cafetería: sorprendía mi sombra allí en el suelo, acogotando con risa cruel a la sombra de la chica. Salí corriendo, tropezando con las mesas y dejando atrás la espantada boquita abierta de la muchacha, que ya sospechaba algo difícil en mí.
Mañana vendrán a buscarme. Dice mi sombra que lo escuchó en una conversación telefónica. Quizá sea lo mejor, últimamente carezco de energía para nada. Escribir esto me ha costado dios y ayuda, aunque también quizá no les habría costado tanto convivir con ella y conmigo.
Ya os oigo preguntar: entonces, ¿por qué lo has hecho?, ¿por qué nos cuentas esto? Es mi testamento, la herencia de mi vida, el rastro que dejo. Ya prescindo de vetos morales: no sois mejores que yo o ella. Ya nunca respiraréis tranquilos al sol, ni tendréis más ojos que para vuestra sombra, quedaréis ciegos de tanto ansiar la oscuridad. Pues lo mío no tiene arreglo, ¿creíais de veras que me iba a quedar solo en esto?